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Album 14 noviembre, 2008

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Cena del viernes en casa de los vecinos (foto: Sanvani)

Reseña 13 noviembre, 2008

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Terminé la lectura de “El niño robado” con un cierto escalofrío. Lo leí con un placer indecible y al terminar lo lamenté mucho. En algunos libros te gustaría quedarte dentro aunque, en este caso, creo que en cierta manera estoy ahí. Me encontré en ese libro, sí, eso ya lo adelanté en el post que le dediqué (clic en este enlace: 27 de octubre) y ahora lo confirmo. Como confirmo que soy una infancia deshabitada. A raíz de esta frase recibí algún correo electrónico preguntándome qué quería decir exactamente con eso. Una infancia deshabitada es una infancia interrumpida súbitamente, una infancia cuyo tránsito natural se ve truncado de repente. Eso conlleva, entre otras cosas, que conserves un hilo permanente con ella, en el sentido de que el adulto que eres se pregunta cómo habrían sido las cosas de haber recorrido el cauce de las experiencias que llevan a todo niño, con lo bueno y lo menos bueno, a dejar de serlo. Al mismo tiempo, es como si el niño que se quedó allí con cara de pasmo por la rapidez con la que fue despojado de sí mismo, estuviera esperando a que lo rescatases. Eso es una infancia deshabitada y eso es lo que he encontrado en la fastástica narración de Keith Donahue, fantástica por bien escrita y porque es una historia escrita en la tesitura de ese género.

Durante casi 400 páginas me he sentido Henry Day y Aniday, el niño suplantado y el suplantador que le roba la identidad. Porque el primero se pregunta sobre el futuro que le habría tocado vivir y el segundo busca su identidad en su propia infancia mientras crece desconcertado en el cuerpo de un adulto que no le pertenece. En definitiva, el libro habla de una brecha, de una cicatriz, de un corte. Y de la supervivencia con la cicatriz en el cuerpo.

A la lectura (apasionada y apasionante) del libro le esperaba un apéndice imprevisto. Compré el ejemplar de la revista “Qué Leer” del mes de noviembre con el atractivo reclamo de un Haruki Murakami que miraba desde la portada prometiendo contarte cosas si entrabas a mirar. Pero al entrar me encontré con algo mejor: una reseña de “El niño robado” que me cautivó. Modélica en la concisión, precisa en la exposición de las ideas y, sobre todo, sensible al poema que se esconde tras la máscara de la novela. La clase de reseña que te hubiera gustado escribir porque dice lo que piensas de una manera que no habrías sido capaz. Mejor aún: esa clase de reseñas, raras por no habituales, que más allá de hablar de un libro consiguen que el lector ponga el verdadero punto final a la lectura de la novela. La terminan, la concluyen. La redondean.

Como el staff de Qué Leer viene a la entrada de la revista con los mails de cada uno de sus miembros, escribí a la responsable de cesión de derechos. Lo hice porque en este blog utilizo ráfagas de música clásica con un obvio afán didáctico que no me generan inquietud en cuanto a sentir que vulnero o fusilo las leyes que velan por la propiedad intelectual. Pero en el caso de algo que me apetecía mostrar por puro entusiasmo me entraron dudas así que me dirigí a la revista pidiendo permiso y, de paso, felicitando al autor de la reseña, Manu González. La respuesta fue muy afectuosa y por partida doble (doble, como en la novela): desde Madrid (donde se encuentra la responsable de cesión de derechos del grupo Hachette, Beatriz Barrionuevo) y desde Barcelona (donde se encuentra la redacción de la revista y desde donde escribía Sebas Redondo, Redactor Jefe). Concedido el permiso (mil gracias además por las palabras), es un placer anotar aquí ideas de otro lector que han enriquecido mi propia vivencia lectora. Y luego está mi oído de músico para la cadencia de las palabras y mi faceta de esteta, como dice una amiga mía, que hace que caiga rendido ante un párrafo como este:

Hay algo narcótico en la prosa del bienvenido Keith Donohue, algo tan hipnótico como la hojarasca del bosque que recrea tan mágicamente. Y no me refiero al exceso poético o al sortilegio casi arcano de producir frases maestras cada dos líneas: hablo de una narración sencilla a dos voces (el suplantador y el suplantado) a través de cuarenta años de historia norteamericana, que tiene el poder de engancharnos desde sus primeras palabras (“No me llames hada”, en el caso del nuevo Henry Day, y “Me he marchado”, en boca del recién bautizado Aniday)”

No me llames hada. Así empecé mi post sobre “El niño robado”. Es verdad que esa frase te pilla por sorpresa en la librería, en el momento de abrir el libro para ojearlo, y te atrapa. Y luego viene el resto que sucede exactamente tal y como lo cuenta Manu González:

Donohue ha encontrado en su primera novela la llave mágica que otros autores han buscado en miles de novelas anteriores. El poder de convertir el cuento infantil en una triste metáfora adulta de la inmortalidad y, sobre todo, del crecimiento.”

Este libro sucede en el limbo de las cosas no concluídas o no comenzadas. O de las cosas que necesitan empezar a concluirse, que ya es hora, o terminar de arrancar, que también. “Hacía tiempo que no llegaba a mis manos un libro tan gris (en el que no existen el banco y el negro, el bien ni el mal, la verdad ni la mentira)”. Queda en la estantería, en el lugar próximo que reservas para las cosas queridas, este libro que, como bien dice de nuevo Manu González, cuenta una historia “de sombría y conmovedora belleza”.

Reforma 12 noviembre, 2008

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Los foros que debaten en Internet las Cantatas de Bach abordaron estos días pasados la Cantata BWV 80, “Ein feste Burg ist unser Gott” (“Una firme fortaleza es nuestro Dios”) compuesta para la fiesta de la Reforma que tiene lugar el 31 de Octubre o el último domingo del mes, según. Los musicólogos y los investigadores proporcionan muchos datos pero poca información realmente musical. Es curioso eso: cuando se habla sobre música se hace mientras la música suena de fondo. Así, podemos seguir la pista genealógica de esta importante obra y encontrar su origen en una primitiva cantata fechada alrededor de 1714. Entre esta y la versión definitiva de BWV 80 hay un par de versiones intermedias. Dado que el manuscrito original se ha perdido y que existen similitudes en el procedimiento compositivo con la cantata BWV 14 se supone que la obra data de principios de 1730. Los investigadores no solo miran el pasado de la obra; a falta de un presente en el que zambullirse incluso apuntan al futuro para sorprender a Wilhelm Friedemann Bach, el primogénito, adaptando la partitura paterna para salir de un apurillo en una fecha tan tardía como 1821.

Pero, ¿qué pasa con BWV 80? Pasan muchas cosas interesantes, sobre todo en el imponente movimiento de apertura. Bach lo construye íntegramente sobre el coral luterano que da nombre a la cantata, el himno del luteranismo por excelencia, de colorido épico. He aquí sus dos primeros versos:

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Cojamos la lupa y quedémonos con el inicio. Indaguemos un poco para ver qué es lo que nos llama la atención de esta melodía:

La respuesta esque el ámbito melódico efectúa un movimiento pendular entre dos notas que actúan de marco: el re y el la:

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¿Es relevante eso? Lo es desde el momento en que Bach lo tiene en cuenta para construir el tema de la fuga que se dispone a componer. El tema rellena de notas conjuntas los huecos entre los extremos, aunque sigue poniéndo énfasis en estos (a fin de cuentas son los pilares del asunto) otorgándoles una mayor duración rítmica:

Las entradas de este tema, a cuatro voces, tienen lugar en este orden:

En el momento en que las cuatro entradas están en juego el resultado se revela como un colchón sobre el que se asienta el coral original entonado por los oboes (tres según la indicación de Bach, lo que quiere decir que eso debe oírse bien porque es importante: obvio, se trata de la melodía luterana original)

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Hay más tela que cortar de la que parece. Del coral original ha derivado un tejido polifónico que, a su vez, le ha servido de soporte. Además, una audición atenta nos mostrará que mientras se suceden las entradas, las voces que ya están en juego no dejan de citar al menos la cabecera del tema. Es un juego de alusiones continuas. El broche de oro lo pone el bajo continuo: sólo si se dirige atentamente el oído hacia allí al final (dada la exuberancia sonora es fácil que pase desapercibido) descubriremos que reproduce nota por nota el canto de los oboes como si fuera su eco (es un canon) de manera que la melodía luterana enmarca por arriba y por abajo la fuga vocal elaborada sobre sí misma. Y así con todo el coral. Un festín musical para festejar una de las fechas más significativas del luteranismo.

Diario 11 noviembre, 2008

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Son las 3 de la madrugada y la niebla lo cubre todo. Desde hace un par de días la niebla desciende a estas horas y se levanta a eso de media mañana. Hoy tengo que ir a Pamplona de nuevo pero la hora dependerá de cómo amanezca el día. El día exterior, no el interior. El interior fue tocado pero no hundido. Aunque la consulta con el médico es por la tarde es probable que coja e autobús de las 11, vía autopista, y a las 12:15 esté allí. Podría aprovechar entonces para hacer un par de compras anticipadas de Navidad y entregarle a la prologuista de La idea del Norte (libro) el primer ejemplar con sumo placer y cariño. El prólogo se hizo de manera desinteresada pero resultó muy interesante. Y lo de las compras, sí. Mientras escribo, los operarios cuelgan las guirnaldas que pronto, en nada, serán las constelaciones eléctricas del cielo nocturno por unos días.

Hoy han venido mis sobrinos a comer, lo que ha contribuído a levantar el animo. Para mi sorpresa, Isabel se ha puesto a hablar de Júpiter, Saturno y Marte, por este orden. El primero con la mancha como una peca, el segundo el mejor porque tiene anillos como de arco iris y el tercero es el planeta rojo aunque los señores que viven allí son verdes y tienen los ojos encima de unas antenas. Comen lentejas, he preguntado. No, flotan, ha respondido ella. Y ha empezado a hablar de los efectos de la gravedad la tía. Mientras tanto, Carlos comía en silencio aunque cuando come tiende a girar la cabeza de vez en cuando y te dirije una sonrisa pintada de tomate.

Límites 10 noviembre, 2008

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Llamada 9 noviembre, 2008

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Ocurre que recibes una llamada a media tarde de un domingo y de pronto se apaga la luz de todas las cosas de este domingo y del lunes que vendrá y puntos suspensivos. Y empiezan a sucederse una serie de emociones que desfilan en orden como los capítulos de una novela. Se hace el silencio y te sientas y respiras, eso en primer lugar, porque te das cuenta de que te has empequeñecido de repente y eso no puede ser, no te lo puedes permitir. Lo segundo viene en forma de emoción intensa, cuando de manera espontánea te pones a buscar en el teléfono la primera voz que te viene a la cabeza y ha sido la de ella, y cobras conciencia verdaderamente de la fortuna que tienes de tenerla aquí, en el blog, y aquí, al lado, todos los días, al otro lado de la ventana. Lo que viene después es el resto de un frío intenso por dentro y un calor en las mejillas, luces y sombras de este domingo. Pero ante todo queda la tranquilidad, aunque el alma se quede encogida; que cuando vuelva a su ser el alma encuentre el colchón de la tranquilidad. No hay ganas de más, dejemos al cuerpo que recobre el aliento por sí mismo. Y después las cosas serán igual y distintas. Suena Bach y caen las lágrimas sobre estas teclas, tantas veces pulsadas.

Ya 6 noviembre, 2008

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Ya. Esta mañana, a primera hora, he tenido la oportunidad de vivir por primera vez una experiencia nueva con este blog: he podido tocarlo. Ha llamado el mensajero y traído el ejemplar de prueba de la edición en papel de “La Idea del Norte” y, al desembalarlo, he podido al fin sostenerlo entre las manos, sentir el peso de sus páginas, acariciar con los dedos la letra impresa. Y ha sido algo emocionante.

Es distinto leer un post en la pantalla del ordenador a leerlo impreso en tinta. No es cuestión de mejor o peor; simplemente es distinto. ¿Se hace raro? No, resulta curioso. Sobre todo cuando en lugar de conjugar la lectura de los textos en presente lo haces en pasado y en un orden nuevo, el orden resultante de las ausencias que confiere otra unidad al conjunto.

Entre la llegada del mensajero y el comienzo de la clase que tenía que impartir he tenido algo de tiempo para echar un primer vistazo rápido, cruzar el prólogo (que en este libro y por razones obvias se llama “preludio” y que es el único texto que me resulta nuevo porque no lo he escrito yo) y rememorar la visita al planeta del hombre de negocios, y dirigir el Andante cantabile desde el pasillo, y reencontrarme con Olga, y vislumbrar aquel post desdibujado en la niebla, y aquel otro donde se escuchaba la pavana de Ravel al atardecer (la de la infanta dormida, no la de la infanta difunta). Y tantos otros. Los que caben en 176 páginas en tipografía Garamond de cuerpo 11. El texto respira bien, con sus espacios en blanco entre uno y otro. La selección abarca desde mediados de 2005, fecha de inicio del blog hasta el 31 de diciembre de 2007. Ahora queda aprobar la prueba y probar.

En papel y tinta, este blog huele muy bien.

Bufanda 5 noviembre, 2008

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Llegué a casa el domingo después de comer con la abuela (la abuela era una abuela de noviembre el domingo pasado) y miré las llamadas en el visor del teléfono. Se repetía un par de veces un número que me sonaba de algo, y no de riiiiiing precisamente. Pero no caí quién estaba tras ese número hasta que a media tarde llamó Gloria-madre para preguntar dónde me había metido y para anunciar que ya estaba hecha la bufanda. Vas a estar en casa?. Sí, le respondí. Pues me pongo un abrigo por encima y te la bajo. Intenté disuadirla mientras por la ventana veía cómo el temporal agitaba los árboles y encogía en sus abrigos a las pocas personas que pasaban por la acera. Pero no hubo manera. Dijo ella: es que mañana me voy de viaje. Dije yo: no será para un año. Y ella: no, sólo una semana. Y yo. pues ent… Y ella: nada, no digas nada, que me pongo un abrigo por encima y te bajo la bufanda, no vaya a ser que con estos fríos te acatarres.

Estas frases de Gloria-madre me producen mucha ternura y mucha gracia al mismo tiempo.

¿Y si te acatarras tú al venir con lo que está cayendo? Bah, yo tengo ya setenta años y ya me puedo morir y tú todavía no. Visto que no había manera de convencerla le dejé que se pusiera por encima un abrigo y pasara por aquí. No tardó mucho. He llamado en otro piso, dijo entrando con rapidez y llevándose la mano a la boca, como quien ha hecho una travesura. Creo que no me hizo caso cuando empecé a explicarle que había tenido suerte, porque el vecino del piso al que llamó o no abre o te echa un bufido y no te abre. Vamos, que no te abre. Pero, como iba diciendo, creo que no me hizo mucho caso porque enseguida sacó de una bolsa de plástico un bulto de lana que desplegó ante mis ojos. Te gusta?, preguntó algo temerosa y algo orgullosa de su trabajo. Mucho, mucho, le contesté. Era verdad. Me gustaba (me gusta) mucho; azul (obligado color, azul oscuro) con unas franjas en los extremos de color bermellón.

Me explicó que había dispuesto las franjas de manera asimétrica, es decir, que las franjas de un extremo no eran iguales a las del otro. También me explicó que lo había hecho así pensando en mí. No supe cómo interpretarlo pero sí cómo tomarlo: bien. Y los flecos cortos, añadió. Yo ni siquiera había reparado en eso; me mostraba la bufanda como si fuera algo más que un trozo de lana y, ciertamente, era algo más. Luego me enseñó diferentes maneras de ponerla sin necesidad de decirle previamente que soy muy torpe para eso. Me conoce bien. Se la ponía ella misma ahora de esta forma ahora de la otra y me fijé que llevaba una gota de lluvia en el cristal derecho de sus gafas (la gota estaba quieta, posada en la cara interior del cristal). Los catarros se cogen por la garganta, así que te la pongas de una manera o te la pongas de otra, que te tape bien esa garganta. Yo le dije que, de crío, mi abuela siempre decía que iba muy despechugao. Es verdad, sí, vas muy despechugao, tápate bien con la bufanda. Y a continuación, como si se acordara de repente de otra cosa (cosa muy normal en Gloria-madre) hiló el final de esa frase con el principio de esta pregunta: quieres que te haga otra? Me apresuré a responder que no, no, mujer. Por qué no? así te la hago de otro color! Y yo: que no, que no, que con esto ya tengo suficiente. Y ella: ya… no te gusta? Y yo: que sí, de verdad, pero con una bufanda, suficiente, que tiene mucho trabajo.

Entonces ella se puso muy Gloria-madre: mira, emejota, está hecha puntico a puntico. “Está hecha puntico a puntico”, me repetí a mí mismo por dentro porque me gustó oir eso. No se refería a la dedicación que había empleado en términos de tiempo, sino a la dedicación y punto, que sabe mejor. He de poner eso en el blog, le dije. Y ella repitió: puntico a puntico, en vez de decir si le parecía bien o si le parecía mal, como quien repite un gesto cuando sugieres que eso lo quieres fotografiar. Entonces, como también es habitual en ella, le entraron las prisas por marcharse. No son horas de visitar las casas, emejota, sentenció. Pero si son las siete de la tarde! Bueno, serán las siete pero tengo las maletas por hacer. Pues como quieras. Sí, me voy y a la vuelta te llamo y quedamos para tomar algo, que me tienes abandonada. Yo?. Sí, y ponte esa bufanda bien que vas muy despechugao y los catarros se cogen por la garganta. Que sí. Y si vas a Pamplona no te la dejes en casa. Que sí.

Y entró en el ascensor.

Por la ventana, la vi marcharse.

Obama 4 noviembre, 2008

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Crucemos los dedos. Tiene que ganar este hombre. Tiene que hacerlo aunque sea para que no gane el otro, porque el otro tiene cara de presidente apocalíptico, de guerra nuclear, y si no le da al botón porque no atina, por beodo y eso, le dará sin pensarlo y con saña esa señora de mirada, gesto y verbo psicopatoide, aterradora toda ella. Así que tiene que ganar este hombre; luego ya se verá cómo lo hace, si mejor o peor, pero creo que en este momento, cuando no sólo los EEUU sino todo el planeta, incluso este pequeño rincón del Norte imaginario, estamos pendientes de que salgan los primeros datos, los de la punta Este a la 1 y a partir de ahí hacia la izquierda del mapa hasta las 7 de la mañana, lo único que nos preocupa es que no salga el otro con los dedos haciendo una uve y, sobre todo, por Dios, que no salga al lado la señora perturbada y perturbadora mirándonos con ojos de os vais a enterar y esto lo remato yo en tres frases, dos llamadas y un click. Boom. Tiene que ganar el hombre de la foto. Luego nos pondremos a pensar en si lo hará bien o si podrá y tal.

Bis 4 noviembre, 2008

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¿Qué fue lo mejor de las muchas cosas buenas que ocurrieron ayer en el Auditorio de Zaragoza cuando esta luz anaranjada se apagó en un diminuendo suave hasta dejarnos en una penumbra camerística? El descubrimiento, a los pocos compases de iniciar el concierto, de que esta ansiedad que me acompaña a diario desde hace tres años, en su momento desbocada, últimamente convertida en un rumor, molesto, pero rumor, había cesado. Por completo. Me di perfecta cuenta, me arrellané en la butaca y me deja llevar, feliz y absorto. Porque esa fue la segunda mejor cosa de las muchas cosas buenas que sucedieron ayer: el re-descubrimiento de la capacidad de asombro por las cosas, el oh que se dibuja en la boca pero suena por dentro, a la altura del pecho.

Solamente la frase que el piano dibuja en solitario al comienzo del Andante molto tranquilo de la Sonata para violoncello y piano en la menor de Grieg valía el concierto entero. Porque la Argerich no sólo estuvo en vena, sino que estuvo cómoda y con ganas de regalar cariño. Esos rubatos geniales que dejaron al millar y medio largo de personas en silencio absoluto, pendientes de cuándo sonará la resolución de la nota que se sostiene al borde de no se sabe qué, no es fruto de un dominio total del instrumento, ni de las tablas, ni siquiera del arte de saber delinear con pulso preciso y delicado el perfil de las melodías. Es magia. Y también demuestra la capacidad de Martha Argerich de convertir una frase musical en un verso que te estremece. La Argerich es, ante todo y sobre todo, poeta.

Versátil como pocos de sus colegas, poseedora de una paleta de registros que parece inagotable, ayer la Argerich estuvo pendiente de todo, desde el pasapáginas hasta su compañero en el escenario, el violoncellista Mischa Maisky. Pero al mismo tiempo (y esa es su principal cualidad como fabulosa intérprete de cámara) supo mantenerse en su sitio, adaptando la voz del piano con la del cello para mantener una conversación musical.

El de ayer fue uno de esos raros momentos en los que eres consciente de estar viviendo una ocasión única e irrepetible. Quizá por eso cuando aplaudes estás dando las gracias por el regalo del presente y por tantos regalos en los años precedentes en esas grabaciones imprescindibles que tanto he disfrutado desde mi temprana adolescencia. La Argerich se marchaba ayer sonriente, erguida sobre sus taconazos, tras un Chopin extra y extraordinario.

Concierto 3 noviembre, 2008

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Marta ArgerichEl día que escuché a Martha Argerich interpretar la Sonata en si bemol menor de Chopin girando en el disco plateado del cd experimenté algo parecido a una descarga eléctrica. Eso fue nuevo. Hasta entonces, yo asociaba la música a una amplia gama de placeres pero aquí la paleta de placeres estaba multiplicada y amplificada y, además, con calambre. Ese efecto sigue ocurriendo dos décadas después porque es lo que tienen los discos: que atrapan el instante, el aliento, el tiempo. Y la descarga. Desde entonces, nadie me ha hecho sentir algo parecido, ni de lejos. Qué tía. Antes de ponerse a tocar, Martha Argerich es puro carácter, una fuerte personalidad; después es duende. Cuando toca, Argerich se transforma, muchas veces hasta físicamente, por eso resultan tan interesantes las grabaciones en vídeo de sus recitales. Demuestra un poder que tiene algo de mefistofélico y que impone muchísimo. Es una mezcla de trance y lucha, y no precisamente lucha con el instrumento en el sentido de ay que no llego, ay qué apuros paso. No. Porque la técnica apabullante y prodigiosa de la Argerich parece venirle dada, parece venir de serie; uno de esos misterios que se manifiestan desde el parvulario sin necesidad de saber en qué consiste la caída de brazo o el ataque de muñeca.

Técnica apabullante y virtuosismo abrumador lo poseen muchos; que eso lo subordinen al interés musical o, dicho de otro modo, que esa sea la principal herramienta de expresividad lo hacen pocos, muy poquitos. En el caso de Argerich, hay un componente añadido que la hace única, un caso raro y excepcional: hay una personalidad volcánica que enciende la música, la prende, ya sea en el climax de un pasaje agitado o en el rincón íntimo de una melodía delicada. Lorca decía que los enduendados tienen que luchar a brazo partido con el duende, que lo suyo es un duro combate. Esta mujer lleva varias décadas en el campo de batalla, en primera línea, entregándose a fondo sin desfallecer. Y cuando le sale el duende te graba una Sonata como la de Chopin que te corta el aliento, o un Concierto en Sol de Ravel que es pura energía y poesía. Sí, eso es Argerich en esencia: pura energía y poesía. Y las raras veces en las que el duende no aparece, raras porque el duende y Argerich está claro que deben de tener un pacto o hacen buenas migas, pues entonces ella cancela, porque algo le dice que no es el día adecuado para tocar, porque le intimida un detalle del auditorio, porque vete a saber.

Esta tarde, si el duende está de buenas, tengo la oportunidad de verla en directo en el Auditorio de Zaragoza. Me ilusiona el hecho en sí, me ilusiona que la persona que me ha hecho este regalo haya pensado en mi ilusión y que venga conmigo a esta aventura. Argerich tiene la capacidad de convertir cada interpretación en una aventura apasionante, siempre nueva y siempre viva. Ante todo, viva.

Diario 2 noviembre, 2008

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Está cayendo una buena ahí fuera. Una cortina de agua y un viento arremolinado estalla contra las ventanas desde la pasada noche; lo sé porque el ruído me ha despertado y, como suele ocurrir en estos casos, experimentas una sensación de inquietud de evidentes reminiscencias infantiles y cierto placer por verte al abrigo del temporal. Desde que José Antonio Maldonado se jubiló no te puedes fiar del hombre del tiempo, quien ayer aseguró en la tele que esta zona tendría un tiempo tranquilo, es más (el es más lo puso él) habrá hasta sol. Pues mira.

Mientras cae la lluvia y el viento aúlla y uno se abandona al sueño, el ciberespacio bulle en actividad. Los hay insomnes, los hay que vuelven de juerga del sábado noche y se ponen a darle al clic, pero sobre todo los hay que visitan estas latitudes nocturnas cuando para ellos hace rato que ha salido el sol o, por el contrario, la noche aún no les ha alcanzado. De todas las cadenas de palabras procesadas por este oráculo global que es Google y que, vete a saber la razón, o la sinrazón, aconseja dirigir los pasos de quien consulta hcia este blog, pocas ha habido tan sorprendentes como esta:

Eso es fe y necesidad. Creo que hablar tanto de las monjas de mi colegio confunde a Google. Lógico. Las monjas ya no son lo que eran. Quiero decir que esas monjas que se paseaban por el pasillo de mi colegio con cazadora de aviador y cara de Leonidas Breznev practicando por el pasillo su deporte favorito, esto es, repartir mamporros a mansalva a manera de desfogue, ni conocieron Google ni viceversa. Ahora debe de ser distinto. Todavía se me ponen los ojos como platos cuando recuerdo haber leído en el blog de una monja profesora, marchosa y dicharachera ella, el comentario de un alumno de primero de la ESO diciéndole oye marijose, genial lo del bog este, que me tienes que explicar cómo se hace esto de abrir uno porque está guay; y la tal marijose le responde: hola manuel, si te conectas desde clase te enseño en un recreo. Y es ahí cuando se me abrieron los ojos como platos. Conectar desde clase y te enseño en el recreo. Leer para creer.

Estoy melancólico.

Y flojo, sí.

Creo que en parte es porque deben quedar gotitas de elixir en el cuerpo (me toca una nueva dosis el martes, pero voy a tener que adelantarla de nuevo) y la batería avisa y la maquinaria tiende a ponerse en modo hibernación, como la sonda de la NASA que está haciendo lo mismo allá en Marte, reducir su actividad al mínimo. Yo no es que la reduzca, es en general todo lo que me mantiene a mí reducido, como vulnerable física y psicológicamente. Por eso me mantengo al margen de las cosas.

Cuando me pongo melancólico me pasan cosas como la de hace un rato, cuando he sido valiente y, a pesar de lo dicho en los párrafos anteriores, he desafiado a los elementos que por poco se me llevan volando y he ido a por la prensa. Ir a por la prensa en domingo tiene sus riesgos, como muchos sabemos, sobre todo si a la puerta de la librería que hace de puesto de periódicos está (mal) aparcado sobre la acera cierto coche de lujo de aspecto funerario. No era el caso. Creo que por eso había dentro tres o cuatro personas y, además, estaban con aspecto relajado. Si no de qué. El caso es que he ido a por la prensa pero al verla me ha entrado una pereza grande, como de periódico de domingo. Pero cuando me he dado una vuelta por el bosque de libros, al fondo, y el ojo se me ha ido al único ejemplar que queda de “El niño robado”, el libro que comenté el otro día, el libro que todavía me mantiene atrapado y que sigue siendo un gozo y una melancolía gozosa, un otoño de letras y muchas cosas más, pues no me ha dado la gana de sugerirlo a los dos conocidos que andaban recolectando lecturas bajo el brazo con evidente aire competidor. Me pongo malo con eso. Y no sé si a los demás, pero a mí, que de natural soy una persona que disfruta compartiendo entusiasmos, me ocurre que en ocasiones pues no me da la gana, como si el libro en cuestión fuera un territorio secreto y privado, un escondite. Hay libros que requieren una mínima sensibilidad, una naturalidad en el acercamiento, un despojarse de prejuicios pedantescos; sobre todo, requieren silencio, tiempo, mimo, tacto, atención, todas esas cosas que de repente, en este domingo de grises y agua y remolinos de aire, de melancolías y flojeras, te hacen enmudecer, decir buenos días, aunque no lo sean pero siempre hay que ser educado, y hacer mutis por el foro.

Me voy a comer a casa de la abuela.

Enhorabuena 1 noviembre, 2008

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Me acaban de avisar (yo diria que con anticipación oficial y todo pero, en fin, todo queda en casa), la noticia aún caliente y circulando con el entusiasmo y el nerviosismo comprensible por los mails, los foros, los tuentis, los mess, en fin, por todos los canales de la red, de que Kantika ha resultado 2ª en la 40 edición del Certamen Coral de Tolosa (Guipúzcoa), que es mucho certamen porque reúne a los mejores coros de todo el mundo. Le he pedido a mi informadora habitual si me podía pasar una foto para colgarla aquí y está en ello, pasando voces, pero supongo que la cosa ya será por la mañana, que son casi las 2 de la madrugada, es noche de sábado, y quienes no descansen de la dura jornada lo estarán celebrando, que motivos hay de sobra. Una vez más, con todo el afecto, enhorabuena.

Domingo, 13:55: ya ha llegado la primera foto. Gracias, Mónica.