Tinieblas

After DarkPregunta: ¿es “After Dark” la primera decepción que me he llevado con Haruki Murakami? Puede que sí. Me temo que sí. Entre la duda y la afirmación hay un trecho pero es que en las tinieblas en las que nos sumerge la última entrega del japonés en España es difícil orientarse. La acción de “After dark” transcurre a lo largo de una noche, concretamente desde las 23:56 hasta las 06:52, aunque el momento desencadenante que pone en marcha el universo inquietante y fascinante de Murakami, el de los mundos paralelos, los pliegues en el espacio-tiempo y en el alma de los personajes, la frontera donde lo mágico y lo real se funden y nos confunden (y bien que nos dejamos, si hasta lo esperamos: perdernos en sus páginas, qué gozada); en fin, ese momento viene determinado por las doce campanadas de la medianoche, como en los cuentos de hadas y brujas de toda la vida, solo que aquí no hay campanadas porque el de Murakami es un universo digital (“Aparecen los dígitos 0:00”). Al fin y al cabo, parte del atractivo del imaginario de Haruki Murakami es que transcurre aquí, ahora, siendo el aquí y ahora el hiper poblado, hiper tecnológico e hiper impersonal Japón del siglo XXI y no tiene que recrear un mundo fantástico y lejano. En las novelas de Murakami, el otro lado del espejo es este y la mayor parte de las veces no hacen falta madrigueras de conejo, ingerir pócimas ni similares para tener en la mano la entrada a la aventura.

Esta noche de 248 páginas que es “After Dark” es fría o, por lo menos, a mí me ha dejado frío. Es cierto que la habilidad de Murakami para los diálogos sigue siendo ejemplar pero sus personajes dan la impresión de sentirse condicionados por una dirección escénica un poco desmotivada. Lo que le sorprende al entrecejo, que se arruga al poco de empezar aun con la esperanza de que a lo largo de esta noche de novela las cosas se aclaren un poco, es el recurso de elementos trillados en detrimento de aquellos otros donde Murakami siempre se ha movido como pez en el agua. Por ejemplo, la sustitución de la narración en primera persona por ese (en ocasiones) cansino narrador-cámara (nos alejamos de la escena, nos situamos en tal ángulo, sobrevolamos la escena antes de descender girando por…) que habla y decide por nosotros (“no podemos intervenir aunque queramos”) y que ya está muy visto. Las cosas pueden estar muy vistas pero utilizadas con gracia es otra cosa. No es el caso.

Pero lo que más duele es el misterio, si es que lo hay. Ese es el problema más grande: que aquí hay tantas ganas de ponerle misterio a las tinieblas de la madrugada que no hay misterio. El problema está en que una cosa es narrar de manera nebulosa una historia, crear climas inciertos, querer insinuar dejando cabos sueltos a la imaginación pero otra es dejar los cables al aire dibujando escenas con una nitidez de contornos tal que no hace otra cosa que dejar en evidencia su condición de islotes de palabras flotando a la deriva en un mar de páginas. Así, se amontonan, como en una composición dadaísta, elementos dispares que pretenden crear un clima determinado y que sólo consiguen dejarnos fríos. Esa bella durmiente que yace en una habitación frente a un televisor apagado, esa voz del narrador cámara que se empeña en mirar al cristal del televisor porque (para colmo) presiente que algo va a pasar y mira por dónde, el aparato se enciende; ese temor nuestro (ay, ay) a que un Murakami caiga en la tentación de hacer (no, no!) que el televisor engulla a la bella durmiente para dejarla atrapada en un dormitorio catódico (recurso manido que, además, no conduce a nada).

En fin. Llegan las luces del amanecer y nos quedamos fundidos (fundidos en negro). Dónde queda esa magia que nos envuelve y nos rodea antes de que nos demos cuenta de ello y que nos atrapa con la fuerza de un hechizo en otras obras de Murakami; dónde quedan los intensos instantes, vibrantes, vividos en “La caza del carnero salvaje”, cuya trama vive en perfecto presente aunque su lectura quede en un verano del pasado; dónde queda la magia de llevarnos por caminos inaccesibles hasta la cabaña en la cima de una montaña agreste, sacudidas sus paredes por el viento crudo del invierno, donde esperamos junto al protagonista la llegada de un amigo de la infancia hasta que una noche, envueltos en una manta, tiritando, entramos en el salón movidos por una repentina certeza (el silbido de los remolinos de aire y la nieve afuera) y nos sentamos espalda con espalda con alguien, él, al fin llegó; y qué maravilloso milagro el de la literatura que hace posible que esa noche fría (en otras tinieblas que nada tienen que ver con estas) las palabras rompan el silencio con aliento gélido, estás muerto, y la respuesta que se escuche sea un si que nos provoca un escalofrío inolvidable.

“After Dark” está poco claro.

7 pensamientos en “Tinieblas

  1. toni

    creo que esta es la primera vez que no estoy de acuerdo contigo en un libro. a mí me parece que Murakami muestra un montón de cosas que ocurren de noche. o ninguna. algunas trascienden más allá de la historia, después del amanecer, otras, no hacen nada más que ser. a mí me llevó de la mano, me enseñó lo que quiso y luego me soltó. y no me dijo nada más. así que dejé que las horas fueran llevándome donde quisieran. es raro, porque, no hay misterio, casi no hay historia, no tiene final ni principio, ni nada, pero me gusta como cuenta precisamente eso, sus diálogos y ese intríngulis de palabras que dibujan la noche. que eché de menos a Kafka y su orilla, puede que sí. pero decepción, no. todavía no.

  2. emejota Autor

    En realidad estamos de acuerdo en varias cosas, toni: el montón de cosas o ninguna; que enseña lo que quiere, te lleva la mano y luego te suelta y no dice nada más… Pero sobre todo eso prima la forma de narrar. Y después de una decena de Murakamis está poco inspirada. Hay fantásticas formas de cogerte de la mano, enseñar lo que el ilusionista quiere y dejarte de la mano con una sensación inquietante. Pero yo aquí no veo eso. Veo previsibilidad, machaconería, lugares comunes (a porrillo); veo a alguien que parece querer hacer una novela de Murakami sin ser Murakami. Eso sí, los diálogos, como siempre, muy buenos en su argumento de cosas cotidianas, en su cadencia. Ahí sí. Poco más.

    De todas formas, igual es que me estoy volviendo un poco mustio pero está bien que discrepemos, que ya hay quien piensa que eres mi alter ego y que te invento cada amanecer. Y eso sí que es fantásticamente literario :)

  3. toni

    no, no te estás volviendo mústio, es que llevas una decena de Murakamis, y yo sólo cuatro. y así, claro, cualquiera puede opinar mejor que uno. no es el que más me ha gustado, pero tampoco me ha dejado con mal sabor de boca. de hecho, la última escena, esa última hora mágica de abrazos y calor, y los diálogos con el músico o la prostituta, son algo brillante. supongo que todavía no me he cansado de él. y no, no soy tu alter ego (aunque a veces me gustaría tener sólo un trocito de tu ingenio y fascinación por vivir y continuar e inventar), pero sí una coincidencia bastante importante. y eso, ya más que suficiente.

  4. C.

    Con solo dos Murakamis en la memoria, solo puedo dar mi versión personalísima, parcial, subjetiva y todo lo que queráis de sus novelas. Tokio blues y Kafka me tuvieron enganchadísima y fascinada, aunque me dejaron con cierta sensación -ya lo he dicho alguna vez- de haber sido “timada” por alquien que despliega un universo ante nuestros ojos, con algunos personajes geniales (y eso es suficiente para aplaudirlo), sin preocuparse del qué pasará, solo por el placer del andamiaje que construye: no le importa que aquello pueda desmoronarse. A mí eso a la larga me cansa. Creo que leeré alguno más, fiándome de ciertos lectores :)
    Por cierto, toni, terminé El consuelo, y con la Gavalda la impresión es un poco la misma de leído uno, leídos todos -aunque con agrado- ¿va a ser así?
    (Ya sé que también pasa eso con cierta literatura que me gusta, y que en esos casos, busco lo que ya encontré… en fin, seré incoherente o será simplemente que unos autores me calan más que otros)

  5. toni

    sí, C., la señorita Gavalda tiene eso, que leído uno, leídos todos. aunque con agrado. igual que otros escritores, cineastas, músicos o cualquier otro personal artísitco. pero se leen y se disfrutan más que con agrado, con deleite. lo que me gusta de Gavalda es cómo cuenta lo que cuenta. me gusta cómo usa las frases y cómo va construyendo los personajes a través de pedacitos de sus vidas, todas mezcladas. lo que luego cuente, bueno, al final, va a ser el mar sobre el que todo eso flota.

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