Archivo por días: 30 noviembre, 2008

Tinieblas

After DarkPregunta: ¿es “After Dark” la primera decepción que me he llevado con Haruki Murakami? Puede que sí. Me temo que sí. Entre la duda y la afirmación hay un trecho pero es que en las tinieblas en las que nos sumerge la última entrega del japonés en España es difícil orientarse. La acción de “After dark” transcurre a lo largo de una noche, concretamente desde las 23:56 hasta las 06:52, aunque el momento desencadenante que pone en marcha el universo inquietante y fascinante de Murakami, el de los mundos paralelos, los pliegues en el espacio-tiempo y en el alma de los personajes, la frontera donde lo mágico y lo real se funden y nos confunden (y bien que nos dejamos, si hasta lo esperamos: perdernos en sus páginas, qué gozada); en fin, ese momento viene determinado por las doce campanadas de la medianoche, como en los cuentos de hadas y brujas de toda la vida, solo que aquí no hay campanadas porque el de Murakami es un universo digital (“Aparecen los dígitos 0:00”). Al fin y al cabo, parte del atractivo del imaginario de Haruki Murakami es que transcurre aquí, ahora, siendo el aquí y ahora el hiper poblado, hiper tecnológico e hiper impersonal Japón del siglo XXI y no tiene que recrear un mundo fantástico y lejano. En las novelas de Murakami, el otro lado del espejo es este y la mayor parte de las veces no hacen falta madrigueras de conejo, ingerir pócimas ni similares para tener en la mano la entrada a la aventura.

Esta noche de 248 páginas que es “After Dark” es fría o, por lo menos, a mí me ha dejado frío. Es cierto que la habilidad de Murakami para los diálogos sigue siendo ejemplar pero sus personajes dan la impresión de sentirse condicionados por una dirección escénica un poco desmotivada. Lo que le sorprende al entrecejo, que se arruga al poco de empezar aun con la esperanza de que a lo largo de esta noche de novela las cosas se aclaren un poco, es el recurso de elementos trillados en detrimento de aquellos otros donde Murakami siempre se ha movido como pez en el agua. Por ejemplo, la sustitución de la narración en primera persona por ese (en ocasiones) cansino narrador-cámara (nos alejamos de la escena, nos situamos en tal ángulo, sobrevolamos la escena antes de descender girando por…) que habla y decide por nosotros (“no podemos intervenir aunque queramos”) y que ya está muy visto. Las cosas pueden estar muy vistas pero utilizadas con gracia es otra cosa. No es el caso.

Pero lo que más duele es el misterio, si es que lo hay. Ese es el problema más grande: que aquí hay tantas ganas de ponerle misterio a las tinieblas de la madrugada que no hay misterio. El problema está en que una cosa es narrar de manera nebulosa una historia, crear climas inciertos, querer insinuar dejando cabos sueltos a la imaginación pero otra es dejar los cables al aire dibujando escenas con una nitidez de contornos tal que no hace otra cosa que dejar en evidencia su condición de islotes de palabras flotando a la deriva en un mar de páginas. Así, se amontonan, como en una composición dadaísta, elementos dispares que pretenden crear un clima determinado y que sólo consiguen dejarnos fríos. Esa bella durmiente que yace en una habitación frente a un televisor apagado, esa voz del narrador cámara que se empeña en mirar al cristal del televisor porque (para colmo) presiente que algo va a pasar y mira por dónde, el aparato se enciende; ese temor nuestro (ay, ay) a que un Murakami caiga en la tentación de hacer (no, no!) que el televisor engulla a la bella durmiente para dejarla atrapada en un dormitorio catódico (recurso manido que, además, no conduce a nada).

En fin. Llegan las luces del amanecer y nos quedamos fundidos (fundidos en negro). Dónde queda esa magia que nos envuelve y nos rodea antes de que nos demos cuenta de ello y que nos atrapa con la fuerza de un hechizo en otras obras de Murakami; dónde quedan los intensos instantes, vibrantes, vividos en “La caza del carnero salvaje”, cuya trama vive en perfecto presente aunque su lectura quede en un verano del pasado; dónde queda la magia de llevarnos por caminos inaccesibles hasta la cabaña en la cima de una montaña agreste, sacudidas sus paredes por el viento crudo del invierno, donde esperamos junto al protagonista la llegada de un amigo de la infancia hasta que una noche, envueltos en una manta, tiritando, entramos en el salón movidos por una repentina certeza (el silbido de los remolinos de aire y la nieve afuera) y nos sentamos espalda con espalda con alguien, él, al fin llegó; y qué maravilloso milagro el de la literatura que hace posible que esa noche fría (en otras tinieblas que nada tienen que ver con estas) las palabras rompan el silencio con aliento gélido, estás muerto, y la respuesta que se escuche sea un si que nos provoca un escalofrío inolvidable.

“After Dark” está poco claro.