Archivo por días: 27 noviembre, 2008

English (2)

Con todo el ajetreo de estos días se me olvidó anotar una cosa:

Ya tengo teacher.

Desde hace dos miércoles. Lindsay. De Georgia (USA). Contacté con ella a través de un anuncio que convenció a mi instinto. Qué cosa el instinto. Ve un rostro, un paisaje, unas notas en un pentagrama o unas letras impresas en un anuncio y te dice que sí o que no con una especie de calambre que culebrea por el pecho. Lo curioso es que va y acierta. No siempre, claro, pero casi siempre. Pues eso pasó cuando leí el anuncio de Lindsay. Es curioso el instinto. Lo que le convence, le mueve (o le conmueve) puede ser, como en este caso, un matiz deslizado de manera involuntaria en una esquina de una frase y contemplado ladeando un poco la cabeza así y luego así. Porque si fuera un matiz dejado caer de manera voluntaria el instinto eso lo nota y ya no le hace tanto gracia. Sospecho que al instinto le va leer entre líneas, más o menos, more or less, que habrá que empezar a decirlo en inglés. El acento ya es otra cosa. El acento es algo que no se puede poner en letras. Aquí, en todo caso, se puede hablar con subtítulos.

Supongo que tienen que darse muchas casualidades para que alguien nacido en Georgia (USA) de clases de inglés en un ático de la Plaza del Castillo de Pamplona. Subes por unas escaleras del todo irregulares, como de torreón de castillo un poco torcido, unas más altas que otras, la madera crujiente y desgastada, y al otro lado de la puerta te sale una sonrisa debajo de unas gafas que te dice hi y un gesto con la mano para que entres sin miedo. Y sentados en una mesa camilla de las de toda la vida te pones a hablar en inglés y a tomar notas en inglés y a mirar en inglés a través de la ventana desde la que se ve el techo de ese histórico núcleo pamplonica durante dos intensas (que no extensas) horas. Durante dos horas allá arriba puede pasar que estés talking about tal cosa y de abajo vengan gritos de batasunos en manifestación. Oh, my God, exclama Lindsay. Qué pesaos, digo yo.

Con Lindsay también tiendo a irme por las ramas y ella me deja, es más, a veces dice hasta very interesting pero la condición es que tiene que ser en inglés. Si meto la pata o las manos se quedan gesticulando mudas en el aire entonces ella viene en mi auxilio y yo sigo yéndome por las ramas. Ayer le contaba a Lindsay que desde que se me metió entre ceja y ceja esto del inglés me paso un rato por las noches por la (fascinante) moda norteamericana de los videoblogs. Para escuchar (listening) y ver (fisgar). Cuando llegan a casa, estas personas se ponen delante de su webcam y emiten su propio show, como suena, show, algunos hasta con carta de ajuste anunciando la hora de comienzo de la emisión. Y entonces te sale un tío muy gordo en camiseta sin tirantes o una chica de melena larga y cara de facultad de historia, o una pareja con fondo de cocina o un chaval sentado junto a sus padres viendo un capítulo de “Perdidos” en la tele. En el sofá están los padres, el chaval y su portátil con la webcam por este orden. A los padres apenas se les ve pero se dejan oir mediante continuos oh my god en voz masculina y femenina, unas veces sucesivamente y otras veces hasta simultáneamente. El chaval mira alternativamente hacia la tele y hacia la pantalla de su portátil y nosotros nos atrevemos a teclear preguntando qué temporada de la serie están viendo. La curiosidad es lo que tiene.

Four, dice el chaval a la pantalla con toda naturalidad. Oh, my god, exclaman los padres a dúo a la tele (en la tele se acaba de escuchar una música un poco tensa).

Y nosotros nos quedamos un poco perplejos porque de repente tomamos conciencia de que nos ha hablado alguien desde el salón de su casa sin que nosotros hayamos llamado a la puerta; sin saber siquiera si es una casa unifamiliar o una casa de pisos como la de Lindsay en la Plaza del Castillo por cuyas ventanas llegan las protestas de los batasunos con su mala leche asordinada. El chaval nos ha dicho cuatro como si fuera lo más normal y ha vuelto la vista a las intrigas del culebrón isleño y laberíntico mientras sus padres siguen exclamando oh my god, oh my gooood y es todo muy raro porque hace unos minutos no teníamos previsto ir de visita ni hacer vida social con el vecindario.

(Ya me he ído por las ramas)

Lo que venía a decir antes, que es lo que le venía a decir a Lindsay, es que todas esas estampas que pasan por la ventanita que se abre en el margen superior izquierdo del monitor y que muestran a tanta gente emitiendo sus shows caseros tienen un denominador común: la paradoja de la necesidad de comunicarse dentro de una burbuja hermética de incomunicación con el entorno inmediato. Porque se mueven, ríen, hablan y responden con desparpajo pero seguro que cuando saquen la basura al patio no se atreven a cruzar media palabra con el vecino que, a su vez, entrará en su casa a proseguir su propio show para reir, hablar, mostrar su nueva cocina o explicar cómo se prepara un pavo como Dios manda para el Día de Acción de Gracias. Es algo así como una cultura de la soledad donde montones de personas se atrincheran rodeados de toda clase de tecnología al servicio de una comunicación entusiasta precisamente porque no ven al objeto con el que se comunican. Solitude, le digo a Lindsay. Oh, that´s interesting, exclama Lindsay con las gafas bien redondas. Abajo, un batasuno grita Kanpora, para variar y en el sofá del salón de la pantalla, un matrimonio dice oh my god todo el rato. Pero todo el rato, oye.