Archivo por días: 24 noviembre, 2008

Blechacz

Rafal BlechaczEl tipo de la foto parece que es Rafal Blechacz pero no lo es. Tendríamos que ponerle un palito a la ele de Rafal (véase de nuevo la foto) y eso son cosas de la lengua polaca a las que el teclado castellano no alcanza. Puestos a mirar la imagen de la derecha, a ver, cuántos años le echamos a Rafal Blechacz. Sean los que sean, seguramente habrá que restar porque tiene 22. Sólo. Sí, sólo, pero es que la languidez polaca y el blanco y negro tienden a poner años. A mí lo que me gustaría es tener la constitución ósea de esa mano en la que descansa su barbilla, aunque para ello tuviera que tener una mano en blanco y negro y la otra en color. Soy de buen conformar.

Tenía ganas de escuchar a Blechacz. En octubre de 2005 se llevó los cinco premios atribuídos en el Concurso Internacional de Piano “Fryderyk Chopin” de Varsovia y lo hizo con la suficiente rotundidad como para dejar desierto el segundo puesto del premio principal. El fallo del jurado fue unánime, cosa que no siempre ha ocurrido. En los ochenta, Marta Argerich, a la sazón miembro del jurado, dijo que el premio debía ser otorgado a Ivo Pogorelich y sus compañeros discreparon. Cómo, pregunto airada ella, y se levantó dando un do de mano a la mesa y los mandó a paseo. Ese golpe de mano fue el que llevó a Pogorelich al estrellato, habiendo quedado segundo. Del primero nadie recuerda el nombre. Lo que son las cosas. A Blechacz le bastó con su propia mano, más bien con las dos, y lo suyo fue tan claro que, en estos tiempos de progresiva extinción de esa cosa llamada industria discográfica tal cual la conocemos, un mandamás de Deutsche Grammophon le ofreció un contrato por seis años, como a los futbolistas, igual.

El disco de la foto es el segundo de los tres que Blechacz tiene que grabar como mínimo para cumplir. El primero estuvo dedicado a los 24 Preludios de Chopin pero no he tenido aún oportunidad de escucharlo. Ahora llega este con un cambio de registro, me da a mi que obedece más a una elección personal que a la imposición de la discográfica. Este cedé de Sonatas incluye un curioso menú degustación de la Sonata Clásica: Haydn, Beethoven y Mozart. Suficientemente suculento como para probarlo. Me vine a casa con él bajo el brazo y me puse a ello y ocurrió una cosa curiosa: hacía tiempo, pero que mucho tiempo, que no ponía un disco para probarlo y al final lo escuchaba de tirón y con placer. Eso pasó. O pasaron. Sesenta y un minutos para ser exactos y como si nada, o como si mucho, porque dieron mucho de sí y al mismo tiempo se sucedieron rápidamente. Y eso es buena señal.

Para mí, Rafal Blechacz es el Hombre Tranquilo del piano. No entusiasma pero en absoluto resulta gris; no es electrizante pero es elegantemente expresivo; está dotado de una técnica poderosa que, sin embargo, no exhibe gratuitamente; tiene tendencia en ocasiones a animar los tempos pero al mismo tiempo es detallista, pulcro, y no parece tener prisa. Y escuchar con esas características y con ese pulso el primer tiempo de su Haydn, el último de su Beethoven y todo su Mozart justifican que sesenta y un minutos y un segundo, que es lo que dura el recital, se encojan. Hay que seguirle la pista.

Planning

De un tiempo a esta parte, cuando me espera una semana repleta de tareas y compromisos me entra un cierto abatimiento previo, como si el estrés se adelantara y adoptara forma de tristeza, como si el propio estrés no lo produjeran los diversos actos que tienes que acometer sino el mero hecho de pensarlos, de sostenerlos en las manos soportando todo el peso antes de ir desprendiéndote de estos el lunes y de este el martes y así hasta que al final respiras un poco.

Pues en esas estamos.

O estábamos. Porque el momento de abatimiento en realidad fue ayer. Los domingos por la tarde son un agravante. Son, de por sí, muy tristes. Creo que cuando nos hacemos mayores no terminamos de superar el “síndrome del domingo por la tarde”, que consiste en un sentimiento de tristeza y de soledad (a veces hasta de culpa si no has hecho todos los deberes) ante la vuelta a clase. Lo sentimos todos en mayor o menor medida. Los que no lo sientan es porque no se han parado a pensarlo y a traducir en palabras esa sustancia pegajosa y densa que se deja sentir en el pecho.

De momento todo sigue su curso: las primeras clases de la semana, atender las llamadas para concertar y/o confirmar las visitas a las radios y los medios escritos para el asunto del libro y los últimos detalles a la que es la más importante de todas las tareas de la semana: una charla, el miércoles después de comer, en la Universidad de Navarra, con ola de frío polar incluída. Dice el hombre del tiempo que el miércoles será el día elegido por el temporal para darse una vuelta a lo grande por Pamplona. Todo se junta.