Archivo por días: 21 noviembre, 2008

Regalo

El viaje del elefanteMe han traído a mediodía un regalo envuelto en papel azul y al abrirlo me he encontrado con la última novela de José Saramago, “El viaje del elefante”, el viaje que tuviera que interrumpir en la página 40 antes de irse al hospital y de ahí casi casi al otro barrio. Más de uno pensábamos que no volvía aunque deseábamos que lo hiciera, que volviera sano y salvo, que se recuperara poco a poco, empezando por los 16 kilos de peso perdidos; después, si las ganas regresaban, volver a tomar el lápiz para seguir trazando la senda de este viaje que me da que tiene buena pinta, muy buena pinta. Antes, en los años entusiastas del “Ensayo sobre la ceguera”, “Memorial del convento”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” y “Todos los nombres”, mi añorado amigo y librero Julio Mazo abría la caja en la que venía la última novela de Saramago y me entregaba el primer ejemplar con la expresión ilusionada de quien te hace un gran regalo. Y era verdad. Desde que se nos fuera al hospital para no volver, Rosa, su viuda, continúa la tradición y además me lo regala con dedicatoria incluída. Firman también Anabel e Ilenka y aunque no es la primera vez que lo hacen me sigue haciendo la misma ilusión. En esta ocasión pone esto:

El libro vuelve a estar dedicado a Pilar del Río, “que no dejó que yo muriera”; de nuevo, la narración viene encabezada por una cita entresacada de un libro imaginario (“Libro de los Itinerarios”) y de nuevo (“de nuevo” en el universo de Saramago es una expresión que es sinónimo de regocijante reencuentro con lo familiar) arranca con una larga frase narrada por esa voz tan inconfundible que le hiciera decir un día a Luis Landero: “Yo no sé, ni quiero saberlo, de dónde ha sacado Saramago ese diabólico tono narrativo, duro y piadoso a un tiempo, con algo de letanía bíblica y de nana infantil, que le permite contar tan cerca del corazón”.

Lo pongo en el lugar de lo “enseguida” y con muchas ganas.

Suceso

Ayer por la noche pasó algo muy curioso.

O muy desagradable.

Después de cenar recordé que hoy tocaba el control rutinario de análisis en el hospital, un simple análisis de sangre como el que me llevan haciendo desde hace más de un cuarto de siglo; tantos años y tantos análisis que es normal que a uno casi se le olvide cuándo le toca el siguiente por aquello de la rutina y de que la presencia de la aguja acercándose a la vena ya hace dos décadas que dejó de ser novedad. Pues bien (pues mal), caí en la cuenta de que hoy tocaban los análisis y de pronto me entró un ataque de ansiedad, en realidad lo llaman de pánico, que es una ansiedad de muchos grados en la escala de Richter de las ansiedades y cuyos efectos se dejan notar, si no en forma de grietas, sí en taquicardias, dificultad para respirar, adormecimiento de la lengua, sudoración, abatimiento profundo y parálisis total de acción.

Eso es lo peor. Porque atenta contra las leyes de toda lógica que alguien que se pone como una moto se quede quieto, como así fue desde las 22 horas aproximadamente hasta pasadas las 3:30 de la madrugada, momento en el que me acosté con un sabor amargo en la garganta y un eclipse en el pecho. Cuando te pones como una moto pero te quedas quieto sin remedio es que el cuerpo se debe hacer un lío mayúsculo, algo se cortacircuita o se desconecta porque lo normal es que te pusieras a dar botes y demás y qué va y ojalá, porque si te quedas quieto estando así es como si fueras a explotar. Pero no explotas. No ayer por lo menos.

En estas circunstancias, desde las 22 horas hasta las 3:30 hay tiempo para nada y para mucho. Básicamente hay tiempo para enviar un sms que también empieza a perder la paciencia pero, sobre todo, a pensar cómo el mero hecho de tener que realizar una tarea rutinaria que no lleva más allá de un minuto(hablo del análisis, no del sms) puede desencadenar semejante seísmo cuyas consecuencias se aprecian esta mañana en forma de resaca espesa y de temor, a qué, pues temor en general. Hay día por delante, seamos optimistas. Y yo creo que algo así sólo puede pasar cuando el cuerpo se rebela y protesta de una manera absoluta. Es una negación del cuerpo que no admite negociación posible; igual otro día sí, no digo que no, hasta entiendo, cómo no entenderlo, que sería lo normal. ULo de ayer fue un hasta aquí hemos llegado. Un pínchame la vena y es que exploto, vamos que si exploto.

Así que a la mierda el análisis.

Pena de terremoto y de sus réplicas porque de alguna manera altera la fisonomía del paisaje. Hoy es de esos días que te tienes que morder la lengua con quienes te la vienes mordiendo desde hace un tiempo; de esos días en los que lo cotidiano te supone un esfuerzo que desborda todas las previsiones y en los que te gustaría esconderte. Eso sobre todo. Dónde. Ni yo lo sé. Hay escondites que deben ser muy profundos. Es probable que por la tarde los equipos de rescate que notas corretear de un lado a otro por dentro, desconcertados al principio porque no saben muy bien qué socorrer primero, si esto o lo otro, hayan estabilizado la situación, garantizado la normalidad institucional y todo eso. Pero ahora las comunicaciones están bajo mínimos, por lo menos las de voz. Las de tecla, menos.

(Puntualización: no, no me quiero esconder; lo que quiero es tranquilidad)