Archivo por días: 18 noviembre, 2008

Integral

Estuvo brillante Anne Sophie Mutter ayer en Pamplona desplegando la integral de las Sonatas para violín y piano de Brahms con decisión y aliento poético. Hace falta un par de bemoles para entregarse a la tarea y algo más que eso para hacerlo con ese sonido tan bello. Ese “algo” es la palabra borrosa que separa a un gran intérprete de un intérprete genial, el misterioso pasillo por el que sólo acertamos a ver luz al final, luz inexplicable que nos deslumbra, luz que emana de unos pocos a cuyo calor nos acercamos los demás: esa lumbre misteriosa es alimento para el espíritu. A eso se refería Gerardo Diego en estos versos:

Yo, arrebatado de desesperanzas,
música tuya adentro sigo y sigo
y no sé si mis dedos -ay- la rozan”

(Soneto a Robert Schumann)

Quizá no la rocen pero la sentimos y asentimos a esa certeza un poco enmudecidos. Son necesarias muchas cosas para salir airosos de un programa como el de ayer: dominio técnico, sólida visión de conjunto del mapa de la geografía brahmsiana, capacidad de concentración y resistencia física, enorme sensibilidad y entrega. Entrega honesta. Tocar con la disposición de quien trae de ese bosque frondoso unas flores para tí: hacerlo con dedicación. Eso es lo que hizo la Mutter ayer, tras pasar un poco de puntillas la Sonata segunda que sirvió de calentamiento y de tanteo ante un público que se mostró un poco frío al principio. A partir de ahí todo cambió para regalarnos un resto de recital que quedará en nuestro recuerdo, ante todo, como hermoso. La bella música de Brahms, de melancolías impetuosas, parajes densos y claros en el bosque, interpretada de una manera hermosa, honda y natural a un tiempo. Si además el diálogo con el acompañante (el pianista Lambert Orkis) se establece en términos de complicidad, la cosa queda redonda.

Es difícil permanecer indiferente a la poética brahmsiana, sobre todo cuando se nos ofrece de una manera tan diáfana y directa.

Coda al programa: el multimillonario y faraónico Auditorio “Baluarte” de Pamplona es una decepción desconcertante; por fuera promete pero por dentro es feo a más no poder, de concepción provinciana y estética setentera: no se puede a estas alturas diseñar una sala que parece un cine de los de antes, flanqueando el cuadro por cortinajes en zig zag por arrriba y por los lados, creando un escenario en el que los músicos parecen estar en la final de un “Gente Joven” de los de Marisa Abad de la tele de aquellos tiempos, coño. Y esos incomodísimos asientos rojos como de skay (al menos lo parece) son un enigma: uno podría pensar que son un capricho del diseñador queriéndolos integrar en el conjunto, pero es que son feos, incómodos y no tienen cabida posible en el pentagrama. No entiendo cómo un edificio que por fuera muestra lo que muestra, por dentro es como un cine jesuítico de domingo por la tarde.

Tira de archivo: clic