Archivo por días: 4 noviembre, 2008

Obama

Crucemos los dedos. Tiene que ganar este hombre. Tiene que hacerlo aunque sea para que no gane el otro, porque el otro tiene cara de presidente apocalíptico, de guerra nuclear, y si no le da al botón porque no atina, por beodo y eso, le dará sin pensarlo y con saña esa señora de mirada, gesto y verbo psicopatoide, aterradora toda ella. Así que tiene que ganar este hombre; luego ya se verá cómo lo hace, si mejor o peor, pero creo que en este momento, cuando no sólo los EEUU sino todo el planeta, incluso este pequeño rincón del Norte imaginario, estamos pendientes de que salgan los primeros datos, los de la punta Este a la 1 y a partir de ahí hacia la izquierda del mapa hasta las 7 de la mañana, lo único que nos preocupa es que no salga el otro con los dedos haciendo una uve y, sobre todo, por Dios, que no salga al lado la señora perturbada y perturbadora mirándonos con ojos de os vais a enterar y esto lo remato yo en tres frases, dos llamadas y un click. Boom. Tiene que ganar el hombre de la foto. Luego nos pondremos a pensar en si lo hará bien o si podrá y tal.

Bis

¿Qué fue lo mejor de las muchas cosas buenas que ocurrieron ayer en el Auditorio de Zaragoza cuando esta luz anaranjada se apagó en un diminuendo suave hasta dejarnos en una penumbra camerística? El descubrimiento, a los pocos compases de iniciar el concierto, de que esta ansiedad que me acompaña a diario desde hace tres años, en su momento desbocada, últimamente convertida en un rumor, molesto, pero rumor, había cesado. Por completo. Me di perfecta cuenta, me arrellané en la butaca y me deja llevar, feliz y absorto. Porque esa fue la segunda mejor cosa de las muchas cosas buenas que sucedieron ayer: el re-descubrimiento de la capacidad de asombro por las cosas, el oh que se dibuja en la boca pero suena por dentro, a la altura del pecho.

Solamente la frase que el piano dibuja en solitario al comienzo del Andante molto tranquilo de la Sonata para violoncello y piano en la menor de Grieg valía el concierto entero. Porque la Argerich no sólo estuvo en vena, sino que estuvo cómoda y con ganas de regalar cariño. Esos rubatos geniales que dejaron al millar y medio largo de personas en silencio absoluto, pendientes de cuándo sonará la resolución de la nota que se sostiene al borde de no se sabe qué, no es fruto de un dominio total del instrumento, ni de las tablas, ni siquiera del arte de saber delinear con pulso preciso y delicado el perfil de las melodías. Es magia. Y también demuestra la capacidad de Martha Argerich de convertir una frase musical en un verso que te estremece. La Argerich es, ante todo y sobre todo, poeta.

Versátil como pocos de sus colegas, poseedora de una paleta de registros que parece inagotable, ayer la Argerich estuvo pendiente de todo, desde el pasapáginas hasta su compañero en el escenario, el violoncellista Mischa Maisky. Pero al mismo tiempo (y esa es su principal cualidad como fabulosa intérprete de cámara) supo mantenerse en su sitio, adaptando la voz del piano con la del cello para mantener una conversación musical.

El de ayer fue uno de esos raros momentos en los que eres consciente de estar viviendo una ocasión única e irrepetible. Quizá por eso cuando aplaudes estás dando las gracias por el regalo del presente y por tantos regalos en los años precedentes en esas grabaciones imprescindibles que tanto he disfrutado desde mi temprana adolescencia. La Argerich se marchaba ayer sonriente, erguida sobre sus taconazos, tras un Chopin extra y extraordinario.