Diario

Está cayendo una buena ahí fuera. Una cortina de agua y un viento arremolinado estalla contra las ventanas desde la pasada noche; lo sé porque el ruído me ha despertado y, como suele ocurrir en estos casos, experimentas una sensación de inquietud de evidentes reminiscencias infantiles y cierto placer por verte al abrigo del temporal. Desde que José Antonio Maldonado se jubiló no te puedes fiar del hombre del tiempo, quien ayer aseguró en la tele que esta zona tendría un tiempo tranquilo, es más (el es más lo puso él) habrá hasta sol. Pues mira.

Mientras cae la lluvia y el viento aúlla y uno se abandona al sueño, el ciberespacio bulle en actividad. Los hay insomnes, los hay que vuelven de juerga del sábado noche y se ponen a darle al clic, pero sobre todo los hay que visitan estas latitudes nocturnas cuando para ellos hace rato que ha salido el sol o, por el contrario, la noche aún no les ha alcanzado. De todas las cadenas de palabras procesadas por este oráculo global que es Google y que, vete a saber la razón, o la sinrazón, aconseja dirigir los pasos de quien consulta hcia este blog, pocas ha habido tan sorprendentes como esta:

Eso es fe y necesidad. Creo que hablar tanto de las monjas de mi colegio confunde a Google. Lógico. Las monjas ya no son lo que eran. Quiero decir que esas monjas que se paseaban por el pasillo de mi colegio con cazadora de aviador y cara de Leonidas Breznev practicando por el pasillo su deporte favorito, esto es, repartir mamporros a mansalva a manera de desfogue, ni conocieron Google ni viceversa. Ahora debe de ser distinto. Todavía se me ponen los ojos como platos cuando recuerdo haber leído en el blog de una monja profesora, marchosa y dicharachera ella, el comentario de un alumno de primero de la ESO diciéndole oye marijose, genial lo del bog este, que me tienes que explicar cómo se hace esto de abrir uno porque está guay; y la tal marijose le responde: hola manuel, si te conectas desde clase te enseño en un recreo. Y es ahí cuando se me abrieron los ojos como platos. Conectar desde clase y te enseño en el recreo. Leer para creer.

Estoy melancólico.

Y flojo, sí.

Creo que en parte es porque deben quedar gotitas de elixir en el cuerpo (me toca una nueva dosis el martes, pero voy a tener que adelantarla de nuevo) y la batería avisa y la maquinaria tiende a ponerse en modo hibernación, como la sonda de la NASA que está haciendo lo mismo allá en Marte, reducir su actividad al mínimo. Yo no es que la reduzca, es en general todo lo que me mantiene a mí reducido, como vulnerable física y psicológicamente. Por eso me mantengo al margen de las cosas.

Cuando me pongo melancólico me pasan cosas como la de hace un rato, cuando he sido valiente y, a pesar de lo dicho en los párrafos anteriores, he desafiado a los elementos que por poco se me llevan volando y he ido a por la prensa. Ir a por la prensa en domingo tiene sus riesgos, como muchos sabemos, sobre todo si a la puerta de la librería que hace de puesto de periódicos está (mal) aparcado sobre la acera cierto coche de lujo de aspecto funerario. No era el caso. Creo que por eso había dentro tres o cuatro personas y, además, estaban con aspecto relajado. Si no de qué. El caso es que he ido a por la prensa pero al verla me ha entrado una pereza grande, como de periódico de domingo. Pero cuando me he dado una vuelta por el bosque de libros, al fondo, y el ojo se me ha ido al único ejemplar que queda de “El niño robado”, el libro que comenté el otro día, el libro que todavía me mantiene atrapado y que sigue siendo un gozo y una melancolía gozosa, un otoño de letras y muchas cosas más, pues no me ha dado la gana de sugerirlo a los dos conocidos que andaban recolectando lecturas bajo el brazo con evidente aire competidor. Me pongo malo con eso. Y no sé si a los demás, pero a mí, que de natural soy una persona que disfruta compartiendo entusiasmos, me ocurre que en ocasiones pues no me da la gana, como si el libro en cuestión fuera un territorio secreto y privado, un escondite. Hay libros que requieren una mínima sensibilidad, una naturalidad en el acercamiento, un despojarse de prejuicios pedantescos; sobre todo, requieren silencio, tiempo, mimo, tacto, atención, todas esas cosas que de repente, en este domingo de grises y agua y remolinos de aire, de melancolías y flojeras, te hacen enmudecer, decir buenos días, aunque no lo sean pero siempre hay que ser educado, y hacer mutis por el foro.

Me voy a comer a casa de la abuela.

4 pensamientos en “Diario

  1. Iona

    Yo todavía no me he encontrado con frases de monjas en los pasillos practicando su deporte favorito ni con oraciones sobre motos robadas (aunque sí recuerdo a alguna que otra religiosa con cazadora breznev y cara de aviador, o era al revés, dando algún que otro mamporro sin ningún criterio aparente, es decir, aquítepilloyaquítedoy); pero lo que sí me he encontrado últimamente son frases y oraciones todavía más raras que hablan, entre otras cosas, de la higiene de sanitarios, imagínate, como si una fuera una guarra, lo que faltaba!

  2. toni

    las monjas de los colegios son una raza extraña. se contagias de sus alumnos y se tienen envidia y se tiran de los pelos (que las he visto yo) y se inslutan y se amenazan con la excomunión. no creen en nada ni quieren creer, porque eso es lo que menos les importa. las monjas, menudos personajes. mientras tanto, fuera, empiezan a bajar algunos grados y también nos puede llevar el viento. por suerte, estamos abonados a la prensa y a las seis y media ya está en la puerta. buen provecho.

  3. C.

    Tengo que decirlo, aun a riesgo de parecer un bicho raro -que a lo mejor lo soy-. Además de gustarme el frenadol, yo tuve, en general, monjas buenas. Y una de ellas era un ángel, una de esas personas que marcan positiva y definitivamente la visión del mundo de un niño.
    (la peor era la de música, creo que ya lo he dicho alguna vez. No he visto cosa más cursi)

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