Archivo por meses: noviembre 2008

Tinieblas

After DarkPregunta: ¿es “After Dark” la primera decepción que me he llevado con Haruki Murakami? Puede que sí. Me temo que sí. Entre la duda y la afirmación hay un trecho pero es que en las tinieblas en las que nos sumerge la última entrega del japonés en España es difícil orientarse. La acción de “After dark” transcurre a lo largo de una noche, concretamente desde las 23:56 hasta las 06:52, aunque el momento desencadenante que pone en marcha el universo inquietante y fascinante de Murakami, el de los mundos paralelos, los pliegues en el espacio-tiempo y en el alma de los personajes, la frontera donde lo mágico y lo real se funden y nos confunden (y bien que nos dejamos, si hasta lo esperamos: perdernos en sus páginas, qué gozada); en fin, ese momento viene determinado por las doce campanadas de la medianoche, como en los cuentos de hadas y brujas de toda la vida, solo que aquí no hay campanadas porque el de Murakami es un universo digital (“Aparecen los dígitos 0:00”). Al fin y al cabo, parte del atractivo del imaginario de Haruki Murakami es que transcurre aquí, ahora, siendo el aquí y ahora el hiper poblado, hiper tecnológico e hiper impersonal Japón del siglo XXI y no tiene que recrear un mundo fantástico y lejano. En las novelas de Murakami, el otro lado del espejo es este y la mayor parte de las veces no hacen falta madrigueras de conejo, ingerir pócimas ni similares para tener en la mano la entrada a la aventura.

Esta noche de 248 páginas que es “After Dark” es fría o, por lo menos, a mí me ha dejado frío. Es cierto que la habilidad de Murakami para los diálogos sigue siendo ejemplar pero sus personajes dan la impresión de sentirse condicionados por una dirección escénica un poco desmotivada. Lo que le sorprende al entrecejo, que se arruga al poco de empezar aun con la esperanza de que a lo largo de esta noche de novela las cosas se aclaren un poco, es el recurso de elementos trillados en detrimento de aquellos otros donde Murakami siempre se ha movido como pez en el agua. Por ejemplo, la sustitución de la narración en primera persona por ese (en ocasiones) cansino narrador-cámara (nos alejamos de la escena, nos situamos en tal ángulo, sobrevolamos la escena antes de descender girando por…) que habla y decide por nosotros (“no podemos intervenir aunque queramos”) y que ya está muy visto. Las cosas pueden estar muy vistas pero utilizadas con gracia es otra cosa. No es el caso.

Pero lo que más duele es el misterio, si es que lo hay. Ese es el problema más grande: que aquí hay tantas ganas de ponerle misterio a las tinieblas de la madrugada que no hay misterio. El problema está en que una cosa es narrar de manera nebulosa una historia, crear climas inciertos, querer insinuar dejando cabos sueltos a la imaginación pero otra es dejar los cables al aire dibujando escenas con una nitidez de contornos tal que no hace otra cosa que dejar en evidencia su condición de islotes de palabras flotando a la deriva en un mar de páginas. Así, se amontonan, como en una composición dadaísta, elementos dispares que pretenden crear un clima determinado y que sólo consiguen dejarnos fríos. Esa bella durmiente que yace en una habitación frente a un televisor apagado, esa voz del narrador cámara que se empeña en mirar al cristal del televisor porque (para colmo) presiente que algo va a pasar y mira por dónde, el aparato se enciende; ese temor nuestro (ay, ay) a que un Murakami caiga en la tentación de hacer (no, no!) que el televisor engulla a la bella durmiente para dejarla atrapada en un dormitorio catódico (recurso manido que, además, no conduce a nada).

En fin. Llegan las luces del amanecer y nos quedamos fundidos (fundidos en negro). Dónde queda esa magia que nos envuelve y nos rodea antes de que nos demos cuenta de ello y que nos atrapa con la fuerza de un hechizo en otras obras de Murakami; dónde quedan los intensos instantes, vibrantes, vividos en “La caza del carnero salvaje”, cuya trama vive en perfecto presente aunque su lectura quede en un verano del pasado; dónde queda la magia de llevarnos por caminos inaccesibles hasta la cabaña en la cima de una montaña agreste, sacudidas sus paredes por el viento crudo del invierno, donde esperamos junto al protagonista la llegada de un amigo de la infancia hasta que una noche, envueltos en una manta, tiritando, entramos en el salón movidos por una repentina certeza (el silbido de los remolinos de aire y la nieve afuera) y nos sentamos espalda con espalda con alguien, él, al fin llegó; y qué maravilloso milagro el de la literatura que hace posible que esa noche fría (en otras tinieblas que nada tienen que ver con estas) las palabras rompan el silencio con aliento gélido, estás muerto, y la respuesta que se escuche sea un si que nos provoca un escalofrío inolvidable.

“After Dark” está poco claro.

Piedra

Uno de mis riñones expulsó una piedra de generoso tamaño sin protestar con cólico alguno. Un misterio. Porque la piedra tenía una forma irregular y con aristas y, sin embargo, salió sin una mala gana siquiera. Me quedé mirando la piedra y pensé en lo que pudo pasar si le hubiera dado por protestar la tarde anterior, en mitad de la charla en la universidad. Entonces me entró una mala gana retrospectiva. Imagina, acabas de fijar en la pantalla un musicograma con el mapa de Someone to watch over me” y en lugar de improvisar empiezas a dar el cante, y no precisamente como Ella Fitzgerald; ni siquiera comparable con el grito de desgarro con el que la Niña de los Peines empieza sus siguiriyas en las grabaciones con clasclás de 1922;. Lo mío habría sido un aullido sin trance ni duende, pero sí con vomitona digna de la niña del exorcista. Eso lo menos. Un cólico de riñón es lo peor. Hubo unos años en los que me tocaron bastantes y con cierta frecuencia; empezaron de repente y de repente cesaron. Ahora, visto lo visto, quedaba una piedra por ahí dentro, no sé si en el riñón izquierdo o en el derecho. Sea como sea, salió sin hacer ruído.

English (2)

Con todo el ajetreo de estos días se me olvidó anotar una cosa:

Ya tengo teacher.

Desde hace dos miércoles. Lindsay. De Georgia (USA). Contacté con ella a través de un anuncio que convenció a mi instinto. Qué cosa el instinto. Ve un rostro, un paisaje, unas notas en un pentagrama o unas letras impresas en un anuncio y te dice que sí o que no con una especie de calambre que culebrea por el pecho. Lo curioso es que va y acierta. No siempre, claro, pero casi siempre. Pues eso pasó cuando leí el anuncio de Lindsay. Es curioso el instinto. Lo que le convence, le mueve (o le conmueve) puede ser, como en este caso, un matiz deslizado de manera involuntaria en una esquina de una frase y contemplado ladeando un poco la cabeza así y luego así. Porque si fuera un matiz dejado caer de manera voluntaria el instinto eso lo nota y ya no le hace tanto gracia. Sospecho que al instinto le va leer entre líneas, más o menos, more or less, que habrá que empezar a decirlo en inglés. El acento ya es otra cosa. El acento es algo que no se puede poner en letras. Aquí, en todo caso, se puede hablar con subtítulos.

Supongo que tienen que darse muchas casualidades para que alguien nacido en Georgia (USA) de clases de inglés en un ático de la Plaza del Castillo de Pamplona. Subes por unas escaleras del todo irregulares, como de torreón de castillo un poco torcido, unas más altas que otras, la madera crujiente y desgastada, y al otro lado de la puerta te sale una sonrisa debajo de unas gafas que te dice hi y un gesto con la mano para que entres sin miedo. Y sentados en una mesa camilla de las de toda la vida te pones a hablar en inglés y a tomar notas en inglés y a mirar en inglés a través de la ventana desde la que se ve el techo de ese histórico núcleo pamplonica durante dos intensas (que no extensas) horas. Durante dos horas allá arriba puede pasar que estés talking about tal cosa y de abajo vengan gritos de batasunos en manifestación. Oh, my God, exclama Lindsay. Qué pesaos, digo yo.

Con Lindsay también tiendo a irme por las ramas y ella me deja, es más, a veces dice hasta very interesting pero la condición es que tiene que ser en inglés. Si meto la pata o las manos se quedan gesticulando mudas en el aire entonces ella viene en mi auxilio y yo sigo yéndome por las ramas. Ayer le contaba a Lindsay que desde que se me metió entre ceja y ceja esto del inglés me paso un rato por las noches por la (fascinante) moda norteamericana de los videoblogs. Para escuchar (listening) y ver (fisgar). Cuando llegan a casa, estas personas se ponen delante de su webcam y emiten su propio show, como suena, show, algunos hasta con carta de ajuste anunciando la hora de comienzo de la emisión. Y entonces te sale un tío muy gordo en camiseta sin tirantes o una chica de melena larga y cara de facultad de historia, o una pareja con fondo de cocina o un chaval sentado junto a sus padres viendo un capítulo de “Perdidos” en la tele. En el sofá están los padres, el chaval y su portátil con la webcam por este orden. A los padres apenas se les ve pero se dejan oir mediante continuos oh my god en voz masculina y femenina, unas veces sucesivamente y otras veces hasta simultáneamente. El chaval mira alternativamente hacia la tele y hacia la pantalla de su portátil y nosotros nos atrevemos a teclear preguntando qué temporada de la serie están viendo. La curiosidad es lo que tiene.

Four, dice el chaval a la pantalla con toda naturalidad. Oh, my god, exclaman los padres a dúo a la tele (en la tele se acaba de escuchar una música un poco tensa).

Y nosotros nos quedamos un poco perplejos porque de repente tomamos conciencia de que nos ha hablado alguien desde el salón de su casa sin que nosotros hayamos llamado a la puerta; sin saber siquiera si es una casa unifamiliar o una casa de pisos como la de Lindsay en la Plaza del Castillo por cuyas ventanas llegan las protestas de los batasunos con su mala leche asordinada. El chaval nos ha dicho cuatro como si fuera lo más normal y ha vuelto la vista a las intrigas del culebrón isleño y laberíntico mientras sus padres siguen exclamando oh my god, oh my gooood y es todo muy raro porque hace unos minutos no teníamos previsto ir de visita ni hacer vida social con el vecindario.

(Ya me he ído por las ramas)

Lo que venía a decir antes, que es lo que le venía a decir a Lindsay, es que todas esas estampas que pasan por la ventanita que se abre en el margen superior izquierdo del monitor y que muestran a tanta gente emitiendo sus shows caseros tienen un denominador común: la paradoja de la necesidad de comunicarse dentro de una burbuja hermética de incomunicación con el entorno inmediato. Porque se mueven, ríen, hablan y responden con desparpajo pero seguro que cuando saquen la basura al patio no se atreven a cruzar media palabra con el vecino que, a su vez, entrará en su casa a proseguir su propio show para reir, hablar, mostrar su nueva cocina o explicar cómo se prepara un pavo como Dios manda para el Día de Acción de Gracias. Es algo así como una cultura de la soledad donde montones de personas se atrincheran rodeados de toda clase de tecnología al servicio de una comunicación entusiasta precisamente porque no ven al objeto con el que se comunican. Solitude, le digo a Lindsay. Oh, that´s interesting, exclama Lindsay con las gafas bien redondas. Abajo, un batasuno grita Kanpora, para variar y en el sofá del salón de la pantalla, un matrimonio dice oh my god todo el rato. Pero todo el rato, oye.

Conexiones

Hay un hilo que relaciona el arrebato del duende con el vuelo del improvisador de jazz, por poner un ejemplo. De eso va la charla que esta tarde, de cuatro a cinco y media, imparto en la Universidad de Navarra en el marco de unas sesiones sobre la transmisión de aspectos de la cultura en la enseñanza de idiomas.

Estos señores me siguen invitando (ya va la tercera visita) y digo yo que eso es buena señal; pero cada vez me lo ponen más complicadillo en lo que se refiere a los temas que me encargan desarrollar. Sin embargo, debo reconocer que disfruto preparando esta clase de retos y al final sale una cosa, como en esta ocasión, que es un tendido de hilos que van y vienen, interconectando los aspectos comunes de ciertas manifestaciones del folclore musical de allí con las de aquí. Al proceder mediante comparaciones, se consigue en primer lugar activar el mecanismo de la curiosidad en los alumnos/oyentes. Y activar el mecanismo de la curiosidad supone contar con un aliado didáctico que facilita el trabajo porque la comparación con lo propio siempre les ayudará a comprender mejor conceptos ajenos a su entorno cultural. Eso espero, vamos.

Paso el día fuera. Me llevo el portátil con el susurro de la Vaughan y un alarido gitano, la bufanda de Gloria-madre y los guantes de mi hermano (es que no tengo ropa propia?) porque vamos a estar a bajo cero.

Medios

He visitado un estudio de radio muchas veces y para cosas muy diversas pero nunca supuse que me iba a poner un día delante de un micrófono para hablar de “La Idea del Norte”. Hoy lo he hecho por partida doble, a las 11 en Punto Radio, a las 13 en Onda Cero. Se están portando muy bien los medios con la llegada de la edición en papel de La Idea, la están acogiendo con afecto; eso me llena de satisfacción.

La primera visita ha tenido un preludio algo pintoresco. Desde el control, he visto al otro lado de la pecera a la concejala de cultura promocionando los libros que han sacado este año los autores locales. El motivo: la Semana Literaria que se celebra en esta ciudad estos días. Ha sido pintoresco porque estaba yo de pie al otro lado de la pecera con La Idea en la mano escuchando una enumeración en la yo no estaba presente y he pensado que eso era algo muy gouldiano, muy de la Idea del Norte: un libro que nace en cierta soledad, que va por libre, que hay que defenderlo a solas, con la tranquilidad y el orgullo de saber que en esas otras latitudes, en el invierno imaginario donde transcurren estas historias, uno siente el calor de tanta gente que ha llegado, ha estado y se ha ido, o que ha llegado y se ha quedado. De verdad, no he tomado a mal este exilio de la Idea del Norte; es más, si tengo que ser sincero, me he alegrado de mantenerme en el invierno de estas líneas, esperando obediente mi turno ante el micrófono para responder las preguntas de Germán.

Aún así, aprovechando la publicidad y el correspondiente encuentro en el pasillo, la concejala y yo nos hemos saludado cordialmente y le he dicho que, hombre, un pequeño hueco podían hacerle al libro, ya que es pequeño y apenas ocupa. Por equidad más que nada.  Si de promocionar estos días los textos que los ciudadanos han publicado a lo largo del año no estaría de más incluir el de este otro ciudadano, que también lo es, digo yo. Uno no es más ni menos que otros. Ha estado de acuerdo pero señalando con el índice ha aseverado lo siguiente:

-Yo salgo en ese libro.

Pues no, mira; así se lo he dicho. Le he dicho que sale un par de veces en la versión electrónica pero ninguna en la de papel. No sé si eso habrá sido un alivio o una decepción para ella pero es que tiendo a ser muy claro. Le he dicho que quien sí salió en su día numerosas veces fue su antecesor pero por méritos propios, que no míos. A continuación ha añadido que a ella le parecen muy bien las voces críticas, sobre todo cuando se expresan de manera adecuada, de lo que he deducido que daba por hecho que su presencia en este blog no era precisamente laudatoria, aunque estaba convenientemente expresada. Luego nos hemos despedido cordialmente, que los anuncios duran pero tampoco tanto.

Cuando te preguntan qué es La Idea del Norte, en qué latitudes está ese Norte, qué hay allí, quién reside, quién de los dos emejotas se mete más con el otro en las autoentrevistas (creo que yo, he respondido); en fin, responder a todas esas cosas es un placer. Es un juego y algo profundo al mismo tiempo. Y si te dejan explayarte, que es el caso, pues mejor todavía.

A la 1 he visitado la otra radio. Otro micrófono, otra persona enfrente y un mismo lugar del que hablar. El Norte de papel. Larga entrevista. No recuerdo exactamente qué he respondido a la pregunta de qué se ve a través de la ventana de La Idea del Norte pero lo que no olvidaré es que al periodista se le han saltado las lágrimas de tal manera que he tenido que prolongar un poco más allá el horizonte visual de lo que veo a través de esta ventana para que recompusiera el habla. Me he quedado un poco impresionado pero la entrevista ha sido cálida, acogedora, profunda. Amigable en un sentido que raras veces se da en un estudio de radio, máxime cuando te separa un cristal de tu interlocutor; uno pregunta, otro responde y después unos anuncios. Eso es lo habitual menos las veces que me ha tocado visitar Onda Cero y hablar con Ignacio, que se ha disculpado al final fuera de micro por no haber podido reprimir las emociones. Le he dicho que no había nada que disculpar, faltaría más, y me ha dado un abrazo de esos fuertes, fuertes.

La Idea del Norte habla de la pasión por vivir, no habla de otra cosa aunque lo parezca. Quizá eso sea contagioso.

Blechacz

Rafal BlechaczEl tipo de la foto parece que es Rafal Blechacz pero no lo es. Tendríamos que ponerle un palito a la ele de Rafal (véase de nuevo la foto) y eso son cosas de la lengua polaca a las que el teclado castellano no alcanza. Puestos a mirar la imagen de la derecha, a ver, cuántos años le echamos a Rafal Blechacz. Sean los que sean, seguramente habrá que restar porque tiene 22. Sólo. Sí, sólo, pero es que la languidez polaca y el blanco y negro tienden a poner años. A mí lo que me gustaría es tener la constitución ósea de esa mano en la que descansa su barbilla, aunque para ello tuviera que tener una mano en blanco y negro y la otra en color. Soy de buen conformar.

Tenía ganas de escuchar a Blechacz. En octubre de 2005 se llevó los cinco premios atribuídos en el Concurso Internacional de Piano “Fryderyk Chopin” de Varsovia y lo hizo con la suficiente rotundidad como para dejar desierto el segundo puesto del premio principal. El fallo del jurado fue unánime, cosa que no siempre ha ocurrido. En los ochenta, Marta Argerich, a la sazón miembro del jurado, dijo que el premio debía ser otorgado a Ivo Pogorelich y sus compañeros discreparon. Cómo, pregunto airada ella, y se levantó dando un do de mano a la mesa y los mandó a paseo. Ese golpe de mano fue el que llevó a Pogorelich al estrellato, habiendo quedado segundo. Del primero nadie recuerda el nombre. Lo que son las cosas. A Blechacz le bastó con su propia mano, más bien con las dos, y lo suyo fue tan claro que, en estos tiempos de progresiva extinción de esa cosa llamada industria discográfica tal cual la conocemos, un mandamás de Deutsche Grammophon le ofreció un contrato por seis años, como a los futbolistas, igual.

El disco de la foto es el segundo de los tres que Blechacz tiene que grabar como mínimo para cumplir. El primero estuvo dedicado a los 24 Preludios de Chopin pero no he tenido aún oportunidad de escucharlo. Ahora llega este con un cambio de registro, me da a mi que obedece más a una elección personal que a la imposición de la discográfica. Este cedé de Sonatas incluye un curioso menú degustación de la Sonata Clásica: Haydn, Beethoven y Mozart. Suficientemente suculento como para probarlo. Me vine a casa con él bajo el brazo y me puse a ello y ocurrió una cosa curiosa: hacía tiempo, pero que mucho tiempo, que no ponía un disco para probarlo y al final lo escuchaba de tirón y con placer. Eso pasó. O pasaron. Sesenta y un minutos para ser exactos y como si nada, o como si mucho, porque dieron mucho de sí y al mismo tiempo se sucedieron rápidamente. Y eso es buena señal.

Para mí, Rafal Blechacz es el Hombre Tranquilo del piano. No entusiasma pero en absoluto resulta gris; no es electrizante pero es elegantemente expresivo; está dotado de una técnica poderosa que, sin embargo, no exhibe gratuitamente; tiene tendencia en ocasiones a animar los tempos pero al mismo tiempo es detallista, pulcro, y no parece tener prisa. Y escuchar con esas características y con ese pulso el primer tiempo de su Haydn, el último de su Beethoven y todo su Mozart justifican que sesenta y un minutos y un segundo, que es lo que dura el recital, se encojan. Hay que seguirle la pista.

Planning

De un tiempo a esta parte, cuando me espera una semana repleta de tareas y compromisos me entra un cierto abatimiento previo, como si el estrés se adelantara y adoptara forma de tristeza, como si el propio estrés no lo produjeran los diversos actos que tienes que acometer sino el mero hecho de pensarlos, de sostenerlos en las manos soportando todo el peso antes de ir desprendiéndote de estos el lunes y de este el martes y así hasta que al final respiras un poco.

Pues en esas estamos.

O estábamos. Porque el momento de abatimiento en realidad fue ayer. Los domingos por la tarde son un agravante. Son, de por sí, muy tristes. Creo que cuando nos hacemos mayores no terminamos de superar el “síndrome del domingo por la tarde”, que consiste en un sentimiento de tristeza y de soledad (a veces hasta de culpa si no has hecho todos los deberes) ante la vuelta a clase. Lo sentimos todos en mayor o menor medida. Los que no lo sientan es porque no se han parado a pensarlo y a traducir en palabras esa sustancia pegajosa y densa que se deja sentir en el pecho.

De momento todo sigue su curso: las primeras clases de la semana, atender las llamadas para concertar y/o confirmar las visitas a las radios y los medios escritos para el asunto del libro y los últimos detalles a la que es la más importante de todas las tareas de la semana: una charla, el miércoles después de comer, en la Universidad de Navarra, con ola de frío polar incluída. Dice el hombre del tiempo que el miércoles será el día elegido por el temporal para darse una vuelta a lo grande por Pamplona. Todo se junta.

Santa Cecilia

Hoy es Santa Cecilia, patrona de los músicos o de la música, nunca lo he tenido muy claro. Tampoco importa. Santa Cecilia sirve para tener fiesta y no dar clase pero no es el caso; de hecho, Esther y yo hemos tenido la habitual clase/debate de los sábados por la mañana con el primoroso y transparente Preludio BWV 868 de Bach como objeto de nuestras atenciones. Esther tuvo ayer concierto de alumnos y cena con los compañeros de la escuela de música en la que trabaja. Yo estuve en casa viendo una película a oscuras porque ayer tenía el día en eclipse y hacia la medianoche recibí un sms de un número que no tengo anotado en la agenda. El mensaje era muy desconcertante porque decía:

“Sí”

Y ya está.

Sí qué, pregunté por mis adentros con el dvd en pausa. Estuve por ponerlo, sí qué, y reenviarlo al número en cuestión, pero como había dejado un diálogo congelado en mitad de la película lo dejé pasar y pulsé de nuevo el botón de pausa. Si alguien tiene un número de móvil terminado en 47 y envió ayer un sí a secas que me saque de dudas, por favor.

Los que sí me llamaron el otro día fueron Javier y Mila para invitarme a cenar a su casa el sábado, es decir, hoy. Por Santa Cecilia. Ellos cenaron ayer con sus respectivos compañeros de trabajo que a su vez han sido o son alumnos míos. Pero a mí no me van las cenas sinfónicas sino las cenas de cámara. Lo bueno de tener confianza con los amigos es que lo saben así que no tienes que andarte inventándote excusas. Un rato de distracción y buena compañía me vendrá bien. Me espera una semana que para qué.

Nocturno

Los movimientos pausados del barman confieren al local una manera muy particular de fluir el tiempo.
Mary le pregunta al barman:
-¿Usted sólo pone elepés?
-Es que los cedés no me gustan -responde el barman.
-¿Por qué?
-Porque brillan demasiado.

Haruki Murakami, “After Dark”

Regalo

El viaje del elefanteMe han traído a mediodía un regalo envuelto en papel azul y al abrirlo me he encontrado con la última novela de José Saramago, “El viaje del elefante”, el viaje que tuviera que interrumpir en la página 40 antes de irse al hospital y de ahí casi casi al otro barrio. Más de uno pensábamos que no volvía aunque deseábamos que lo hiciera, que volviera sano y salvo, que se recuperara poco a poco, empezando por los 16 kilos de peso perdidos; después, si las ganas regresaban, volver a tomar el lápiz para seguir trazando la senda de este viaje que me da que tiene buena pinta, muy buena pinta. Antes, en los años entusiastas del “Ensayo sobre la ceguera”, “Memorial del convento”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” y “Todos los nombres”, mi añorado amigo y librero Julio Mazo abría la caja en la que venía la última novela de Saramago y me entregaba el primer ejemplar con la expresión ilusionada de quien te hace un gran regalo. Y era verdad. Desde que se nos fuera al hospital para no volver, Rosa, su viuda, continúa la tradición y además me lo regala con dedicatoria incluída. Firman también Anabel e Ilenka y aunque no es la primera vez que lo hacen me sigue haciendo la misma ilusión. En esta ocasión pone esto:

El libro vuelve a estar dedicado a Pilar del Río, “que no dejó que yo muriera”; de nuevo, la narración viene encabezada por una cita entresacada de un libro imaginario (“Libro de los Itinerarios”) y de nuevo (“de nuevo” en el universo de Saramago es una expresión que es sinónimo de regocijante reencuentro con lo familiar) arranca con una larga frase narrada por esa voz tan inconfundible que le hiciera decir un día a Luis Landero: “Yo no sé, ni quiero saberlo, de dónde ha sacado Saramago ese diabólico tono narrativo, duro y piadoso a un tiempo, con algo de letanía bíblica y de nana infantil, que le permite contar tan cerca del corazón”.

Lo pongo en el lugar de lo “enseguida” y con muchas ganas.

Suceso

Ayer por la noche pasó algo muy curioso.

O muy desagradable.

Después de cenar recordé que hoy tocaba el control rutinario de análisis en el hospital, un simple análisis de sangre como el que me llevan haciendo desde hace más de un cuarto de siglo; tantos años y tantos análisis que es normal que a uno casi se le olvide cuándo le toca el siguiente por aquello de la rutina y de que la presencia de la aguja acercándose a la vena ya hace dos décadas que dejó de ser novedad. Pues bien (pues mal), caí en la cuenta de que hoy tocaban los análisis y de pronto me entró un ataque de ansiedad, en realidad lo llaman de pánico, que es una ansiedad de muchos grados en la escala de Richter de las ansiedades y cuyos efectos se dejan notar, si no en forma de grietas, sí en taquicardias, dificultad para respirar, adormecimiento de la lengua, sudoración, abatimiento profundo y parálisis total de acción.

Eso es lo peor. Porque atenta contra las leyes de toda lógica que alguien que se pone como una moto se quede quieto, como así fue desde las 22 horas aproximadamente hasta pasadas las 3:30 de la madrugada, momento en el que me acosté con un sabor amargo en la garganta y un eclipse en el pecho. Cuando te pones como una moto pero te quedas quieto sin remedio es que el cuerpo se debe hacer un lío mayúsculo, algo se cortacircuita o se desconecta porque lo normal es que te pusieras a dar botes y demás y qué va y ojalá, porque si te quedas quieto estando así es como si fueras a explotar. Pero no explotas. No ayer por lo menos.

En estas circunstancias, desde las 22 horas hasta las 3:30 hay tiempo para nada y para mucho. Básicamente hay tiempo para enviar un sms que también empieza a perder la paciencia pero, sobre todo, a pensar cómo el mero hecho de tener que realizar una tarea rutinaria que no lleva más allá de un minuto(hablo del análisis, no del sms) puede desencadenar semejante seísmo cuyas consecuencias se aprecian esta mañana en forma de resaca espesa y de temor, a qué, pues temor en general. Hay día por delante, seamos optimistas. Y yo creo que algo así sólo puede pasar cuando el cuerpo se rebela y protesta de una manera absoluta. Es una negación del cuerpo que no admite negociación posible; igual otro día sí, no digo que no, hasta entiendo, cómo no entenderlo, que sería lo normal. ULo de ayer fue un hasta aquí hemos llegado. Un pínchame la vena y es que exploto, vamos que si exploto.

Así que a la mierda el análisis.

Pena de terremoto y de sus réplicas porque de alguna manera altera la fisonomía del paisaje. Hoy es de esos días que te tienes que morder la lengua con quienes te la vienes mordiendo desde hace un tiempo; de esos días en los que lo cotidiano te supone un esfuerzo que desborda todas las previsiones y en los que te gustaría esconderte. Eso sobre todo. Dónde. Ni yo lo sé. Hay escondites que deben ser muy profundos. Es probable que por la tarde los equipos de rescate que notas corretear de un lado a otro por dentro, desconcertados al principio porque no saben muy bien qué socorrer primero, si esto o lo otro, hayan estabilizado la situación, garantizado la normalidad institucional y todo eso. Pero ahora las comunicaciones están bajo mínimos, por lo menos las de voz. Las de tecla, menos.

(Puntualización: no, no me quiero esconder; lo que quiero es tranquilidad)

Presentación

La Idea del NorteBueno, veamos, llegó ese momento en el que a uno le entra cierto pudor y, al mismo tiempo, la satisfacción de poder presentar la versión en papel de “La Idea del Norte”. Este libro es, literalmente, parte de mi vida; concretamente lo es desde Mayo de 2005 cuando la empieza a contar y se detiene el 31 de Diciembre de 2007. Aunque por razones obvias conozco la trama, las aventuras y desventuras de su protagonista, cuando tuve el primer ejemplar en la mano y lo leí hice un descubrimiento: al ir a síncopas, es decir, al haber tenido que efectuar una selección (tarea dolorosa) de los posts acumulados en el archivo me di cuenta de que el resultado no sólo no perdía el rumbo (del Norte) sino que el conjunto resultante formaba también un todo unitario. Ayer por la tarde ví los primeros ejemplares en la librería donde me he surtido de libros desde que era chaval y fue extraño y emocionante a un tiempo. Porque ese bosque de hojas que ocupaban una fila entera del escaparate venía a decirme que yo formaba parte de mi propia librería, porque así la siento: mi librería. Allí he crecido, allí han pasado muchas cosas de esas que quedan en el cajón de los buenos recuerdos, y allí sigo. Sobre todo, me siento muy querido. El sentimiento, desde luego, es mutuo.

¿Por qué “La Idea del Norte” en papel si ya está en la pantalla? Por muchas cosas y por una sola: para que quede un recuerdo. Hay gente que piensa que en internet las cosas permanecen pase lo que pase, aunque uno cierre el garito o le de un soponcio. No saben que internet echa el cierre cuando dejas de pagar el dominio y el alojamiento, como si fuera un hotel. No entra en mis planes próximos porque yo aquí estoy tan a gusto pero quién sabe qué pasará con el tiempo. Los demás no sé, yo desde luego quiero un recuerdo. No sé si es por narcisismo o porque soy un sentimental. Creo que va más por lo segundo.

Otra razón para convertir estas letras electrónicas en letras de tinta: hay quien nunca leería un texto en una pantalla, porque no quiere, porque le resulta difícil o porque no tiene acceso a un ordenador. De la misma manera que en aquel lejano primer post me preguntaba si habría alguien por ahí y con el tiempo se escucharon los primeros sí, sí, quién sabe si ocurrirá lo mismo ahora. En ese sentido es como si el blog, al pasar a papel, comenzara de nuevo. Y eso lo hace especialmente estimulante para mí: sentirlo nuevo otra vez. Para comenzar un blog en papel se necesita, como ocurre en su versión en pixels, de la interacción con los visitantes. Por ese motivo he abierto una cuenta de correo específica y la he colocado en la última página, por si alguien quiere decir algo, hola, qué tal, lo que sea. La diferencia es que la comunicación quedará entre dos pero seguirá siendo comunicación a fin de cuentas.

“La Idea del Norte”, el libro, es un cuaderno de notas de 176 páginas. Para su realización he contado con la ayuda desinteresada de varias personas a las que estoy muy agradecido. Diego puso la ventana a la portada cuando las primeras hojas del otoño caían anunciando el invierno imaginario donde transcurre todo esto. Concha puso el prólogo que aquí y como no podía ser de otra manera es preludio y desde el primer momento me sonó muy bien al oído. Hay otras colaboraciones que no por puntuales son menos importantes. Javier, por ejemplo, puso en tipografía la fórmula de Wittek y hasta sugirió una variante. Cuando Javier sugiere variantes en cuestiones de fórmulas y números no dudo un instante. A Rosa le agradezco varias cosas, sobre todo la de haber estado despierta hasta las tres y media de la madrugada una noche leyendo el libro; dice que unas veces se reía mucho y otras casi se le salta una lágrima y yo le contesto que así son las cosas, tal cual.

Por último, este es el libro que estas navidades voy a regalar a la gente que más aprecio. No se da todos los días que uno pueda regalar un libro propio y de características tan personales. Al hacerlo, estás dándote de alguna manera. Me gusta sentir eso, darme ese placer. Ayer pensé que si yo no fuera emejota me gustaría que me regalaran este libro, a ver de qué va, a ver qué me cuenta y esas cosas.

La Idea del Norte (cuaderno de notas, 2005-2007)

Integral

Estuvo brillante Anne Sophie Mutter ayer en Pamplona desplegando la integral de las Sonatas para violín y piano de Brahms con decisión y aliento poético. Hace falta un par de bemoles para entregarse a la tarea y algo más que eso para hacerlo con ese sonido tan bello. Ese “algo” es la palabra borrosa que separa a un gran intérprete de un intérprete genial, el misterioso pasillo por el que sólo acertamos a ver luz al final, luz inexplicable que nos deslumbra, luz que emana de unos pocos a cuyo calor nos acercamos los demás: esa lumbre misteriosa es alimento para el espíritu. A eso se refería Gerardo Diego en estos versos:

Yo, arrebatado de desesperanzas,
música tuya adentro sigo y sigo
y no sé si mis dedos -ay- la rozan”

(Soneto a Robert Schumann)

Quizá no la rocen pero la sentimos y asentimos a esa certeza un poco enmudecidos. Son necesarias muchas cosas para salir airosos de un programa como el de ayer: dominio técnico, sólida visión de conjunto del mapa de la geografía brahmsiana, capacidad de concentración y resistencia física, enorme sensibilidad y entrega. Entrega honesta. Tocar con la disposición de quien trae de ese bosque frondoso unas flores para tí: hacerlo con dedicación. Eso es lo que hizo la Mutter ayer, tras pasar un poco de puntillas la Sonata segunda que sirvió de calentamiento y de tanteo ante un público que se mostró un poco frío al principio. A partir de ahí todo cambió para regalarnos un resto de recital que quedará en nuestro recuerdo, ante todo, como hermoso. La bella música de Brahms, de melancolías impetuosas, parajes densos y claros en el bosque, interpretada de una manera hermosa, honda y natural a un tiempo. Si además el diálogo con el acompañante (el pianista Lambert Orkis) se establece en términos de complicidad, la cosa queda redonda.

Es difícil permanecer indiferente a la poética brahmsiana, sobre todo cuando se nos ofrece de una manera tan diáfana y directa.

Coda al programa: el multimillonario y faraónico Auditorio “Baluarte” de Pamplona es una decepción desconcertante; por fuera promete pero por dentro es feo a más no poder, de concepción provinciana y estética setentera: no se puede a estas alturas diseñar una sala que parece un cine de los de antes, flanqueando el cuadro por cortinajes en zig zag por arrriba y por los lados, creando un escenario en el que los músicos parecen estar en la final de un “Gente Joven” de los de Marisa Abad de la tele de aquellos tiempos, coño. Y esos incomodísimos asientos rojos como de skay (al menos lo parece) son un enigma: uno podría pensar que son un capricho del diseñador queriéndolos integrar en el conjunto, pero es que son feos, incómodos y no tienen cabida posible en el pentagrama. No entiendo cómo un edificio que por fuera muestra lo que muestra, por dentro es como un cine jesuítico de domingo por la tarde.

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Mutter

Anne Sophie MutterEsta tarde nos vamos al Auditorio “Baluarte” de Pamplona para ver y escuchar a la violinista Anne Sophie Mutter. Si no fuera por el violín que lleva en la mano cuando sale a escena se diría que la Mutter es una diva de ópera, tal es su presencia y sus maneras. Está encantada de sí misma, al menos lo parece. Aunque motivos tiene de sobra la matización es pertinente porque escuchándola en las entrevistas y diversos making-of se advierte una constante necesidad de recordárselo a sí misma, como si en realidad no lo estuviera. La de los genios es una existencia turbulenta, y lo mismo que a la hora del concierto tienen que dar la cara luego acarrean con su cruz, vete a saber. La Mutter es una todo terreno que parece disfrutar poniéndose a prueba. Carácter y talento para abordar los retos no le sobran, desde luego. Otra cosa es que salga bien parada porque es desconcertantemente irregular. Esta tarde se mete entre arco y espalda las tres Sonatas tres de Johannes Brahms y, aunque me parece un disparate de programa, sospecho que esta mujer brilla precisamente cuando se mete en estos lances.

Lo que diferencia a Anne Sophie Mutter de otros intérpretes de primera línea es que parece valerse de las obras para mostrarse a sí misma. Interpretar-se. Solo así se entiende que tras un instante genial haga una cosa muy rara que no viene a cuento con el argumento de la partitura pero sí con un mira qué bien me salen estos pianísimos, por ejemplo. Desde luego, le echa valor y eso dice mucho a su favor: admiro al intérprete que se arriesga. Otra cosa es el resultado.

Esta tarde la Mutter viene con las tres sonatas de Brahms. Casi nada. El hecho de que comience por la segunda apunta más a una estudiada distribución de energías o a un progresivo crescendo que culmine con el apoteósico y atronador aplauso que toda diva espera que a la intención de mostrar la evolución estilística en el tiempo de estas obras. El tamaño de las letras del cartel no engaña: aquí manda ella. Luego viene Brahms. El pianista, que en Brahms se las ve y se las desea, no parece contar mucho. Por de pronto, su nombre no viene impreso en las entradas siendo como es también un músico excepcional. Pongámoslo aquí: Lambert Orkis. En los 2 dvds correspondientes a las Sonatas de Mozart, que también interpretan juntos, aparece en la carátula en una tipografía significativamente exigua cuando, al menos en los recitales que ambos discos contienen, está muy por encima de ella. Vuelvo a sospechar que eso ocurre porque las Sonatas de Mozart son poca cosa para la Mutter y que lo que de verdad necesita es encerrarse con unos mihuras para que la adrenalina saque de ella ese punto de valquiria que tiene y nos deje temblando. Esperemos que así sea. Si no, al menos nos vendremos con la satisfacción de haberla visto en directo, oportunidad que no se tiene todos los días.

El principal problema que presenta enfrentarse a la integral de una música tan frondosa como la de Brahms es que para cuando suena la última sonata ya no quedará en el aire nada de la primera, que recordemos va a ser hoy segunda. Y eso es una pena porque esta segunda sonata es un claro en el bosque y quizá debería ser considerada de esa manera, con la penumbra del silencio alrededor. Hay obras así.

English

I need a teacher.

De inglés, claro. Variante americana, ya puestos. ¿Y cuál es la razón? Pues no lo sé, pero ahora me ha dado el punto. El punto lo tenía en coma desde hace años y el otro día despertó. Me quedé pensativo un rato (medio rato, para ser más exactos) y me dije a mí mismo:

I need a teacher.

Ahora bien, nada de escuelas de idiomas ni similares. Me aburro soberanamente. Si me aburro no rindo. Por el contrario, en el tú a tú rindo mucho. Me va la marcha de lo condensado. Siempre ha sido así: la necesidad de aprender a mi ritmo (antes rápido, ahora igual pesan los años) y el entusiasmo súbito por algo. De esa combinación han salido siempre cosas buenas. Mis estudios de Armonía y Contrapunto, por ejemplo, solitarias excursiones una vez al año al Conservatorio a las convocatorias de exámenes por libre tras un apasionante curso con ella o con él, con quien fuera.

Pues ahora pasa lo mismo pero in english. Este año puedo sacar el tiempo para ello así que habrá que empezar a buscar antes de que se me pase el punto y vuelva a caer el entusiasmo en coma.