Archivo por días: 30 octubre, 2008

Hilos

Esta mañana, durante una clase, enfrascados en una ingenuosa recapitulación mozartiana, la pantalla del móvil se ha iluminado reclamando mi atención:

Sergio (móvil)

Me ha extrañado un poco porque no es muy habitual que Sergio llame a esas horas, pero tampoco me ha parecido muy raro; o sí, porque algo me ha dicho que detuviera un momento la clase (cosa que no suelo hacer) y contestara. Entonces me ha contado Sergio lo de la bomba en la universidad. Sergio no va a esa universidad pero estaba viendo todo por la tele y se le notaba nervioso; de hecho, no he caído en la cuenta hasta mucho después que lo que temía Sergio es que yo estuviera allí, que también sería casualidad, pero ya sabemos cuántas veces hemos visto salir en las noticias a esa viuda que se lamenta diciendo que su marido llevaba 15 años pasando por una calle y, mira por dónde, esa mañana por esto o por lo otro pues no lo ha hecho y ya ves, en mitad de la diana; o ese hijo que, enrabietado, dice lo mismo de la que hasta hace unos instantes era su madre. Y he pensado que en casos así cada cual tiende instintivamente a asegurarse del estado de quienes verdaderamente le importan. Esa red de hilos invisible pero sólida que nos mantiene unidos a los otros de tal manera que si nos faltara esa conexión seríamos un poco menos nosotros. Sergio me ha llamado a mí sin pensarlo dos veces y sin pensarlo dos veces yo he llamado a dos personas que sabía que estaban allí, sin lugar a dudas. Y estas dos personas habrán hecho lo mismo con sus respectivos hilos afectivos. Prefiero quedarme con eso a pensar en el descerebrado o descerebrados que esta mañana han estado a punto de hacer una salvajada y que ahora estarán lamentándose de haber errado en el blanco, siendo el blanco la mayor cantidad de vidas posible.

Cuando me he asegurado de que las dos personas a las que he llamado estaban bien, a pesar del lógico nerviosismo, al terminar la clase he caído en lo de Sergio y le he devuelto la llamada. Y me he sentido todavía con más ganas de celebrar mañana viernes su cumpleaños, tal y como habíamos previsto, como todos los años, cenando en mi casa. Antes aún cenábamos fuera pero, es curioso, conforme se ha ido haciendo mayor preferimos cenar en la cocina, mano a mano, y luego seguimos allí o en el salón con la tertulia o con una película que a su vez nos mete en otra tertulia. Sea lo que sea, siempre nuestras reuniones de cumpleaños se prolongan tranquilamente en el tiempo de la madrugada y a la tertulia se le pueden poner muchos adjetivos: divertida, profunda, cercana, ocurrente y todavía más sin que haya un orden fijo.

Que uno de los hilos que me sustentan o me completan es Sergio no es algo desconocido para este blog. Y puedo añadir tranquilamente: y viceversa. Todos hacemos nuestra vida y la encauzamos por aquí o por allá pero a lo largo del trayecto, vayamos por donde vayamos, vamos estableciendo conexiones que perduran y que al final resultan nuestro valor más preciado.

Mañana vendrá Sergio a cenar una vez más a esta casa en la que se desenvuelve como si fuera la suya, porque realmente es así, tanto tiempo ha pasado ya: llegó con pantalón corto y nueve o diez años y ahora vuelve aparcando el coche a la vuelta de la manzana y frotándose las manos por el frío que traen las noches de octubre, el mes de su cumpleaños. Este año le espera un regalo que le va a gustar, fijo que sí; le desperté la intriga hace unas semanas pero no he soltado prenda, porque estas cosas tienen que ser así, sorpresa. No daremos pistas aquí tampoco, que sé que de vez en cuando se da un paseo silenciosamente.