Archivo por días: 22 octubre, 2008

Frío

La cosa va con tanto retraso que el primer día de otoño ha resultado ser primer día de invierno, y el cielo azul de ayer hoy era gris y los 20 grados se han enfriado hasta los 8. Y viento del Norte.

Vamos, maravilloso.

Soy un ser de invierno (o soy en invierno); en las demás estaciones, no tanto. Soy o no soy, esa es la cuestión meteorológica. Pero un día como el de hoy en el que, como ocurre últimamente, me despierto hacia las 6 y me levanto para hacer hora porque toca coger el autobús de las 8:15 con destino a Pamplona, hace que me encuentre en mi elemento. Tiritando, claro, pero una cosa no quita la otra. Quién nos iba a decir ayer que hoy las manos nos pedirían unos guantes cuando los guantes se habían quedado en casa en el cajón de las cosas de enero. Habrá que recordarlo para el próximo viaje. Mientras tanto, busquemos refugio en los bolsillos.

Pasear por la zona verde de Pamplona tal día como hoy es un placer, porque el verde del césped está recién estrenado y sobre él se posan, en círculos perfectos, las hojas secas que ha dejado caer el árbol desnudo. Y a cada paso te encuentras con una estampa que reclama tu atención y no te arrepientes de haber cogido un autobús anterior al habitual porque así el reloj no protesta.

En el psicoanalista.

Ha dicho que mañana hace un año que llevo sentado en esa silla, la de la izquierda; porque él está sentado allá pero aquí hay dos sillas, una a la derecha y otra a la izquierda. Yo creo que elegí la izquierda porque desde ese ángulo se habla mejor con este hombre. La colocación importa. Pues un año. Yo he manifestado cierta sorpresa por la casualidad y me he atrevido a decir que entonces mañana hacemos un año juntos y él se ha sonreído mientras subrayaba algo. A veces apunta (las más) y otra subraya (las menos). Creo que me intriga más lo que subraya que lo que apunta. Como regalo de aniversario me ha dicho una cosa muy bonita referida a este blog.

La vuelta.

No sé si habrá sido lo del aniversario con el psicoanalista pero con el iPod en la mano he recordado que hace un año se grabó la Nana de Leioa. Ha sonado por los auriculares y he caído en ello, o ha sido al revés. Pues no me acuerdo. Pero que ha sonado, eso seguro. Y me he pusto a transitar la obra. Una cosa es escuchar una obra y otra transitarla, recorrer sus líneas, las rectas y las curvas. Hay muchos niveles de audición. Está la música impermeable, que es la música de fondo, como la de la sala de espera del psicoanalista con esos violines que digo yo que se habrán forrado con los derechos de ejecución porque suenan en todas las consultas del mundo. Es un enigma que sean necesarios tantos violines para tocar a una sola voz esa mezcla de temas algo peliculeros y un pelín rancios que suenan por los agudos. Esa música suele ser impermeable porque en la sala de espera el señor de la izquierda está punteando algo en la pantalla táctil de su móvil y la señora de enfrente está leyendo una revista (“Lecturas“, algo de la Reina en la portada).

Luego hay música permeable, esa que te empapa. Pero aunque te empape no quiere decir necesariamente que la transites. Esta tarde la Nana de Leioa ha reaparecido, un año después, y me he decidido a transitarla, a ver cómo se conservaba; y he recorrido las primeras voces, portadoras de la única parte que no escribí yo porque venía ya hecha de fábrica, y las segundas (que en algunos momentos funcionan de primera por exigencias del guión). Y las terceras, donde está puesta la atención y la intención. Y las cuartas, que son el sustento del conjunto.

Si los directores desplegaran esta nana sobre la mesa igual que hacen en las películas de aventuras los capitanes de los barcos con los mapas de los mares y los océanos, verían que las terceras y las cuartas hacen un dibujo, que está dibujado a posta, y que no es otro que un vaivén de cuna para que el niño se duerma y esté tranquilo (y de paso su madre). Uno deja caer imágenes musicales, que no es lo mismo que una música que sugiera imágenes. Las segundas se notan, las primeras no. ¿Entonces? Pues entonces no pasa nada y no importa, ese es el encanto; saber que está dentro y ya está. He entrado en la nana y al final he salido sin hacer ruído. Un año después, no tocaría de su sitio una sola nota, no vaya a ser que algo se caiga y haga ruído y el niño se nos despierte y me venga la madre con ese “non ves que al neñu hermosu me lo despiertes?”. Pues oiga, no era mi intención, de verdad. Qué será del niño cuando crezca. De eso la nana no dice nada.