Archivo por días: 20 octubre, 2008

Ánimo

Yo creo que escribo tanto sobre mi infancia porque el resto, incluyendo el ahora, está desdibujado en la niebla. Ese es una de mis preocupaciones principales, una de mis sombras, junto con el desencanto y la incertidumbre generalizadas que siempre están ahí, sobre el escenario en el que me desenvuelvo, pero que se hacen más visibles cuando el ánimo se desinfla o inicia la cuesta abajo, no sé cómo denominarlo realmente. Sé cuándo y cómo empieza pero no sé etiquetarlo. Igual sería adecuado llamarlo “apagón”.

Las últimas noches apenas he dormido, por una parte porque me siento incapaz de conciliar el sueño antes de las 3 o 3 y media de la madrugada y por otra porque me despierto de golpe, indefectiblemente, hacia las 6, y ya no hay manera de volver a dormir, porque me despierto con un desasosiego muy raro y una actividad mental considerable. Como para dormir. Cuando pasa eso un día, pues bueno. Pero al tercero la factura se presenta con unos síntomas reconocibles que, inevitablemente, llevan al apagón, que no es de golpe, sino poco a poco, pero sin pausa; puede empezar con el descuido voluntario de una obligación pequeña o con una melancolía que te viene de repente; suele seguir con un enmudecimiento que no siempre es verbal, puede ser un enmudecimiento de la escritura, de la capacidad de formar frases sin que eso suponga un esfuerzo considerable. Luego llega la línea recta, el cese de actividad, la nada, una pausa, un calderón, fíjate la de cosas que sirven para referirse a una misma cosa, lógico cuando esa cosa dura muchas horas en las que lo único que pasa es el tiempo. Finalmente, no se sabe cuándo, vuelve la luz, también poco a poco, y se manifiesta de una manera curiosa; uno siente como si se aligerara una carga que lleva encima, quizá hasta respiras hondo un par de veces, te acuerdas de esa pequeña obligación que descuidaste voluntariamente y te pones a ello; sonríes, hablas y recuperas la facilidad para escribir una frase detrás de otra colocando los puntos y las comas en su sitio. Pero la niebla, el desencanto y el desconcierto siguen ahí, al lado, lo que pasa es que con la luz se les ve menos, quedan en la zona de penumbra. Y aunque el ciclo se repite todavía no se sabe con claridad la causa o las causas.

Por si acaso, y dado que están en los primeros puestos de la lista como sospechos, los 0, 8 mililitros de inyección subcutánea a 600 euros/dosis que tocaba administrarme esta noche los voy a dejar para mañana; en primer lugar, ahorramos un día más; en segundo lugar, ponemos una pequeña esperanza en que mientras tanto se restablezca el servicio tras el apagón y casi que ponemos una vela para que así sea porque si no, el resto de los 0, 8 mililitros de la anterior dosis que todavía quede en el organismo se acabará y no podré teclear un post, ni ponerme en pie, ni dormir de lado, ni vestirme, ni toser, ni andar.

No llevo bien este contraste, lo confieso; contraste o elección, o las dos cosas, que hoy estoy de apagón y me cuesta ver las palabras. Pero creo que se entiende lo que quiero decir: que o mal de una cosa o mal de la otra, sin término medio aunque yo esté en medio, y eso creo que es lo que me desgasta y de ahí viene lo de la niebla, el desencanto y la incertidumbre. Hay quien me escribe y me dice que me quejo. Pues claro que me quejo, no te jode. Hay quien me escribe y me dice que soy algo así como un valiente y que ellos no podrían. Pues no, no soy ningún valiente y sí, ellos sí podrían porque no les quedarían otros cojones. Hay un tercer tipo de personas que me escriben y me hablan de la fuerza mental y que cuando no se tiene, pataplaf. Yo no tengo fuerza mental (yo tengo un lío mental en todo caso) lo que pasa es que no valgo, no tengo valor ante los pataplaf.

La primera vez que un médico carraspeó y me preguntó con cierta incomodidad si alguna vez había pensado en quitarme la vida le contesté que yo no valgo para eso. Se quedó callado un rato. Esto fue en 1994, me acuerdo perfectamente. La última vez que me lo preguntaron fue mi psicoanalista, hace un par de meses, y le contesté lo mismo. Lo debí contestar de manera vehemente porque se volvió a quedar callado y dijo que yo estaba enganchado a la vida en el fondo y que era como un pajarito que quiere cantar pero que está encerrado en una jaula; en este caso, cantar es vivir y la jaula es mi propio cuerpo. A veces uno se cansa de darse cogotones contra los barrotes, señalé yo. Ya, claro, respondió él. ¿Crees que es cuestión de valor quitarse la vida?, preguntó reconduciendo la conversación. Y de valer, añadí yo. Lo apuntó en un folio. Yo creo que el hombre se quedó más tranquilo. Pues mejor. El hombre anda sumido en la incertidumbre también. Lo que nos une es que ambos no sabemos por qué estoy allí y sin embargo entendemos que debo estar allá, en la consulta. Yo me atreví un día a aventurarle que lo mío al final será una depresión de 27 años de evolución (el tiempo que llevo enfermo) y que ahora está eclosionando por la llegada inminente de los 40, que biológicamente los 40 hacen cosas raras, por algo el tópico habla de crisis. Es probable, dijo él tras meditarlo unos instantes. Yo pensaba que iba a decir que vaya tontería y sin embargo dijo que es probable y lo anotó en un folio. No sabía si sentirme satisfecho por mi deducción o chafado porque no fuera él quien me pusiera en la pista, que para eso es el jefe del asunto y le pago una pasta. Mientras tanto, los 0,8 mililitros de solución inyectable esperan en su cajita en el frigorífico por si acaso.