Archivo por días: 16 octubre, 2008

Cariño

La única persona a la que hice travesuras cuando yo era un niño fue a una abuela que se murió hace algo más de 20 años. A cambio, ella me dio todo el cariño del mundo en su manifestación más física: achuchones, abrazos, pellizcos, besos de esos que cuando eres crío y llevas pantalón corto y un calcetín más bajo que el otro te hacen pasarte la palma de la mano por la cara y poner expresión de puaj e incluso decirlo y te marchas corriendo de la rabia que te entra oyendo detrás su risa y su ven aquí, ven aquí.

De crío esas cosas hasta te agobian pero luego de mayor de pronto una tarde te paras a recordarlo y te das cuenta de que hasta sientes algo de añoranza de eso, porque hubo otros cariños pero ya no eran así, tan de contacto físico. Es cierto que a esta abuela la hacíamos rabiar y que desde que vimos una película de miedo en la tele le llamábamos por teléfono y poniendo voz quejumbrosa le decíamos eso de estás soooola en caaaaasa?? y ella preguntaba quién llama, quién llama y nos entraba el ataque de risa y ella exclamaba granujas más que granujas. Pero era verdad, estaba sola en casa, y de una manera tal que cuando lo comprobé se me puso en el corazón una tristeza infinita. Mi abuela era un poco Gloria Swanson en el crepúsculo de las abuelas y vivía en una casa que recuerdo enorme y que seguramente lo era, llena de muebles aparatosos y sillas con virutas doradas y angelotes y jarrones extravagantes. Pero todo estaba deslucido o fuera de lugar o con un muelle despuntando por la tapicería. Lo demás era silencio a excepción de la novela de la radio que escuchábamos los dos por las tardes sentados frente a frente en la mesa camilla con el brasero en los pies, ella con los ojos puestos en la labor, yo con los ojos puestos en los suyos, la baraja de Heraclio Fournier solitaria sobre la mesa.

Mi abuela me atiborraba de sopa con arroz y de chuletas con patatas fritas y mientras iba y venía con los platos decía que había que fortalecer la sangre con un vaso de sidra pero que no se lo dijese a mi padre. Yo era consciente de que ponía tanto empeño e ilusión cuando iba a comer a su casa que ella se quedaba sin comer, tan ocupada como estaba en llevar y traer ésto o aquéllo, en sentarse a mirar cómo comía, en preguntar si la sopa estaba bien caliente o no, y si tenía frío en la espalda y si mi madre me daba bien de comer. El escándalo vino el día en el que entre cuchara y cuchara de sopa tuve la ocurrencia de decirle que mi madre nos daba una cosa que sabía rara y que echaba en la comida de un bote extraño. Ella dio un respingo ante satisfacción mía, aunque yo disimulaba haciendo como que miraba por la ventana o a la televisión Vanguard siempre apagada (porque llevaba siglos sin funcionar) o soplando a la cuchara rebosante de sopa y granos de arroz. ¿Qué bote es ese? , preguntó ella mientras acercaba su silla a la mía. No sé, dije yo haciéndome el remolón columpiando las piernas y encogiendo los hombros, creo que cianuro o algo así pone en el bote. Ella se levantó rauda a llamar a mi madre por teléfono provocando una pequeña crisis familiar mientras yo me iba a hacer la caligrafía Rubio al colegio.

Es verdad, sí, la única persona a la que le hice travesuras de crío fue a esta abuela de la que muchos decían: esta mujer es una faraona y lo decían porque iba muy puesta ella y muy tiesa y además tenía rollos de grandeza. Pero eso era fuera. Dentro de su casa era lo mismo pero sólo para ella, para mí no. Y a veces me daba pena y otras mucha rabia, sobre todo cuando decía ven que te limpie esa cara y se llevaba el pañuelo a la lengua y me restregaba la frente con su saliva y a mí me daba un berrinche y le soltaba alguna como lo del cianuro y ella gritaba eh? eh? estirando mucho las es o las haches, que en estos casos no sé muy bién lo que se estira. Esta abuela no comía cuando iba a su casa pero creo que tampoco dormía las noches que me quedé a dormir en aquel sitio inhóspito de techos altos y habitaciones vacías que, sin embargo, recuerdo como un lugar cálido en ese rincón donde uno guarda los afectos. Y no dormía porque en mitad de la noche la oía entrar y taparme bien, y también la oía decirme al oído tápate bien que los fríos que se cogen de noche son muy traicioneros. Y yo me dejaba arropar por las mantas mientras ella las estiraba con decisión y sentía su aliento en la cara. Después se marchaba a tientas perdiéndose en la oscuridad del pasillo. A veces sonaba el reloj de la plaza marcando una hora insólita.

A esta abuela la ví llorar tres veces y por este orden: la noche que su hijo, que fue mi padre, marchó al hospital para no volver fue la primera; la segunda el día que la tele dijo que se había muerto Paquirri, su amor platónico; es mejor que la segunda de un poco de risa porque la tercera me dejó una punzada en el alma. La tercera vez que vi llorar a mi abuela fue de vergüenza cuando mucho tiempo después me vio entrar en la residencia para verla y ella no podía ni caminar ya y lo único que acertó a decir entre lágrimas fue no pasa nada, mi chico, no pasa nada, no te preocupes. Una monja me dijo que saliera un momento, por favor, y me quedé en el pasillo tragando saliva con el corazón latiendo muy fuerte. La noche que murió mi abuela entró mi madre a mi habitación, me despertó suavemente y suavemente me dijo al oído: la abuela ha muerto. Y sentí una paz indecible, por ella, y volví a cerrar los ojos sabiendo que hay cosas que quedan contigo para siempre y con ese pensamiento me deslicé de nuevo por el tobogán de los sueños.