Huellas

Tenía razón una amiga mía al decirme que Pamplona está preciosa estos días. Porque Pamplona es una ciudad llena de árboles y césped, una ciudad verde verde, y eso quiere decir que estos días se vuelve amarilla, naranja, marrón, roja, todas esas tonalidades juntas y todas con un brillo insólito y espectacular.

Así estaba esta mañana, con el cielo muy azul arriba, el fresquito de octubre en el ambiente y todos esos colores alrededor de uno. Los transeúntes iban y venían o esperaban en el paso de cebra a que el semáforo cambiara a verde, pero yo me quedaba a ratos quieto contemplando lo que no era verde o estaba dejando de serlo. Qué misterio. Cómo sabrá la hoja y la rama de la que brota y el tronco que sostiene la rama y las raíces del propio árbol que hay que exhibir esos colores justo antes de arrugarse y morir, como un canto del cisne vegetal, si seguramente el árbol anda despistado con el cambio del clima, la capa fina de los hielos árticos o antárticos (que nunca me aclaro, aunque lo más probable es que sean finos ambos), la crisis de los mercados, y el otoño refugiado en letra gorda en los carteles de un centro comercial.

He podido escaparme unos minutos a ver algo que también es muy de otoño, la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Era la edición XXVIII así que la propia feria es antigua. La ocasión era la propicia para ir, que si no el próximo viaje ni quedará feria ni colores en las hojas de los árboles. He dedicado unos minutos a cambiar de hojas y dejarme caer por allí, hojeando y ojeando. Es curioso lo que te puedes encontrar. Por de pronto me he encontrado con un estornudo, que a su vez se ha encontrado con otro y luego ya he perdido la cuenta. Conclusión: debo ser alérgico al polvillo del libro viejo, ese que te deja las yemas de los dedos un poco ásperas y que tiene el color de la arena o de la ictericia del papel.

Pero lo mejor de todo no han sido los libros (aunque había algunos francamente interesantes, por sí mismos y por el precio), sino lo que algunos de ellos tenían en su interior: las huellas de sus antiguos propietarios. Y me he quedado quieto (cuántas veces me quedo quieto) pero no como cuando miras las hojas rojas y naranjas de los árboles con expresión de oh o de ah sino como cuando te das cuenta de algo interesantísimo que hasta entonces te había pasado desapercibido. Las huellas de los propietarios de esos libros. Ese ha sido el hallazgo, pensar en ellos, quiénes serían, por qué se deshicieron de esos libros, morirían algunos y después otros vendrían a decir qué hacemos con estos trastos; otros se verían obligados a desprenderse de aquellos títulos que habrían adquirido en su día por obligación o por devoción.

Me ha dado entonces por buscar sus huellas en los libros. Las páginas de una historia de la literatura estaban subrayadas cuidadosamente con lápiz y algunas palabras encerradas en circulitos de los cuales salía una flecha que conducía a la orilla de un margen para anotar: de lo que se deduce que tal y cual. Fascinante. La letra, sobre todo, de trazo meticuloso como quien acaba de encontrar pacientemente la confirmación de algo que sospechaba a saber desde cuántas hojas y cuántos otoños. He estado a punto de comprar una novela por el mero hecho de contener, en la cara oculta de la portada, una lista de nombres junto a una cantidad en pesetas, pocas pesetas, de participación en un sorteo de Lotería. No me preguntes cómo se titulaba la novela pero el primer nombre era Mª Antonia y la eme tenía unas curvas de caligrafía pasada de moda, como seguramente la novela, pero ahí estaba el encanto, y el de preguntarse quién estaría tras cada uno de esos nombres, quién de ellos leyó el libro, si le gustó y, por supuesto, si tocó el gordo o no. La vida del general nosecuántos compartía lomo con las garras de astracán de Terenci Moix, genial gamberrada el astracán de Moix, aunque me da que ese roce con la piel de la vida del general igual le hace sacar el sable. Y el Informe Hite, ese hito añejo de la sexualidad tenía mucho magreo encima, cosa comprensible, aunque las cosas con el tiempo se diluyen y quizá por eso estaba al lado del libro 21 de Los Hollister con su portada de color Tang de naranja como si fueran complementarios. Da igual. Yo rastreaba huellas (entre estornudos). No me ha dado tiempo de mucho pero sí lo suficiente. Luego me he tenido que lavar las manos y sonarme la nariz.

4 pensamientos en “Huellas

  1. toni

    en Madrid, al lado del Retiro, también había un montón de puestos de esos de libros de otros que luego pueden ser tuyos y que cuentan un montón de historias, además de las propias. en un lugar así puedes pasarte horas ojeando y hojeando (qué grande, la h, y qué bien colocada ahí, emejota) y encontrarte un poco en cada hoja y en cada ojo que mira y te mira. pero lo mejor de todo es que todo esto te lo cuente un amigo de otra ciudad que ha ido a un cumpleaños a otra ciudad y que te traiga un trozo de los colores de un recuerdo de hace muchos años, cuando tú vivías en otra ciudad, lejos del mar. eso ha sido todo un hallazgo memorístico (perdón, profesora, sé que la palabra no existe pero es la mejor que he encontrado para decir lo que tenía que decir).

  2. C.

    Esto sí que está precioso, emejota.
    Y lo tuyo, también, toni (¿cómo que no existe?) :)

    A mí me desazonan un poco esas notas en los libros, o las viejas recetas de cocina, a veces un recorte de periódico amarillento. Las que me encuentro en los libros de casa me abren heriditas de las que brota la nostalgia, al tiempo que ejercen de memento mori. Y yo no sé si dejar mis propias notas o retirarlas.

  3. Iona

    Pamplona es una ciudad preciosa, y más en otoño, pero…. ahora que lo pienso, quizá demasiado perfecta, no sé si me explico. Es como si tanta perfección le hiciera a uno sentirse un poco extraño. Y bueno, puestos a elegir…. prefiero algo más parecido a esos libros usados pero con huellas, del tipo que sean, no sé si me explico otra vez…
    Esto en cuanto a la ciudad como tal.
    En cuanto a las huellas, no se me ocurre nada. Tú lo has dicho muy bien.

  4. Marina's mom

    Un día, haciendo inventario de una colección de libros de un tío mío, me dio por fabular con las historias que ahí se dejaban entrever: un libro premio por buena conducta, el regalo de Navidad de la tía tal, un regalo de enamorado… Cada libro es una puerta a una historia cotidiana. Por eso, a mi me gusta dejar pistas en los míos o que me regalen alguno con una mininovela en la primera página…

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