Innisfree

He vuelto a Innisfree.

La primera vez fue de la mano de John Ford en “El hombre tranquilo” (1952) y la segunda ha sido gracias al viaje que José Luis Guerín hizo allí en 1990 para rastrear las huellas que aquella experiencia dejó en los habitantes de ese tranquilo rincón de Irlanda. Ha habido suerte. Lo digo porque no había tenido oportunidad de ver su “Innisfree” y, por lo que leo en la documentación de la reciente edición en dvd, el estado de conservación de la cinta era lamentable, hecha un trapo. Qué pasa con la conservación del patrimonio cinematográfico para que una notable cinta de hace apenas 20 años estuviera al borde de la desintegración. Ni que se tratara de un montón de latas de celuloide de los tiempos del mudo perdidas en el fondo de un armario. Pero así era hasta la minuciosa tarea de reconstrucción llevada a cabo sobre el material original. Tal era el desaguisado que, a pesar del cuidadoso trabajo y las sofisticadas herramientas utilizadas, queda el rastro de alguna cicatriz, que puede apreciarse fugazmente en el cambio de planos. Por lo demás, un trabajo excelente para recuperar una obra maravillosa, un viaje sentimental hacia el recuerdo que se mantiene intacto, bien en los supervivientes de aquella aventura, bien en las señales que han dejado una marca indeleble en el pequeño pueblecito. Innisfree.

Guerín llega en coche para instalarse durante unos pocos días de Septiembre de finales de los 80. Una de las tareas consiste en dirigir su cámara hacia los escenarios de la película, y realizar un reencuadre donde los protagonistas son esta vez el paso del tiempo y el silencio que se materializan de una manera asombrosa, casi sólida:

Otro de los objetivos es recabar el recuerdo que en Innisfree se manifiesta en dos ámbitos: el testimonio directo y las referencias, las señales. Lo primero lo encuentra Guerín en la taberna de Pat Cohan, otro de los escenarios de la película de Ford donde ahora se reúnen los lugareños que participaron en ella. Guerín les observa, les escucha, les deja hablar (y callar). No hay prisas ni preguntas. No explícitas al menos:

Para el capítulo de las referencias, el de las señales que el rodaje de la película de Ford dejó en el pueblo, Guerín acude a quienes, por edad, no vivieron la aventura: los niños y adolescentes (no hay apenas juventud en Innisfree, lo dice uno de los lugareños con pesar). Es la parte más poética, evocadora y, al mismo tiempo, simpática del documental, la alternancia entre el pasado y el presente, la continuidad entre la ficción de la pantalla y la realidad fuera de la misma convertida por Guerín en un juego de símbolos con la complicidad de los niños y, por tanto, en otra ficción, ficción dentro de una ficción, ventana dentro de una ventana. Así ocurre con las medias que se quita Maureen O´Hara antes de emprender la carrera y que “encuentra” un chaval enredadas en unas ramas a la orilla del río en el mismo escenario:

Y lo mismo con el sombrero que lanza al aire John Wayne y que recogen del suelo unas niñas:

Y aún hay tiempo para tomarle el pulso a la vida cotidiana del lugar: las actividades, los trabajos, las relaciones. Y, por supuesto, antes de abandonar Innisfree la proyección de la película que los reúne a todos; a unos para reencontrarse y reconocerse, a otros para contemplar el suceso del que tanto han oído hablar desde que nacieron, que impregna su existencia y cada uno de los rincones que transitan.

“Innisfree” es una preciosidad en verdes y otoños.

5 pensamientos en “Innisfree

  1. C.

    Qué bonito (y qué paciencia, como con el power ranger). Lo que pasa es que ahora hay que ver otra vez el hombre tranquilo, y ¿de dónde la saco yooooo? ;)

  2. emejota Autor

    Gracias (ya sabes que cuando me da soy un poco apañao :) )

    “El hombre tranquilo” es difícil de sacar porque la copia que circula por ahí, si es que no han enmendado la fechoría, es de una calidad ínfima, es-pan-to-sa.

  3. toni

    pero es la única copia que nos queda. por lo menos a los que, cada cierto tiempo, necesitamos entrar en el pueblo por la estación y bajarnos del tren y respirar. es espantosa, lo sé. pero nos hace sonreir cada vez, no?

  4. C.

    Claro que sí, toni. Es como Robin de los bosques (y tantas otras), con esas mallas verdes fosforito y la banda sonora más cascada que ni sé, pero es lo que hay …

  5. Ferre

    Yo, aparte de los “recuerdos” fordianos, tengo otros más personales, pues estuve en ese pueblo, cuyo nombre real es Cong, en el Condado de Mayo, al norte de Galway, entre los lagos Mask y Corrib (enlace a Google Maps). En aquella época, año 1990 (coño, casi me tropiezo con Guerín sin saberlo), constaba literalmente de dos calles en forma de T. En el palo vertical de la T, por su parte derecha y llegando casi a tocar el horizontal, se alzaba, efectivamente, el Bar Pat Cohan (tengo foto para demostrarlo), aunque también recuerdo que las pintas de cerveza nos las tomábamos en otro pub de la localidad (Irlanda es como España: si el pueblo tiene 10 habitantes, la villa albergará, como mínimo, 10 pubs).

    Evidentemente, todos conocíamos (y nos gustaba) la película de Ford y ese fue un motivo para alojarnos unas 5 noches allí. Eso y que era un lugar perfecto que servía de base para hacer unas cuantas exursiones/rutas.

    Recuerdo también la simpatía y amabilidad de sus habitantes (en esto son como el resto de los irlandeses), sobre todo cuando ibas en bicicleta y te cruzabas con algún paisano (desde el párroco hasta lso dos chavales que iban a jugar al golf armados de un par de palos cada uno), momento en que te parabas a intercambiar unas palabras y en ocasiones una charla un poco más larga.

    También recuerdo el castillo en donde se refugian el Wayne y la O’Hara bajo la lluvia (también recuerdo los mosquitos, que es menos romántico, dicho sea de paso).

    Y la paella con que nos obsequió Liam, el gerente del hostal (el del pueblo, que era el nuestro, no el de las afueras), a los cuatro españolitos que nos alojábamos en él (casi los únicos que clientes), paella que regamos con unas botellas de rioja que, para corrresponder a su cortesía, nos fuimos expresamente a comprar Galway.

    Y el cantarín y endiablado acento irlandés, que más de una vez me hacía poner cara de póker (en plan de falso “lo he entedido todo”).

    En fin, lo que ha llovido desde entonces.

    Saludos,

    Ferre

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