Archivo por días: 3 octubre, 2008

Innisfree

He vuelto a Innisfree.

La primera vez fue de la mano de John Ford en “El hombre tranquilo” (1952) y la segunda ha sido gracias al viaje que José Luis Guerín hizo allí en 1990 para rastrear las huellas que aquella experiencia dejó en los habitantes de ese tranquilo rincón de Irlanda. Ha habido suerte. Lo digo porque no había tenido oportunidad de ver su “Innisfree” y, por lo que leo en la documentación de la reciente edición en dvd, el estado de conservación de la cinta era lamentable, hecha un trapo. Qué pasa con la conservación del patrimonio cinematográfico para que una notable cinta de hace apenas 20 años estuviera al borde de la desintegración. Ni que se tratara de un montón de latas de celuloide de los tiempos del mudo perdidas en el fondo de un armario. Pero así era hasta la minuciosa tarea de reconstrucción llevada a cabo sobre el material original. Tal era el desaguisado que, a pesar del cuidadoso trabajo y las sofisticadas herramientas utilizadas, queda el rastro de alguna cicatriz, que puede apreciarse fugazmente en el cambio de planos. Por lo demás, un trabajo excelente para recuperar una obra maravillosa, un viaje sentimental hacia el recuerdo que se mantiene intacto, bien en los supervivientes de aquella aventura, bien en las señales que han dejado una marca indeleble en el pequeño pueblecito. Innisfree.

Guerín llega en coche para instalarse durante unos pocos días de Septiembre de finales de los 80. Una de las tareas consiste en dirigir su cámara hacia los escenarios de la película, y realizar un reencuadre donde los protagonistas son esta vez el paso del tiempo y el silencio que se materializan de una manera asombrosa, casi sólida:

Otro de los objetivos es recabar el recuerdo que en Innisfree se manifiesta en dos ámbitos: el testimonio directo y las referencias, las señales. Lo primero lo encuentra Guerín en la taberna de Pat Cohan, otro de los escenarios de la película de Ford donde ahora se reúnen los lugareños que participaron en ella. Guerín les observa, les escucha, les deja hablar (y callar). No hay prisas ni preguntas. No explícitas al menos:

Para el capítulo de las referencias, el de las señales que el rodaje de la película de Ford dejó en el pueblo, Guerín acude a quienes, por edad, no vivieron la aventura: los niños y adolescentes (no hay apenas juventud en Innisfree, lo dice uno de los lugareños con pesar). Es la parte más poética, evocadora y, al mismo tiempo, simpática del documental, la alternancia entre el pasado y el presente, la continuidad entre la ficción de la pantalla y la realidad fuera de la misma convertida por Guerín en un juego de símbolos con la complicidad de los niños y, por tanto, en otra ficción, ficción dentro de una ficción, ventana dentro de una ventana. Así ocurre con las medias que se quita Maureen O´Hara antes de emprender la carrera y que “encuentra” un chaval enredadas en unas ramas a la orilla del río en el mismo escenario:

Y lo mismo con el sombrero que lanza al aire John Wayne y que recogen del suelo unas niñas:

Y aún hay tiempo para tomarle el pulso a la vida cotidiana del lugar: las actividades, los trabajos, las relaciones. Y, por supuesto, antes de abandonar Innisfree la proyección de la película que los reúne a todos; a unos para reencontrarse y reconocerse, a otros para contemplar el suceso del que tanto han oído hablar desde que nacieron, que impregna su existencia y cada uno de los rincones que transitan.

“Innisfree” es una preciosidad en verdes y otoños.