Archivo por meses: octubre 2008

Jubilación

Hoy es el cumpleaños de mi madre. Es un cumpleaños especial porque marca el principio de su jubilación. Motivo de júbilo para ella y para todos, que la veamos libre (sobre todo que se vea libre) de madrugar y trabajar definitivamente. Ojalá sea el inicio de una etapa tranquila y satisfactoria, como debería ser toda jubilación, tranquila en lo posible y satisfactoria por poder hacer lo que te de la gana, ahora me voy al parque con los nietos, ahora me levanto un poco más tarde, porque esta mujer ha tenido una vida azarosa, hay que ver, que el marido se te vaya al otro barrio cuando estás en la treintena y tres hijos en el mundo, que a los tres meses te comuniquen que uno de esos hijos pues tiene una cosa seria para toda la vida, en fin, solo estos dos motivos son suficientes para que, incluso sin ser ella, digas, madre mía (claro, no va a ser la tuya).

Mi madre y yo mantenemos algo así como un “conflicto afectivo”, palabra que suena horrorosa por lo de conflicto y que ya no nos permite escuchar lo que viene después, afectivo, con su uve suave. Yo creo que ella no rehizo su vida por lo mío (rehizo es una palabra que, esta sí, siempre me ha sonado fatal pero que se usa para estos casos) y creo que yo nunca he empezado a hacer la mía del todo por ella. Esto a los psicoanalistas les pone muchísimo, de hecho el mío levanta la ceja del papel cada vez que sale el tema y yo me acomodo en la silla entrecruzando los dedos a la altura del diafragma con placer. Pero estamos en ello, en lo segundo quiero decir, porque sobre lo primero dicen que para el amor no hay edad pero lo que no dice el prospecto es que cuando uno se acostumbra a estar a su aire pues al final tan ricamente. Estamos en ello madre e hijo bajo la observación del psicoanalista que en esto actúa como el Gran Hermano de la tele, la vida en directo, pásate por el confe de vez en cuando a ver cómo va todo y tal.

Si 27 años después mi madre no concibe que vaya al médico sin ella al lado porque así ha sido desde que tenía 11 años ahora llevamos mantenidas una serie de charlas en las que le he hecho comprender que igualmente útil me va a resultar (si no más) a la hora de empezar a vivir mi propia vida, porque me doy cuenta de que salir de esta especie de coma que es haber estado mirando al mundo a través de una burbuja te desorienta, te confunde y te hace sentir un poco perdido para las cosas. De paso, dice el psicoanalista que así ella no se sentirá relegada, porque de hecho no tiene motivos para sentirse así, pero sería normal en estos casos, añade. No conoce el psicoanalista a mi madre, en el sentido de que nunca te dirá anda hijo mío y déjame tranquila que ya tardas, por Dios, no, pero tampoco se sentirá relegada como una huérfana de Dickens o dolida como una heroína de telenovela venezolana porque ella siempre dice: tienes que sentirte libre y buscar lo que te vaya a hacer sentir mejor, que es un trasunto de lo que debió pensar, sentir y poner en práctica ella misma hace ya mucho tiempo.

Mis sobrinos, que son sus nietos, han sido los primeros en felicitarla porque hoy les ha llevado al cole: jubílate para darte el primer día un madrugón. Pero la cuesta arriba no la ponen los madrugones sino la causa de los mismos. Hay causas que hacen feliz un madrugón, sobre todo cuando dos canijos dan botes en la cama cantando el cumpleaños feliz y discutiendo sobre quién tiene que abrir el regalo, si la abuela o Carlos, que él cuando ve un regalo lo quiere abrir porque los regalos se abren y se mira lo que hay dentro.

Hilos

Esta mañana, durante una clase, enfrascados en una ingenuosa recapitulación mozartiana, la pantalla del móvil se ha iluminado reclamando mi atención:

Sergio (móvil)

Me ha extrañado un poco porque no es muy habitual que Sergio llame a esas horas, pero tampoco me ha parecido muy raro; o sí, porque algo me ha dicho que detuviera un momento la clase (cosa que no suelo hacer) y contestara. Entonces me ha contado Sergio lo de la bomba en la universidad. Sergio no va a esa universidad pero estaba viendo todo por la tele y se le notaba nervioso; de hecho, no he caído en la cuenta hasta mucho después que lo que temía Sergio es que yo estuviera allí, que también sería casualidad, pero ya sabemos cuántas veces hemos visto salir en las noticias a esa viuda que se lamenta diciendo que su marido llevaba 15 años pasando por una calle y, mira por dónde, esa mañana por esto o por lo otro pues no lo ha hecho y ya ves, en mitad de la diana; o ese hijo que, enrabietado, dice lo mismo de la que hasta hace unos instantes era su madre. Y he pensado que en casos así cada cual tiende instintivamente a asegurarse del estado de quienes verdaderamente le importan. Esa red de hilos invisible pero sólida que nos mantiene unidos a los otros de tal manera que si nos faltara esa conexión seríamos un poco menos nosotros. Sergio me ha llamado a mí sin pensarlo dos veces y sin pensarlo dos veces yo he llamado a dos personas que sabía que estaban allí, sin lugar a dudas. Y estas dos personas habrán hecho lo mismo con sus respectivos hilos afectivos. Prefiero quedarme con eso a pensar en el descerebrado o descerebrados que esta mañana han estado a punto de hacer una salvajada y que ahora estarán lamentándose de haber errado en el blanco, siendo el blanco la mayor cantidad de vidas posible.

Cuando me he asegurado de que las dos personas a las que he llamado estaban bien, a pesar del lógico nerviosismo, al terminar la clase he caído en lo de Sergio y le he devuelto la llamada. Y me he sentido todavía con más ganas de celebrar mañana viernes su cumpleaños, tal y como habíamos previsto, como todos los años, cenando en mi casa. Antes aún cenábamos fuera pero, es curioso, conforme se ha ido haciendo mayor preferimos cenar en la cocina, mano a mano, y luego seguimos allí o en el salón con la tertulia o con una película que a su vez nos mete en otra tertulia. Sea lo que sea, siempre nuestras reuniones de cumpleaños se prolongan tranquilamente en el tiempo de la madrugada y a la tertulia se le pueden poner muchos adjetivos: divertida, profunda, cercana, ocurrente y todavía más sin que haya un orden fijo.

Que uno de los hilos que me sustentan o me completan es Sergio no es algo desconocido para este blog. Y puedo añadir tranquilamente: y viceversa. Todos hacemos nuestra vida y la encauzamos por aquí o por allá pero a lo largo del trayecto, vayamos por donde vayamos, vamos estableciendo conexiones que perduran y que al final resultan nuestro valor más preciado.

Mañana vendrá Sergio a cenar una vez más a esta casa en la que se desenvuelve como si fuera la suya, porque realmente es así, tanto tiempo ha pasado ya: llegó con pantalón corto y nueve o diez años y ahora vuelve aparcando el coche a la vuelta de la manzana y frotándose las manos por el frío que traen las noches de octubre, el mes de su cumpleaños. Este año le espera un regalo que le va a gustar, fijo que sí; le desperté la intriga hace unas semanas pero no he soltado prenda, porque estas cosas tienen que ser así, sorpresa. No daremos pistas aquí tampoco, que sé que de vez en cuando se da un paseo silenciosamente.

Temporal

Hoy en Pamplona ha hecho un día helador. Ventisca, agua (no sé si helada o no, pero desde luego lo parecía) y paraguas con las faldas levantadas de repente por un viento grosero que dejaba al aire (nunca mejor dicho, al aire) las vergüenzas de una varilla metálica torcida. Un paraguas con sus varillas torcidas resulta una cosa muy grotesca, tiene un punto obsceno, no sé. En fin, que un día de temporal y de nuevo en Pamplona.

Observaba yo esta mañana durante el trayecto que salgo más a la calle en Pamplona que en la ciudad en la que vivo, que dista unos 95 kilómetros. No he pensado más en eso, si era muy normal o no, porque al llegar a una rotonda el termómetro marcaba 7 grados pero en la siguiente, a escasos metros, marcaba 3, y me he preguntado si entre los termómetros digitales habría discrepancias internas y tensiones laborales.

Empiezo a familiarizarme con el paisaje pamplonés en el sentido de que ese verde-abeto y esos abetos verdes me resultan sumamente atractivos para la vista y tranquilizadores para el resto de los sentidos. Miraba por la ventana y he recibido un sms. Que si el día me parecía lo suficientemente Norte, y a eso le seguía un guiño irónico. Era una lectora del blog. Le iba a contestar que era un día Ideal, con i mayúscula para seguirle el rollo del blog pero ya habíamos llegado. Caminaba embutido en forros varios pero sigo echando en falta los guantes (tengo que buscarlos) y la bufanda que me está haciendo Gloria-madre, que un día se pasó por casa con unas madejas de lana para que eligiera colores y después se fue corriendo porque tenía prisa.

Con estos fríos tan grandes ocurre una cosa que no es para tomar a broma: desde que tengo eso que algunos médicos, deleitándose en el tecnicismo, llaman poliglobulia y otros que ya están un poco de vuelta del vademecum denominan sangre gruesa, que viene a ser lo mismo, es decir, demasiados glóbulos rojos que hacen que la sangre se espese, pues lo paso mal. Porque el cambio de la temperatura normal a la exposición repentina de lo que hoy zarandeaba la ciudad y la hacía tiritar, produce que las venas se contraigan, con lo que la circulación aún empeora más, y sientes un dolor de cabeza súbito y muy raro, porque no duele en un sitio fijo; duele en una sien y de repente se mueve al otro lado o se va para atrás, y el pensamiento se ralentiza, y una sensación de mareo o de no las tengo todas conmigo, o las manos se duermen o parecen acribilladas por diminutos alfileres. Si alguien me para por la calle a preguntarme por dónde se va a tal sitio puede que me cueste pronunciar que ni idea porque no soy de aquí (vamos, de allí). No es que no pueda hablar, sino que me salen las palabras como cuando desconectan a HAL 9000 (momentazo), lentas, espesas, confusas; como el cuerpo, que parece que pesa más de lo normal. Y para qué seguir si, total, al menos por el momento se pasa enseguida. Mejor referirme a otra cosa más curiosa que ha ocurrido después.

No sé si he estado a punto de pensar que igual debería trasladarme a Pamplona o incluso darlo por hecho porque soplaba tanto viento que se ha llevado volando ambos pensamientos antes de que uno de ellos tomara forma definitiva en la conciencia anteponiéndose al otro. Pero aunque me he quedado en ascuas me ha parecido destacable que estuviera a punto de pensar algo así. ¿Estará cambiando algo? ¿O habrá sido un espejismo mental producido por los glóbulos rojos, tan gordos y robustos ellos (y numerosos) en un momento de atascón por el frío? Queda un invierno por delante y muchas visitas, casi semanales, para salir de dudas. Pero mejor ir con guantes y esperar a que la bufanda que me está haciendo Gloria-madre se esté haciendo. Que si no me compro una, aunque se enfade.

Spam

Qué sería de este blog sin el filtro Akismet, que desde septiembre del año pasado hasta el momento de teclear este post ha filtrado la friolera cifra que pone ahí arriba, evitando llenar esto de basura electrónica disfrazada de comentario: que si viagras, que si invitaciones para ver fotos guarras, que si está satisfecha con el tamaño del miembro de su marido, que si orgasmos múltiples y compuestos…

Qué paciencia.

Aunque a veces se le escape alguno y haya que quitarlo a mano (nadie es perfecto), un reconocimiento a la silenciosa y eficaz labor de Akismet.

Crecer

Mal de escuela“No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Eso para empezar. Antes, uno ha dejado deslizar la mirada por las novedades de la librería y repara en este niño robado y en la diminuta frase que corona la portada: “una novela sobre la dificultad de crecer” alzando la ceja. Es entonces, al coger el libro entre las manos y abrirlo, cuando se encuentra con esa frase sorprendente, con su matiz de suave advertencia y disimulada añoranza: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Todas las novelas deberían empezar con una frase parecida. No, no hay que llamar hada a este narrador. Hay que llamarle “suplantador”. Pero de eso es probable que no te enteres hasta que no estés en casa con el libro en el regazo, leyendo absorto y en silencio esta historia maravillosa y maravillosamente bien contada que encuentra al otro lado de la ventana, en el atardecer de otoño, con el cielo gris y las ráfagas de aire que insolentemente se llevan por delante las últimas hojas de los árboles preludiando los primeros fríos, el acompañamiento idóneo.

Soy una infancia deshabitada. Eso no lo dice el libro, por eso la frase va sin entrecomillar. Eso lo digo yo. Soy una infancia deshabitada y si lo escribo aquí y no en post aparte es porque esa convicción fue decisiva para elegir este libro y buscar. Llevo mucho tiempo buscando una respuesta a una pregunta que no sé formular, por lo que tiendo a indagar en aquellas cosas ante las que el instinto reacciona como diciendo: quizá aquí. Y sigo ahí, en el quizá, porque me encuentro a mitad de la historia, y quiero que avance y al mismo tiempo que se quede quieta un rato conmigo dentro. Eso pasa con algunos libros; pocos. Este es uno de ellos. Ahora pongamos punto y aparte.

Un suplantador. Eso es lo que es el narrador de este relato de fantasía que, al mismo tiempo, es una alegoría sobre la dificultad de crecer. “Hace treinta años, en 1949, yo era un suplantador que se convirtió de nuevo en humano. Cambié de vida con Henry Day, un niño que había nacido en una granja situada a las afueras. Un día de verano, a última hora de la tarde, Henry se escapó de casa y se escondió en un castaño hueco. Nuestros espías dieron la alarma y yo me transformé en su copia perfecta. Lo atrapamos, y me metí en el espacio hueco para cambiar mi vida por la suya.” Toma ya.

A partir de ese momento el libro se escinde en dos. Los capítulos pares transcurren en el bosque y hablan de la suerte que corre el verdadero Henry Day quien, desconcertado, busca como si fueran tesoros trocitos de papel donde poder anotar su identidad, su historia; escribir con palabras la fotografía de lo suyo y de los suyos mientras, inexorablemente, va perdiendo conciencia de sí mismo, empezando por el nombre, que pasa de ser Henry Day a convertirse en un barro sonoro del mismo, Aniday. Aniday deambula junto con otros seres que en su día también fueron niños en una peregrinación interminable de estaciones (primaveras, inviernos); algunos de ellos llevan haciéndolo más de cien años. Si te quedas muy quieto, puedes escuchar la vibración lejana de los coches que transitan por una carretera próxima pero a estos seres, trasgos, hadas (no le llames hada al narrador) les pasa como a los invitados de la película de Buñuel, incapaces de traspasar la puerta de la estancia donde se celebra una fiesta y que les mantiene atrapados. Eso en los capítulos pares.

En los impares transcurre la existencia del falso Henry Day, a quien le ocurre justamente el proceso contrario: está obligado a ser ese niño, olvidar su propia infancia, centenaria, cuyos únicos recuerdos son el eco autoritario y paternal de unas frases en alemán de significado ahora incomprensible, y esforzarse en crecer siendo otro. La pubertad y la adolescencia configuran al nuevo Henry Day y lo enriquecen de experiencias al mismo tiempo que el suplantador pierde las habilidades adquiridas en el bosque y sus poderes: la agudeza visual a larga distancia, el oído atento. Eso en los impares.

Y tanto en unos como en otros la cadencia de las frases al compás preciso de las palabras justas y con una dulce sonoridad de melancolías que hablan acerca de la pérdida, de lo que habría sido y de lo que deberá ser. “El niño robado” habla de infancias abandonadas prematuramente y de lo que viene después, cuando pasas a la página siguiente.

Varios

Lo que tiene el postear intermitentemente es que se van acumulando pequeñas cosillas. Los cumpleaños, por ejemplo. Le da a todo el mundo por ponerse de acuerdo y cumplir años en octubre, más concretamente en una zona concreta de octubre; hay días que toda a dos cumpleaños. De momento solo se me ha pasado el que se me viene pasando desde hace siglos: el de mi amigo Carlos. Acordarme me acuerdo, pero o mucho antes o algo después, nunca en el día exacto. Está acostumbrado, menos mal. Octubre es un mes en el que cumple años gente muy cercana e importante para mí. Aunque yo no cumplo años este mes he recibido un regalo muy especial. Esto:

Me han invitado al concierto que dan Martha Argerich y Mischa Maisky en Zaragoza el próximo día 3 de noviembre. Aquí hay varias suertes juntas: de un lado, que hubiera entradas (da lo mismo que sea una entrada “lejana”); de otro, que “ella”, llamémosle así a la Argerich, tenga a bien rozar estas latitudes, con lo poco que se prodiga, en estas y en las otras. Pero la mayor de todas las suertes es la oportunidad misma de verla. Martha Argerich es, para mí, la única pianista viva que capaz de volatilizar mi apatía ante estos eventos y transformarla en ojos y oídos bien abiertos y un no sé qué revoloteando a la altura del pecho. Da lo mismo que ya no toque sola, o lo haga en contadas ocasiones o en contados minutos. Argerich tiene duende, todo el duende. Y como tal, impone. Lleva la tormenta en la cara y en la punta de los dedos, y a veces de esa tormenta sales zarandeado y otras veces esa misma tormenta es la que necesita pasar ella para extraer un instante exquisito y regalártelo. Hace tiempo escribí en este blog que Argerich es la Reina de la Noche. Lo sigo pensando. Ahora hay que confiar en que no cancele, cosa a la que tiene cierta inclinación. Toquemos madera, o tecla.

Están los cumpleaños, las clases, los últimos preparativos para la edición en papel de “La Idea del Norte” (habemus portada), la grabación (ayer y hoy por la tarde) de los niños de Escoleia; en fin, el suficiente número de cosas en las manos y en el pensamiento como para necesitar de esta hora extra que hemos tenido esta noche aunque, ahora que lo pienso, ni me enteré. Vendrán tiempos más pausados.

Frío

La cosa va con tanto retraso que el primer día de otoño ha resultado ser primer día de invierno, y el cielo azul de ayer hoy era gris y los 20 grados se han enfriado hasta los 8. Y viento del Norte.

Vamos, maravilloso.

Soy un ser de invierno (o soy en invierno); en las demás estaciones, no tanto. Soy o no soy, esa es la cuestión meteorológica. Pero un día como el de hoy en el que, como ocurre últimamente, me despierto hacia las 6 y me levanto para hacer hora porque toca coger el autobús de las 8:15 con destino a Pamplona, hace que me encuentre en mi elemento. Tiritando, claro, pero una cosa no quita la otra. Quién nos iba a decir ayer que hoy las manos nos pedirían unos guantes cuando los guantes se habían quedado en casa en el cajón de las cosas de enero. Habrá que recordarlo para el próximo viaje. Mientras tanto, busquemos refugio en los bolsillos.

Pasear por la zona verde de Pamplona tal día como hoy es un placer, porque el verde del césped está recién estrenado y sobre él se posan, en círculos perfectos, las hojas secas que ha dejado caer el árbol desnudo. Y a cada paso te encuentras con una estampa que reclama tu atención y no te arrepientes de haber cogido un autobús anterior al habitual porque así el reloj no protesta.

En el psicoanalista.

Ha dicho que mañana hace un año que llevo sentado en esa silla, la de la izquierda; porque él está sentado allá pero aquí hay dos sillas, una a la derecha y otra a la izquierda. Yo creo que elegí la izquierda porque desde ese ángulo se habla mejor con este hombre. La colocación importa. Pues un año. Yo he manifestado cierta sorpresa por la casualidad y me he atrevido a decir que entonces mañana hacemos un año juntos y él se ha sonreído mientras subrayaba algo. A veces apunta (las más) y otra subraya (las menos). Creo que me intriga más lo que subraya que lo que apunta. Como regalo de aniversario me ha dicho una cosa muy bonita referida a este blog.

La vuelta.

No sé si habrá sido lo del aniversario con el psicoanalista pero con el iPod en la mano he recordado que hace un año se grabó la Nana de Leioa. Ha sonado por los auriculares y he caído en ello, o ha sido al revés. Pues no me acuerdo. Pero que ha sonado, eso seguro. Y me he pusto a transitar la obra. Una cosa es escuchar una obra y otra transitarla, recorrer sus líneas, las rectas y las curvas. Hay muchos niveles de audición. Está la música impermeable, que es la música de fondo, como la de la sala de espera del psicoanalista con esos violines que digo yo que se habrán forrado con los derechos de ejecución porque suenan en todas las consultas del mundo. Es un enigma que sean necesarios tantos violines para tocar a una sola voz esa mezcla de temas algo peliculeros y un pelín rancios que suenan por los agudos. Esa música suele ser impermeable porque en la sala de espera el señor de la izquierda está punteando algo en la pantalla táctil de su móvil y la señora de enfrente está leyendo una revista (“Lecturas“, algo de la Reina en la portada).

Luego hay música permeable, esa que te empapa. Pero aunque te empape no quiere decir necesariamente que la transites. Esta tarde la Nana de Leioa ha reaparecido, un año después, y me he decidido a transitarla, a ver cómo se conservaba; y he recorrido las primeras voces, portadoras de la única parte que no escribí yo porque venía ya hecha de fábrica, y las segundas (que en algunos momentos funcionan de primera por exigencias del guión). Y las terceras, donde está puesta la atención y la intención. Y las cuartas, que son el sustento del conjunto.

Si los directores desplegaran esta nana sobre la mesa igual que hacen en las películas de aventuras los capitanes de los barcos con los mapas de los mares y los océanos, verían que las terceras y las cuartas hacen un dibujo, que está dibujado a posta, y que no es otro que un vaivén de cuna para que el niño se duerma y esté tranquilo (y de paso su madre). Uno deja caer imágenes musicales, que no es lo mismo que una música que sugiera imágenes. Las segundas se notan, las primeras no. ¿Entonces? Pues entonces no pasa nada y no importa, ese es el encanto; saber que está dentro y ya está. He entrado en la nana y al final he salido sin hacer ruído. Un año después, no tocaría de su sitio una sola nota, no vaya a ser que algo se caiga y haga ruído y el niño se nos despierte y me venga la madre con ese “non ves que al neñu hermosu me lo despiertes?”. Pues oiga, no era mi intención, de verdad. Qué será del niño cuando crezca. De eso la nana no dice nada.

Invención

Unas observaciones sobre las “Invenciones” de Bach, que estos días las he vuelto a tener con gran satisfacción sobre la mesa para unas clases.

Las Invenciones para teclado de Bach, 15 a dos voces y 15 a tres voces, resultan fascinantes por muchas razones. Para empezar, porque son el único tratado práctico de composición que nos ha legado un compositor. Además revelan las notables cualidades pedagógicas de Bach adelantándose la friolera de tres siglos a estos planes educativos que de unos años a esta parte proponen la enseñanza de los fundamentos del lenguaje musical a través del instrumento. Aprender música al mismo tiempo que se aprende a tocar, vamos. Pues eso ya lo puso en práctica Bach, así que lo que han inventado ahora no será a dos voces pero sí lleva dos veces inventado, y además a Bach le salió mejor, más sencillo y apuntando más alto. Porque Bach no sólo se dirige al alumno que pone sus manos sobre el teclado enseñándole sus primeros pasos en él. Se dirige también al músico, haciéndole descubrir, al mismo tiempo que toca, cómo se desarrolla la estructura que contiene a la música que toca y a partir de qué material lo hace.

En resumidas cuentas: despierta su curiosidad y hace que su instinto salga al encuentro de la reflexión. Y se completen. El alumno ve cómo se despliega la obra al mismo tiempo que sus dedos se mueven sobre las teclas. “Sencilla guía en la que se muestra a los aficionados al teclado, y especialmente a aquellos ansiosos de aprender (…)”, así comienza el prólogo que el Bach anota en la portada de las Invenciones en 1723. Cuando Bach nombra a “aquellos ansiosos de aprender”, se refiere al aprendiz que busca ir más allá de la superficie de lo que suena. No necesariamente tiene que ser un compositor en el sentido estricto aunque, como sigue diciendo Bach en su introducción, “de paso irá formando el gusto en la composición”. Podemos decir entonces que en cada una de las invenciones (que plantean una cuestión diferente y muestran su resolución) Bach se dirige al pianista y al mismo tiempo al “compositor”, pongámoslo entre comillas aunque utilizaremos esa palabra.

Y el comienzo no puede ser más prometedor. Este es el pequeño tema a partir del cual se desarrollará la Invención número 1:

Bach tiene en mente al pianista aprendiz al utilizar como modelo un tema que requiere del uso de los 5 dedos de la mano, del pulgar al meñique, del “do” al “sol”. Y precisamente al mostrarle los dos movimientos básicos de los dedos sobre el teclado, el movimiento sucesivo de una tecla tras otra:

y el movimiento alterno:

le está señalando al compositor los dos motivos principales a partir de los cuales se va a construir la composición.

Damos por supuesto que Bach va a hacer uso del contrapunto imitativo y de los artificios que de él se derivan. En ese sentido resulta también curioso observar lo que ocurre en ese primer compás. Una vez que Bach ha hecho sonar el tema principal de la Invención, compuesto como acabamos de ver por dos motivos diferentes, lo reproduce en la mano izquierda. No se trata, como ocurre en la escritura de las fugas, de la repetición del tema en otra región interválica. Eso Bach lo reserva para el compás siguiente. Aquí la repetición es literal porque es la forma de decirle, esta vez al pianista, que la mano izquierda desempeña unas funciones de igual importancia a la hora de tocar en un teclado:

Los dos primeros compases constituyen la exposición formal de la obra: presentan el tema y asientan la tonalidad basculándolo entre los grados tonales esenciales (tónica y dominante) Mientras Bach sigue proporcionando pista al pianista, ahora toca proporcionarle pistas al compositor sobre la manera de conducir este material a otra región tonal (modular). El tono principal y las sucesivas modulaciones a tonos cercanos son los pilares de la composición. De lo que se trata ahora es de mostrar qué ocurre entre ellos, cómo se alcanza el siguiente objetivo desde donde nos encontramos. Estos pasajes son los episodios. En un ejercicio modélico de economía musical, Bach diseña un episodio que se sirve únicamente de las notas del tema principal: en la mano derecha lo reproduce hasta cuatro veces por movimiento contrario (invirtiendo la dirección de las notas del modelo original) mientras que la mano izquierda encauza armónicamente este río de notas haciendo uso del primero de los motivos que forman dicho modelo pero duplicando la duración de cada nota (de semicorchea pasa a corchea):

El uso tanto del movimiento contrario (mano derecha) como de la aumentación (mano izquierda) muestran que la manera de trabajar de Bach es sistemática y dinámica: probar todas las posibilidades que brinda un mismo modelo evitando, al mismo tiempo, la monotonía.

Mientras el oído se desliza a través del tobogán de notas, el episodio cumple su función embaucadora: poco a poco, sin que nos demos cuenta, nos adentra en un nuevo paraje tonal. Si volvemos a echar un vistazo al pasaje y nos fijamos en el “fa sostenido” envuelto en un círculo rojo comprobaremos que ya no estamos en el lugar de partida:

Nos acercamos al segundo pilar de la obra, Sol Mayor, momento en el que se efectuará una segunda exposición:

Aparte de la tonalidad, ¿qué diferencia hay entre estos dos compases y los dos primeros compases de la Invención? Una rápida comparación nos da la respuesta: las voces han cambiado de lugar, lo que sonaba en la mano derecha ahora lo hace en la izquierda y viceversa. Pensamiento sistemático e intención dinámica en la concepción de la estructura.

Voy a rebobinar un instante antes de concluir. Me voy a dirigir a los compases que han quedado sin reseñar entre los dos ejemplos anteriores:

¿Por qué? Porque la intención de este post era hablar de un Bach que se dirige al mismo tiempo al pianista y al “compositor” y en este pequeño pasaje lo hace de una manera especialmente interesante. Veamos: tras el juego de inversiones y fragmentaciones que ha tenido lugar en el episodio, la mano izquierda vuelve a presentarnos ahora el tema principal íntegro y en su configuración original, a manera de recordatorio: todo sale de aquí. Esta aparición ya no está en el tono original (Do Mayor), tampoco (aunque lo avanza) lo presenta con claridad en el nuevo tono (Sol Mayor). Digamos que al mismo tiempo que recapitula nos advierte de que estamos a punto de llegar a él.

Pero lo más interesante sucede arriba, en el pentagrama superior, concretamente en la insistencia de Bach en repetir el segundo motivo del tema principal, el de las notas alternas, y hacerlo de manera ascendente.

Eso es un climax.

Antes de cadenciar en el nuevo tono y empezar de nuevo, Bach lleva la música a un climax. Al pianista le informa que la insistencia en el motivo y su presentación ascendente requieren de su colaboración para materializar con la pulsación lo que la música sugiere: algo así como un crescendo o, en su defecto porque el intrumento lo impida (caso del clave), un cierto rubateo o animación del tempo que lo supla. Al compositor le está enseñado cómo una determinada disposición de los mismos elementos puede crear efectos expresivos diversos.

Sucede aquí y sucede, de manera ejemplar, al final de la Invención. Que el motivo primero suene dos veces consecutivas en la mano izquierda, la primera en valores largos y con las notas originales y la segunda con valores rápidos aporta al conjunto el carácter recapitulatorio y solemne (dooo-reee-miii-fa) y el empuje necesario (re-mi-fa-sol) que requiere una conclusión como Dios manda:

Menuetto

A Raquel

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(qué ensayos aquellos…)

Ánimo

Yo creo que escribo tanto sobre mi infancia porque el resto, incluyendo el ahora, está desdibujado en la niebla. Ese es una de mis preocupaciones principales, una de mis sombras, junto con el desencanto y la incertidumbre generalizadas que siempre están ahí, sobre el escenario en el que me desenvuelvo, pero que se hacen más visibles cuando el ánimo se desinfla o inicia la cuesta abajo, no sé cómo denominarlo realmente. Sé cuándo y cómo empieza pero no sé etiquetarlo. Igual sería adecuado llamarlo “apagón”.

Las últimas noches apenas he dormido, por una parte porque me siento incapaz de conciliar el sueño antes de las 3 o 3 y media de la madrugada y por otra porque me despierto de golpe, indefectiblemente, hacia las 6, y ya no hay manera de volver a dormir, porque me despierto con un desasosiego muy raro y una actividad mental considerable. Como para dormir. Cuando pasa eso un día, pues bueno. Pero al tercero la factura se presenta con unos síntomas reconocibles que, inevitablemente, llevan al apagón, que no es de golpe, sino poco a poco, pero sin pausa; puede empezar con el descuido voluntario de una obligación pequeña o con una melancolía que te viene de repente; suele seguir con un enmudecimiento que no siempre es verbal, puede ser un enmudecimiento de la escritura, de la capacidad de formar frases sin que eso suponga un esfuerzo considerable. Luego llega la línea recta, el cese de actividad, la nada, una pausa, un calderón, fíjate la de cosas que sirven para referirse a una misma cosa, lógico cuando esa cosa dura muchas horas en las que lo único que pasa es el tiempo. Finalmente, no se sabe cuándo, vuelve la luz, también poco a poco, y se manifiesta de una manera curiosa; uno siente como si se aligerara una carga que lleva encima, quizá hasta respiras hondo un par de veces, te acuerdas de esa pequeña obligación que descuidaste voluntariamente y te pones a ello; sonríes, hablas y recuperas la facilidad para escribir una frase detrás de otra colocando los puntos y las comas en su sitio. Pero la niebla, el desencanto y el desconcierto siguen ahí, al lado, lo que pasa es que con la luz se les ve menos, quedan en la zona de penumbra. Y aunque el ciclo se repite todavía no se sabe con claridad la causa o las causas.

Por si acaso, y dado que están en los primeros puestos de la lista como sospechos, los 0, 8 mililitros de inyección subcutánea a 600 euros/dosis que tocaba administrarme esta noche los voy a dejar para mañana; en primer lugar, ahorramos un día más; en segundo lugar, ponemos una pequeña esperanza en que mientras tanto se restablezca el servicio tras el apagón y casi que ponemos una vela para que así sea porque si no, el resto de los 0, 8 mililitros de la anterior dosis que todavía quede en el organismo se acabará y no podré teclear un post, ni ponerme en pie, ni dormir de lado, ni vestirme, ni toser, ni andar.

No llevo bien este contraste, lo confieso; contraste o elección, o las dos cosas, que hoy estoy de apagón y me cuesta ver las palabras. Pero creo que se entiende lo que quiero decir: que o mal de una cosa o mal de la otra, sin término medio aunque yo esté en medio, y eso creo que es lo que me desgasta y de ahí viene lo de la niebla, el desencanto y la incertidumbre. Hay quien me escribe y me dice que me quejo. Pues claro que me quejo, no te jode. Hay quien me escribe y me dice que soy algo así como un valiente y que ellos no podrían. Pues no, no soy ningún valiente y sí, ellos sí podrían porque no les quedarían otros cojones. Hay un tercer tipo de personas que me escriben y me hablan de la fuerza mental y que cuando no se tiene, pataplaf. Yo no tengo fuerza mental (yo tengo un lío mental en todo caso) lo que pasa es que no valgo, no tengo valor ante los pataplaf.

La primera vez que un médico carraspeó y me preguntó con cierta incomodidad si alguna vez había pensado en quitarme la vida le contesté que yo no valgo para eso. Se quedó callado un rato. Esto fue en 1994, me acuerdo perfectamente. La última vez que me lo preguntaron fue mi psicoanalista, hace un par de meses, y le contesté lo mismo. Lo debí contestar de manera vehemente porque se volvió a quedar callado y dijo que yo estaba enganchado a la vida en el fondo y que era como un pajarito que quiere cantar pero que está encerrado en una jaula; en este caso, cantar es vivir y la jaula es mi propio cuerpo. A veces uno se cansa de darse cogotones contra los barrotes, señalé yo. Ya, claro, respondió él. ¿Crees que es cuestión de valor quitarse la vida?, preguntó reconduciendo la conversación. Y de valer, añadí yo. Lo apuntó en un folio. Yo creo que el hombre se quedó más tranquilo. Pues mejor. El hombre anda sumido en la incertidumbre también. Lo que nos une es que ambos no sabemos por qué estoy allí y sin embargo entendemos que debo estar allá, en la consulta. Yo me atreví un día a aventurarle que lo mío al final será una depresión de 27 años de evolución (el tiempo que llevo enfermo) y que ahora está eclosionando por la llegada inminente de los 40, que biológicamente los 40 hacen cosas raras, por algo el tópico habla de crisis. Es probable, dijo él tras meditarlo unos instantes. Yo pensaba que iba a decir que vaya tontería y sin embargo dijo que es probable y lo anotó en un folio. No sabía si sentirme satisfecho por mi deducción o chafado porque no fuera él quien me pusiera en la pista, que para eso es el jefe del asunto y le pago una pasta. Mientras tanto, los 0,8 mililitros de solución inyectable esperan en su cajita en el frigorífico por si acaso.

Cariño

La única persona a la que hice travesuras cuando yo era un niño fue a una abuela que se murió hace algo más de 20 años. A cambio, ella me dio todo el cariño del mundo en su manifestación más física: achuchones, abrazos, pellizcos, besos de esos que cuando eres crío y llevas pantalón corto y un calcetín más bajo que el otro te hacen pasarte la palma de la mano por la cara y poner expresión de puaj e incluso decirlo y te marchas corriendo de la rabia que te entra oyendo detrás su risa y su ven aquí, ven aquí.

De crío esas cosas hasta te agobian pero luego de mayor de pronto una tarde te paras a recordarlo y te das cuenta de que hasta sientes algo de añoranza de eso, porque hubo otros cariños pero ya no eran así, tan de contacto físico. Es cierto que a esta abuela la hacíamos rabiar y que desde que vimos una película de miedo en la tele le llamábamos por teléfono y poniendo voz quejumbrosa le decíamos eso de estás soooola en caaaaasa?? y ella preguntaba quién llama, quién llama y nos entraba el ataque de risa y ella exclamaba granujas más que granujas. Pero era verdad, estaba sola en casa, y de una manera tal que cuando lo comprobé se me puso en el corazón una tristeza infinita. Mi abuela era un poco Gloria Swanson en el crepúsculo de las abuelas y vivía en una casa que recuerdo enorme y que seguramente lo era, llena de muebles aparatosos y sillas con virutas doradas y angelotes y jarrones extravagantes. Pero todo estaba deslucido o fuera de lugar o con un muelle despuntando por la tapicería. Lo demás era silencio a excepción de la novela de la radio que escuchábamos los dos por las tardes sentados frente a frente en la mesa camilla con el brasero en los pies, ella con los ojos puestos en la labor, yo con los ojos puestos en los suyos, la baraja de Heraclio Fournier solitaria sobre la mesa.

Mi abuela me atiborraba de sopa con arroz y de chuletas con patatas fritas y mientras iba y venía con los platos decía que había que fortalecer la sangre con un vaso de sidra pero que no se lo dijese a mi padre. Yo era consciente de que ponía tanto empeño e ilusión cuando iba a comer a su casa que ella se quedaba sin comer, tan ocupada como estaba en llevar y traer ésto o aquéllo, en sentarse a mirar cómo comía, en preguntar si la sopa estaba bien caliente o no, y si tenía frío en la espalda y si mi madre me daba bien de comer. El escándalo vino el día en el que entre cuchara y cuchara de sopa tuve la ocurrencia de decirle que mi madre nos daba una cosa que sabía rara y que echaba en la comida de un bote extraño. Ella dio un respingo ante satisfacción mía, aunque yo disimulaba haciendo como que miraba por la ventana o a la televisión Vanguard siempre apagada (porque llevaba siglos sin funcionar) o soplando a la cuchara rebosante de sopa y granos de arroz. ¿Qué bote es ese? , preguntó ella mientras acercaba su silla a la mía. No sé, dije yo haciéndome el remolón columpiando las piernas y encogiendo los hombros, creo que cianuro o algo así pone en el bote. Ella se levantó rauda a llamar a mi madre por teléfono provocando una pequeña crisis familiar mientras yo me iba a hacer la caligrafía Rubio al colegio.

Es verdad, sí, la única persona a la que le hice travesuras de crío fue a esta abuela de la que muchos decían: esta mujer es una faraona y lo decían porque iba muy puesta ella y muy tiesa y además tenía rollos de grandeza. Pero eso era fuera. Dentro de su casa era lo mismo pero sólo para ella, para mí no. Y a veces me daba pena y otras mucha rabia, sobre todo cuando decía ven que te limpie esa cara y se llevaba el pañuelo a la lengua y me restregaba la frente con su saliva y a mí me daba un berrinche y le soltaba alguna como lo del cianuro y ella gritaba eh? eh? estirando mucho las es o las haches, que en estos casos no sé muy bién lo que se estira. Esta abuela no comía cuando iba a su casa pero creo que tampoco dormía las noches que me quedé a dormir en aquel sitio inhóspito de techos altos y habitaciones vacías que, sin embargo, recuerdo como un lugar cálido en ese rincón donde uno guarda los afectos. Y no dormía porque en mitad de la noche la oía entrar y taparme bien, y también la oía decirme al oído tápate bien que los fríos que se cogen de noche son muy traicioneros. Y yo me dejaba arropar por las mantas mientras ella las estiraba con decisión y sentía su aliento en la cara. Después se marchaba a tientas perdiéndose en la oscuridad del pasillo. A veces sonaba el reloj de la plaza marcando una hora insólita.

A esta abuela la ví llorar tres veces y por este orden: la noche que su hijo, que fue mi padre, marchó al hospital para no volver fue la primera; la segunda el día que la tele dijo que se había muerto Paquirri, su amor platónico; es mejor que la segunda de un poco de risa porque la tercera me dejó una punzada en el alma. La tercera vez que vi llorar a mi abuela fue de vergüenza cuando mucho tiempo después me vio entrar en la residencia para verla y ella no podía ni caminar ya y lo único que acertó a decir entre lágrimas fue no pasa nada, mi chico, no pasa nada, no te preocupes. Una monja me dijo que saliera un momento, por favor, y me quedé en el pasillo tragando saliva con el corazón latiendo muy fuerte. La noche que murió mi abuela entró mi madre a mi habitación, me despertó suavemente y suavemente me dijo al oído: la abuela ha muerto. Y sentí una paz indecible, por ella, y volví a cerrar los ojos sabiendo que hay cosas que quedan contigo para siempre y con ese pensamiento me deslicé de nuevo por el tobogán de los sueños.

Libro

El martes al punto de la mañana fuí a Pamplona pero esta vez no iba ni de médicos ni a ningún asunto profesional. Iba a entregar las 167 páginas que componen la próxima edición impresa de “La Idea del Norte” a la persona que se ha ofrecido amablemente a prologarla.

Resumir más de 1300 posts en 167 páginas ha sido un dolor, como si me amputara algo a mí mismo. Además de un dolor ha sido dificilísimo: hubo que hacer una primera selección y de esta, otra, y así sucesivamente. Podría parecer que ayudó el hecho de que, de entrada, había que prescindir por razones obvias de aquellos posts con trocitos de audio, por ejemplo. Pero entonces tenía la sensación de que la cosa quedaba coja: la narración de un músico sin música. Lo dicho, muy difícil. Se trataba de asomarse al gran caleidoscopio de posts que componen este blog, reducirlo y conseguir que tuviera cierto sentido de continuidad. El resultado: 167 páginas, 55000 palabras, un cuarto de millón de caracteres. Los números no los he sacado yo, como podrá suponerse, sino el PageMaker, el programa elegido para convertir este blog en papel sin dudarlo un instante porque sí, porque soy un nostálgico del PageMaker y porque ay (suspiro).

Y todo esto para qué.

Buena pregunta. Para contestarla tendría que rebobinar (algo que he tenido que hacer mucho estos días) y recordar aquella otra pregunta: ¿por qué este blog? Viene esto a cuento porque la mañana del 28 de Mayo de 2005 yo no sabía que antes de acostarme abriría un blog y escribiría en él mi primer post. De hecho, ni siquiera tenía muy claro qué era un blog. Y fue la cancelación de última hora de una cena la que me hizo quedarme en casa y emplear el tiempo en asomarme a la pantalla, ver en el portal de Terra un artículo sobre los blogs, hacer click, levantar una ceja, hacer un par de clicks más para confirmar sendos presentimientos y zas. Primer post. Así empezó todo: de golpe y como un juego. Este blog empezó como un juego y terminó por convertirse en una terapia, un bálsamo, un altavoz al exterior y un viaje introspectivo al mismo tiempo, un punto de encuentro y una larga lista de cosas más que se amontonan y no dejan ver la palabra primera: juego. Pues ahora me da que pasa algo parecido. Porque recordemos que estábamos con la pregunta acerca de la razón de hacer una versión de “La Idea del Norte” en papel. Si me la hubieran hecho cuando el proyecto era solo una posibilidad, habría contestado (y lo hice) que me lo tomaba como un juego, como me tomé el arranque de este blog. Pero tras tener que leer por orden cronológico todos los posts me quedé pensativo un rato y me pregunté si no estaría ya todo dicho. Y entonces el libro adquirió un sentido muy distinto. Comprendí que, más pronto o más tarde, ese libro sería un recuerdo (sobre todo el día que el dominio laideadelnorte.com venza y todo lo que en él haya contenido desaparezca engullido por un agujero negro del ciberespacio)

Con esa idea (y esta Idea) me puse a la tarea muy en serio y en serie: mes por mes. Yo creo que ha quedado una visión de lo que es este blog (un día llegaré a decir “de lo que fue este blog”) más o menos clara. Sobre todo en lo relativo al tono, a la atmósfera, a la visión que tengo del mundo que me rodea desde este teclado. Estando eso en el papel, que falten cosas no importa tanto. El proceso sigue en marcha con vistas a que se concrete antes de que acabe el año. Alguien se ofreció a hacer el prólogo (que será Preludio, como no podía ser otra cosa en esta suite de palabras) y alguien propuso también hacerse cargo de la portada. Incluso ha habido quien resolviese a 300ppp el formulajo matemático de Wittek. Mil gracias. Mientras tanto yo me he dedicado a hacer lo que en el fondo ya estaba hecho, seleccionando y poniéndolo en orden. No es lo mismo el ritmo de serial que marca el directo del blog (capítulo diario) que la integral desplegada sobre la mesa, como no sabe de la misma manera leer una historia sobre el fondo luminoso de la pantalla que sobre el blanco del papel, donde la tinta reposa tranquila. Una de las ausencias más sentidas en esta recopilación son los comentarios, la salsa de este blog, eso lo he tenido claro desde el principio. Precisamente a sus autores va dedicado principalmente este trabajo que, en breve, verá la luz.

Cama

Me voy a meter en la cama porque he agarrado un resfriado mayúsculo cuya aparición ha pulverizado todos los records. Yo estaba a las 6 de la tarde de una manera y a las 7 estaba de otra, siendo la primera un parece que y la segunda un madre mía. Para colmo, sabiendo como sé que la Couldina produce tristeza (aunque el prospecto no lo confiese) me he tomado una a esa hora sin ni siquiera detenerme a observar a través del cristal el minucioso proceso de efervescencia. Para colmo-segunda-parte, sabiendo como sé que el Frenadol pone de mala leche (aunque el prospecto jamás lo reconocerá como efecto secundario) he caído en la tentación a las pocas horas. Para colmo-tercera-parte, sabiendo como sé que no se puede mezclar ambas cosas (más que nada por la mezcla de tristeza más mala leche más congestión nasal y demás) pues zas, toma Couldina y Frenadol. Soy un yonki de la farmacopea. Y como no hay dos sin tres ni tres sin coda, el colmo-cuarta-parte ha sido el descubrimiento de ese espanto que es el Frenadol Hot Lemon, que es como una sopa química, una infusión de caramelo podrido, una pócima de los demonios que te pone la mala leche en la cara y en el gusto ya en el primer trago. Total: que me voy a la cama espeso perdido. Mañana será otro día.

Post-It

En cuanto tenga un rato tengo que comentar lo que ocurre dentro de esta fotografía, un recital que mantiene ocupado al dvd y fascinada mi atención estas últimas madrugadas, concretamente desde el jueves. En cuanto tenga un rato porque estos días ando muy liado con una cosa u otra y por las noches encuentro descanso y sosiego mirando y escuchando, mirando y escuchando. Y luego duermo tan tranquilo.