Zoquetes

“Estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica.”

Mal de escuelaMe resulta muy fácil y muy difícil hablar de “Mal de escuela” (Mondadori), de Daniel Pennac, el libro que habla del fracaso escolar, de la imposibilidad de comprender, y del consiguiente drama personal del niño o adolescente, drama diario vivido de forma consciente o inconsciente y exteriorizado de múltiples maneras, desde el silencio y el abandono hasta la rabia y la rebelión, y que es contado aquí desde dentro. Porque Daniel Pennac habla del cancre Pennac (palabra intraducible al castellano que el traductor ha convertido en zoquete) el chaval que sufrió ese drama en carne propia y que tuvo la fortuna de ser rescatado a los 14 años por un profesor que luego, al cabo de los años, no recordaba su nombre, Pennacchioni, Daniel, no le recuerdo, y eso a los ojos de Pennac no hizo sino acrecentar la tarea admirable de este hombre. Pennac lo relata todo desde sus 25 años de experiencia como docente y pasa los hechos por el microscopio explicándonos todos los detalles porque él estuvo allí y ahora está aquí, y por medio quedan los chicos, y los padres, y los dramas y la convicción de que pasan las épocas y cambian los tiempos pero no las causas y el dolor que sufren los cancres.

Pero decía que me resulta muy fácil y muy difícil hablar de este libro y es verdad. Muy fácil sería decir que es un libro imprescindible, maravilloso, expuesto con la sencillez que da la sabiduría profunda de las cosas. Eso sería lo fácil. Lo difícil viene por lo mismo. Empecé a leer este “Mal de escuela” y a las pocas páginas me vi tomando nota de frases, ideas, párrafos, y enseguida me encontré con una colección inagotable de hallazgos que hacía imposible su síntesis. Comprendí entonces que la síntesis es el propio libro, pura destilación de aciertos.

La nulidad. Soy una nulidad. Esa convicción pone en marcha el proceso. Cómo se llega ahí y qué ocurre entonces. Y cómo se sale. Que le pregunten a Pennac, cuyos argumentos desarman por su agudeza y sensibilidad. “En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa”, alerta Pennac. Hay que dejarse de teorías y programas educativos abstractos y bajar a la obra, que es hablar, convivir, luchar, ilusionar. A los chavales. Y hacerlo juntos.

Hay algo en lo que incide especialmente Pennac y es en llevar a los chavales a vivir el presente del indicativo del aula. “El individuo se construye en la conciencia de su presente”. Generación tras generación, el cancre repite esta frase: “Nunca lo conseguiré”. Y Pennac pone el dedo en el lo, al punto de titular una parte de su libro Lo, o el presente de encarnación”. Hay que hacer comprender a los chavales el significado de ese lo que se sienten incapaces de explicar (¿qué es lo que no vas a conseguir?). Hay que hacerlo “asaltando primero el bastión gramatical. Si deseábamos instalarnos sólidamente en el presente del indicativo de nuestro curso era preciso ajustar cuentas con aquellos misteriosos agentes de desencarnación. Comenzamos a cazar pues la ambigüedad en los pronombres (…) Y, en primer lugar, “lo”. Prescindamos de su denominación de pronombre personal neutro que suena como a chino en los oídos del alumno que lo oye por primera vez, abrámosle la panza, extirpermos de él todos los sentidos posibles, le pegaremos su etiqueta gramatical cuando volvamos a coserlo. Los gramáticos le conceden un valor impreciso. Pues bien, ¡precisémoslo! (…) “Lo”, o el porvenir inaccesible. Al no ver futuro alguno, el alumno no se instala en el presente. De ahí mi decisión de profesor: utilizar el análisis gramatical para atraerlos hasta el aquí, hasta el ahora.” “Lo” es algo que puede devorar y entonces puede que ya no sepamos quiénes somos. “Con aquellos chicos y chicas interrogamos ese lo al que nunca se llega porque se ignora que es sólo un estar allí, un estar ahora, un estar juntos y, al hacerlo, ser uno mismo” Por ahí empieza la tarea de rescate.

No estoy en absoluto de acuerdo con la afirmación de la escritora Clara Sánchez al escribir en su reseña del libro que Pennac lo cuenta todo “con un tono irónicamente desapasionado”. Pennac utiliza la ironía para hacernos llegar el drama y al mismo tiempo hacer sus capítulos transparentes, eso es cierto y ahí es nada, pero es el apasionamiento vibrante el que mueve cada palabra de Pennac y el lector no es ajeno a sus efectos (con la excepción de Clara Sánchez, en cuyas novelas no sopla precisamente un aire que mueva al menos una coma, dicho sea de paso).

4 pensamientos en “Zoquetes

  1. toni

    cuánta razón tiene Pennac con ese lo. y cuánta hambre puede llegar a despertar una reseña tuya en mi sección de la cuenta corriente dedicada a la literatura. ay, amigo, si tuviéramos más tiempo para leer y luego poder saborearlo. entonces, sería aburridísimo, y los placeres durarían demasiado poco. gracias por las letras, emejota.

  2. C.

    Otro de Pennac (me encantan sus Malaussène)… Tomo nota para la pila de acumulados, esta vez por responsabilidad parental y profesional :)

    (En cambio, no he leído nada de Clara Sánchez; no opino).

  3. Iona

    Un profesor de dibujo nos llamaba “zoquetes” a unos cuantos de la clase. Conmigo acertó; en la vida he sabido dibujar nada, pero no creo que fuera por él ni por llamarme así. De hecho, siempre me río cuando me acuerdo de eso.
    Pero me imagino que de lo que habla ese libro es de algo más serio, quizá debería leerlo.
    Por otra parte, sólo leí un libro de Clara Sanchez y me dejó completamente indiferente.

  4. emejota Autor

    Esa es la cuestión, Iona: indiferente. Yo leí dos, pero el otro producía la misma indiferencia que el primero.

    Lo de Pennac es otra cosa. Os lo recomiendo a los tres.

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