Archivo por días: 29 septiembre, 2008

Susto

Hoy le he dado un buen susto a mi hermano. Sin querer, claro.

La cosa viene de un par de semanas atrás, cuando la tensión arterial volvió a subir a pesar de la pastillita para la hipertensión y ahí se quedó los días siguientes. El médico multiplicó la pastillita, que los médicos multiplican esas cosas con una facilidad que para qué, pero la tensión se quedó ahí arriba, en la azotea. La mínima sobre todo. La mínima está al máximo desde entonces. Eso es lo que viene de un par de semanas atrás.

Lo de hoy ha sido más o menos a la hora de la cena.

Estaba solo en casa, como el de la película pero sin hacer el gamberro porque me he empezado a encontrar mal, una presión en las sienes, un agarrotamiento en las mandíbulas, para qué seguir. Ha sonado el teléfono. Era mi hermano. Era para decirme que venía de ver a la abuela y que la había encontrado mucho mejor de lo que pensaba. Su tono era optimista. La abuela está bien, ha dicho, pero yo le he tenido que interrumpir para decirle pues yo no porque para entonces veía unas motas raras. Qué, ha preguntado él porque el pues yo no ha salido muy bajo. Que yo no. Qué te pasa. Y lo que ha pasado al decirle que no sé lo que me pasaba es que no he podido decirle nada porque se me ha agarrotado la lengua y las sílabas se me pegaban al paladar. Y he notado a mi hermano apurarse y decir espera que voy y yo intentaba decir no y hay que ver lo que puede llegar a costar decir no, dos letras, un monosílabo, no. El no que intentaba decir equivalía a no te preocupes que es la tensión, fijo, ahora me tomo la pastillita duplicada del médico y me tumbo un rato tranquilo y se me pasa. Pero como he visto que todo eso era demasiado para mi lengua que seguía sin poder articular palabras pues he dicho no. Seguro. Sí. Pero te tiene que ver un médico. No. Seguro. Sí. Anda que ya bajo, que a ver si te está dando algo. No. Pues tómate la tensión y llámame ahora con lo que te salga. Sí. Click. Tensión estratosférica. Récord absoluto. La máxima y la mínima. Pastillita en la boca. Tumbarse en el sofá. Apagar la luz. Buscar a tientas el inalámbrico. Rellamada. Anda que voy. Que no, que ya me he tomado la pastilla, que se me pasa enseguida. Una cruz tener que decir la frase anterior, como si a oscuras las palabras no encontrasen el camino de salida. Pues llámame para cualquier cosa. Sí. Mamá estará a punto de llegar de todas formas. Sí. Click.

Silencio.

En instantes así no hay silencio en realidad. Hay una vibración dentro del cuerpo muy poco agradable, una ansiedad en guardia ante las alarmas que están sonando a todo trapo. Y la cabeza te da vueltas e instintivamente respiras hondo. Al rato se pasa, sí, pero te quedas hecho una mierda.

(te entra un bajón)

Como si te hubieran dado una paliza, como si la batería estuviera bajo mínimos. Y al rato estaba mareadillo en el sofá, como medio adormilado, cuando ha llamado de nuevo mi hermano a ver qué tal. Se ha debido de llevar un susto monumental. Mi madre otro, claro. He oído el paso rápido de sus zapatos en el pasillo del ascensor antes de que abriera la puerta y se dirigiera con paso rápido hacia mi habitación llamándome con ese tono tan suyo de urgencia disimulada para no asustar. Pero estaba yo tumbado en otra habitación, con la cabeza dando vueltas como un tiovivo y una presión en la sien derecha y otra en la izquierda empujando la una contra la otra, pensando que mi hermano le habría llamado al móvil, y apenas podía decirle a mi madre no pasa nada, estoy aquí pero no pasa nada, o pasa pero ahora se pasa, tranquila, porque ella estaba en la otra punta de la casa, llamándome.

A veces pienso que les doy más sustos que satisfacciones, coño.

Pero hace un rato, nada, ahora como quien dice, me he desvelado. Y tengo que madrugar. Pero me he desvelado del todo. Y me he puesto a escuchar a Evgeny Kissin tocando a Tchaikovsky. Y me he ido a acordar del pasaje memorable del “Memorial del convento” en el que Domenico Scarlatti se pone a tocar el clave y la convaleciente Blimunda se echa a llorar sin querer mientras nota que se va curando. Me he acordado porque también se me han saltado las lágrimas y no eran de pena, de pena en general o de pena por haber dado un disgusto, ni siquiera de pena por mí mismo ni de milagros obrados por la música aunque poco menos que milagrosa sea la que sale de los dedos de Kissin. Simplemente es que a veces pasa eso: lloras, sin llanto, porque sientes que hay algo que está bien después de todo, como si notaras algo similar a una armonía que se está ajustando, afinando hasta volver a sincronizar el acorde que te une con todas las cosas, con las teclas de este ordenador, con las del piano de Kissin, con los ojos que leen estas frases que ahora dejo escritas y con todo aquello que te sostiene. Es todo un poco raro, sí, pero está bien.

Zoquetes

“Estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica.”

Mal de escuelaMe resulta muy fácil y muy difícil hablar de “Mal de escuela” (Mondadori), de Daniel Pennac, el libro que habla del fracaso escolar, de la imposibilidad de comprender, y del consiguiente drama personal del niño o adolescente, drama diario vivido de forma consciente o inconsciente y exteriorizado de múltiples maneras, desde el silencio y el abandono hasta la rabia y la rebelión, y que es contado aquí desde dentro. Porque Daniel Pennac habla del cancre Pennac (palabra intraducible al castellano que el traductor ha convertido en zoquete) el chaval que sufrió ese drama en carne propia y que tuvo la fortuna de ser rescatado a los 14 años por un profesor que luego, al cabo de los años, no recordaba su nombre, Pennacchioni, Daniel, no le recuerdo, y eso a los ojos de Pennac no hizo sino acrecentar la tarea admirable de este hombre. Pennac lo relata todo desde sus 25 años de experiencia como docente y pasa los hechos por el microscopio explicándonos todos los detalles porque él estuvo allí y ahora está aquí, y por medio quedan los chicos, y los padres, y los dramas y la convicción de que pasan las épocas y cambian los tiempos pero no las causas y el dolor que sufren los cancres.

Pero decía que me resulta muy fácil y muy difícil hablar de este libro y es verdad. Muy fácil sería decir que es un libro imprescindible, maravilloso, expuesto con la sencillez que da la sabiduría profunda de las cosas. Eso sería lo fácil. Lo difícil viene por lo mismo. Empecé a leer este “Mal de escuela” y a las pocas páginas me vi tomando nota de frases, ideas, párrafos, y enseguida me encontré con una colección inagotable de hallazgos que hacía imposible su síntesis. Comprendí entonces que la síntesis es el propio libro, pura destilación de aciertos.

La nulidad. Soy una nulidad. Esa convicción pone en marcha el proceso. Cómo se llega ahí y qué ocurre entonces. Y cómo se sale. Que le pregunten a Pennac, cuyos argumentos desarman por su agudeza y sensibilidad. “En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa”, alerta Pennac. Hay que dejarse de teorías y programas educativos abstractos y bajar a la obra, que es hablar, convivir, luchar, ilusionar. A los chavales. Y hacerlo juntos.

Hay algo en lo que incide especialmente Pennac y es en llevar a los chavales a vivir el presente del indicativo del aula. “El individuo se construye en la conciencia de su presente”. Generación tras generación, el cancre repite esta frase: “Nunca lo conseguiré”. Y Pennac pone el dedo en el lo, al punto de titular una parte de su libro Lo, o el presente de encarnación”. Hay que hacer comprender a los chavales el significado de ese lo que se sienten incapaces de explicar (¿qué es lo que no vas a conseguir?). Hay que hacerlo “asaltando primero el bastión gramatical. Si deseábamos instalarnos sólidamente en el presente del indicativo de nuestro curso era preciso ajustar cuentas con aquellos misteriosos agentes de desencarnación. Comenzamos a cazar pues la ambigüedad en los pronombres (…) Y, en primer lugar, “lo”. Prescindamos de su denominación de pronombre personal neutro que suena como a chino en los oídos del alumno que lo oye por primera vez, abrámosle la panza, extirpermos de él todos los sentidos posibles, le pegaremos su etiqueta gramatical cuando volvamos a coserlo. Los gramáticos le conceden un valor impreciso. Pues bien, ¡precisémoslo! (…) “Lo”, o el porvenir inaccesible. Al no ver futuro alguno, el alumno no se instala en el presente. De ahí mi decisión de profesor: utilizar el análisis gramatical para atraerlos hasta el aquí, hasta el ahora.” “Lo” es algo que puede devorar y entonces puede que ya no sepamos quiénes somos. “Con aquellos chicos y chicas interrogamos ese lo al que nunca se llega porque se ignora que es sólo un estar allí, un estar ahora, un estar juntos y, al hacerlo, ser uno mismo” Por ahí empieza la tarea de rescate.

No estoy en absoluto de acuerdo con la afirmación de la escritora Clara Sánchez al escribir en su reseña del libro que Pennac lo cuenta todo “con un tono irónicamente desapasionado”. Pennac utiliza la ironía para hacernos llegar el drama y al mismo tiempo hacer sus capítulos transparentes, eso es cierto y ahí es nada, pero es el apasionamiento vibrante el que mueve cada palabra de Pennac y el lector no es ajeno a sus efectos (con la excepción de Clara Sánchez, en cuyas novelas no sopla precisamente un aire que mueva al menos una coma, dicho sea de paso).