Odisea (II)

Aunque parezca increíble, sigue coleando la odisea del cambio de móvil. Ahora no se han confundido en la facturación; de hecho, asombrosamente, procedieron rauda y atentamente a comunicar por escrito el abono en la próxima factura del dinero cobrado de más. Ahora, sencillamente, no hay comunicación. Ni voz, ni datos. Según con quien hables, te dicen que mi número de teléfono aparece en los ordenadores de la compañía como “en propiedad de nadie” (lo cual es bastante frustrante para la autoestima) o te dicen que ocurre algo muy raro (lo cual no es nada nuevo).

Ahora bien, para raro, lo que se dice raro, el hecho nunca aquí confesado, porque se trata de una historia de dos rombos y sólo se puede escribir en horario no infantil, de que al cuarto de hora de comprar el móvil ya tuve la mosca detrás de la oreja, además del auricular, cuando empecé a recibir mensajes de números desconocidos que, al parecer, me conocían de toda la vida, o por lo menos parecían conocer una parte de mi vida que yo mismo desconocía, ya que me citaban en sitios desconocidos, me recordaban el cumpleaños de alguien desconocido y demás. Eso me hizo sospechar que me habían dado un número recién recién utilizado, lo cual me pareció extraño por lo menos. Pero lo mejor, o lo peor, según se mire, es cuando empecé a recibir de un mismo número mensajes subiditos de tono. El primero me sorprendió en el ascensor y decía:

“Tengo ganas de tí pero hay alguien todavía. Luego me llamas”

Tragué saliva.

El siguiente me pilló al día siguiente en el autobús hacia Pamplona. Sonaba en el iPod algo que quedaba bien con la mañana cuando el móvil se iluminó reclamando mi atención. Un mensaje del mismo número.

“Ahora estoy sola”

Yo también, pensé. Y pensé en hacer como en aquel relato de Millás y contestarle algo así como, no te preocupes, enseguida estaremos juntos, pero mi lado irónico consultó con mi parte sensata que, a su vez, miró de reojo mi lado fatalista de la existencia. Y lo dejé pasar. En el iPod sonaba lo mismo pero con alguien sola en algún sitio. O eso decía.

Pero lo definitivo llegó cuando salía de la consulta del médico. Encendí el móvil y acababa de cruzar un paso de peatones cuando me encontré (lo juro, lo guardo, podría demostrarlo) con esto:

“T gusta la idea de mi boca en tu entrepierna? Mi aliento cálido en tus huevos?”

Yo acababa de salir del psicoanalista y pensé por un instante, clavado en la acera, que esto a Woody Allen no le pasa ni de coña; también pensé que, verdaderamente, la realidad supera a la ficción; pero también pensé -en realidad ni dí tiempo a pensarlo- que había que zanjar el asunto.

Y llamé.

¿Síiiii? -contestó al otro lado una voz muy muy seductora.

Yo le dije entre el ruído de los coches y las motos que oye mira, no sé a quién le estás escribiendo estos días pero no me dio tiempo a decir más porque la voz sugerente y seductora se puso a hacer ay ay ay y a decir madre mía qué vergüenza madre mía qué vergüenza de tal forma y a tal volumen que me tuve que poner a tranquilizar a la chica. Ella empezó a balbucear que sabes qué pasa, que es que siempre confundo el número de mi marido con otro sabes y tal y cual y yo la escuchaba sentado en un banco al lado de dos abuelas y pensaba:

-Ya, el marido, sí, sí.

Después de disculparse muchas veces dejando caer algún ay ay suelto todavía (seguramente en recuerdo del último y memorable mensaje), nos despedimos.

Desde entonces no he vuelto a saber de ella.

Todo esto viene a que en la reclamación a la compañía de hoy les he dicho si no era raro que nada más comprar el teléfono recibiera mensajes de gente que no conocía de nada. Han dicho que eso sonaba raro. Yo les he contestado que, más bien, suena a chapuza y que qué pasa con mi línea, que estoy de la compañía hasta la entrepierna.

En la primera llamada, tras sortear tropecientos obstáculos de identificación y blablablás han dicho que la incidencia estaba localizada y quedaría resuelta en pocos minutos; al rato ya eran 24 horas; la última vez la cosa iba por un mínimo de 72. He desistido temeroso de que la progresión crezca todavía más. Así que estoy des-compuesto (estoy de muy mala leche) y sin móvil. Vaya esto último, de paso, como aviso para quienes estén llamando o tengan previsto hacerlo.

Hasta el próximo capítulo.

6 pensamientos en “Odisea (II)

  1. toni

    pero a pesar de la mala leche y de no tener móvil (siempre nos quedará la rueda de números que hace chac, chac, chac, cada vez que pasa por un agujero y se marca el todo correspondiente), la historia de la chica y su marido (o no) es brillnate. digna de Annie Hall o de Manhatan o de la que quieras. me imagino perfectamente a la chica o señora ay, ay, ay y tú tranquila, si no pasa nada. fantástico. qué bueno es sonreir a las ocho de la mañana. gracias.

  2. Iona

    Te das cuenta de cómo anda el patio… y lo del móvil, un rollo, que si dónde estabas, que si dónde estás, que si tenías que estar aquí, ahora que si la entrepierna…Ahora bien, ¿quién te iba a decir a ti hace unos años que ese viajecico de ida y vuelta en la Conda podía llevar sexo incluido? piénsalo.

  3. C.

    Jua, jua; eso le pasa por seguir los consejos del Cosmopolitan de la peluquería, sección “Cómo salir de la monotonía con tu pareja” o “Vuelve a encender la llama de la pasión en tu matrimonio” o así. :)

  4. Marina's mom

    Aquí hay material para una comedia muy alleniana de las de hace 30 años… Entre tu episodio de “Totó” en la estación de tren y esto da para alguna que otra peliculita. Y lo digo muy en serio. Cuando quieras lanzarte, avisa.

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