Cálculo

Dicen las noticias que hoy va a llover en Pamplona. Tengo que ir esta mañana. Es cierto que lo del psicoanalista es un hallazgo, no sé si tanto la terapia como el terapeuta, según el día que tengamos, él, la terapia y yo. Pero ahora que ya nos conocemos (aunque este hombre siempre guarda una baza tras la carpeta) tengo la sensación, por no decir certeza, de que sé qué voy a decirle, sé qué me va a contestar y, lo que es más, sé que ambas cosas van a ser esencialmente coincidentes en la conclusión.

Entonces, digo yo que para qué soltar noventa y tantos euros más 200 kilómetros de iPod.

Bueno, lo de los 200 kilómetros de iPod pasen, tienen su cosa, les he pillado el punto; la cosa está repartida en 100 km de ida y 100 km de vuelta donde la música se confunde con el paisaje, puede que incluso a veces sustituyéndolo. Me gusta. Pero eso no quita lo anterior. Qué lío. Dí que por lo menos le llevo a una amiga una copia de “The innocents” en inquietante CinemaScope. ¿Es pertinente aquí lo de “inquietante”? Vaya si lo es. Hay películas que merecen la pena un viaje, con o sin lluvia, con o sin certezas, con o sin pasta añadida, y no precisamente de los spaguetti esos tan ricos que me salen (modestia aparte). Qué películas, a ver. Pues “The innocents”. Ya, pero esa ya la has dicho. Bueno pues “La noche del cazador”, de Charles Laughton. Y “La carrera del siglo”, de Blake Edwards. Y “El baile de los vampiros”, de Roman Polanski. Y “Rosemary´s baby”, de Polanski otra vez. Y “La escopeta nacional”, de Luis G. Berlanga. Y “La Vaquilla”, del mismo (tantas del mismo…). Y “Dos en la carretera”, de Stanley Donen. Y “Leolo”, “Con la muerte en los talones”

Bueno, suficiente.

Un momento, una más. Y hasta “Un cadáver a los postres”, fíjate. Esos gamberros maravillosos del cadáver a los postres merecerían la pena un viaje una mañana de lluvia en un autobús cansino para que alguien los disfrutara una noche lluviosa. Ya me refugiaría yo en el iPod.

(Va un secreto: a veces, en el iPod escucho voces)

Pero no voces que cantan, que sería lo habitual, sino voces voces; que hablan, vamos. Una de mis aficiones secretas es el placer de escuchar ciertas voces privadas del cuerpo del que salen porque de esa manera todos los sentidos se concentran en apreciar las inflexiones de la voz, sus respiraciones, las vacilaciones, en todas esas cosas. Hay voces más balsámicas que una canción. Por ejemplo, la de Jamie Bell. La voz de Jamie Bell tiene una herida en el fondo, casi no se nota, pero la tiene. ¿Alguna otra voz? Sí, la de una amiga mía que se dejó grabar hace mil años leyendo una página de un libro. Qué amiga y qué libro. Ah, mira en el iPod a ver. Lo que puedo decir es que era la página 164.

Esto a qué viene.

Ah sí. Lluvia, autobús, iPod, 200km, terapia, coincidencia en la conclusión, alguna (probable) sorpresa en la carpeta de este hombre, paso por caja y “The innocents”, ese delicioso cuento de fantasmas (“my Looord…“, por cierto, otra voz inolvidable)

4 pensamientos en “Cálculo

  1. Rachel

    Welcome my Looord
    (le habrás adverdido lo de NO verla en castellano ¿no? :P

    A veces necesitamos oír lo que ya sabemos, es más reconfortante, se convierte en algo más real y ayuda. Y el as en la manga siempre sorprende. Tal vez por eso

  2. toni

    tienes razón, Rachel. es casi mágico escuchar lo que ya sabemos. se te acelera un poco el corazón y esperas el momento justo ene l que lo dice y luego lo piensas al unísono con su voz y te quedas como confundido con quien lo ha dicho, como si tú también formaras parte de ello, sabiendo que formas parte de ello. aunque es inquietante, también.
    ánimo, emejota.

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