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Descanso 30 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios

Conviene.

Susto 29 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios

Hoy le he dado un buen susto a mi hermano. Sin querer, claro.

La cosa viene de un par de semanas atrás, cuando la tensión arterial volvió a subir a pesar de la pastillita para la hipertensión y ahí se quedó los días siguientes. El médico multiplicó la pastillita, que los médicos multiplican esas cosas con una facilidad que para qué, pero la tensión se quedó ahí arriba, en la azotea. La mínima sobre todo. La mínima está al máximo desde entonces. Eso es lo que viene de un par de semanas atrás.

Lo de hoy ha sido más o menos a la hora de la cena.

Estaba solo en casa, como el de la película pero sin hacer el gamberro porque me he empezado a encontrar mal, una presión en las sienes, un agarrotamiento en las mandíbulas, para qué seguir. Ha sonado el teléfono. Era mi hermano. Era para decirme que venía de ver a la abuela y que la había encontrado mucho mejor de lo que pensaba. Su tono era optimista. La abuela está bien, ha dicho, pero yo le he tenido que interrumpir para decirle pues yo no porque para entonces veía unas motas raras. Qué, ha preguntado él porque el pues yo no ha salido muy bajo. Que yo no. Qué te pasa. Y lo que ha pasado al decirle que no sé lo que me pasaba es que no he podido decirle nada porque se me ha agarrotado la lengua y las sílabas se me pegaban al paladar. Y he notado a mi hermano apurarse y decir espera que voy y yo intentaba decir no y hay que ver lo que puede llegar a costar decir no, dos letras, un monosílabo, no. El no que intentaba decir equivalía a no te preocupes que es la tensión, fijo, ahora me tomo la pastillita duplicada del médico y me tumbo un rato tranquilo y se me pasa. Pero como he visto que todo eso era demasiado para mi lengua que seguía sin poder articular palabras pues he dicho no. Seguro. Sí. Pero te tiene que ver un médico. No. Seguro. Sí. Anda que ya bajo, que a ver si te está dando algo. No. Pues tómate la tensión y llámame ahora con lo que te salga. Sí. Click. Tensión estratosférica. Récord absoluto. La máxima y la mínima. Pastillita en la boca. Tumbarse en el sofá. Apagar la luz. Buscar a tientas el inalámbrico. Rellamada. Anda que voy. Que no, que ya me he tomado la pastilla, que se me pasa enseguida. Una cruz tener que decir la frase anterior, como si a oscuras las palabras no encontrasen el camino de salida. Pues llámame para cualquier cosa. Sí. Mamá estará a punto de llegar de todas formas. Sí. Click.

Silencio.

En instantes así no hay silencio en realidad. Hay una vibración dentro del cuerpo muy poco agradable, una ansiedad en guardia ante las alarmas que están sonando a todo trapo. Y la cabeza te da vueltas e instintivamente respiras hondo. Al rato se pasa, sí, pero te quedas hecho una mierda.

(te entra un bajón)

Como si te hubieran dado una paliza, como si la batería estuviera bajo mínimos. Y al rato estaba mareadillo en el sofá, como medio adormilado, cuando ha llamado de nuevo mi hermano a ver qué tal. Se ha debido de llevar un susto monumental. Mi madre otro, claro. He oído el paso rápido de sus zapatos en el pasillo del ascensor antes de que abriera la puerta y se dirigiera con paso rápido hacia mi habitación llamándome con ese tono tan suyo de urgencia disimulada para no asustar. Pero estaba yo tumbado en otra habitación, con la cabeza dando vueltas como un tiovivo y una presión en la sien derecha y otra en la izquierda empujando la una contra la otra, pensando que mi hermano le habría llamado al móvil, y apenas podía decirle a mi madre no pasa nada, estoy aquí pero no pasa nada, o pasa pero ahora se pasa, tranquila, porque ella estaba en la otra punta de la casa, llamándome.

A veces pienso que les doy más sustos que satisfacciones, coño.

Pero hace un rato, nada, ahora como quien dice, me he desvelado. Y tengo que madrugar. Pero me he desvelado del todo. Y me he puesto a escuchar a Evgeny Kissin tocando a Tchaikovsky. Y me he ido a acordar del pasaje memorable del “Memorial del convento” en el que Domenico Scarlatti se pone a tocar el clave y la convaleciente Blimunda se echa a llorar sin querer mientras nota que se va curando. Me he acordado porque también se me han saltado las lágrimas y no eran de pena, de pena en general o de pena por haber dado un disgusto, ni siquiera de pena por mí mismo ni de milagros obrados por la música aunque poco menos que milagrosa sea la que sale de los dedos de Kissin. Simplemente es que a veces pasa eso: lloras, sin llanto, porque sientes que hay algo que está bien después de todo, como si notaras algo similar a una armonía que se está ajustando, afinando hasta volver a sincronizar el acorde que te une con todas las cosas, con las teclas de este ordenador, con las del piano de Kissin, con los ojos que leen estas frases que ahora dejo escritas y con todo aquello que te sostiene. Es todo un poco raro, sí, pero está bien.

Zoquetes 29 September, 2008

Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios

“Estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica.”

Mal de escuelaMe resulta muy fácil y muy difícil hablar de “Mal de escuela” (Mondadori), de Daniel Pennac, el libro que habla del fracaso escolar, de la imposibilidad de comprender, y del consiguiente drama personal del niño o adolescente, drama diario vivido de forma consciente o inconsciente y exteriorizado de múltiples maneras, desde el silencio y el abandono hasta la rabia y la rebelión, y que es contado aquí desde dentro. Porque Daniel Pennac habla del cancre Pennac (palabra intraducible al castellano que el traductor ha convertido en zoquete) el chaval que sufrió ese drama en carne propia y que tuvo la fortuna de ser rescatado a los 14 años por un profesor que luego, al cabo de los años, no recordaba su nombre, Pennacchioni, Daniel, no le recuerdo, y eso a los ojos de Pennac no hizo sino acrecentar la tarea admirable de este hombre. Pennac lo relata todo desde sus 25 años de experiencia como docente y pasa los hechos por el microscopio explicándonos todos los detalles porque él estuvo allí y ahora está aquí, y por medio quedan los chicos, y los padres, y los dramas y la convicción de que pasan las épocas y cambian los tiempos pero no las causas y el dolor que sufren los cancres.

Pero decía que me resulta muy fácil y muy difícil hablar de este libro y es verdad. Muy fácil sería decir que es un libro imprescindible, maravilloso, expuesto con la sencillez que da la sabiduría profunda de las cosas. Eso sería lo fácil. Lo difícil viene por lo mismo. Empecé a leer este “Mal de escuela” y a las pocas páginas me vi tomando nota de frases, ideas, párrafos, y enseguida me encontré con una colección inagotable de hallazgos que hacía imposible su síntesis. Comprendí entonces que la síntesis es el propio libro, pura destilación de aciertos.

La nulidad. Soy una nulidad. Esa convicción pone en marcha el proceso. Cómo se llega ahí y qué ocurre entonces. Y cómo se sale. Que le pregunten a Pennac, cuyos argumentos desarman por su agudeza y sensibilidad. “En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa”, alerta Pennac. Hay que dejarse de teorías y programas educativos abstractos y bajar a la obra, que es hablar, convivir, luchar, ilusionar. A los chavales. Y hacerlo juntos.

Hay algo en lo que incide especialmente Pennac y es en llevar a los chavales a vivir el presente del indicativo del aula. “El individuo se construye en la conciencia de su presente”. Generación tras generación, el cancre repite esta frase: “Nunca lo conseguiré”. Y Pennac pone el dedo en el lo, al punto de titular una parte de su libro Lo, o el presente de encarnación”. Hay que hacer comprender a los chavales el significado de ese lo que se sienten incapaces de explicar (¿qué es lo que no vas a conseguir?). Hay que hacerlo “asaltando primero el bastión gramatical. Si deseábamos instalarnos sólidamente en el presente del indicativo de nuestro curso era preciso ajustar cuentas con aquellos misteriosos agentes de desencarnación. Comenzamos a cazar pues la ambigüedad en los pronombres (…) Y, en primer lugar, “lo”. Prescindamos de su denominación de pronombre personal neutro que suena como a chino en los oídos del alumno que lo oye por primera vez, abrámosle la panza, extirpermos de él todos los sentidos posibles, le pegaremos su etiqueta gramatical cuando volvamos a coserlo. Los gramáticos le conceden un valor impreciso. Pues bien, ¡precisémoslo! (…) “Lo”, o el porvenir inaccesible. Al no ver futuro alguno, el alumno no se instala en el presente. De ahí mi decisión de profesor: utilizar el análisis gramatical para atraerlos hasta el aquí, hasta el ahora.” “Lo” es algo que puede devorar y entonces puede que ya no sepamos quiénes somos. “Con aquellos chicos y chicas interrogamos ese lo al que nunca se llega porque se ignora que es sólo un estar allí, un estar ahora, un estar juntos y, al hacerlo, ser uno mismo” Por ahí empieza la tarea de rescate.

No estoy en absoluto de acuerdo con la afirmación de la escritora Clara Sánchez al escribir en su reseña del libro que Pennac lo cuenta todo “con un tono irónicamente desapasionado”. Pennac utiliza la ironía para hacernos llegar el drama y al mismo tiempo hacer sus capítulos transparentes, eso es cierto y ahí es nada, pero es el apasionamiento vibrante el que mueve cada palabra de Pennac y el lector no es ajeno a sus efectos (con la excepción de Clara Sánchez, en cuyas novelas no sopla precisamente un aire que mueva al menos una coma, dicho sea de paso).

Newman 28 September, 2008

Escrito por emejota en : Cine , 3 comentarios

AidalaiEstaba ojeando libros al fondo de la librería y, a mis espaldas, la voz de una mujer de unos 50 años dijo se nos ha muerto Paul Newman y entonces la caja registradora hizo ring y le devolvió el cambio de la prensa del día. El tono de su voz era tan bonito que evité volverme a mirar, por si acaso. Hay voces a las que no les pega nada una cara. Mejor seguir imaginando. Además, la noticia no era nueva. Cuando dijeron en la tele que se había muerto Paul Newman me pasó una cosa curiosa porque fue entonces cuando tomé conciencia de que había vivido. Quiero decir que hay actores y actrices que están tan hechos para la vida que transcurre dentro de la pantalla que casi te sorprendes de que mantuvieran una vida fuera de ella. Así el caso de Cary Grant, pienso yo; y el de Paul Newman. Newman me marcó especialmente en dos películas, aunque me gustó en bastantes más; me marcó primero en “La gata sobre el tejado de Zinc” y lo hizo de tal manera que desde entonces asocio las muletas a la mala leche y me inspiran cierto temor. Luego me marcó en “El golpe”, en un “Sábado Cine” de la tele cuando era pequeño, porque allí descubrí que el mucho morro y la mucha jeta podían tener mucha clase. Pero también estaban las demás películas, las muy conocidas y las no tanto, los “Dos hombres y un destino” y ese “Harper, investigador privado”. Hasta “El hombre de MacKintosh”, que tenía su punto atmosférico. Y “Rachel, Rachel” y “Los efectos de los rayos gamma sobre las margaritas” en las que a él no se le veía porque estaba al otro lado de la cámara mirando como nosotros a Joanne Woodward, su mitad. La de Newman es una presencia excepcional e inigualable que vive 96 minutos o 112, depende del rato que duren unas historias a las que, sin embargo, les trae sin cuidado el paso de los años. De eso trata el magnetismo.

Accidente 27 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios

La abuela se ha roto la cadera.

De la manera más tonta. Porque en realidad ni siquiera se puede decir que haya sido un accidente. Ha sido ponerla en pie, querer girarse un poquitín para mirar por el balcón y sus casi centenarios huesos se le han roto. Ahora está ingresada en el hospital. Cuando le han confirmado que se le había roto la cadera ha soltado una lágrima, una solamente, menuda es ella, y enseguida se ha repuesto y ha empezado a hablar con las enfermeras como si nada, como si estuviera convencida de que olvidándose un rato se le pasaría todo. En la habitación, el médico ha bromeado con ella y le ha dicho que allí la iban a tratar como una reina y la abuela, que desde que es más abuela que nunca es de nuevo como una niña, se ha reído y se ha quedado dormida un rato. Fuera de la habitación, el médico ha estado más serio, porque la fractura no se puede dejar sin operar pero al mismo tiempo tienen miedo a la operación a esa edad y con su estado. Habrá que consultarlo con los anestesistas, sobre todo. La operación no será hasta el jueves o el viernes como pronto.

Yo me he quedado tranquilo y entristecido a la vez. Si lo piensas, es una mezcla extraña.

Preguntas 26 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios

¿Por qué me siento tan mal esta noche? Veamos. No es un problema físico, es más bien un problema afectivo, sí, va a ser eso. Me siento solo. ¿Y por qué me siento tan solo de repente? Ni idea, pero eso me tiene paralizado desde media tarde, aproximadamente. Inténtalo. Vale. Creo que necesito sentirme arropado por los amigos en un sentido más práctico que teórico. Sé que están ahí pero en muchos casos (no todos, afortunadamente) a veces (a veces es una expresión que en noches como esta se escribe en negrita) siento que todo se queda en la órbita de las palabras, de las promesas, sinceras, eso sí, pero palabras a fin de cuentas.

Calor.

Va a ser eso también. Un solitario que se siente solo y que necesita el calor de una conversación, de una compañía, ni más, ni menos. Bueno sí, algo más: ya puestos, necesito sentir cierta protección en momentos como este. Un rato al menos. Saber qué es eso más que nada. Pero con alguien delante, sentir eso con alguien delante, que no sea una línea en el ordenador la que te lo diga ni una voz en el teléfono ni una visita que te dice estoy aquí y luego dices ¿dónde está?. Ya, ya sé, cómo no lo voy a saber, sé que la gente tiene su vida, no soy bobo, era una forma de hablar. Pero, ¿dónde está la gente que dice estoy aquí en momentos como el de ahora? Pues está en un aquí que suele ser allí porque por lo general no suponen, no imaginan, no son adivinos de esa necesidad de compañía física en trances como este.

Dilo entonces.

¿A quién? A ellos. ¿A la 1 y 37 de la madrugada? Tampoco es eso. Y además soy muy prudente para esas cosas. Va un suponer: y si la 1 y 37 de la mañana fueran horas qué pasaría. Ah, interesante cuestión. Lo que pasaría es que se asustarían un poco, no por la hora, sino por el motivo de la llamada. Creo que la gente me ve en todo caso como la persona a la que acudir y cuando se da el caso contrario se sienten un poco confundidas. Vayamos más allá: ¿y sería suficiente? Esa es otra cuestión interesante. No lo sé. Pero no lo sé porque creo que sólo se ha dado el caso un par de veces en el siglo pasado (literalmente). Hablo de noches como esta, claro. De aquello recuerdo la emoción confortable del instante. Y la gratitud.

Que yo sepa, sólo una vez en mi vida alguien ha velado por mi una noche, con el móvil encendido en la cabecera de la cama, por si acaso. Me alivió saberlo y me incomodó saberlo. Que esa es otra. Yo creo que he nacido para velar o por lo menos me he acostumbrado a ello y no a lo contrario pero a veces me apago un poco y se me enfría el cuerpo y me entran añoranzas. Simplemente de compañía, de conversación. Luego, como soy un puñetero, me retiro un poco y hasta puede que un mucho. Pero no es noche para hablar de retiradas. La retirada es la penumbra, que también tiene su punto. Lo de hoy es otra cosa.

Cautela 25 September, 2008

Escrito por emejota en : Varios , 5 comentarios YouTube Preview Image

Citación 24 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios

Mañana tengo cita con el internista en el hospital. Me va a decir que el hematocrito sigue subiendo y hará click click con el ratón arrugando el entrecejo porque parece que se lía con las cifras en pixel. Es un hombre analógico. Después apuntará las cifras en el papel y sin volverse extenderá un brazo a su derecha y le pedirá a la enfermera un impreso de bioquímica. Luego me dirá, este análisis te lo haces para cuando te citemos el mes que viene, de acuerdo? y se llevará el dedo índice a la varilla metálica que descansa sobre su nariz y que une las lentes de sus gafas. Finalmente esbozará una sonrisa del tipo mientras esté yo aquí sentado todo está bajo control y extenderá la mano para estrechármela. Olvidará que en la mano tengo prótesis y que las prótesis están rotas. Yo haré ay por dentro mientras sonrío por fuera. Y saldré con el papelito de bioquímica al pasillo del hospital y soplaré (bufaré más bien). Y hasta otra.

Siempre es igual. Matemátícamente idéntico. Como dos actores ensayando una representación con la minuciosidad de un ensayo general en vísperas del estreno. Tanto es así que alguna vez que tenía que decir algo me lo he llegado a callar, no fuera a ser que la enfermera, en su papel de apuntadora, me llamara la atención, libreto en mano, por haberme salido del papel. Pero en realidad mañana tendría que hacerle alguna pregunta. Le preguntaría: ¿esta medicación sigue requiriendo un control mensual? Y la contestación sería: claro, en este tipo de medicaciones seguir el protocolo es muy importante, siempre lo hemos comentado. Y yo debería añadir: entonces, ¿cómo es que la última vez que estuve aquí fue en mayo? Pero quita, no vaya a ser que de la escena costumbrista hagamos un drama mayúsculo, que además tengo la tensión alta, Respiremos. Así. Otra vez. Así.

Editorial 23 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 6 comentarios

Alguna vez me había asomado al catálogo de C-M Ediciones Musicales viendo a alguno de mis autores admirados y me preguntaba si yo alguna vez podría crear alguna obra que mereciera estar allí cuando un día, hace unos meses, su director se puso en contacto conmigo interesándose en una partitura que había llegado (y nunca mejor dicho) a sus oídos.

Desde entonces, en este breve plazo de tiempo, ya tienen los derechos de publicación de una decena de obras aproximadamente de las cuales, hasta la fecha, ya se han materializado tres. Así que me siento muy contento. No nos vamos a hacer ricos ni mucho menos, pero ver publicada tu obra en papel es una satisfacción, como también lo es el hecho de que lo que has escrito en el silencio de la concentración pueda llegar y materializarse de forma sonora a saber en qué lugares y a través de qué gargantas, y a mover, o conmover o dejar indiferentes a oyentes desconocidos con quienes, sin embargo, vas a establecer, por un instante, una comunicación profunda, de esas que contienen la mayor de las confidencias. Porque dentro de cada una de esas obras, pequeña en la forma, modesta en su pretensión pero minuciosamente escrita con toda dedicación hay un post, por decirlo de alguna forma, una historia, algo guardado como si fuera una fotografía deslizada entre las páginas de un libro, algo aludido, que me da a mí que siempre gira en torno a lo mismo (aunque no dicho de la misma manera).

Hay otra satisfacción personal en toda esta historia y es que detrás de las siglas de esta editorial me encontré con un grupo de personas que son muy buena gente. Eso en estos tiempos es un alivio. Mis conversaciones telefónicas con María, por ejemplo, se han convertido en algo parecido a un acto gouldiano. Gould mantenía desde su Norte particular largas conversaciones telefónicas con contadas personas. Yo mantengo largas conversaciones telefónicas con María con la periodicidad de un ritual. Hablamos primero de las cosas de trabajo y luego siempre modulamos a otros temas, de la música, del blog, de las cosas que pasan. Yo no seré Gould pero dudo mucho que los interlocutores de Gould fueran como María.

Las partituras publicadas hasta el momento son dos armonizaciones de temas populares y una composición original:

Para quien quiera y tenga curiosidad, pongo el enlace de la editorial y de mi ficha en la que iran incorporándose nuevas obras. ¿Hay alguna razón por la que un lector de este blog pueda sentirse animado a adquirir alguna partitura? Pues, hombre, se me ocurren varias, a saber:

-Por ser músico (el lector/a)

-Por no serlo pero querer tener un recuerdo.

-(Por ambas cosas)

-Porque hablamos de precios muy asequibles (entre 1 y 2 euros) en envíos postales contra-reembolso.

-(Para que estos señores vean que tienen en catálogo a un autor con cierto “tirón” y que hay que seguir apostando por él) :)

-Y, por supuesto, porque en el resto de su catálogo tienen obras de otros autores a los que, personalmente, profeso gran admiración.

Enlaces:

C-M Ediciones Musicales

Mis obras en C-M

Odisea (II) 22 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios

Aunque parezca increíble, sigue coleando la odisea del cambio de móvil. Ahora no se han confundido en la facturación; de hecho, asombrosamente, procedieron rauda y atentamente a comunicar por escrito el abono en la próxima factura del dinero cobrado de más. Ahora, sencillamente, no hay comunicación. Ni voz, ni datos. Según con quien hables, te dicen que mi número de teléfono aparece en los ordenadores de la compañía como “en propiedad de nadie” (lo cual es bastante frustrante para la autoestima) o te dicen que ocurre algo muy raro (lo cual no es nada nuevo).

Ahora bien, para raro, lo que se dice raro, el hecho nunca aquí confesado, porque se trata de una historia de dos rombos y sólo se puede escribir en horario no infantil, de que al cuarto de hora de comprar el móvil ya tuve la mosca detrás de la oreja, además del auricular, cuando empecé a recibir mensajes de números desconocidos que, al parecer, me conocían de toda la vida, o por lo menos parecían conocer una parte de mi vida que yo mismo desconocía, ya que me citaban en sitios desconocidos, me recordaban el cumpleaños de alguien desconocido y demás. Eso me hizo sospechar que me habían dado un número recién recién utilizado, lo cual me pareció extraño por lo menos. Pero lo mejor, o lo peor, según se mire, es cuando empecé a recibir de un mismo número mensajes subiditos de tono. El primero me sorprendió en el ascensor y decía:

“Tengo ganas de tí pero hay alguien todavía. Luego me llamas”

Tragué saliva.

El siguiente me pilló al día siguiente en el autobús hacia Pamplona. Sonaba en el iPod algo que quedaba bien con la mañana cuando el móvil se iluminó reclamando mi atención. Un mensaje del mismo número.

“Ahora estoy sola”

Yo también, pensé. Y pensé en hacer como en aquel relato de Millás y contestarle algo así como, no te preocupes, enseguida estaremos juntos, pero mi lado irónico consultó con mi parte sensata que, a su vez, miró de reojo mi lado fatalista de la existencia. Y lo dejé pasar. En el iPod sonaba lo mismo pero con alguien sola en algún sitio. O eso decía.

Pero lo definitivo llegó cuando salía de la consulta del médico. Encendí el móvil y acababa de cruzar un paso de peatones cuando me encontré (lo juro, lo guardo, podría demostrarlo) con esto:

“T gusta la idea de mi boca en tu entrepierna? Mi aliento cálido en tus huevos?”

Yo acababa de salir del psicoanalista y pensé por un instante, clavado en la acera, que esto a Woody Allen no le pasa ni de coña; también pensé que, verdaderamente, la realidad supera a la ficción; pero también pensé -en realidad ni dí tiempo a pensarlo- que había que zanjar el asunto.

Y llamé.

¿Síiiii? -contestó al otro lado una voz muy muy seductora.

Yo le dije entre el ruído de los coches y las motos que oye mira, no sé a quién le estás escribiendo estos días pero no me dio tiempo a decir más porque la voz sugerente y seductora se puso a hacer ay ay ay y a decir madre mía qué vergüenza madre mía qué vergüenza de tal forma y a tal volumen que me tuve que poner a tranquilizar a la chica. Ella empezó a balbucear que sabes qué pasa, que es que siempre confundo el número de mi marido con otro sabes y tal y cual y yo la escuchaba sentado en un banco al lado de dos abuelas y pensaba:

-Ya, el marido, sí, sí.

Después de disculparse muchas veces dejando caer algún ay ay suelto todavía (seguramente en recuerdo del último y memorable mensaje), nos despedimos.

Desde entonces no he vuelto a saber de ella.

Todo esto viene a que en la reclamación a la compañía de hoy les he dicho si no era raro que nada más comprar el teléfono recibiera mensajes de gente que no conocía de nada. Han dicho que eso sonaba raro. Yo les he contestado que, más bien, suena a chapuza y que qué pasa con mi línea, que estoy de la compañía hasta la entrepierna.

En la primera llamada, tras sortear tropecientos obstáculos de identificación y blablablás han dicho que la incidencia estaba localizada y quedaría resuelta en pocos minutos; al rato ya eran 24 horas; la última vez la cosa iba por un mínimo de 72. He desistido temeroso de que la progresión crezca todavía más. Así que estoy des-compuesto (estoy de muy mala leche) y sin móvil. Vaya esto último, de paso, como aviso para quienes estén llamando o tengan previsto hacerlo.

Hasta el próximo capítulo.

Otoño 21 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 8 comentarios

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.”

Angel González

El otoño es un presentimiento.

Postal 20 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios

Kafka Tamura en la orilla del mar, (Zarautz, Septiembre de 2008)

“Kafka está sentado a la orilla del mar,
pensando en el péndulo que hace oscilar el mundo”

(Haruki Murakami)

Dentista 19 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios

Esta mañana tenía cita con el dentista. Con la dentista, para ser más exactos. Lo sabía todo sobre mi boca cuando un día, de pronto, la visualicé en mi propio colegio un par de cursos por debajo. Iba a decírselo pero en ese momento tenía su dedo índice enfundado en un guante de latex hurgando por alguna muela o algo pero sí, sin duda era ella. Cuando terminó diciendo ese muyyyy bien que dice ella estirando la i griega tampoco le dije nada, primero porque tuve que enjuagarme la boca y segundo porque me quedé pensativo. Dejé a le gente en clase de naturales cuando ya tenía cita con los médicos y ahora los médicos son ellos. No es la primera vez que me ocurre. Y entonces pienso que durante todo el tiempo en que esta gente dejó las plastidecor, pasó por la facultad y montó sus respectivas consultas yo estaba mirando por la ventana, o anotando corcheas en el pentagrama, o imaginando cosas en el silencio de la mediatarde. O qué se yo. Y según me pille me quedo un poco agobiadillo o no, es decir, que o me da por pensar el tiempo que he perdido o me da por pensar que ellos también se han perdido otras cosas. La diferencia es que lo suyo parece salirles más rentable. Esta mañana no, desde luego, porque se supone que iba para sacarme el trocito de una muela que tenía rota pero me ha dicho la dentista con su voz dulce que de momento mejor que no, que mientras no me duela ni tenga infección y eso pues que mejor no porque, sabes, como está muy atrás tendría que tenerte un rato con la boca bien abierta y tu limitación de mandíbula… Eso ha dicho, con los puntos suspensivos incluídos, que vienen a decir que lo ve un poco difícil. Y yo, como soy muy obediente cuando me ponen ese babero de papel porque de repente es como si me fueran a dar un tarrito de papilla de frutas para merendar y me sale el punto inocencia y dulzura, digo que ah (sin abrir mucho la mandíbula, por si acaso) y nada. De vuelta para casa.

Aparición 19 September, 2008

Escrito por emejota en : Cine , 4 comentarios

“Mamá cumple 100 años”, de Carlos Saura, 1979.

Inolvidable Rafaela Aparicio.

Oscuridad 18 September, 2008

Escrito por emejota en : Libros , 16 comentarios

“El peregrino mundo sigue girando” (Rose Hawthorne)

Un hombre en la oscuridad

“¿Ha de terminar de ese modo?”, se pregunta el narrador de la última novela de Paul Auster en la página 138. Cuando alcanzas la 207, donde está el punto final, nos lo preguntamos también nosotros. Vaya por delante que “Un hombre en la oscuridad” (Anagrama) es una gozada por partida doble, lo cual no es de extrañar tratándose de una historia que se bifurca. Pero a lo que iba: es una gozada por la historia que Auster teje desde la primera frase hasta la mitad de la página 138 (¿ha de terminar de ese modo?) y porque el libro entero es una nueva exhibición de la manera de narrar tan maravillosa que tiene este hombre.

El libro transcurre en el tiempo real de una noche de insomnio en la que el narrador, en primera persona, sumido en la oscuridad de su dormitorio, inventa una historia que entretenga el paso lento de las horas que marca el despertador de su mesilla. Inventar. Fabular. Eso es lo que hace el septuagenario August Brill noche tras noche, convaleciente de un accidente de coche en casa de su hija. Esta vez toca inventar a Owen Brick, sí, pongamos que se llama así; pongamos también que a ratos se hace llamar “El Gran Zavello” porque ejerce de mago en fiestas infantiles de cumpleaños. Qué hacemos con él. Situarlo dormido en el centro de un hoyo de tres metros de profundidad y de paredes lisas, de manera que cuando despierte no pueda salir de allí. Y qué pasará cuando despierte. Que le ayudarán a salir, descubrirá que en lugar de su capa de mago lleva puesto un uniforme militar y no sabrá dónde está. Pero lo mejor vendrá cuando descubra que se haya de golpe en unos Estados Unidos envueltos en una nueva Guerra de Secesión. Para Owen Brick, ayer la guerra estaba en Irak y hoy, al despertar en ese lugar extraño a sus ojos, la guerra está en casa. Norte contra Sur. Las Torres Gemelas siguen en pie pero las ciudades muestran las terribles cicatrices de los bombardeos. Comienzo prometedor. Qué más. Pongamos que Owen Brick es el elegido para detener la guerra. Y eso cómo se hace. Matando a la persona responsable, porque de este desaguisado general es responsable una sola persona, un anciano convaleciente de un accidente automovilístico. Cómo se llama. August Brill. Dicen que tiene insomnio.

Esa es la parte genial del libro, que en las formas tiene algo del Saramago de “Todos los nombres” y del “Ensayo sobre la ceguera” y de los mundos paralelos de Haruki Murakami aunque el propio narrador cita la idea de los mundos infinitos sugeridos por Giordano Bruno en el siglo XVI y los envuelve en un halo unamuniano: “No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo, sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo“.

Pero “Un hombre en la oscuridad” también es un título alegórico. Habla de las tinieblas en las que se encuentra sumido el ser humano en este mundo contemporáneo: “ojalá (mi hija) aprenda que los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones, sino parte esencial de lo que somos. Así sufrirá menos”, y habla igualmente con énfasis crítico acerca de unos mandatarios norteamericanos a los que habría que meter en la cárcel, a Bush “junto con Cheney, Rumsfeld y toda la pandilla de delincuentes fascistas que dirigen el país”.

El problema de “Un hombre en la oscuridad”, su parte literaria en penumbra, es quizá la forma con la que ese aparato crítico está introducido en la narración, al final, un poco con calzador aunque la habilidad de Auster a la hora de contar la suavice un poco, pero no lo suficiente como para que el propio narrador se pregunte ¿ha de terminar de ese modo? a mitad de un libro que hasta entonces resulta fascinante y que en ese instante se quiebra para dar paso a una secuencia de acontecimientos: la minuciosa descripción, sin escatimar detalles, de una ejecución de un soldado en Irak o el drama de las familias que quedan en casa rotas, temas que dejan la doble sensación incómoda (este es un libro de dobles) de que la denuncia apremiaba sobre lo literario y que el lector se siente un poco culpable por lamentarlo.

Diario 17 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 10 comentarios

En la particular guerra de barcos que mi sistema inmunológico mantiene consigo mismo desde hace una pesadez de años, la cadera izquierda está tocada. Pero todavía no me importa. Le he dado muchas vueltas a la frase anterior porque se me hacía rara pero es que es así, no es que no me importe, cómo no me va a importar, sino que todavía no. Hay cosas que pueden esperar a que les prestes atención. Mientras tanto, puedes sentir la satisfacción de haber descubierto el instante justo en que el verano tocaba con las puntas de los dedos al otoño, cosa que sucedió ayer a eso de las seis de la tarde, puede que un poco más pero no tanto como para decir las siete menos cuarto. Y cuando tienes la suerte de percatarte de algo así los sentidos todos se proyectan aquí y allá, en estos colores, en aquellos olores. Puede parecer una actividad estresante pero qué va, porque de alguna manera el cuerpo y la mente también participan de esa alineación de estaciones en perfecto equilibrio.

Por supuesto, para disfrutar de ese fenómeno ambiental hace falta estar fuera de la ciudad porque dentro también se nota pero es distinto. Eso ayer. También ayer me apetecía ir al cine, a ninguna película en concreto; en realidad, para ser sincero, lo que me apetecía era comer palomitas y beber cocacola en el cine. En ocasiones es lo mejor del cine. Fuera también puedes comer palomitas y beber cocacola pero no es lo mismo. Nunca es lo mismo. No sé qué le pasa a la gente con las palomitas, todo el mundo diciendo que no soportan lo de las palomitas y tal. Yo creo que lo dicen en plan cultureta. Ellos se lo pierden. Pero te paras con alguien y le dices que igual vas al cine y enseguida te responden que ellos van a una sesión en la que saben que no va a ver gente comiendo palomitas porque les molesta una barbaridad la gente que come palomitas en el cine. Y entonces yo les respondo que a mi lo que me molesta del cine es la gente, no las palomitas, y que por eso voy a sesiones insólitas como la de las cuatro de la tarde de un día laborable de noviembre. Creo que eso les desconcierta un poco, unos porque creen que bromeo pero dudan y otros porque creen que digo la verdad pero quieren dudar. Allá películas.

De todas formas no fui al cine sino que me fui a caminar. El espectáculo estaba fuera. La cadera protestó pero me senté un par de ratos y se calló. En el segundo rato eché mano del móvil (ya es un gesto reflejo) y tenía una llamada de Sergio. Se la devolví y me dijo que era para decirme dos noticias, una buena y otra mejor, y escuché y celebré ambas frente a un maizal espléndido. En unos días lo celebraremos en una cena. La semana pasada se pasó por casa y, de paso, cenamos también. En verano, mientras está aquí, siempre hay tiempo para una cena porque luego empieza el curso y yo creo que lo echamos en falta.

Schubertiada 16 September, 2008

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Schubert Brendel“Schubert es el inventor de la fiebre en música”. Lo dice Alfred Brendel a la cámara y ante una frase así no puedes quedarte indiferente. Una frase así es suficiente para atraparte. “Schubert es el inventor de la fiebre en música”, afirma Brendel en una imagen de vídeo de finales de los 70, embutido en una camisa ceñida a la moda de la época, con patillas y con un par de folios mecanografiados con escaso margen y menor interlineado apoyados en el atril del piano Steinway, y al poco añade: “en él lo que se nubla es la consciencia”. Lo dice antes de pasar a detallar la penúltima de las Sonatas para piano de Schubert, obra maravillosa y crepuscular, en el y último de los dvd´s que componen el pack “Alfred Brendel plays and introduces Schubert piano works”. Toda una schubertiada magistral. 

Llevo varias noches absorto en esas explicaciones y en las posteriores interpretaciones, impecables, de esta sonata y de la siguiente, la última, grabadas ambas en un escenario más amplio. Porque aquí hay dos escenarios: uno, más pequeño, desde el que habla Brendel y otro, más espacioso, donde quienes hablan son sus dedos, con sus yemas convenientemente envueltas en trocitos de esparadrapo, como de costumbre, y con esos movimientos tan característicos de su garganta en tensión como si realizara grandes equilibrios o invirtiera grandes esfuerzos en algo que, sin embargo, se materializa en el teclado con desarmante facilidad.

Las peculiaridades de la penúltima sonata de Schubert animan a Brendel a afrontarla desde el análisis musical. Todos sus movimientos, y los temas que los componen, los principales y los secundarios, y hasta las secciones de enlace entre ellos, están emparentados motívicamente por dos parejas de intervalos de segunda: la-sol y fa-mi (y sus transposiciones derivadas). Las oportunas demostraciones al piano no dejan lugar a dudas. He aquí el inicio del segundo movimiento, una de las melancolías más conmovedoras de Schubert:

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Brendel se expresa con maneras sobrias de erudito algo ensimismado que no inspira a la cámara mucha cercanía, es verdad, pero nos engancha con su discurso pausado, lúcido y profundo, muy meditado, capaz de adentrarnos en un universo musical tan fascinante y complejo como es el del último Schubert.

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Brendel se toma su tiempo para diseccionar esta obra y llegar hasta su escalofrío, y al terminar lanza esta pregunta: “¿Para qué detenerse en estos detalles técnicos en lugar de dejarse impresionar sin más?” Interesante cuestión acerca de un compositor del que Franz Liszt dijo: “Casi podría olvidarse la grandeza de tu maestría ante el hechizo de tu espíritu”. Brendel añade: “Algunos dirán que estas cosas sólo se oyen porque se conocen. Me gustaría replicarles que el conocimiento de estas cosas no merma en nada su efecto emocional sino que, antes bien, a veces sólo así se consigue encauzarlo correctamente.”

Es un lujo que uno de los grandes intérpretes vivos ponga voz a su pensamiento y lo comparta con nosotros.

Colegio 15 September, 2008

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Vuelta al colegio. Hace muchos años que no tengo que volver al colegio pero pensar en este día me sigue produciendo una sensación incómoda, entre la lástima y el miedo. Mirando atrás, estoy absolutamente convencido de que mi aprendizaje terminó en maternales. Allí aprendí lo fundamental. A partir de allí fue una pérdida de tiempo lamentable, excepción hecha de las horas ocupadas en disfrutar del olor exquisito de las páginas del libro de Historia de 7º de EGB, y conforme pasaban los cursos sentí un miedo creciente que disimulaba a golpe de sobresaliente.

Hasta que me harté.

Un día que el ritmo decaiga en la consulta tengo que contarle al psicoanalista la odisea de 5º y la de 1º de BUP. En la primera sufrí acoso escolar brutal, digo bien, que con esas cosas no se frivoliza, acoso escolar brutal, pero fue por parte del profesor, lo cual lo hizo más escandaloso y repugnante. Te voy a hacer la vida imposible, me dijo un día en el pasillo. Luego sonrió a los que pasaban por allí pero no olvidó cumplir su promesa. Yo creo que le ponía. El tipo todavía anda suelto, por cierto. En 1º de BUP me dio tanto asco la monja que me fui de clase. Esto también fue algo especial porque era inconcebible que el chico modélico se saltara una clase, así que me salté dos meses y medio. Qué hice, dónde estuve y todo eso durante tanto tiempo para que la cosa colara es un misterio como el de la desaparición de Agatha Christie allá por los años 20.

Mi historial escolar se completa con el asombro, por mi parte, de que los esfuerzos por parte de los sucesivos profesores/as de literatura para que odiara la idem no dieran resultado; lo mismo con la música. Lo demás lo empecé a descubrir y a disfrutar fuera de las aulas. El único recuerdo bueno que me queda es el de los compañeros de clase y eso que fue en 6º de EGB cuando me di cuenta, en mitad de una clase de Inglés que lo mío no era el aprendizaje en grupo. Qué aburrimiento, qué lentitud, por Dios. Un psicólogo que había visitado el colegio el año anterior le dijo a la directora que le dijera a la tutora que le dijera a mi madre que yo era un chico muy inteligente con una sospechosa inclinación al autodidactismo. Hombre, no le voy a quitar razón, pero no tuve oportunidad de utilizar la cadena de comunicación de vuelta para decirle que si él era el autor de esos tests hilarantes y previsibles, era un poco idiota.

A mí el colegio me dejó una cicatriz de esas que pican cuando cambia el tiempo. La mía me escuece un poco cuando oigo que empieza el colegio.

Album 14 September, 2008

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El Moncayo. Pronto se cubrirá de nieve. Me gustaría mucho ir allí algún día.

Sábado 13 September, 2008

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Fin de semana tranquilo. Hace frío y eso invita a recogerse un poco lo que no viene mal después de esta semana un poco movida. Recogerse no quiere decir encerrarse; de hecho, admite un paseo de los largos, de los que antes formaban parte de los quehaceres diarios hasta que llegó el calor y nos hizo añorar este septiembre que, poco a poco, se va tiñendo de otoño. Es una gozada volver a recuperar la sudadera y meterse las manos en los bolsillos y echar a andar (la música del iPod en los oídos). Por lo demás, tranquilidad hogareña. Leer (hay una pila de libros esperando), ver alguna película, merendar un trozo de ese ex-qui-si-to bizcocho que el otro día hizo la madre de Sergio, echar un ojo al cuaderno de anotaciones musicales, que hay dos anotaciones llamando la atención pero sin meter prisa. Cualquier actividad que requiera la compañía de mí mismo porque a veces a uno le apetece estar consigo mismo, sobre todo cuando se siente tranquilo. Incluso no hacer nada sintiendo cómo pasan los minutos sería algo provechoso estando tranquilo. También echaba de menos estar tranquilo.

Funeral 12 September, 2008

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Se ha muerto el padre de mi amigo Carlos. De repente, aunque el hombre estaba delicado. Curiosamente, hace unos pocos días lo vi en la calle, en una de esas rarísimas veces que coincidíamos porque él salía poco y muy cerca de su casa ya que tenía problemas de movilidad. Lo ví la otra tarde caminar lentamente al otro lado de la calle apoyado en su bastón, giró lentamente la cabeza y me vio. Le saludé con la mano y él hizo lo mismo con la suya, con gesto lento. Al enterarme de la noticia he pensado que la otra tarde nos dijimos adiós.

Carlos y yo nos conocimos en maternales y hasta ahora. Vamos, de toda la vida. Durante la EGB fuimos como Kevin Arnold y Paul Pfeiffer, aunque daba igual quién era quién, y creo que ambos conservamos de manera muy nítida la aventura maravillosa que era cada verano de nuestra infancia. Ahora que la vida nos ha llevado por caminos muy diversos, a él por todo el mundo, nos vemos dos veces al año y ocupamos la tarde entera en una reunión que se ha convertido en un ritual. Para mí, una reunión imprescindible. Durante mucho tiempo, en nuestra infancia, creo que Carlos me veía con cierta admiración; todavía a veces creo ver en sus ojos algún reflejo de aquello y me sigue escuchando con esa atención tan suya, y corresponde con silencios muy elocuentes, siempre acompañados de una sonrisa, lo que de otra forma no se podría expresar mejor. Sin embargo, soy yo el que siente una admiración profunda por él, por la buena persona que es, por la labor que desempeña, por su amplio conocimiento del ser humano, por su brillante inteligencia, y lo sabe, aunque su modestia le hace reirse con pudor.

Carlos es la única persona que me gustaría que estuviera a mi lado, acompañándome en los instantes previos, si algún día tuviera que marcharme. Creo que también lo sabe, o quizá es que he ido a muchos de nuestros encuentros con la firme intención de pedírselo aunque al final no lo hiciera, no tanto por pudor, sino por haber tenido la certeza de que es algo que él ya conoce desde hace tiempo y te lo hace saber, asintiendo, con esa sonrisa suya tranquilizadora.

El funeral del padre de Carlos es a las 12.

Avería 11 September, 2008

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Autoridad 10 September, 2008

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En un concierto para piano y orquesta, ¿quién manda? ¿el director o el solista?

El sábado 7 de Abril de 1962, Leonard Bernstein dirigía a la Filarmónica de Nueva York en el Carnegie Hall:

En la segunda parte del concierto estaba programado el Primer Concierto para piano de Brahms. El solista, Glenn Gould:

Aquel día ocurrió algo insólito. Bernstein salió a escena, saludó, y en lugar de coger la batuta para dirigir a sus músicos se volvió de cara al público con la intención de dirigirles unas palabras. Y ante el estupor de los presentes, lo hizo. Conservamos el instante gracias a la retransmisión del concierto por una emisora de radio. Conociendo a Gould, tan caprichoso, siempre con sus enfermedades imaginarias a vueltas, la gente debió pensar que lo que Bernstein iba a anunciar era precisamente la ausencia del pianista. No sería la primera vez. Por eso, empezó su discurso con una broma; dijo: “No teman, el señor Gould está aquí” y la gente se echó a reir. La habilidad de Bernstein a la hora de desenvolverse frente al público era notable, como lo atestiguan sus legendarios programas didácticos de televisión.

Gould Bernstein

Bueno pero, si el señor Gould está aquí, ¿qué nos va a contar usted?, debieron pensar los asistentes al concierto. Pues nos va a contar, ni más ni menos, que no se hace responsable de lo que pueda pasar en los minutos siguientes, así de claro, tal era la cordial discrepancia entre solista y director en cuanto a la concepción de la obra de Brahms. Bernstein admitía estas cosas e incluso las afrontaba como una aventura estimulante siempre y cuando el punto de vista del solista tuviera consistencia. En el caso de Gould, las divergencias eran tales y, al mismo tiempo, merecían tal crédito por su parte, que Bernstein se vio obligado a hacer un preludio al concierto.

Pongámonos en situación: el locutor que está retransmitiendo el evento para la radio dice en un momento determinado que parece que el señor Bernstein va a decir algo a la audiciencia así que damos paso al escenario. Se hace el silencio y Bernstein comienza a exponer un divertido e interesante discurso. Podemos escuchar el audio original en inglés con una transcripción aproximada en español.

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(aplausos) No se asusten, el señor Gould está aquí (risas). Aparecerá en un momento.

Como saben todos ustedes, no tengo costumbre de hablar en ningún concierto excepto en el ensayo general de los Jueves por la noche, pero ha ocurrido algo curioso que merece, en mi opinión, una o dos palabras.

Están a punto de escuchar, cómo decirlo, una interpretación nada ortodoxa del Concierto de Brahms, una interpretación diferente a cualquier otra que yo haya escuchado jamás (…) porque se aparta con frecuencia de las indicaciones del propio Brahms. No puedo decir que esté en total acuerdo con la concepción que el señor Gould tiene de la obra y esto me hace plantear una pregunta interesante: ¿Qué hago dirigiéndolo? (risas del público)

Pues voy a dirigirlo porque el señor Gould es tan válido y serio como artista que debo tomar en cuenta seriamente las cosas que él concibe de buena fe, y su concepción es lo suficientemente interesante como para que yo piense que merece la pena que ustedes la conozcan también.Pero la vieja cuestión permanece en el aire: en un concierto… ¿Quién es el jefe? (risas del público) ¿el solista o el director? (risas). La respuesta es que a veces uno y a veces el otro según el grado de implicación en el asunto. Pero casi siempre, los dos alcanzan un acuerdo por persuasion o química o bien mediante “amenazas” (risas) para conseguir una interpretación unificada.

Sólo una vez antes en mi vida tuve que someterme al concepto del todo incompatible y novedoso del intérprete y fue la última vez que acompañé al señor Gould, (grandes risas) pero esta vez, las discrepancias entre nuestros puntos de vista son tan grandes que me he visto obligado a hacer este pequeño aviso. Me dirán entonces que por qué lo voy a dirigir (…) o por qué no he buscado otro solista e incluso un director que me sustituya. Pues en primer lugar porque estoy fascinado y agradecido por tener la oportunidad de mostrar una cara nueva de una obra tan conocida; en segundo lugar, porque hay momentos en la interpretación del señor Gould que emergen con asombrosa frescura y convicción.

En tercer lugar porque todos podemos aprender algo de este artista extraordinario que es un filósofo de la interpretación; y, finalmente, porque en esta música podemos encontrar lo que Dimitri Mitropoulos solía denominar “el factor DEPORTIVO” (risas), el factor de la curiosidad, la aventura, el experimento y les puedo asegurar que ha sido toda una aventura esta semana (risas) colaborar con el señor Gould en este Concierto de Brahms y es con este espíritu aventurero con el que ahora nos presentamos ante ustedes”

(fuerte ovación)

 

Cálculo 10 September, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios

Dicen las noticias que hoy va a llover en Pamplona. Tengo que ir esta mañana. Es cierto que lo del psicoanalista es un hallazgo, no sé si tanto la terapia como el terapeuta, según el día que tengamos, él, la terapia y yo. Pero ahora que ya nos conocemos (aunque este hombre siempre guarda una baza tras la carpeta) tengo la sensación, por no decir certeza, de que sé qué voy a decirle, sé qué me va a contestar y, lo que es más, sé que ambas cosas van a ser esencialmente coincidentes en la conclusión.

Entonces, digo yo que para qué soltar noventa y tantos euros más 200 kilómetros de iPod.

Bueno, lo de los 200 kilómetros de iPod pasen, tienen su cosa, les he pillado el punto; la cosa está repartida en 100 km de ida y 100 km de vuelta donde la música se confunde con el paisaje, puede que incluso a veces sustituyéndolo. Me gusta. Pero eso no quita lo anterior. Qué lío. Dí que por lo menos le llevo a una amiga una copia de “The innocents” en inquietante CinemaScope. ¿Es pertinente aquí lo de “inquietante”? Vaya si lo es. Hay películas que merecen la pena un viaje, con o sin lluvia, con o sin certezas, con o sin pasta añadida, y no precisamente de los spaguetti esos tan ricos que me salen (modestia aparte). Qué películas, a ver. Pues “The innocents”. Ya, pero esa ya la has dicho. Bueno pues “La noche del cazador”, de Charles Laughton. Y “La carrera del siglo”, de Blake Edwards. Y “El baile de los vampiros”, de Roman Polanski. Y “Rosemary´s baby”, de Polanski otra vez. Y “La escopeta nacional”, de Luis G. Berlanga. Y “La Vaquilla”, del mismo (tantas del mismo…). Y “Dos en la carretera”, de Stanley Donen. Y “Leolo”, “Con la muerte en los talones”

Bueno, suficiente.

Un momento, una más. Y hasta “Un cadáver a los postres”, fíjate. Esos gamberros maravillosos del cadáver a los postres merecerían la pena un viaje una mañana de lluvia en un autobús cansino para que alguien los disfrutara una noche lluviosa. Ya me refugiaría yo en el iPod.

(Va un secreto: a veces, en el iPod escucho voces)

Pero no voces que cantan, que sería lo habitual, sino voces voces; que hablan, vamos. Una de mis aficiones secretas es el placer de escuchar ciertas voces privadas del cuerpo del que salen porque de esa manera todos los sentidos se concentran en apreciar las inflexiones de la voz, sus respiraciones, las vacilaciones, en todas esas cosas. Hay voces más balsámicas que una canción. Por ejemplo, la de Jamie Bell. La voz de Jamie Bell tiene una herida en el fondo, casi no se nota, pero la tiene. ¿Alguna otra voz? Sí, la de una amiga mía que se dejó grabar hace mil años leyendo una página de un libro. Qué amiga y qué libro. Ah, mira en el iPod a ver. Lo que puedo decir es que era la página 164.

Esto a qué viene.

Ah sí. Lluvia, autobús, iPod, 200km, terapia, coincidencia en la conclusión, alguna (probable) sorpresa en la carpeta de este hombre, paso por caja y “The innocents”, ese delicioso cuento de fantasmas (“my Looord…“, por cierto, otra voz inolvidable)

Tormenta 9 September, 2008

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Lo primero de todo, un beso muy gordo y un abrazo muy fuerte para Mª Jesús, que sé que va a leer estas líneas. Para Javier también, claro. Ana y yo repetiremos la visita de hoy poniendo lo que podemos dar: cariño y calor (y alguna risa y alguna galleta casera) Eso lo primero de todo.

(los vecinos me mandan un sms para decirme que duerma bien, qué majos)

Ahora el día en general. Desde las 4 de la mañana con los ojos abiertos, como el genial narrador de la última novela de Auster pero sin ser genial. He intentado imitarle inventando alguna historia como hace él en su noche de insomnio de 200 páginas de duración pero me dolía tanto la cabeza que he ido a la cocina en busca del remedio oportuno. Cuando he vuelto me he dado un inoportuno golpe en el pie de esos que te hacen ver las estrellas así que he vuelto peor de lo que he ído.

Cosas que pasan.

Por la mañana una amiga me ha llamado dos veces por mi nombre en mitad de la conversación. Y me he dado cuenta de que eso es raro porque eso pasa cuando se pone un poco seria o se preocupa por mí o tal. Creo que no me llamaba por mi nombre hace un siglo lo menos y va y esta mañana pues dos. Por algo sería.

Por la tarde ha sido lo del párrafo del comienzo y justo cuando volvíamos Ana y yo ha empezado a relampaguear y a llover de tal forma que nos hemos tenido que refugiar debajo del paraguas agarrándolo con fuerza porque parecía que íbamos a salir volando. En mitad de camino, sorteando calles desconocidas para mí (no conozco mi ciudad, qué desastre) a Ana le ha dado por volverse un momento dejándome a merced del torrencial aguacero porque quería coger del suelo una cabeza de muñeca de esas que te miran con expresión que te trauma. Le he dicho a Ana que lo suyo ya empieza a ser un poco Síndrome de Diógenes pero ella dice que según qué y se ha sacado una bolsita pequeña donde ha introducido la cabeza, a la espera de encontrarle cuerpo. Qué optimismo el de esta mujer, he pensado mientras volvia a cobijarme bajo el paraguas.

De repente ha pasado una cosa rara y es que la voz de Sergio sonaba desde el bolsillo. Después de lo de la cabeza de la muñeca en mitad del tormentón, un tormentón de novela gótica, he pensado que cualquier cosa podía ser posible y mira por dónde, era posible, vamos, era Sergio de hecho quien hablaba a través del móvil que ha debido activarse al hacer algún movimiento en busca del refugio del paraguas. Cena hoy, decía Sergio, cena mañana o pasado, decía yo, que toca madrugón para ir a Pamplona. Sergio estaba haciéndole a su padre un zumo natural de ahora no me acuerdo qué pero es lo mismo porque lo que importa es lo de hacer el zumo. Con eso sí me he quedado.

Al llegar a casa estaba sonando el otro teléfono, el fijo. Belén. Belén siempre me llama por mi nombre pero no es porque esté todo el día preocupada ni se ponga seria. Es la costumbre. Estábamos hablando entre truenos y relámpagos de esos que casi dan impresión cuando se ha ido la luz de la calle y nos ha dado por hablar así como en tono bajo. Mucho no hemos hablado porque venía yo como una sopa y quería ir a la ducha. ¿No tenías paraguas?, ha preguntado Belén. Sí, he contestado yo, pero no contaba con lo de la cabeza de la muñeca. Creo que Belén ha hecho como si nada porque ha seguido hablando como dos personas normales que hablan con la ciudad a oscuras mientras las gotas de lluvia golpean el cristal como metralletas y el sonido de los truenos se expande en un eco interminable y tembloroso.

Hoy también he pensado mucho.