Archivo por meses: septiembre 2008

Susto

Hoy le he dado un buen susto a mi hermano. Sin querer, claro.

La cosa viene de un par de semanas atrás, cuando la tensión arterial volvió a subir a pesar de la pastillita para la hipertensión y ahí se quedó los días siguientes. El médico multiplicó la pastillita, que los médicos multiplican esas cosas con una facilidad que para qué, pero la tensión se quedó ahí arriba, en la azotea. La mínima sobre todo. La mínima está al máximo desde entonces. Eso es lo que viene de un par de semanas atrás.

Lo de hoy ha sido más o menos a la hora de la cena.

Estaba solo en casa, como el de la película pero sin hacer el gamberro porque me he empezado a encontrar mal, una presión en las sienes, un agarrotamiento en las mandíbulas, para qué seguir. Ha sonado el teléfono. Era mi hermano. Era para decirme que venía de ver a la abuela y que la había encontrado mucho mejor de lo que pensaba. Su tono era optimista. La abuela está bien, ha dicho, pero yo le he tenido que interrumpir para decirle pues yo no porque para entonces veía unas motas raras. Qué, ha preguntado él porque el pues yo no ha salido muy bajo. Que yo no. Qué te pasa. Y lo que ha pasado al decirle que no sé lo que me pasaba es que no he podido decirle nada porque se me ha agarrotado la lengua y las sílabas se me pegaban al paladar. Y he notado a mi hermano apurarse y decir espera que voy y yo intentaba decir no y hay que ver lo que puede llegar a costar decir no, dos letras, un monosílabo, no. El no que intentaba decir equivalía a no te preocupes que es la tensión, fijo, ahora me tomo la pastillita duplicada del médico y me tumbo un rato tranquilo y se me pasa. Pero como he visto que todo eso era demasiado para mi lengua que seguía sin poder articular palabras pues he dicho no. Seguro. Sí. Pero te tiene que ver un médico. No. Seguro. Sí. Anda que ya bajo, que a ver si te está dando algo. No. Pues tómate la tensión y llámame ahora con lo que te salga. Sí. Click. Tensión estratosférica. Récord absoluto. La máxima y la mínima. Pastillita en la boca. Tumbarse en el sofá. Apagar la luz. Buscar a tientas el inalámbrico. Rellamada. Anda que voy. Que no, que ya me he tomado la pastilla, que se me pasa enseguida. Una cruz tener que decir la frase anterior, como si a oscuras las palabras no encontrasen el camino de salida. Pues llámame para cualquier cosa. Sí. Mamá estará a punto de llegar de todas formas. Sí. Click.

Silencio.

En instantes así no hay silencio en realidad. Hay una vibración dentro del cuerpo muy poco agradable, una ansiedad en guardia ante las alarmas que están sonando a todo trapo. Y la cabeza te da vueltas e instintivamente respiras hondo. Al rato se pasa, sí, pero te quedas hecho una mierda.

(te entra un bajón)

Como si te hubieran dado una paliza, como si la batería estuviera bajo mínimos. Y al rato estaba mareadillo en el sofá, como medio adormilado, cuando ha llamado de nuevo mi hermano a ver qué tal. Se ha debido de llevar un susto monumental. Mi madre otro, claro. He oído el paso rápido de sus zapatos en el pasillo del ascensor antes de que abriera la puerta y se dirigiera con paso rápido hacia mi habitación llamándome con ese tono tan suyo de urgencia disimulada para no asustar. Pero estaba yo tumbado en otra habitación, con la cabeza dando vueltas como un tiovivo y una presión en la sien derecha y otra en la izquierda empujando la una contra la otra, pensando que mi hermano le habría llamado al móvil, y apenas podía decirle a mi madre no pasa nada, estoy aquí pero no pasa nada, o pasa pero ahora se pasa, tranquila, porque ella estaba en la otra punta de la casa, llamándome.

A veces pienso que les doy más sustos que satisfacciones, coño.

Pero hace un rato, nada, ahora como quien dice, me he desvelado. Y tengo que madrugar. Pero me he desvelado del todo. Y me he puesto a escuchar a Evgeny Kissin tocando a Tchaikovsky. Y me he ido a acordar del pasaje memorable del “Memorial del convento” en el que Domenico Scarlatti se pone a tocar el clave y la convaleciente Blimunda se echa a llorar sin querer mientras nota que se va curando. Me he acordado porque también se me han saltado las lágrimas y no eran de pena, de pena en general o de pena por haber dado un disgusto, ni siquiera de pena por mí mismo ni de milagros obrados por la música aunque poco menos que milagrosa sea la que sale de los dedos de Kissin. Simplemente es que a veces pasa eso: lloras, sin llanto, porque sientes que hay algo que está bien después de todo, como si notaras algo similar a una armonía que se está ajustando, afinando hasta volver a sincronizar el acorde que te une con todas las cosas, con las teclas de este ordenador, con las del piano de Kissin, con los ojos que leen estas frases que ahora dejo escritas y con todo aquello que te sostiene. Es todo un poco raro, sí, pero está bien.

Zoquetes

“Estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica.”

Mal de escuelaMe resulta muy fácil y muy difícil hablar de “Mal de escuela” (Mondadori), de Daniel Pennac, el libro que habla del fracaso escolar, de la imposibilidad de comprender, y del consiguiente drama personal del niño o adolescente, drama diario vivido de forma consciente o inconsciente y exteriorizado de múltiples maneras, desde el silencio y el abandono hasta la rabia y la rebelión, y que es contado aquí desde dentro. Porque Daniel Pennac habla del cancre Pennac (palabra intraducible al castellano que el traductor ha convertido en zoquete) el chaval que sufrió ese drama en carne propia y que tuvo la fortuna de ser rescatado a los 14 años por un profesor que luego, al cabo de los años, no recordaba su nombre, Pennacchioni, Daniel, no le recuerdo, y eso a los ojos de Pennac no hizo sino acrecentar la tarea admirable de este hombre. Pennac lo relata todo desde sus 25 años de experiencia como docente y pasa los hechos por el microscopio explicándonos todos los detalles porque él estuvo allí y ahora está aquí, y por medio quedan los chicos, y los padres, y los dramas y la convicción de que pasan las épocas y cambian los tiempos pero no las causas y el dolor que sufren los cancres.

Pero decía que me resulta muy fácil y muy difícil hablar de este libro y es verdad. Muy fácil sería decir que es un libro imprescindible, maravilloso, expuesto con la sencillez que da la sabiduría profunda de las cosas. Eso sería lo fácil. Lo difícil viene por lo mismo. Empecé a leer este “Mal de escuela” y a las pocas páginas me vi tomando nota de frases, ideas, párrafos, y enseguida me encontré con una colección inagotable de hallazgos que hacía imposible su síntesis. Comprendí entonces que la síntesis es el propio libro, pura destilación de aciertos.

La nulidad. Soy una nulidad. Esa convicción pone en marcha el proceso. Cómo se llega ahí y qué ocurre entonces. Y cómo se sale. Que le pregunten a Pennac, cuyos argumentos desarman por su agudeza y sensibilidad. “En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa”, alerta Pennac. Hay que dejarse de teorías y programas educativos abstractos y bajar a la obra, que es hablar, convivir, luchar, ilusionar. A los chavales. Y hacerlo juntos.

Hay algo en lo que incide especialmente Pennac y es en llevar a los chavales a vivir el presente del indicativo del aula. “El individuo se construye en la conciencia de su presente”. Generación tras generación, el cancre repite esta frase: “Nunca lo conseguiré”. Y Pennac pone el dedo en el lo, al punto de titular una parte de su libro Lo, o el presente de encarnación”. Hay que hacer comprender a los chavales el significado de ese lo que se sienten incapaces de explicar (¿qué es lo que no vas a conseguir?). Hay que hacerlo “asaltando primero el bastión gramatical. Si deseábamos instalarnos sólidamente en el presente del indicativo de nuestro curso era preciso ajustar cuentas con aquellos misteriosos agentes de desencarnación. Comenzamos a cazar pues la ambigüedad en los pronombres (…) Y, en primer lugar, “lo”. Prescindamos de su denominación de pronombre personal neutro que suena como a chino en los oídos del alumno que lo oye por primera vez, abrámosle la panza, extirpermos de él todos los sentidos posibles, le pegaremos su etiqueta gramatical cuando volvamos a coserlo. Los gramáticos le conceden un valor impreciso. Pues bien, ¡precisémoslo! (…) “Lo”, o el porvenir inaccesible. Al no ver futuro alguno, el alumno no se instala en el presente. De ahí mi decisión de profesor: utilizar el análisis gramatical para atraerlos hasta el aquí, hasta el ahora.” “Lo” es algo que puede devorar y entonces puede que ya no sepamos quiénes somos. “Con aquellos chicos y chicas interrogamos ese lo al que nunca se llega porque se ignora que es sólo un estar allí, un estar ahora, un estar juntos y, al hacerlo, ser uno mismo” Por ahí empieza la tarea de rescate.

No estoy en absoluto de acuerdo con la afirmación de la escritora Clara Sánchez al escribir en su reseña del libro que Pennac lo cuenta todo “con un tono irónicamente desapasionado”. Pennac utiliza la ironía para hacernos llegar el drama y al mismo tiempo hacer sus capítulos transparentes, eso es cierto y ahí es nada, pero es el apasionamiento vibrante el que mueve cada palabra de Pennac y el lector no es ajeno a sus efectos (con la excepción de Clara Sánchez, en cuyas novelas no sopla precisamente un aire que mueva al menos una coma, dicho sea de paso).

Newman

AidalaiEstaba ojeando libros al fondo de la librería y, a mis espaldas, la voz de una mujer de unos 50 años dijo se nos ha muerto Paul Newman y entonces la caja registradora hizo ring y le devolvió el cambio de la prensa del día. El tono de su voz era tan bonito que evité volverme a mirar, por si acaso. Hay voces a las que no les pega nada una cara. Mejor seguir imaginando. Además, la noticia no era nueva. Cuando dijeron en la tele que se había muerto Paul Newman me pasó una cosa curiosa porque fue entonces cuando tomé conciencia de que había vivido. Quiero decir que hay actores y actrices que están tan hechos para la vida que transcurre dentro de la pantalla que casi te sorprendes de que mantuvieran una vida fuera de ella. Así el caso de Cary Grant, pienso yo; y el de Paul Newman. Newman me marcó especialmente en dos películas, aunque me gustó en bastantes más; me marcó primero en “La gata sobre el tejado de Zinc” y lo hizo de tal manera que desde entonces asocio las muletas a la mala leche y me inspiran cierto temor. Luego me marcó en “El golpe”, en un “Sábado Cine” de la tele cuando era pequeño, porque allí descubrí que el mucho morro y la mucha jeta podían tener mucha clase. Pero también estaban las demás películas, las muy conocidas y las no tanto, los “Dos hombres y un destino” y ese “Harper, investigador privado”. Hasta “El hombre de MacKintosh”, que tenía su punto atmosférico. Y “Rachel, Rachel” y “Los efectos de los rayos gamma sobre las margaritas” en las que a él no se le veía porque estaba al otro lado de la cámara mirando como nosotros a Joanne Woodward, su mitad. La de Newman es una presencia excepcional e inigualable que vive 96 minutos o 112, depende del rato que duren unas historias a las que, sin embargo, les trae sin cuidado el paso de los años. De eso trata el magnetismo.

Accidente

La abuela se ha roto la cadera.

De la manera más tonta. Porque en realidad ni siquiera se puede decir que haya sido un accidente. Ha sido ponerla en pie, querer girarse un poquitín para mirar por el balcón y sus casi centenarios huesos se le han roto. Ahora está ingresada en el hospital. Cuando le han confirmado que se le había roto la cadera ha soltado una lágrima, una solamente, menuda es ella, y enseguida se ha repuesto y ha empezado a hablar con las enfermeras como si nada, como si estuviera convencida de que olvidándose un rato se le pasaría todo. En la habitación, el médico ha bromeado con ella y le ha dicho que allí la iban a tratar como una reina y la abuela, que desde que es más abuela que nunca es de nuevo como una niña, se ha reído y se ha quedado dormida un rato. Fuera de la habitación, el médico ha estado más serio, porque la fractura no se puede dejar sin operar pero al mismo tiempo tienen miedo a la operación a esa edad y con su estado. Habrá que consultarlo con los anestesistas, sobre todo. La operación no será hasta el jueves o el viernes como pronto.

Yo me he quedado tranquilo y entristecido a la vez. Si lo piensas, es una mezcla extraña.

Preguntas

¿Por qué me siento tan mal esta noche? Veamos. No es un problema físico, es más bien un problema afectivo, sí, va a ser eso. Me siento solo. ¿Y por qué me siento tan solo de repente? Ni idea, pero eso me tiene paralizado desde media tarde, aproximadamente. Inténtalo. Vale. Creo que necesito sentirme arropado por los amigos en un sentido más práctico que teórico. Sé que están ahí pero en muchos casos (no todos, afortunadamente) a veces (a veces es una expresión que en noches como esta se escribe en negrita) siento que todo se queda en la órbita de las palabras, de las promesas, sinceras, eso sí, pero palabras a fin de cuentas.

Calor.

Va a ser eso también. Un solitario que se siente solo y que necesita el calor de una conversación, de una compañía, ni más, ni menos. Bueno sí, algo más: ya puestos, necesito sentir cierta protección en momentos como este. Un rato al menos. Saber qué es eso más que nada. Pero con alguien delante, sentir eso con alguien delante, que no sea una línea en el ordenador la que te lo diga ni una voz en el teléfono ni una visita que te dice estoy aquí y luego dices ¿dónde está?. Ya, ya sé, cómo no lo voy a saber, sé que la gente tiene su vida, no soy bobo, era una forma de hablar. Pero, ¿dónde está la gente que dice estoy aquí en momentos como el de ahora? Pues está en un aquí que suele ser allí porque por lo general no suponen, no imaginan, no son adivinos de esa necesidad de compañía física en trances como este.

Dilo entonces.

¿A quién? A ellos. ¿A la 1 y 37 de la madrugada? Tampoco es eso. Y además soy muy prudente para esas cosas. Va un suponer: y si la 1 y 37 de la mañana fueran horas qué pasaría. Ah, interesante cuestión. Lo que pasaría es que se asustarían un poco, no por la hora, sino por el motivo de la llamada. Creo que la gente me ve en todo caso como la persona a la que acudir y cuando se da el caso contrario se sienten un poco confundidas. Vayamos más allá: ¿y sería suficiente? Esa es otra cuestión interesante. No lo sé. Pero no lo sé porque creo que sólo se ha dado el caso un par de veces en el siglo pasado (literalmente). Hablo de noches como esta, claro. De aquello recuerdo la emoción confortable del instante. Y la gratitud.

Que yo sepa, sólo una vez en mi vida alguien ha velado por mi una noche, con el móvil encendido en la cabecera de la cama, por si acaso. Me alivió saberlo y me incomodó saberlo. Que esa es otra. Yo creo que he nacido para velar o por lo menos me he acostumbrado a ello y no a lo contrario pero a veces me apago un poco y se me enfría el cuerpo y me entran añoranzas. Simplemente de compañía, de conversación. Luego, como soy un puñetero, me retiro un poco y hasta puede que un mucho. Pero no es noche para hablar de retiradas. La retirada es la penumbra, que también tiene su punto. Lo de hoy es otra cosa.

Citación

Mañana tengo cita con el internista en el hospital. Me va a decir que el hematocrito sigue subiendo y hará click click con el ratón arrugando el entrecejo porque parece que se lía con las cifras en pixel. Es un hombre analógico. Después apuntará las cifras en el papel y sin volverse extenderá un brazo a su derecha y le pedirá a la enfermera un impreso de bioquímica. Luego me dirá, este análisis te lo haces para cuando te citemos el mes que viene, de acuerdo? y se llevará el dedo índice a la varilla metálica que descansa sobre su nariz y que une las lentes de sus gafas. Finalmente esbozará una sonrisa del tipo mientras esté yo aquí sentado todo está bajo control y extenderá la mano para estrechármela. Olvidará que en la mano tengo prótesis y que las prótesis están rotas. Yo haré ay por dentro mientras sonrío por fuera. Y saldré con el papelito de bioquímica al pasillo del hospital y soplaré (bufaré más bien). Y hasta otra.

Siempre es igual. Matemátícamente idéntico. Como dos actores ensayando una representación con la minuciosidad de un ensayo general en vísperas del estreno. Tanto es así que alguna vez que tenía que decir algo me lo he llegado a callar, no fuera a ser que la enfermera, en su papel de apuntadora, me llamara la atención, libreto en mano, por haberme salido del papel. Pero en realidad mañana tendría que hacerle alguna pregunta. Le preguntaría: ¿esta medicación sigue requiriendo un control mensual? Y la contestación sería: claro, en este tipo de medicaciones seguir el protocolo es muy importante, siempre lo hemos comentado. Y yo debería añadir: entonces, ¿cómo es que la última vez que estuve aquí fue en mayo? Pero quita, no vaya a ser que de la escena costumbrista hagamos un drama mayúsculo, que además tengo la tensión alta, Respiremos. Así. Otra vez. Así.

Editorial

Alguna vez me había asomado al catálogo de C-M Ediciones Musicales viendo a alguno de mis autores admirados y me preguntaba si yo alguna vez podría crear alguna obra que mereciera estar allí cuando un día, hace unos meses, su director se puso en contacto conmigo interesándose en una partitura que había llegado (y nunca mejor dicho) a sus oídos.

Desde entonces, en este breve plazo de tiempo, ya tienen los derechos de publicación de una decena de obras aproximadamente de las cuales, hasta la fecha, ya se han materializado tres. Así que me siento muy contento. No nos vamos a hacer ricos ni mucho menos, pero ver publicada tu obra en papel es una satisfacción, como también lo es el hecho de que lo que has escrito en el silencio de la concentración pueda llegar y materializarse de forma sonora a saber en qué lugares y a través de qué gargantas, y a mover, o conmover o dejar indiferentes a oyentes desconocidos con quienes, sin embargo, vas a establecer, por un instante, una comunicación profunda, de esas que contienen la mayor de las confidencias. Porque dentro de cada una de esas obras, pequeña en la forma, modesta en su pretensión pero minuciosamente escrita con toda dedicación hay un post, por decirlo de alguna forma, una historia, algo guardado como si fuera una fotografía deslizada entre las páginas de un libro, algo aludido, que me da a mí que siempre gira en torno a lo mismo (aunque no dicho de la misma manera).

Hay otra satisfacción personal en toda esta historia y es que detrás de las siglas de esta editorial me encontré con un grupo de personas que son muy buena gente. Eso en estos tiempos es un alivio. Mis conversaciones telefónicas con María, por ejemplo, se han convertido en algo parecido a un acto gouldiano. Gould mantenía desde su Norte particular largas conversaciones telefónicas con contadas personas. Yo mantengo largas conversaciones telefónicas con María con la periodicidad de un ritual. Hablamos primero de las cosas de trabajo y luego siempre modulamos a otros temas, de la música, del blog, de las cosas que pasan. Yo no seré Gould pero dudo mucho que los interlocutores de Gould fueran como María.

Las partituras publicadas hasta el momento son dos armonizaciones de temas populares y una composición original:

  • Herri Huntan (para coro mixto): es una armonización para 4 voces de una melodía popular vasca de carácter melancólico que me enamoró desde el primer momento. Quise sacarle el jugo a esa melancolía aunque, tal y como tengo costumbre, al mismo tiempo le busqué las cosquillas a la melodía, eso sí, intentando no traicionar su espíritu original.
  • Con tomillo y romero (para voces blancas): la segunda de las armonizaciones, sobre un tema asturiano. En realidad no me gusta el título pero con las cosas populares pasa esto, que el primer verso de la letra es el título de la pieza. A esta canción de cuna yo la llamo “Nana de Leioa”. La historia ya la conocemos en este blog: fue el encargo que recibí de Kantika para la grabación de su cd “Gabon Kantika”. Lleva un mensaje incorporado, lo confieso. Pero hasta aquí puedo leer.
  • Plegaria (para voces blancas): también conocemos la historia y además es una historia reciente. Surgió de tirón, se estrenó al mes y ya va abriéndose camino poco a poco. Creo, dicho con toda humildad, que Plegaria ha nacido con estrellita. Hay obras que nacen con estrella y otras nacen sin luz. Pues esta ni lo uno ni lo otro sino con estrellita; por eso estoy tan contento de ella, porque va a su aire.

Para quien quiera y tenga curiosidad, pongo el enlace de la editorial y de mi ficha en la que iran incorporándose nuevas obras. ¿Hay alguna razón por la que un lector de este blog pueda sentirse animado a adquirir alguna partitura? Pues, hombre, se me ocurren varias, a saber:

-Por ser músico (el lector/a)

-Por no serlo pero querer tener un recuerdo.

-(Por ambas cosas)

-Porque hablamos de precios muy asequibles (entre 1 y 2 euros) en envíos postales contra-reembolso.

-(Para que estos señores vean que tienen en catálogo a un autor con cierto “tirón” y que hay que seguir apostando por él) :)

-Y, por supuesto, porque en el resto de su catálogo tienen obras de otros autores a los que, personalmente, profeso gran admiración.

Enlaces:

C-M Ediciones Musicales

Mis obras en C-M

Odisea (II)

Aunque parezca increíble, sigue coleando la odisea del cambio de móvil. Ahora no se han confundido en la facturación; de hecho, asombrosamente, procedieron rauda y atentamente a comunicar por escrito el abono en la próxima factura del dinero cobrado de más. Ahora, sencillamente, no hay comunicación. Ni voz, ni datos. Según con quien hables, te dicen que mi número de teléfono aparece en los ordenadores de la compañía como “en propiedad de nadie” (lo cual es bastante frustrante para la autoestima) o te dicen que ocurre algo muy raro (lo cual no es nada nuevo).

Ahora bien, para raro, lo que se dice raro, el hecho nunca aquí confesado, porque se trata de una historia de dos rombos y sólo se puede escribir en horario no infantil, de que al cuarto de hora de comprar el móvil ya tuve la mosca detrás de la oreja, además del auricular, cuando empecé a recibir mensajes de números desconocidos que, al parecer, me conocían de toda la vida, o por lo menos parecían conocer una parte de mi vida que yo mismo desconocía, ya que me citaban en sitios desconocidos, me recordaban el cumpleaños de alguien desconocido y demás. Eso me hizo sospechar que me habían dado un número recién recién utilizado, lo cual me pareció extraño por lo menos. Pero lo mejor, o lo peor, según se mire, es cuando empecé a recibir de un mismo número mensajes subiditos de tono. El primero me sorprendió en el ascensor y decía:

“Tengo ganas de tí pero hay alguien todavía. Luego me llamas”

Tragué saliva.

El siguiente me pilló al día siguiente en el autobús hacia Pamplona. Sonaba en el iPod algo que quedaba bien con la mañana cuando el móvil se iluminó reclamando mi atención. Un mensaje del mismo número.

“Ahora estoy sola”

Yo también, pensé. Y pensé en hacer como en aquel relato de Millás y contestarle algo así como, no te preocupes, enseguida estaremos juntos, pero mi lado irónico consultó con mi parte sensata que, a su vez, miró de reojo mi lado fatalista de la existencia. Y lo dejé pasar. En el iPod sonaba lo mismo pero con alguien sola en algún sitio. O eso decía.

Pero lo definitivo llegó cuando salía de la consulta del médico. Encendí el móvil y acababa de cruzar un paso de peatones cuando me encontré (lo juro, lo guardo, podría demostrarlo) con esto:

“T gusta la idea de mi boca en tu entrepierna? Mi aliento cálido en tus huevos?”

Yo acababa de salir del psicoanalista y pensé por un instante, clavado en la acera, que esto a Woody Allen no le pasa ni de coña; también pensé que, verdaderamente, la realidad supera a la ficción; pero también pensé -en realidad ni dí tiempo a pensarlo- que había que zanjar el asunto.

Y llamé.

¿Síiiii? -contestó al otro lado una voz muy muy seductora.

Yo le dije entre el ruído de los coches y las motos que oye mira, no sé a quién le estás escribiendo estos días pero no me dio tiempo a decir más porque la voz sugerente y seductora se puso a hacer ay ay ay y a decir madre mía qué vergüenza madre mía qué vergüenza de tal forma y a tal volumen que me tuve que poner a tranquilizar a la chica. Ella empezó a balbucear que sabes qué pasa, que es que siempre confundo el número de mi marido con otro sabes y tal y cual y yo la escuchaba sentado en un banco al lado de dos abuelas y pensaba:

-Ya, el marido, sí, sí.

Después de disculparse muchas veces dejando caer algún ay ay suelto todavía (seguramente en recuerdo del último y memorable mensaje), nos despedimos.

Desde entonces no he vuelto a saber de ella.

Todo esto viene a que en la reclamación a la compañía de hoy les he dicho si no era raro que nada más comprar el teléfono recibiera mensajes de gente que no conocía de nada. Han dicho que eso sonaba raro. Yo les he contestado que, más bien, suena a chapuza y que qué pasa con mi línea, que estoy de la compañía hasta la entrepierna.

En la primera llamada, tras sortear tropecientos obstáculos de identificación y blablablás han dicho que la incidencia estaba localizada y quedaría resuelta en pocos minutos; al rato ya eran 24 horas; la última vez la cosa iba por un mínimo de 72. He desistido temeroso de que la progresión crezca todavía más. Así que estoy des-compuesto (estoy de muy mala leche) y sin móvil. Vaya esto último, de paso, como aviso para quienes estén llamando o tengan previsto hacerlo.

Hasta el próximo capítulo.

Dentista

Esta mañana tenía cita con el dentista. Con la dentista, para ser más exactos. Lo sabía todo sobre mi boca cuando un día, de pronto, la visualicé en mi propio colegio un par de cursos por debajo. Iba a decírselo pero en ese momento tenía su dedo índice enfundado en un guante de latex hurgando por alguna muela o algo pero sí, sin duda era ella. Cuando terminó diciendo ese muyyyy bien que dice ella estirando la i griega tampoco le dije nada, primero porque tuve que enjuagarme la boca y segundo porque me quedé pensativo. Dejé a le gente en clase de naturales cuando ya tenía cita con los médicos y ahora los médicos son ellos. No es la primera vez que me ocurre. Y entonces pienso que durante todo el tiempo en que esta gente dejó las plastidecor, pasó por la facultad y montó sus respectivas consultas yo estaba mirando por la ventana, o anotando corcheas en el pentagrama, o imaginando cosas en el silencio de la mediatarde. O qué se yo. Y según me pille me quedo un poco agobiadillo o no, es decir, que o me da por pensar el tiempo que he perdido o me da por pensar que ellos también se han perdido otras cosas. La diferencia es que lo suyo parece salirles más rentable. Esta mañana no, desde luego, porque se supone que iba para sacarme el trocito de una muela que tenía rota pero me ha dicho la dentista con su voz dulce que de momento mejor que no, que mientras no me duela ni tenga infección y eso pues que mejor no porque, sabes, como está muy atrás tendría que tenerte un rato con la boca bien abierta y tu limitación de mandíbula… Eso ha dicho, con los puntos suspensivos incluídos, que vienen a decir que lo ve un poco difícil. Y yo, como soy muy obediente cuando me ponen ese babero de papel porque de repente es como si me fueran a dar un tarrito de papilla de frutas para merendar y me sale el punto inocencia y dulzura, digo que ah (sin abrir mucho la mandíbula, por si acaso) y nada. De vuelta para casa.

Oscuridad

“El peregrino mundo sigue girando” (Rose Hawthorne)

Un hombre en la oscuridad

“¿Ha de terminar de ese modo?”, se pregunta el narrador de la última novela de Paul Auster en la página 138. Cuando alcanzas la 207, donde está el punto final, nos lo preguntamos también nosotros. Vaya por delante que “Un hombre en la oscuridad” (Anagrama) es una gozada por partida doble, lo cual no es de extrañar tratándose de una historia que se bifurca. Pero a lo que iba: es una gozada por la historia que Auster teje desde la primera frase hasta la mitad de la página 138 (¿ha de terminar de ese modo?) y porque el libro entero es una nueva exhibición de la manera de narrar tan maravillosa que tiene este hombre.

El libro transcurre en el tiempo real de una noche de insomnio en la que el narrador, en primera persona, sumido en la oscuridad de su dormitorio, inventa una historia que entretenga el paso lento de las horas que marca el despertador de su mesilla. Inventar. Fabular. Eso es lo que hace el septuagenario August Brill noche tras noche, convaleciente de un accidente de coche en casa de su hija. Esta vez toca inventar a Owen Brick, sí, pongamos que se llama así; pongamos también que a ratos se hace llamar “El Gran Zavello” porque ejerce de mago en fiestas infantiles de cumpleaños. Qué hacemos con él. Situarlo dormido en el centro de un hoyo de tres metros de profundidad y de paredes lisas, de manera que cuando despierte no pueda salir de allí. Y qué pasará cuando despierte. Que le ayudarán a salir, descubrirá que en lugar de su capa de mago lleva puesto un uniforme militar y no sabrá dónde está. Pero lo mejor vendrá cuando descubra que se haya de golpe en unos Estados Unidos envueltos en una nueva Guerra de Secesión. Para Owen Brick, ayer la guerra estaba en Irak y hoy, al despertar en ese lugar extraño a sus ojos, la guerra está en casa. Norte contra Sur. Las Torres Gemelas siguen en pie pero las ciudades muestran las terribles cicatrices de los bombardeos. Comienzo prometedor. Qué más. Pongamos que Owen Brick es el elegido para detener la guerra. Y eso cómo se hace. Matando a la persona responsable, porque de este desaguisado general es responsable una sola persona, un anciano convaleciente de un accidente automovilístico. Cómo se llama. August Brill. Dicen que tiene insomnio.

Esa es la parte genial del libro, que en las formas tiene algo del Saramago de “Todos los nombres” y del “Ensayo sobre la ceguera” y de los mundos paralelos de Haruki Murakami aunque el propio narrador cita la idea de los mundos infinitos sugeridos por Giordano Bruno en el siglo XVI y los envuelve en un halo unamuniano: “No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo, sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo“.

Pero “Un hombre en la oscuridad” también es un título alegórico. Habla de las tinieblas en las que se encuentra sumido el ser humano en este mundo contemporáneo: “ojalá (mi hija) aprenda que los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones, sino parte esencial de lo que somos. Así sufrirá menos”, y habla igualmente con énfasis crítico acerca de unos mandatarios norteamericanos a los que habría que meter en la cárcel, a Bush “junto con Cheney, Rumsfeld y toda la pandilla de delincuentes fascistas que dirigen el país”.

El problema de “Un hombre en la oscuridad”, su parte literaria en penumbra, es quizá la forma con la que ese aparato crítico está introducido en la narración, al final, un poco con calzador aunque la habilidad de Auster a la hora de contar la suavice un poco, pero no lo suficiente como para que el propio narrador se pregunte ¿ha de terminar de ese modo? a mitad de un libro que hasta entonces resulta fascinante y que en ese instante se quiebra para dar paso a una secuencia de acontecimientos: la minuciosa descripción, sin escatimar detalles, de una ejecución de un soldado en Irak o el drama de las familias que quedan en casa rotas, temas que dejan la doble sensación incómoda (este es un libro de dobles) de que la denuncia apremiaba sobre lo literario y que el lector se siente un poco culpable por lamentarlo.