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Vínculos 29 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackback

Mi hermano y yo. Hacemos castillos de arena en la orilla en el verano de 1981. Al otro lado del objetivo está mi padre. Ninguno de los tres sospechábamos que dos meses después se iba a morir de un infarto pero antes de irse al hospital me pidió con un tacto infinito que cuidara de mi hermano. Hay frases que te marcan. He estado mirando esta tarde el viejo álbum de las vacaciones de ese año y de los siguientes y me ha llamado la atención que cuando mi hermano y yo entramos o salimos del agua lo hacemos de la mano. Durante el resto del año los domingos le llevaba al cine y una tarde, esperando a que empezara la película, unas chicas de mi clase comentaron desde unas filas más atrás: va con su hermano. Y otra dijo: es que se ha muerto su padre, como si de esa forma se resolviera una ecuación. Luego se apagaron las luces y empezó una espeluznante película de Parchis. Hay películas que te marcan también.

Hoy tengo la sensación de que las tornas han cambiado entre mi hermano y yo. Debieron hacerlo poco a poco, de manera espontánea, así que para cuando me di cuenta descubrí que quien me cuidaba era él. Ahora seguimos yendo juntos a la playa pero ya no hacemos castillos de arena. En todo caso, como ocurrió estas vacaciones, nos sentamos cerca de la orilla a ver a otros dos hermanos afanándose en levantar murallas que protegieran la fortaleza del embate de las olas. A veces la madre se acercaba a decir a uno de los niños que se pusiera una gorra porque el sol estaba fuerte. Una tarde estábamos plantados en la orilla y mirando al frente dije: todo es terrible. Y mi hermano, que me conoce perfectamente en trances semejantes, preguntó: ¿el qué es terrible? Y conteste: pues todo, qué se yo. Y él se echó a reir y dijo: anda, anda. Eso define muy bien los caracteres tan distintos que han ido forjándose y que nos definen desde los tiempos de esa foto, cuando yo todavía no sabía de la existencia de esa certeza que sólo se manifiesta de vez en cuando, tampoco todos los días. Mi hermano es una persona resuelta ante la vida y yo, de alguna manera, soy una persona sin resolver. Soy una infancia deshabitada.

Volviendo a la foto, me miro y ya parezco mayor, quizá porque para entonces ya era un poco raro. Por las mañanas hacía castillos en la arena pero durante los atardeceres empuñaba el tomavistas y me afanaba por captar los colores del horizonte en Súper-8 sin que mi padre pusiera impedimento alguno. Al contrario, solía estar junto a mí, silencioso, como el que teme interrumpir un momento especial que exige concentración. Yo no creo que mi padre albergara esperanzas de que un día me convirtiera en cineasta. Estoy seguro de que no iba por ahí la cosa. Más bien creo que mi padre comprendió que buscarle los colores al horizonte igual no tenia sentido pero tenía sentir. Y el latido de ese sentir se conserva en numerosas bobinas de celuloide que están huérfanas de proyector desde hace mucho tiempo.

En la actualidad sigo captando los colores del horizonte al atardecer. Ahora lo hago en fotografía. Y vamos paseando y es mi hermano el que se detiene a mi lado y cuando me ve desenfundar la cámara dice con resignación: ¿otra vez? y yo le respondo que ahora es distinto que hace un rato. Y él se encoge de hombros y yo hago click. Y seguimos caminando. Y sé que aunque a veces se ponga protestón y haga como que está en otro rollo, en realidad está atento y no va a dejar que me caiga.

Hoy mi hermano cumple 32 años.