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Instinto 4 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Música , 10 comentarios , trackback

Debe existir una sabiduría de los dedos, un instinto que les lleva a buscar el interruptor de la luz tanteando las teclas del piano. Y lo estoy comprobando de nuevo estos días cuando, sin motivo, he vuelto a tocar la tercera Partita de Bach. Pero muchas veces, con verdadero placer, minutos y minutos entregado a la delicia sonora y táctil de esta maravillosa suite en siete partes. Un placer sonoro y táctil, sí: pocas partituras ofrecen un recreo semejante al sentido del tacto y que además esté estrechamente vinculado a lo que se oye, de manera que uno, curado ya de estupideces academicistas del así se debe tocar, así no se debe tocar, se deja llevar por ese suave rubateo que los clavecinistas saben extraer de esta música, porque saben que está allí y que no hace falta ponerlo por añadidura. Uno de los prodigios de la música de Bach es que no requiere indicaciones porque se dice a sí misma. Sólo hay que escuchar, cosa que no hacemos siempre los músicos: escuchar.

Cuántas veces habré tocado esta obra, que es una obra fetiche para mí. Incalculables. La conocí a principios de 1985 al otro lado de la puerta del aula desde la que mi profesor de piano la ensayaba. Me quedé allí, escuchando. La Fantasía que abre la Partita me fascinó desde el primer momento, desde la primera audición; fue todo un impacto estético. 120 compases, todo un río de música, para elaborar una sencilla Invención a dos voces protagonizada en exclusiva por un tema simple que ahora está en la mano derecha, ahora en la izquierda en contrapunto invertible, ahora en secuencia larguísima descendiendo en peldaños tonales, ahora valiendose por sí mismo para efectuar el giro modulatorio y volver a exponerse de nuevo, mano derecha, mano izquierda. Una absoluta gozada.

Decía que debe existir algo parecido a una sabiduría de los dedos porque de ciento a viento vuelvo a ella y siempre el reencuentro es el principio accidentado puesto que de una vez a la siguiente mis dedos se han estropeado un poco más. Sin embargo, todavía hoy, no hace falta anotar una digitación, ni aislar un paisaje enrevesado para practicarlo hasta adecentarlo. Los dedos se las arreglan para reencontrarse con la totalidad de la Partita sobre la marcha. Hará falta una segunda ejecución, una tercera, no importa, mientras los sentidos disfrutan sin cansarse de esa música aunque al principio salga con interferencias, los dedos van buscando soluciones, desanudando lo que tengan que desanudar, adaptándose al medio, que es el mismo y a la vez es distinto. Los dedos piensan lo que tienen que pensar mientras los sentidos se dejan acunar por la Allemande, o por la Zarabanda y en un momento dado, ahí está, la Partita lista. Con otra digitación, vale, con un giro poco ortodoxo, de acuerdo, con un uso del pulgar que se diría que no es pulgar, en fin, con lo que sea, pero la Partita lista, una vez más. Y es un alivio. Y que siga así. ¿Buscarán los dedos la música en las teclas o la vierten sobre el teclado desde fuera?