jump to navigation

Vínculos 29 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackback

Mi hermano y yo. Hacemos castillos de arena en la orilla en el verano de 1981. Al otro lado del objetivo está mi padre. Ninguno de los tres sospechábamos que dos meses después se iba a morir de un infarto pero antes de irse al hospital me pidió con un tacto infinito que cuidara de mi hermano. Hay frases que te marcan. He estado mirando esta tarde el viejo álbum de las vacaciones de ese año y de los siguientes y me ha llamado la atención que cuando mi hermano y yo entramos o salimos del agua lo hacemos de la mano. Durante el resto del año los domingos le llevaba al cine y una tarde, esperando a que empezara la película, unas chicas de mi clase comentaron desde unas filas más atrás: va con su hermano. Y otra dijo: es que se ha muerto su padre, como si de esa forma se resolviera una ecuación. Luego se apagaron las luces y empezó una espeluznante película de Parchis. Hay películas que te marcan también.

Hoy tengo la sensación de que las tornas han cambiado entre mi hermano y yo. Debieron hacerlo poco a poco, de manera espontánea, así que para cuando me di cuenta descubrí que quien me cuidaba era él. Ahora seguimos yendo juntos a la playa pero ya no hacemos castillos de arena. En todo caso, como ocurrió estas vacaciones, nos sentamos cerca de la orilla a ver a otros dos hermanos afanándose en levantar murallas que protegieran la fortaleza del embate de las olas. A veces la madre se acercaba a decir a uno de los niños que se pusiera una gorra porque el sol estaba fuerte. Una tarde estábamos plantados en la orilla y mirando al frente dije: todo es terrible. Y mi hermano, que me conoce perfectamente en trances semejantes, preguntó: ¿el qué es terrible? Y conteste: pues todo, qué se yo. Y él se echó a reir y dijo: anda, anda. Eso define muy bien los caracteres tan distintos que han ido forjándose y que nos definen desde los tiempos de esa foto, cuando yo todavía no sabía de la existencia de esa certeza que sólo se manifiesta de vez en cuando, tampoco todos los días. Mi hermano es una persona resuelta ante la vida y yo, de alguna manera, soy una persona sin resolver. Soy una infancia deshabitada.

Volviendo a la foto, me miro y ya parezco mayor, quizá porque para entonces ya era un poco raro. Por las mañanas hacía castillos en la arena pero durante los atardeceres empuñaba el tomavistas y me afanaba por captar los colores del horizonte en Súper-8 sin que mi padre pusiera impedimento alguno. Al contrario, solía estar junto a mí, silencioso, como el que teme interrumpir un momento especial que exige concentración. Yo no creo que mi padre albergara esperanzas de que un día me convirtiera en cineasta. Estoy seguro de que no iba por ahí la cosa. Más bien creo que mi padre comprendió que buscarle los colores al horizonte igual no tenia sentido pero tenía sentir. Y el latido de ese sentir se conserva en numerosas bobinas de celuloide que están huérfanas de proyector desde hace mucho tiempo.

En la actualidad sigo captando los colores del horizonte al atardecer. Ahora lo hago en fotografía. Y vamos paseando y es mi hermano el que se detiene a mi lado y cuando me ve desenfundar la cámara dice con resignación: ¿otra vez? y yo le respondo que ahora es distinto que hace un rato. Y él se encoge de hombros y yo hago click. Y seguimos caminando. Y sé que aunque a veces se ponga protestón y haga como que está en otro rollo, en realidad está atento y no va a dejar que me caiga.

Hoy mi hermano cumple 32 años.

Album 28 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 1 comentario , trackback

Ten sobrinos, que luego te querrán secuestrar para que no te vayas a casa.

Diario 28 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackback

Que la cara ha dejado de ser un reflejo del alma para pasar a ser el iPod el reflejo del alma de su dueño es algo que ya sabíamos en este blog. Los tiempos cambian y las almas, también. Dime qué llevas en tu iPod y te diré quién eres. Lo leí ayer en un suplemento de verano de un periódico y le dije al autor: copión. En el iPod yo llevo el “Put your records On” de Corinne Bailey, el “Cruz de Navajas” de Mecano y el “Ave Maris Stella” de Javier Busto, entre varias gigas (en el sentido musical y en el otro), por si alguien quiere ir haciendo cálculos.

Lo del formateo y recomposición del ordenador me dejó tan agotado de ordenador que se siguen acumulando los mails sin que yo pueda hacer nada al respecto porque he enmudecido un poco de impotencia. Así que paciencia. Me decía ayer Belén con extrañeza que estamos todos un poco agotados. Yo le dije que lo que estamos es bastante mayores ya. Ya, respondió ella como si tomara el relevo de mi frase para empezar otra. Nuestros respectivos veranos han sido muy sosos, un desperdicio de verano. Quizá influya en ello el que no nos hemos visto ni un solo día. Pues a ver si ponermos remedio ya, se apresuró a decir ella. Ya, dije yo devolviéndole el relevo. Estoy saturado de ordenador, es cierto, tanto que en vez de poner aquí el post que tocaba los tengo escritos en la cabeza. Ya irán saliendo y si no salen pues nada.

Hoy es el cumpleaños de mi sobrina y mañana es el de mi hermano. En otro nivel de celebración hace un año que este blog se instaló en el mundo azul de WordPress y esta noche conmemoramos los 25 años de nuestras cenas-tertulia ante una ensalada y una tortilla de patata, único evento ineludible en estos momentos y por razones obvias. Dijo Anamari en una de esas conversaciones telefónicas en las que mi oído actúa como ojo mirando a través del auricular sintiendo la atmósfera tan acogedora de esa casa: ya que es un día especial podemos poner otra cosa si quieres. Y contesté yo: pero mujer, entonces qué sentido tendría lo que celebramos?

La otra tarde estaba haciendo hora para coger el autobús de vuelta a casa y en el escaparate de una librería vi un libro que se titulaba: “El drama del niño dotado” y no pude evitar pensar: a ver si va a venir todo de ahí. Fue pensarlo y pensar si lo que acababa de pensar era un refuerzo de la autoestima, vamos, un farde tonto, para que nos entendamos, o todo lo contrario. En los auriculares del iPod empezó a sonar el “Ave Maris Stella” de Busto y se repitió idéntico escalofrío en los mismos compases. Por las aceras la gente iba y venía con el comienzo del curso en la cabeza.

Formateo 26 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackback

No hay cosa peor que formatear un PC y volver a instalar todo, desde cero, empezando por las historias para no dormir de la placa base (no nos entendemos la placa base y yo) el sistema operativo y terminando vete tú a saber, porque aún falta tarea. Viva el Mac. Digamos que ahora el ordenador está en servicios mínimos, lo suficiente para escribir este post pero todavía no capaz de reconocer las partituras que se concibieron a golpe de ratón.

Hasta el mismísimo moño estoy.

Es que ha sido todo el día, pero lo que se dice todo el día, y ahora me he mirado al espejo del cuarto de baño y tengo los ojos como Christopher Lee cuando le da un subidón de hemoglobina en las películas vampíricas de la Hammer. He formateado el ordenador y a estas horas de la noche siento que el que necesita un formateo soy yo. He salido un rato al balcón. Las 2 de la madrugada de cualquier madrugada de finales de Agosto es increíble porque se respira un fresquito muy agradable y un olor muy dulce de los árboles de allá; de los árboles o del césped, quizá de ambos. Allá enfrente, un poco más a la derecha, hay una especie de jardín insólito. Insólito porque en el fragor del día de esta populosa avenida nadie diría que al otro lado de un discreto muro de piedras oscuras que pasa desapercibido entre portales con placas de abogados, dentistas y academias tristísimas y escaparates con rótulos luminosos, hay un jardín pero de los de árboles de troncos gordos y retorcidos y lomas de césped. Los dueños son muy raros, lo han sido de toda la vida, gente adinerada que se quedó anclada en alguna década lejana y a veces pienso que incluso se han quedado anclados en sus habitaciones porque ni se les ve ni se les siente. Doña Flor le llamaba a la propietaria una que me sé yo porque las escasas veces que se le veía salir vestía unos estampados de película inglesa de los 70, con margaritas y tal, y hasta sombrero. Y se paseaba así con morros de turista alemana entre las mujeres que venían con la bolsa de la compra y las mochilas en las espaldas de los chavales.

De pequeño entré una vez en ese jardín y recuerdo un sol de atardecer filtrándose por los árboles tupidos y el asombroso silencio o el asombroso canto de los pájaros, ahora no me acuerdo bien. Quizá era que el canto de los pájaros te hacía notar la ausencia de ruido de tanto coche ahí al lado, al otro lado del muro de piedras oscuras y desiguales. También recuerdo un vaso de limonada en una mesa de metal blanco con mucho perifollo pero de Doña Flor no me acordé hasta que años después vi a Julieta Serrano con aquellos anclajes arbolarios en los 60 en “Mujeres al borde de un ataque de nervios” y me dije, mira, Doña Flor, que diría una que me sé yo.

Y esto a qué viene.

A lo del olor de las madrugadas de finales de Agosto, a gusto me quedaría allí, en la oscuridad de la terraza, contemplando la solitaria carretera y las solitarias aceras y, de vez en cuando, oyendo el estremecimiento ligero de los árboles del jardín dichoso con estas frescuras que anuncian lo que ha de venir, como decía la canción de Mary Poppins. “Viento del Este y niebla gris anuncian que viene lo que ha de venir” (Dick Van Dyke dixit). Lo que ha de venir es el otoño. Me gustaría sentarme en la mesa que puse el año pasado frente a la ventana desde donde se ven los árboles de ese jardín a esperar al otoño por las tardes. Capaz soy. Sería una buena forma de formatearme. Ver el estallido de la luz del sol entre las hojas verdes y dejar la conciencia suspendida en ese vaivén caleidoscópico. Estaría bien eso.

De momento hay cosas que hacer. Hoy por la mañana hay que despedir a alguien que ha dejado escondido un libro en un tejado con la intención de que ese tejado sea el pozo que aparece en el libro; luego hay que estar pendiente de un quirófano y de lo que traiga. Hago muchas cosas y, al mismo tiempo, pocas de puertas afuera. Sin embargo, hoy me he encontrado con cuatro, unadostresycuatro invitaciones distintas a cenar y mi formateo no puede procesar eso de golpe aunque todas son necesarias, alimento por la compañía y por el escenario. Ha llamado Anamari esta mañana y por detrás se escuchaba a Merche y esa cena sí que es obligada porque es la cena del cuarto de siglo de cenas. Parece increíble, ha dicho Anamari, y la notaba moviéndose aquí y allí con el inalámbrico en la mano, que ella nunca se está quieta y siempre hace dos cosas a la vez. Y me he quedado escuchando a través del auricular con la misma atención con la que uno mira una fotografía atentamente, porque cuando llama Anamari y detrás está Merche uno siente que a través del teléfono le llega una imagen, un mapa nítido de lo que allí encuentro siempre, tan balsámico, tan familiar.

No tengo ni pizca de sueño. Eso pasa por el formateo, por haber estado todo el día que si setup que si cancel que si partition y que si no. Porque Windows es testarudo, iba a decir que es una mierda pero vamos a seguir respetando el libro de estilo, y para Window prefiero la del balcón de la terraza; sales y aspiras el olor del jardín de allá cerca y sientes cómo las noches van operando silenciosamente la mudanza que un día, como ha sucedido otras veces, nos anunciará la llegada del otoño por el color de un rayo de sol proyectado en una fachada o por una corriente de aire que hará que las madres llamen en el parque a los niños para que se pongan la chaqueta o se vayan a casa con paso apresurado llevando el carrito de los más pequeños.

Por lo demás estoy un poco tristón menos cuando no hablo y me meto dentro de mí un poco. Y eso que hoy he salido un ratillo por la mañana para recoger los recitales Schubert-Brendel en dvd que me ha dejado el hermano de un amigo mío para que los, digámoslo con sutileza, los duplique, que a ver si no quién se zampa 9 horas y 24 minutos de melancolías schubertianas entre tanto install, BIOS, folder y demás. Y he aprovechado la salida para entrar a la librería sólo para dar un par de besos a Anabel, que desde que volvió de vacaciones tras el puente de Agosto no la había visto. Para cuando he llegado ya no estaba pero a cambio me he venido con un libro de bolsillo de relatos de Ian McEwan y con la sospecha de que igual no lo voy a leer.

A ver si me despejo un poco y mañana ya puedo dedicarme a contestar mails y comentarios. Y a escribir mails, que alguno tengo pendiente. Siendo dependiente de muchas cosas estoy pendiente de otras muchas y entre medio necesito un formateo rápido; el ordenador deja elegir entre dos, el rápido y el lento, al que acompaña entre paréntesis un recomended y la advertencia de que va para largo. Y tampoco es eso.

Nocturno 25 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackback

Es cierto que a veces se nublan los días y se apagan la voz y las sonrisas y no puedes hacer nada por evitarlo. El hecho de ser consciente de ello lo hace todo más doloroso. Hace un par de años empecé a preguntarme qué pudo pasar para que, de pronto, un día, empezara a tambalearme ante un pequeño golpe de aire e hiciera de ello costumbre después de una vida entera poniendo la cara al vendaval y no dudé en consultarlo con quienes saben de esto.

A la gente le da pudor confesar que acude a un psicólogo, no te digo nada si es a un psiquiatra. Para eso tienes que ser Woody Allen. Hay que ser lo menos Woody Allen para ir a un psiquiatra y que la gente lo vea normal y, de paso, se ría un poco del chiste. Sin embargo, y esto no es un chiste, una de las cosas positivas que ha traido caer enfermo a los 11 años es conocer a uno aunque para eso haya tenido que esperar un cuarto de siglo. El chiste me lo cuento a mí mismo de vez en cuando en la sala de espera cuando me miro el dedo índice de mi mano derecha, que es donde empezó todo, y de repente me veo allí sentado. Mi biografía está en el intermedio. Cuando se me empezó a inflamar el dedo índice se lo enseñé al médico de cabecera y me dijo, pareces E.T; era inevitable porque la estaban poniendo en los cines y porque yo enseñaba el índice así y además decía au y además lo tenía todo inflamado y notaba en el extremo un pulso intermitente, pero no lucía como le pasaba a E.T sino que jodía. Pues de ahí a aquí, oiga. Oiga no, dijo él, no me trates de usted. Y yo le contesté que de acuerdo pero que eso no cambiaba la circunstancia kafkiana. Y desde entonces empezó a tomar nota de lo que digo, qué tío, porque yo no callo y tomar nota en casos así tiene mérito. Él dice que a veces a los pacientes cuesta hacerles hablar dos palabras y a mí casi (y sin casi) me tiene que callar. Y muchas veces hablo para decirle que en ocasiones se me apaga la voz. Qué paradoja.

Parece ser que la respuesta al tambaleo es una cuestión de desgaste a la exposición prolongada a tanto vendaval, eso en primer lugar. Pero tambalearse y venirse abajo a las primeras de cambio también desgasta. Desgasta más, dice él. Desgasta más, sí, añado yo. Solemos estar de acuerdo con cierta frecuencia, quizá demasiada. Para compensarlo, un día me pareció un poco borde y a la siguiente cita se lo dije, que yo no me callo nada. Porque no se ha dado el caso de que alguna de las consultas haya coincidido con un apagón. Y me da rabia, eso también se lo digo, porque ya que me cuesta una pasta pues qué menos que se luzca el hombre a ver qué sale. Pero volviendo al asunto, tambalearse y caerse desgasta mucho, es cierto, sobre todo porque no puedes evitarlo. Y unas veces te agota por el esfuerzo y el empeño que pones infructuosamente y otras porque ni se te ocurre ponerte, y eso agota por impotencia. Lo que pesa más está alrededor, cuando eres consciente de los silencios de los demás, desconcertados unas veces, contrariados otras, lejos de suponer la verdadera profundidad del pozo, por mucho que quieran o crean comprender. Yo nunca me he sentido más solo que en momentos así.

Ajustes 23 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackback

Primero se estropeó el PC y luego yo debí coger algún virus de esos que te hacen vomitar porque les da la gana. Eso pasó. Ambas cosas alteran bastante el ecosistema de un blog, al menos el de este. Lo del ordenador porque es “el” ordenador del blog; será manía, será rareza, será fetiche, qué será será que el portátil no me da o me lo da y yo no lo encuentro. Lo mismo con el Mac, allí, impertérrito siempre en su blanca perfección. Pero este PC veterano y hoy convaleciente, conchambroso, ruidoso al respirar porque las vías aéreas las tiene un poco de aquellas maneras, con algunas letras del teclado medio borradas, es el ordenador del blog y punto. El cariño es lo que tiene.

(anda, mira quién se acaba de conectar)

Perdón.

Y luego el virus de los vómitos. Vinieron los vómitos y se fueron pero me dejaron de recuerdo una cierta flojera general, normal, es que además yo no sé vomitar, me hago un lío y lo paso fatal. Pero fatal fatal.

Entre medio han pasado varias cosas. Por ejemplo, han llegado dos encargos. Ojalá sean preludio de un curso fructífero. Uno es el encargo de una obrita para una escolanía de un colegio de Bilbao que va a grabar un cd al comienzo del curso. La he terminado esta tarde después de darle muchas vueltas porque me dijeron que fuera una cosa sencilla y hacer una cosa sencilla siempre es complicado. Y cuando parece que ya está siempre aparece un hilo suelto, algo que falta o algo que sobra. Mucho me ha hecho pensar esta obrita, tanto que he tenido que darle una mano de pintura para que no se note el pensar y disimule. A ver.

El otro viene de la Universidad de Navarra. Me pidieron una adaptación de la conferencia sobre Lorca, el duende y demás misterios jondos para un master o un curso (no me quedó claro, estaba con la flojera de los vómitos) de alumnos americanos que están de intensivo. Es para la primera semana de Septiembre. A priori la cosa parece sencilla, repetir más o menos lo dicho en su momento y ya está, pero pasa como con la obrita del colegio de Bilbao: que lo sencillo siempre es más complicado de lo que parece. Y es que aunque me dicen y me aseguran que son chicos muy listos con esto del idioma, me pregunto que si cuando cite a Lorca diciendo aquello de que el duende habita en las últimas habitaciones de la sangre y tal no se quedarán como diciendo ein? ein? Más aún, me pregunto si comprenderán que precisamente se trata de eso, de quedarse como embobado ante esas cosas que dice Lorca, en un ein fascinado; de quedarse con el barrunto del asunto. Barrunto, otro problema. ¿Cómo se dice barrunto en Wisconsin?

Canon 19 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Análisis, Música , 7 comentarios , trackback

El 2 de Septiembre de 1788, Mozart escribió esta melodía:

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

¿Ya está? No. Esta melodía es el comienzo y al mismo tiempo el final de un ingenioso juego.

Juguemos.

Supongamos que divido a los cantantes en tres grupos. El primer grupo recibe instrucciones de volver a cantar la melodía. ¿Entera?, preguntarán posiblemente, como quejándose. Pues sí, entera. Tenemos que infundir ánimos porque la cosa va a merecer la pena. Bien, concentrémonos. Mientras los cantantes entonan las notas de nuevo, pedimos al segundo grupo que haga lo mismo, es decir, que repita la melodía desde el principio pero que lo haga exactamente a partir del punto marcado en la partitura con el número 2:

Ahora tenemos dos líneas melódicas cantando lo mismo pero con un cierto desfase entre ambas. No olvidemos que nos queda un tercer grupo de cantantes. Pidámosles que empiecen a entonar la melodía también desde el principio, como les hemos pedido a sus compañeros, pero que esta vez lo hagan desde el punto marcado en la partitura con el número 3:

El resultado es un apabullante e irresistible caleidoscopio sonoro:

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Lo que acaba de sonar es un canon.

Y también una trampa.

Vamos por partes. Un canon es un fragmento de música autosuficiente, una música que es a la vez melodía y acompañamiento de sí misma, proyección y recuerdo, un juego de autoalusiones que forma un bucle infinito y que se escucha con infinito placer. No todas las melodías sirven para este propósito: clonarse y superponerse escalonadamente. Para conseguirlo el compositor debe servirse del ingenio para pensar cada nota que escribe de manera que esta sea al mismo tiempo parte de una melodía y acompañamiento de sí misma un rato después. ¿Un lío? Sí, un lío. Pero de la misma manera que el placer que toda imitación musical produce en el oyente es todo un enigma estético, es indudable igualmente que un reto compositivo de este calibre “pone” a los autores. Así viene siendo desde el amanecer de la polifonía.

Ahora viene la trampa.

Hay trampas geniales. Esta es una de ellas. Mozart no ha compuesto un canon siguiendo las instrucciones pertinentes, es decir, confeccionándolo poco a poco según las indicaciones del párrafo anterior (escribir cada nota pensando en su función melódica y en su posterior función armónica) En el momento de hacernos oir la primera nota, Mozart hace tiempo que tiene resuelto el problema. Y esto ocurre porque, en realidad, no ha escrito un canon sino que ha compuesto algo que hace pasar por un canon. Y cuela. ¿Dónde está el truco?

El truco es muy sencillo. Mozart ha armonizado previamente un breve fragmento a 3 voces cuyo esquema quedaría así:

1
2
3

Y posteriormente las ha dispuesto de esta manera, formando la larga línea melódica que hemos escuchado al comienzo en solitario:

1+2+3

De tal forma que cuando empieza a sonar la primera “copia” de la melodía, el “éxito” de la operación está garantizado ya que las opciones han sido tenidas en cuenta con anterioridad:

0+1+2+3
1+2+3

Y posteriormente:

0+0+1+2+3
0+1+2+3
1+2+3

Y sus combinaciones derivadas. Va una de ejemplo:

0+1+2+3
0+0+1+2+3
1+2+3

La trampa no invalida en modo alguno el logro. En otra ocasión indagaré sobre los problemas que plantea escribir de esta manera (los trucos tienen su dificultad). Lo que me interesa resaltar ahora es que este tipo de canon-trampa posibilita que el compositor mime especialmente los detalles al tener pleno control de la situación. Eso es lo que hace Mozart al poner en juego su prodigioso dominio técnico del contrapunto. El dominio técnico del contrapunto no pasa sólo por la soltura en el manejo de los recursos sino en conseguir extraer de los mismos su potencial expresivo; conseguir integrarlos como elementos expresivos en el lenguaje propio del compositor. Eso hizo Bach y esa fue la principal lección que Mozart aprendió de Bach.

Blog 18 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackback

Estuve dando vueltas a ver qué es lo que le faltaba a este blog y llegué a la conclusión de que me faltaba a mí mismo. Eso es el colmo de un diario personal, me dije, y entonces descubrí otra cosa flanqueada por sendos interrogantes: ¿es esto un diario personal? Al menos empezó siéndolo, desde luego. Me puse a pensar más a fondo en ello y me remonté a los orígenes. Este blog nació como un juego y durante un tiempo el juego fue el disfraz tras el que se escondía una necesidad de contar y de contarme, con nocturnidad y en soledad, a la luz de la lamparita; de vomitar en palabras una sopa de letras en la que, después, me descubría a mí mismo en fila o en diagonal pero ordenadito. Y me gustaba. Tanto que pronto supe que ese ejercicio era una verdadera terapia, una necesidad. Eso era en origen “La Idea del Norte”. Contarme (mis rollos) y contar (otros rollos igualmente míos pero que venían dados de fuera, una música, un fotograma precioso de una película, lo que sea).

También estaba la incertidumbre de los ojos que un día podían llegar a las orillas de esta pantalla. Eso producía una cierta cosilla estimulante por dentro que más que reponder a un afán exhibicionista que todo bloguero lleva dentro, lo reconozca o no, obedecía a una necesidad de contactar desde la distancia; más concretamente, desde dentro. Esa combinación es muy gouldiana: tomar distancia para estar más cerca de los otros, siendo “otros” gente a la que no conoces pero intuyes. Lo que Gould no conoció, y sin duda habría quedado fascinado, es la posibilidad de respuesta al mensaje que brinda este medio y lo que conlleva, una de las gratas sorpresas de esta experiencia, sin duda.

Pero las cosas van cambiando y evolucionando. La rutina termina por instalarse y un día te da pereza dejar anotada la impresión que te ha causado tal lectura, o dejas de señalar cierta observación sobre una obra musical porque te supera el ponerte a diseñar los ejemplos en el pentagrama, editar los segmentos de audio correspondientes y todo eso que forma la trastienda de un post elaborado y que antes hacías encantado de la vida porque te lo pasabas de maravilla. De todas formas, eso no me preocupa tanto, en primer lugar porque es normal y además va a rachas. Lo que empezó a preocuparme un poco es que quería decir cosas sobre mí mismo y una noche me encontraba diciéndome a mí mismo: esto no. Y al día siguiente: esto no. Y la otra semana algo similar. Hasta que no hace mucho me lo volví a decir, esto no, pero refiriéndome esta vez a todos los “esto no” anteriores. No sé si me explico. Y tuve claro que esto debía volver a ser un diario personal porque me resulta terapéutico, me hace bien, me hace vibrar, me encuentro como pez en el agua. Y que un diario personal es eso, personal, se cuenta a sí mismo, se dice tal cual.

Los “esto no” los dice alguien que ya no está escribiendo para sí mismo a sabiendas de que otros ojos pueden aparecer (y bienvenidos sean); lo está diciendo alguien que escribe primero para unos lectores y en último lugar, allá al fondo, si da tiempo, se echa una ojeada.

Y ahí es donde me gustaría reconducir el asunto.

Un blog es algo público, cierto, y este blog me ha servido para encontrarme con gente fantástica y otra gente (mucho mayor en proporción) que está ahí, silente pero presente. Y siguen siendo bienvenidos, y lo mismo los que vengan. Pero lo público y lo íntimo se mezclan de una manera tan asombrosa que a veces te haces un pequeño lío con la madeja. Creo que me tengo que sentar y sentir a solas con los textos. Intimidad en el momento de la escritura. Luego ya no, en el momento de poner el punto final a cada post ya es público. Es un matiz pequeño pero al mismo tiempo importante, al menos me he dado cuenta de que para mí es importante. De ahí el recordatorio de la cita gouldiana del post anterior, un retorno a las intenciones originales, a la identidad. Y por último está la cabezonería, claro; si vamos a ser honestos hay que empezar por reconocer la testarudez: en un tiempo de crisis bloguera en el que todo el mundo parece que echa el cierre o descuida el garito, pues aquí erre que erre.

Ese es el planteamiento: ser uno mismo. Y esa es la idea, y La Idea no es otra cosa que esa.

Recordatorio 17 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

“La Idea del Norte” es en sí misma una excusa, una oportunidad para examinar esa condición de soledad que ni es exclusiva del Norte ni de los que van hacia allí, pero que quizá sí aparezca con un poco más de claridad en quienes hayan hecho, aunque sólo sea en su imaginación, el viaje hacia el Norte”

Glenn Gould, (“The Idea of North”, 1967)

Esto para empezar (tiene su porqué).

Y ya de regreso (en muchos aspectos).

Robinson 12 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

Estoy de Rodríguez cual Robinson en esta isla desierta que es, desde el domingo y hasta mañana por la tarde, mi casa. Mi madre tuvo que marcharse a casa de la abuela para tres días y a punto de cumplir mis 40 años me dijo toda compungida: ¿podrás defenderte solo?

Cómo te quedas.

Pues me quedo pensativo y por motivos diversos. Por un lado me sentí un poco cual adolescente que dispone durante un fin de semana de su casa con libertad, lo cual me pareció un poco raro porque ahora no me toca ser adolescente y cuando me tocó, pues tampoco. A mi no me toca ni la lotería.

Por otra parte he reflexionado sobre el hecho de que mi vida va un poco al revés y que, ciertamente, es lógico que mi madre se pregunte (me pregunte) si puedo defenderme solo porque a los 13 años (sí, a los 13) yo hacía unas buenísimas tortillas de patata (modestia aparte) y otras cosas más igualmente buenísimas, como la repostería; anda que no hacía unos bizcochos para mi hermano rellenos de Nocilla que… En fin. Pero ahora, mis manos son incapaces de poder pelar una patata para hacer cuatro patatas fritas. Y ahora me dejo de ironías para decir algo muy en serio: no nos podemos imaginar lo complejas que son las maniobras que las manos efectúan para mondar una patata con un cuchillo. De verdad. Pero como en otras cosas de la vida, hace falta llegar a no poder efectuar algo para darse cuenta de lo que cuesta una patata frita. Pues eso me pasa a mí ahora. Y me siento torpe y un poco pato. Así que eso, por un lado como adolescente en plan este es mi refugio y por otro lado pues a ver cómo me las arreglo.

Cierto es que al abrir el frigorífico el domingo me pareció por un momento que acababa de abrir la cámara del tesoro de algún cuento de las mil y una noches, tal era el refulgir de papel de plata que cubria que si esto que si lo otro. Llamé por teléfono a mi madre para decirle, como diciendo, que sólo era hasta el miércoles pero de esta semana, no de la que viene, y ella dijo que por si acaso resultaba escaso. Y que había un pack de botellas de agua mineral allí y que tal y que cual. Y entonces pasó lo del lavavajillas y ahí ya no, mira; porque una cosa es que no pueda pelar una patata y otra que sea un inútil integral. El affaire lavavajillas tuvo lugar cuando mi madre dijo que el lavavajillas tenía ya puesta la pastillita en su depósito a falta únicamente de meter los platos y darle al botón. Hasta la pastillita esa estaba ya puesta!

Diferencias al margen entre ella y yo a la hora de determinar lo que en mi caso significa poder hacer y no poder hacer (he ahí la cuestión), me siento muy bien de Robinson en esta isla en la que el primer día me dieron las 5 de la madrugada y la página 600 con un libro en las manos (tengo que hablar del libro en cuestión, que me tiene con el alma en vilo, el libro del año, por Dios qué libro) y donde básicamente hago y deshago lo mismo de siempre pero a mis anchas. Lo mío es estar a mi aire, está claro. Mi madre se marchó algo preocupada (lo que quiere decir que por dentro se iba francamente preocupada) pero ayer ya se le notaba menos por teléfono y hoy ni te cuento ante la perspectiva de volver mañana. Hoy es a mí al que se le notaba un poco preocupado ante la misma perspectiva. Cualquiera que te oiga va a pensar que te sobro, hijo, dice ella. Y no es eso, y en el fondo lo sabe, yo le digo que el que sobra soy yo, pero entonces sí que la liamos, indefectiblemente, y como estoy tan ancho de Robinson he preferido no liarla ni por teléfono siquiera así que me ahorrado el comentario final y estas 24 horas que quedan sigo tan tranquilito.

Olimpiadas 8 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Televisión, Varios , 3 comentarios , trackback

Los principios fundamentales de la Carta Olímpica, en su punto tercero, dicen que: “el objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana“. O la Carta Olímpica ha caducado, o no existe traducción al chino, o los chinos se hacen los suecos, que todo es posible en esta era de globalizaciones y mestizajes. Y de hipocresías. Y de mucha cáscara y dura (la cáscara y la jeta) para no poder encontrar la nuez, si es que la hay y no está hueca. Estas Olimpiadas que hoy empiezan tienen de espíritu olímpico lo que yo de karateka. Lo harán de una manera abrumadoramente espectacular, de eso no cabe duda, de manera proporcional a toda la podredumbre que ocultan bajo la alfombra. A mí estos Juegos Olímpicos me asquean. Y me parece el colmo la lectura epidérmica e interesada que los países participantes hacen de la Carta Olímpica con tal de ir a lo suyo y no ver, no oir. Oídos que no quieren ver, corazón con medalla de carbón (por no decir otra cosa menos fina)

Diario 7 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackback

Varias cosas.

Hoy he salido por primera vez a la calle desde antes de las vacaciones a excepción de mi paso por una consulta que me dejó tan hecho polvo que me volví a meter en casa. Y luego el calor, que también influye. Hoy al fin ha refrescado un poco.

Cuando llevas un par de semanas o tres sin salir a la calle de toda la vida te sientes como raro, o sientes rara la calle; algo sientes raro. Me ha parado una chica sorda pidiendo firmas y donativos para una sociedad que me ha parecido inexistente pero a veces pasa que lo sabes o lo intuyes y te da igual, quizá porque la propia chica tenía algo, y no me refiero a lo físico. El caso es que he tomado la carpeta en las manos y he cogido el bolígrafo y me ha parecido que en la casilla anterior había firmado Peter.

Tengo olvidado a Peter.

Me siento culpable por ello. Le tengo olvidado porque no he hecho acto de presencia y debía haberlo hecho, lo sé, pero de pensamiento no me olvido de él. Creo que era Peter el de la firma, sí, y me ha alegrado compartir hoja con él, que siempre decía que había que aprovechar el papel y luego te hablaba sobre temas de reciclaje y tal y que qué era eso de escribir en folios sólo por una cara. Me ha parecido tan simpático coincidir con él que aunque no fuera él quien ha firmado con su apellido y su manera de escribir pues daba igual. Pronto le haré una visita a Peter, a ver si no está muy enfadado. En el fondo Peter no se enfada nunca, en todo caso, hace como si se enfada un poco, a veces hasta un mucho, pero luego ya no se acuerda.

Otra cosa. Ayer estuve considerando la posibilidad de tomarme vacaciones en el blog por primera vez en estos tres años y pico. Aunque sea hasta septiembre. Porque sentí que necesitaba desconectar de varias cosas y cuando me puse a enumerarlas ví que necesitaba desconectar de casi todo. Pero si desconecto de casi todo qué me queda. Es rara esta sensación de nada, un poco como esa niebla que se tragaba poco a poco todo en aquella tierra de Fantasía de “La Historia Interminable”, de Michael Ende. Lo único que mantuve abierto ayer es un libro. Pero una de las cosas de flotar en la nada es que te vuelves un poco inconsistente hasta con tus propias decisiones y por eso ya estoy escribiendo de nuevo. O quizá es un mecanismo compensatorio, o de reacción, qué se yo.

Llevo tres días soñando con mi padre. Me sonríe.

(paréntesis) 5 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 1 comentario , trackback

.

…una calma alterada sólo por la luz…

(Jamie O´Neill)

.

Instinto 4 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Música , 10 comentarios , trackback

Debe existir una sabiduría de los dedos, un instinto que les lleva a buscar el interruptor de la luz tanteando las teclas del piano. Y lo estoy comprobando de nuevo estos días cuando, sin motivo, he vuelto a tocar la tercera Partita de Bach. Pero muchas veces, con verdadero placer, minutos y minutos entregado a la delicia sonora y táctil de esta maravillosa suite en siete partes. Un placer sonoro y táctil, sí: pocas partituras ofrecen un recreo semejante al sentido del tacto y que además esté estrechamente vinculado a lo que se oye, de manera que uno, curado ya de estupideces academicistas del así se debe tocar, así no se debe tocar, se deja llevar por ese suave rubateo que los clavecinistas saben extraer de esta música, porque saben que está allí y que no hace falta ponerlo por añadidura. Uno de los prodigios de la música de Bach es que no requiere indicaciones porque se dice a sí misma. Sólo hay que escuchar, cosa que no hacemos siempre los músicos: escuchar.

Cuántas veces habré tocado esta obra, que es una obra fetiche para mí. Incalculables. La conocí a principios de 1985 al otro lado de la puerta del aula desde la que mi profesor de piano la ensayaba. Me quedé allí, escuchando. La Fantasía que abre la Partita me fascinó desde el primer momento, desde la primera audición; fue todo un impacto estético. 120 compases, todo un río de música, para elaborar una sencilla Invención a dos voces protagonizada en exclusiva por un tema simple que ahora está en la mano derecha, ahora en la izquierda en contrapunto invertible, ahora en secuencia larguísima descendiendo en peldaños tonales, ahora valiendose por sí mismo para efectuar el giro modulatorio y volver a exponerse de nuevo, mano derecha, mano izquierda. Una absoluta gozada.

Decía que debe existir algo parecido a una sabiduría de los dedos porque de ciento a viento vuelvo a ella y siempre el reencuentro es el principio accidentado puesto que de una vez a la siguiente mis dedos se han estropeado un poco más. Sin embargo, todavía hoy, no hace falta anotar una digitación, ni aislar un paisaje enrevesado para practicarlo hasta adecentarlo. Los dedos se las arreglan para reencontrarse con la totalidad de la Partita sobre la marcha. Hará falta una segunda ejecución, una tercera, no importa, mientras los sentidos disfrutan sin cansarse de esa música aunque al principio salga con interferencias, los dedos van buscando soluciones, desanudando lo que tengan que desanudar, adaptándose al medio, que es el mismo y a la vez es distinto. Los dedos piensan lo que tienen que pensar mientras los sentidos se dejan acunar por la Allemande, o por la Zarabanda y en un momento dado, ahí está, la Partita lista. Con otra digitación, vale, con un giro poco ortodoxo, de acuerdo, con un uso del pulgar que se diría que no es pulgar, en fin, con lo que sea, pero la Partita lista, una vez más. Y es un alivio. Y que siga así. ¿Buscarán los dedos la música en las teclas o la vierten sobre el teclado desde fuera?

Número 3 agosto, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackback

He cambiado de móvil, de compañía y de número.

Lo último tiene su cosa porque de repente te encuentras en un fugaz aunque atractivo fuera de campo del mundo. De pronto, no estás para nadie porque nadie conoce tu nuevo número, ese que te representa ante los oídos de quien llama. Pero poco a poco tienes que dar aviso, encender la luz en el porche, dar la nueva dirección a un vecindario que, sin embargo, es el mismo. Hacerlo también tiene algo de aventura porque no te queda otro remedio que internarte en el archivo donde se han acumulado todos los números de los años anteriores, un lugar que no frecuento porque siempre llamo a las mismas (pocas) personas. Mi relación con el teléfono es un poco extraña: es reducida pero intensa. La relación de Glenn Gould con el teléfono también era reducida pero intensa. Pero más todavía. De hecho, lo suyo con el teléfono era vital, el único hilo de comunicación que le unía al mundo desde su retiro/refugio en la genuina Idea del Norte.

A lo que voy.

Estaba en lo del archivo, que tiene algo de aventura, porque de pronto te encuentras ante nombres que en su día intervinieron en uno o en varios capítulos de tu vida profesional y/o personal y ya no están. Silencio. Sus nombres son los únicos vestigios que han quedado ahí, de manera material, aunque de un grupo de puntitos de luz se trate, pero eso es más material que el recuerdo que tienes de esas personas, que según el caso es más bueno o menos. En algunos casos es la única señal fuera de uno mismo que atestigua que existieron. Empezar una vida telefónica de cero tiene de bueno que actualizas la agenda y, al hacerlo, se caen definitivamente algunos de esos nombres, sobre todo los nombres a los que ya no te une nada. La vista, todo sea dicho, se detiene en alguno un poco pensativa y en otros pasa con una celeridad proporcional al sentido común.

Soy un número nuevo, tengo una nueva identidad telefónica; a partir de ahora mi voz sonará a través de una combinación nueva de dígitos que, poco a poco, haré llegar a los otros números. Espero ser el mismo. Imagina que por cambiar de número resultas ser otro. Luego te llamo y me lo cuentas.