Medusas 27 julio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackbackYa están aquÃ. Seguramente estaban pero se hicieron notar ayer por la tarde, en uno de los dÃas más perfectos del año, azul en el cielo, azul en el agua, azul en la temperatura, justamente cuando acabábamos de bajar a la playa y justamente frente al lugar donde habÃamos extendido la toalla. La señalaba con el dedo un adolescente que se las daba de valiente ante las adolescentes que se debatÃan entre el repelús y, seguramente, la adoración al macho. Mi conocida propensión al fatalismo hizo cálculos y dieron un resultado desalentador: si ahà al lado nuestro habÃa un ejemplar de esos bichos inmundos, en el resto de la playa que se extendÃa al frente, a la derecha y a la izquierda debÃa haber una verdadera invasión. Hecho el cálculo, me deprimà ante los grititos nerviosos y excitados de las adolescentes que daban saltos en cÃrculos, ahora en torno a la medusa, ahora en torno al macho valiente, y pensé, adiós baños, y también pensé, qué tristeza.
Porque cualquiera se arriesga. Yo desde luego no, que ya no tengo edad para Ãmpetus adolescentes. Me pregunté si alguna vez tuve edad para eso y aún me deprimà más por lo que decidà pensar en otra cosa. En qué. En mi sistema inmunológico, por ejemplo; sÃ, pensé en eso. En el lejano dÃa en que mi sistema inmunológico se cortacircuitó y se volvió contra sà mismo, de manera que cualquier cosilla de nada es una oportunidad para que el jodido se vuelva contra sà mismo. Mi sistema inmunológico debe ser masoca. Aún me deprimà más, de tal manera que la tarde azul no se volvió negra porque habÃa azul para dar y tomar pero yo me quedé ahà plantado sobre la arena, incapaz de reaccionar, mientras los pesaditos de las palas y la pelotita hacÃan plac plac aquà y allá. DeberÃan prohibir lo de la pelotita cuando las playas están tan congestionadas de gente, y el último sábado de Julio es muy congestionado. Demasiado. Me puse a pensar eso una vez desechada la idea del baño mientras caminaba por la orilla esquivando palas y pelotitas, qué pesadez, por Dios, y entonces me di cuenta de lo que la congestionada realidad del último sábado de Julio ponÃa en evidencia.
La gente es muy marrana.
Porque la otrora playa idÃlica que a la misma orilla dejaba ver los bancos de pececillos minúsculos, señal de la salubridad del lugar, mostraba un reguero de envases, botellas de plástico, trozos de vidrio, trozos de limones estrujados, apósitos despegados, pañales, compresas, bolsas de plástico blancas, negras, con y sin publicidad y para qué seguir. Y sentà en la piel un encogimiento como de medusa, no sé si me explico, como un picor de asco acompañado de todo tipo de pensamientos deprimentes sobre el fin de los tiempos.
Qué tarde.Â
De vuelta al refugio del hotel, de este hotel tranquilo pero que también creo que anda un poco desengañado de la existencia, lo sé, lo presiento, el ánimo volvió a serenarse. El secreto está en pensar que todo ha sido una mala siesta y en dejarse llevar por el embriagador colocón de la brisa y todos esos atributos ambientales que ya nos sabemos porque eso sà que no cambia. A la hora de la cena, un camarero joven vino a colocar un plato sobre la mesa y mi hermano comentó que su cara le recordaba a alguien, pero que no sabÃa a quién. Entonces supe que mi hermano también conoce al joven Malvás.Â