Archivo por días: 18 julio, 2008

Añadidura

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Y entonces ya estamos en condiciones de contar que he vuelto por allí esta mañana porque el médico se ha ido de vacaciones y no ha dejado los papeles ni el aviso para el control analítico mensual. Qué tío. Te meten el canguelo en el cuerpo con el rollo de que el protocolo de la medicación exige esos controles porque durante un tiempo hay riesgo de desarrollar que si esto que si lo otro y va y se piran de vacaciones y ahí te quedas hasta agosto desde finales de mayo, que fue el último. Lo dicho, qué tío. Si soy sincero, ya es que me da hasta igual, por mí como si se olvidan, pero luego uno mismo entiende que no queda más cojones -con perdón- de espabilar porque por mucho que digas que te da igual pues no te puede dar igual. Lo que te puede dar un día es un mal (mayor) a nada que te descuídes. Así que, previa llamada a Juan, esta mañana me he pasado por allí.

Y ha sido hoy cuando me he dado cuenta o, para ser más exactos, han sido Juan y Angelines los que me han hecho caer en la cuenta, de que la plaquita que les dibujó mi padre está cambiada por otra. Había que añadir que ahora los sábados abren por la mañana pero mi padre no estaba para añadir la frase. Sin embargo, han tenido que ser ellos los que me han hecho observar el cambio porque al encargar la nueva plaquita Juan y Angelines la han pedido igual, lo que seguramente en la tienda donde hacen cosas así habrá producido estupor o algo porque ese tipo de tipografía y de diseño y el soporte, esa lámina que parece de plástico, dejó de usarse antes de que los diseñadores de la tienda hubieran nacido. Pero así lo encargaron Juan y Angelines, y aunque desde el punto de vista estético me ha parecido un poco disparate desde el punto de vista personal me ha parecido una cosa muy bonita, porque he entendido de qué iba la cosa.

Por lo demás, Juan recuerda perfectamente que la vena buena la tengo en el brazo izquierdo y Angelines sonríe de la misma manera mientras observa de pie, a su lado, con las manos cruzadas en el regazo. Ya no me da piruletas pero me pregunta por la abuela, a la que ve sentada por las tardes cuando bajan el sol y el termómetro y sopla un poco de aire fresco y apetece. Todo es igual allí menos la piruleta de premio y que Juan, aunque sigue pinchando igual de bien que ni lo notas, ahora acerca un poco más la cabeza al brazo, por la vista. Los resultados, ahora a las 4.