Tragos

No fue fácil para mí aprender y comprender hasta dónde llegaba mi cometido cuando las cosas te obligan a actuar con los alumnos casi como un hermano mayor, o padre sustituto. No sucede con frecuencia, afortunadamente para ellos, pero cuando pasa, pasa pero bien. Acabo de colgar el teléfono después de una larga conversación que, en realidad, ha sido casi toda ella un monólogo amargo, un desahogo dicho con ese inquietante tono anestesiado de quien se siente desbordado por los acontecimientos, tanto como para que salten los fusibles de esa parte que debemos tener en el cerebro y que procesa el dolor.

Qué hacer y qué decir cuando hacer, lo que se dice hacer, no puedes hacer otra cosa que decir que estás ahí. Y sé, en carne propia, que a veces quieres creer que eso que te dicen, estoy ahí contigo, sirve de verdad; que, al menos, sirve para algo más que unos segundos de bálsamo que te arrancan una sonrisa para luego volver a sumirte en el centro de la nada. Lo sé, lo he vivido; he vivido el considerar un “estoy aquí” como si fuera un saliente al que te agarras ante el precipicio y también he vivido el “estoy aquí” al que quisieras extraerle a la desesperada el jugo que no le encuentras. Por eso, y por otras cosas, sé qué significan y cómo pueden ser recibidas palabras así y por eso las mido tanto, no por cubrirme las espaldas, sino por respeto infinito al dolor ajeno. Y ese respeto te lleva ante todo a la prudencia, a la cercanía sin atosigamiento, a poner todos los sentidos en las palabras que te dicen e intentar poner un poco de luz en esa frase que quedó a oscuras, por si acaso debajo saliera algo positivo.

Llamadas como la de esta noche te dejan sobrecogido, sobre todo después, cuando vuelves a la cena que quedó en la mesa y que ya está fría y no importa, porque lo que necesitas es respirar un poco de aire para desanudar ese nudo que se te ha puesto por dentro al escuchar las lágrimas y tener que contener las tuyas, porque así toca. Las lágrimas sólo se escuchan por teléfono, en vivo se ven. Es distinto.

Me costó aprender y comprender hasta dónde llegaba mi cometido en estos casos pero si soy honesto conmigo mismo debo confesar que me costó más acostumbrarme a lo que ocurre tras la tormenta, cuando la vida se vuelve a poner en marcha y tienes un sentimiento contradictorio: te alegras porque el mal trago de la otra persona haya pasado pero te sorprendes envuelto en cierta sensación de soledad. Es como si la resolución de los problemas ajenos pusiera de relieve que, en los días de sol, cuando no amenaza tormenta, estás solo en el jardín. Este es un tema delicado porque tiende a malinterpretarse: como si reclamaras el pago de una deuda cuando en realidad no se trata en modo alguno de eso sino de una circunstancia estrictamente personal que queda en evidencia cuando el teléfono enmudece.

Yo sé que cuento con el afecto de las personas que han solicitado ayuda en algún momento, el mero hecho de que hayan recurrido a mí ya es evidencia de ello; es más, sé que en caso contrario sería yo el que encontrase ayuda. Pero me pregunto por qué de un tiempo a esta parte echo en falta algo que no he tenido nunca, algo así como una parte que me complete; y a una escala de compromiso personal de otro tipo me pregunto por qué esta noche, por ejemplo, me gustaría poder conversar por teléfono con alguien, pero no sé de qué, ni por qué, ni con quién; y no porque no haya nadie a quien recurrir, sino porque no es cuestión de sacar de la cama a nadie para nada. Porque lo que pasa es eso: nada. Y eso es lo raro, lo que inquieta, lo que escuece un poco esta noche.

7 pensamientos en “Tragos

  1. Crishu

    Algunas veces aparecen sentimientos difusos pero que pegan fuerte, sí, yo los he vivido.

    No puedo decir mucho más al respecto salvo que esta noche aún estoy por aquí y que te leo, aunque no te oigo, cuando tú quieras.

    Beso/abrazo

  2. toni

    pero la nada puede ocuparlo todo. tú lo sabes. y eso tampoco es algo que uno se pueda quedar en el fondo de nada o en el centro de todo, solo, como esa imagen que describes a la perfección cuando ya ha salido el sol. pero es sólo una soledad imaginaria, que debería desaparecer cuando lees el nivel de espectadores y el nivel de comentarios. o cuando descuelgas el teléfono y alguien muy dormido te responde al otro lado y sonríe cuando sabe que eres tú. y entonces es el alivio el que llena la nada. y, por fin, igual que Charlotte y Bob en Tokio, consigues dormir. un sueño reparador.
    hasta siempre que quieras.

  3. emejota Autor

    Muchas gracias, crichu. No has dicho poco, al contrario. Y se agradece mucho.

    Toni: tienes razón, debería desaparecer, casi me he sentido un poco egoista al leer tu comentario. Pero aprecio y soy consciente de lo que hay. Creo que lo que hacía falta era un sueño en condiciones, que los últimos días fueron de no poder dormir, y verlo todo un poco más enfocado y que la nada vuelva a ser lo que era. Aunque la sensación de peso en el pecho permanece. Es curioso, hace unos minutos me acaban de regalar un vídeo de YouTube en el que aparecen Charlotte y Bob en Tokio, después de tantos años sin saber de ellos.

    Un brazo a los dos

  4. emejota Autor

    Pues me temo que no era una llamada que se prestara precisamente a eso, Iona. En todo caso para intentar lo contrario.

    Un abrazo

  5. Iona

    quería decir que quizá, en medio de tanta desazón, como dices, había algo distinto, una sonrisa ahí en la sombra. No conozco a esa persona, por tanto no sé nada de cuáles eran sus intenciones, si es que las había, o si era sólo un simple desahogo con un hermano mayor/padre. En los desahogos no suele haber ninguna intención detrás, digamos en ese tipo de desahogos de verdad, sinceros. Pero quizá yo no sea la persona adecuada para ofrecer alivio en este momento ya que no sé muy bien cómo se ven las cosas desde la otra orilla, como hermano mayor o como padre (creo que nunca me ha tocado desempeñar ese papel, por ahora). Así que perdona mi intromisión en algo tan delicado. Sólo quería intentar que vieras lo positivo de eso que cuentas (y siempre desde el lado de los que todavía estamos en esta otra orilla).

  6. emejota Autor

    Nada que perdonar, Iona y no es ninguna intromisión. Todos somos personas adecuadas cuando de ofrecer ayuda se trata. Quizá no me expresé bien: quise decir que hay conversaciones en las que lo único positivo es soltarlo, lo que sea, pero soltarlo. Quizá no arregla nada el problema en cuestión pero quita presión a la olla. Y uno confía en que la sonrisa volverá, más pronto o más tarde.

    Lo positivo para mí, en este caso, será ver que esta persona remonta, créeme.

    Un abrazo

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