Archivo por días: 14 julio, 2008

Tragos

No fue fácil para mí aprender y comprender hasta dónde llegaba mi cometido cuando las cosas te obligan a actuar con los alumnos casi como un hermano mayor, o padre sustituto. No sucede con frecuencia, afortunadamente para ellos, pero cuando pasa, pasa pero bien. Acabo de colgar el teléfono después de una larga conversación que, en realidad, ha sido casi toda ella un monólogo amargo, un desahogo dicho con ese inquietante tono anestesiado de quien se siente desbordado por los acontecimientos, tanto como para que salten los fusibles de esa parte que debemos tener en el cerebro y que procesa el dolor.

Qué hacer y qué decir cuando hacer, lo que se dice hacer, no puedes hacer otra cosa que decir que estás ahí. Y sé, en carne propia, que a veces quieres creer que eso que te dicen, estoy ahí contigo, sirve de verdad; que, al menos, sirve para algo más que unos segundos de bálsamo que te arrancan una sonrisa para luego volver a sumirte en el centro de la nada. Lo sé, lo he vivido; he vivido el considerar un “estoy aquí” como si fuera un saliente al que te agarras ante el precipicio y también he vivido el “estoy aquí” al que quisieras extraerle a la desesperada el jugo que no le encuentras. Por eso, y por otras cosas, sé qué significan y cómo pueden ser recibidas palabras así y por eso las mido tanto, no por cubrirme las espaldas, sino por respeto infinito al dolor ajeno. Y ese respeto te lleva ante todo a la prudencia, a la cercanía sin atosigamiento, a poner todos los sentidos en las palabras que te dicen e intentar poner un poco de luz en esa frase que quedó a oscuras, por si acaso debajo saliera algo positivo.

Llamadas como la de esta noche te dejan sobrecogido, sobre todo después, cuando vuelves a la cena que quedó en la mesa y que ya está fría y no importa, porque lo que necesitas es respirar un poco de aire para desanudar ese nudo que se te ha puesto por dentro al escuchar las lágrimas y tener que contener las tuyas, porque así toca. Las lágrimas sólo se escuchan por teléfono, en vivo se ven. Es distinto.

Me costó aprender y comprender hasta dónde llegaba mi cometido en estos casos pero si soy honesto conmigo mismo debo confesar que me costó más acostumbrarme a lo que ocurre tras la tormenta, cuando la vida se vuelve a poner en marcha y tienes un sentimiento contradictorio: te alegras porque el mal trago de la otra persona haya pasado pero te sorprendes envuelto en cierta sensación de soledad. Es como si la resolución de los problemas ajenos pusiera de relieve que, en los días de sol, cuando no amenaza tormenta, estás solo en el jardín. Este es un tema delicado porque tiende a malinterpretarse: como si reclamaras el pago de una deuda cuando en realidad no se trata en modo alguno de eso sino de una circunstancia estrictamente personal que queda en evidencia cuando el teléfono enmudece.

Yo sé que cuento con el afecto de las personas que han solicitado ayuda en algún momento, el mero hecho de que hayan recurrido a mí ya es evidencia de ello; es más, sé que en caso contrario sería yo el que encontrase ayuda. Pero me pregunto por qué de un tiempo a esta parte echo en falta algo que no he tenido nunca, algo así como una parte que me complete; y a una escala de compromiso personal de otro tipo me pregunto por qué esta noche, por ejemplo, me gustaría poder conversar por teléfono con alguien, pero no sé de qué, ni por qué, ni con quién; y no porque no haya nadie a quien recurrir, sino porque no es cuestión de sacar de la cama a nadie para nada. Porque lo que pasa es eso: nada. Y eso es lo raro, lo que inquieta, lo que escuece un poco esta noche.