Archivo por días: 12 julio, 2008

Sábado

Lo primero: escribo con música de fondo y eso quiere decir que igual me sale torcida la cosa porque nunca lo hago: o estoy en la música o estoy en esto. El concepto de música de fondo es incomprensible para mí. Creo que mi relación con la música es absorbente. ¿Por qué entonces escribir con música de fondo? Pues no lo sé porque de hecho me parece un desperdicio (musical). No la escucho a no ser que pare de teclear y entonces sí, pero en esos momentos la música viene deshilachada, lo que se oye es el extremo de un conjunto de hilos sonoros que vienen de algún sitio y volverán a perderse una vez retome la frase escrita. Pero creo que puede deberse a que estoy inquieto desde ayer por la noche cuando la enésima dosis de elixir 2.0, administrada 24 horas antes, avisó de que ya estaba trabajando. Desde entonces, el mismo rollo de siempre: ansiedad (que no angustia) y sí a veces desesperación porque me tiene hasta los mismos bemoles. De lo que se trata básicamente es de no poder parar: me siento, me levanto, muevo las manos, miro por la ventana, me siento al piano, echo las manos a pasear por las teclas sin importar qué tocar ni cómo, vuelta a la ventana, y comer, comer, comer, y una opresión en el pecho, y la taquicardia, y todos esos rollos. Esta madrugada (inquieta madrugada) ha habido un momento en que me ha dado pena y eso me ha sobresaltado porque me he dado cuenta de que era como si sintiera un poco de lástima por otro y yo me doliera por ello, impotente por no poder hacer nada por él. ¿Estaré tonto?, me he dicho. No acostumbro a darme pena básicamente por una cuestión práctica: si me diera pena, me daría mucha pena. Espera…

(es que llegaba un pasaje de la Suite Bergamasque de Debussy que merecía toda la atención)

Ya. Pues no, no me da pena. Me da rabia, eso sí. Un momento…

(mira, será mejor que quite el cd porque si no ya veo que este post va a salir a síncopas)

Pero es que hoy, cosa rara, muy rara, me incomoda el silencio. ¿Por qué? A saber. No lo voy a saber todo.

Llueve y hace frío, parece que estamos en una tarde de Otoño que se ha confundido de sitio pero déjala como está, mejor así. Recordemos que hoy estoy invitado a una cena con misterio incluído, con historia de maletines desaparecidos y tal en plan Agatha Christie, así que tanto el marco como la circunstancia (la buena compañía) no podían caer en mejor momento. De cómo caiga yo allí se hará cargo la farmacopea destinada para casos así. La cena no sé cómo irá, pero desde luego el preludio ha sido divertidísimo. Hasta 8 mails de ida y vuelta ha requerido el debate sobre el menú; nunca un menú tan sencillo ha requerido tanta atención pero para ser justos habría que precisar que entre el primer y el segundo plato, y entre este y el postre, ha dado tiempo a intercambiar opiniones sobre lo interesante que puede ser algo aburrido, y sobre los recelos que despiertan alguna palabras en el diccionario, y hasta hemos podido filosofar sobre islas imaginarias y sobre momentos que merecen la pena ser vividos con una ensalada de lechuga al fondo.

Y luego está el tema de la dirección, porque mi nulo sentido de la orientación y de la ubicación en el plano hace que no las tenga todas conmigo de que vaya a llegar a mi destino. Por eso llevo apuntadas unas señales (aparte de la dirección) y un número de teléfono por si acaso. Soy como un niño… ¿perdido?  Pues ya te lo contaré hacia las 9 y media. Pero antes de las nueve y media y después de las nueve y media algo de eso hay, de niño perdido. Me estoy dando cuenta cada vez más. Quienes no se dan cuenta son los de alrededor, que se rien cuando lo comento y dicen anda, anda, porque me deben ver como alguien con las características de un ser mayor del que emana coherencia, seguridad y aplomo o qué se yo. O igual es que me sale de la piel hacia afuera pero de piel para adentro no y no me sirve a mí mismo, no funciona.

Carta

Que te quede claro en qué condiciones deseo estar contigo: tú en tu vivienda estás en casa, en la mía eres un invitado que no debe interferir en ningún asunto doméstico. Cada día vendrás a la una y te quedarás hasta las tres, y luego ya no te veré en todo el día salvo cuando abro mi salón, al que puedes asistir si lo deseas, así como quedarte a cenar en mi casa esas dos noches siempre y cuando te abstengas de aburridas discusiones, que es algo que me saca de quicio. Durante el mediodía puedes contarme todo lo que necesite saber de tí, el resto del tiempo deberás cuidar de tí mismo. No puedo proporcionarte entretenimiento a expensas del mío propio. Bueno, basta, ahora ya conoces mis deseos y confío en que no correspondas mi amor de madre llevándome la contraria”.

(Carta de la madre de Arthur Schopenhauer a su hijo)