Archivo por días: 1 julio, 2008

Diario

Me duele la cabeza, eso para empezar. Pero es porque está el tiempo de tormenta, calor pegajoso y eso, y no termina de romper la cosa. Qué contamos hoy, a ver. Pues, umm, dos cosas. Una, Diego ha aterrizado en Pekín, él aseguraba que era por la noche pero yo por la ventana veía el sol de después de comer. Qué cosas. Nos ha llegado bien, sano y salvo, eso es lo importante.

La otra. La vecina ha tenido el detallazo de coger el coche y llevarme hasta Pamplona y después traerme porque no tenía combinación de autobús posible para la consulta del médico. Eso no es una vecina, eso es una comunidad entera! Hemos aparcado allí y ha sido bajar del coche y percibir una brisilla fresca y dulce, de esas de olor a césped, que ha requerido, primero, de un ay a dúo y, segundo, una breve reflexión existencial por mi parte que ahora no viene a cuento. Luego esas calles tan del Pamplona moderno, tan llenas de verde, tan ordenaditas, tan azules (el cielo, por lo menos).

Hemos puesto en el coche el papelito ese de aparcar y la vecina se ha ido por allí a dar una vuelta y yo me he subido a la consulta. Y luego nos hemos reencontrado. Cierto es que yo iba por allí convencido de ir en la dirección correcta cuando por un fortuíto giro de cabeza he visto aparecer a la vecina por la calle perpendicular. Mi sentido de la orientación es nulo. Más vale que la he visto porque si no ya me veo todavía allí, ambos con el móvil en la oreja y diciendo, pero dónde estás, a ver, qué ves enfrente de tí. Y yo sería de los que contestaría: pues un coche rojo, y me quedaría tan ancho, como si no hubiera docenas de coches rojos.

En fin.

Si al ir hacía una brisilla de las que te hacen decir un pensamiento existencial amén del ay a dúo, a la salida hacía más que eso, es decir, más que brisilla y más fría. Vamos, que en manga corta casi se pasaba frío. Ingenuos de nosotros, hemos surcado plácidamente la autopista seguros de encontrarnos lo mismo por estos lares, reino del cierzo, señor viento del norte, como es bien sabido, pero, como dicen los hombres de campo,

Quiá!

Qué horno, por Dios! Soplaba una brisilla, cierto, pero la brisilla debía venir del infierno.

Coda: hoy también ha ocurrido una de esas cosas especiales que surgen muy de vez en cuando, exactamente cuando llevas mucho tiempo con algo anudado en la garganta y lo sueltas, de pronto, así, al caer de la tarde mientras la vecina andaba por ahí (igual de rebajas que empezaban hoy, no sé) y te das cuenta de que hay regalos que vienen para quedarse anudados en la garganta para siempre, sueltes el nudo o no. Y que no es malo. Hay nudos que no aprietan, qué va. Hay regalos. Los hay.