Archivo por meses: julio 2008

Salida

Operación salida. Las fiestas de la ciudad han salido del escenario urbano, el mes sale del calendario y la gente se marcha de vacaciones. Se nota en este blog. Según las estadísticas, nos hemos quedado de Rodríguez cuatro gatos, lo que quiere decir que el blog, del alguna manera, ha recuperado ese estado original, fundacional, cuando uno escribía a ciegas, como el náufrago que mete un mensaje en la botella y lo lanza al océano pensando si alguna vez, en algun lugar, habrá algún receptor. Por aquel entonces pasaban dos cosas: cuidaba el aspecto formal de los textos de una manera que ahora me parece algo encorsetadilla, la verdad, pero también es verdad que me sentía más, cómo decirlo, libre en lo que decía. Llegado a este punto tengo que hacer una confesión:

A veces, le miento al blog, o le oculto cosas, o me invento excusas.

¿Eso es ser infiel al blog? A ver si a estas alturas vamos a tener problemas de pareja. Crisis. Va a ser eso, ya lo verás. Habrá que poner remedio antes de que llegue el divorcio y me vaya a otro blog, cosa que no quiero que pase. El primer paso pasa por asumir la falta, la culpa, todo eso. El resto vendrá después, que hoy estoy un poco disperso y esto sí que no es una excusa o una salida por la tangente. Es el calor.

Motete

Escucho estos días “Sancti tui Domine”, de Vytautas Miškinis, y cada vez estoy más convencido de que se trata de una preciosidad a la que, sin embargo, le sobra algo. No le falta, le sobra. Qué, no sé, poco seguramente. Antes de escuchar este motete ya estaba convencido de que componer es el arte de restar, que no de sumar ni añadir. Decirlo todo con las notas justas y repasar después porque seguro que con menos notas aún se puede decir más.

En las primeras páginas de su “Vida Secreta”, Pascal Quignard recuerda la confidencia que Mozart hizo una vez a Röchlitz: “todo llega en bloque, de una sola vez, sin desplegarse, casi panorámico (…) Las sencillas palabras de Mozart son más precisas de lo que parece: se trata de poner junto lo que se ha visto junto. De componer la panorámica. Hay que captarlo todo entero, a manos llenas, de una sola vez”. Esa revelación de la genialidad creativa de Mozart no esconde el gran esfuerzo que tiene que hacer el compositor para que nada se escape pero, habida cuenta de los resultados, es más que seguro que esa visión global de la obra en un fogonazo previo es la que proporcionó a Mozart su infalible olfato para prescindir de lo accesorio, dando siempre con la solución justa hasta en los lugares comunes que parecen no merecer atención, hasta en las redundancias necesarias para que el discurso cuaje. Escuchar este motete de Miškinis es un placer y al mismo tiempo da un poco de rabia porque es una preciosidad que lo sería más si tuviese algo menos. Es un problema de arquitectura musical que, como siempre en estos casos, lleva a plantear una posible doble vertiente: la de la composición y la de la interpretación. Una cosa es el problema de la forma interna de una obra, la creación, y otro el de la re-creación de la misma. La visión de conjunto del intérprete puede contribuir a reforzar muros, a aligerar cargas. A señalar o a disimular. A mostrar o a engañar.

Sigo pensando que esta preciosidad de Miškinis quedó anotada en papel a falta de alguna resta pero puede también que no haya escuchado todavía una interpretación de la misma que redondee las cuentas.

Acceso

Durante las últimas horas, acceder a este blog es cosa difícil. Hay problemas en el servidor. Intentar averiguar de qué problemas se trata es tarea complicada puesto que el servidor sólo informa de “pequeños y puntuales” problemas en máquinas que, mira por dónde, no alojan este blog. Pero la experiencia de un año indica que siempre que se les estropea alguna máquina en la que no estás alojado siempre terminas contagiado, pasa como con la gripe. La experiencia indica también algo un poco más inquietante: dado que oficialmente este blog no tiene problemas de acceso nadie informa sobre cuándo terminarán los problemas de acceso. Toquemos madera para no caer en un bucle kafkiano, que mi primer día post playero me pilla además un poco vago y no me apetece enviar mails en inglés a direcciones tras las cuales habrá un robot que contesta lo mismo le digas lo que le digas, y eso si contesta. Mientras esperamos la normalización del servicio, me he enterado que todas las palabras que conforman La Idea del Norte están alojadas en Los Angeles, California; eso ha desconcertado un poco mi sentido nórdico de la existencia, porque de pronto me imagino los posts con sol y humedad ambiental y palmeras alrededor. Y con terremotos. Dicen desde el servidor que ayer hubo un terremoto de 5,6 grados en la escala Richter pero que los equipos funcionan bien. Lo que yo decía. Si esta gente está convencida de que los equipos funcionan bien estarán convencidos que el acceso a las páginas que tienen alojadas funcionará sin problemas. A ver quién les convence de lo contrario. Paciencia.

16:30. Parece que se han dado cuenta de que hay un problema y están en ello. De momento la cosa va mejor (toquemos madera para que dure). He aprovechado para actualizar WordPress a la versión 2.6

Retorno

Abandonar la burbuja, el paréntesis, llámale como quieras, en el que nos hemos metido estos días me ha producido una sensación muy parecida a la melancolía o a la tristeza, como si con el telón de fondo de la línea del horizonte dejaras una de esas historias de amor de verano que sabes que con el otoño se diluirán, inevitablemente, en la espuma de otras olas. Pero aquí (allí) no ha habido historias amorosas y sí una melancolía o una tristeza por tener que volver. Quizá ocurra que el corazón a veces se nos queda prendado (prendido) de ciertos lugares y necesita su tiempo para meter todo en la maleta y retornar a la vida diaria. Yo creo que he encontrado un color que aquí no veo. Va a ser eso.

Nota

Alejandro.

(Magno)

¿Quién sería, quién fue?

(¿quién llegará a ser?)

Me enfrasqué en el monumental trabajo de Robin Lane Fox y por una cosa u otra lo dejé a medias con la promesa del verano, de este verano. Hoy lo he recordado al verlo en el escaparate de una preciosa librería que nos ha salido al paso, un poco escondida a la vista pero, sin embargo, espaciosa y acogedora en su interior.

Balance

Medusas aparte, el primer balance de estos días de vacaciones es muy positivo: son vacaciones pagadas, eso para empezar, no hace calor, nos estamos poniendo tibios a comer cosas sanas (increíbles ensaladas de frutas) y menos sanas (tengo al lado del portátil una caja de seis Dunkin´Donuts tentadores) y la ansiedad ha desaparecido, lo cual no es para ponerlo en último lugar ni mucho menos. Me pregunto si la ansiedad volvería en el hipotético caso de que las vacaciones aquí dieran lugar a una estancia permanente. Pero sea como sea, la cuestión principal es por qué ha desaparecido. Por mí como si no se acuerda de volver, evidentemente, pero es que la cuestión me intriga. ¿Acaso la distancia ha dejado fuera de cobertura algo que se me escapa? No sé. Carpe diem. Lo que sí falta en estas vacaciones es lectura pero tampoco la echo en falta, no sé si será por el iPod, por la propia tranquilidad (hay que sentir la tranquilidad sin interferencias) o porque no he encontrado un libro lo suficientemente estimulante para suplir con dignidad las fantásticas peripecias de Jonathan Strange y el señor Norrell que transcurrieron por estas fechas el año pasado tal y como recuerda el blog aquí. Aún así, y a falta de inspiración, la noche anterior al viaje recuperé de la estantería in extremis “La montaña mágica” de Thomas Mann, tomo I. Dispuesto estaba a ponerme de nuevo en la piel de Hans Castorp y subir la montaña (de ahí lo de tomo I) que no bajarla (tomo II) porque son muchas páginas para pocos días y una cosa es leer un rato placidamente en vacaciones y otra perderte las vacaciones. Creo que no me estoy perdiendo las vacaciones. Tampoco me siento perdido en estas vacaciones. En todo caso, me siento un poco distante de mí mismo pero eso no es nuevo de dos años a esta parte. Y como no es nueva la cuestión tampoco me voy a poner a darle vueltas justamente ahora. La noche es tranquila y el mar, desde aquí, es un fondo negro ribeteado por una espuma blanca que va y viene haciendo ssst, como si dijera que ya es hora de dormir.

Medusas

Ya están aquí. Seguramente estaban pero se hicieron notar ayer por la tarde, en uno de los días más perfectos del año, azul en el cielo, azul en el agua, azul en la temperatura, justamente cuando acabábamos de bajar a la playa y justamente frente al lugar donde habíamos extendido la toalla. La señalaba con el dedo un adolescente que se las daba de valiente ante las adolescentes que se debatían entre el repelús y, seguramente, la adoración al macho. Mi conocida propensión al fatalismo hizo cálculos y dieron un resultado desalentador: si ahí al lado nuestro había un ejemplar de esos bichos inmundos, en el resto de la playa que se extendía al frente, a la derecha y a la izquierda debía haber una verdadera invasión. Hecho el cálculo, me deprimí ante los grititos nerviosos y excitados de las adolescentes que daban saltos en círculos, ahora en torno a la medusa, ahora en torno al macho valiente, y pensé, adiós baños, y también pensé, qué tristeza.

Porque cualquiera se arriesga. Yo desde luego no, que ya no tengo edad para ímpetus adolescentes. Me pregunté si alguna vez tuve edad para eso y aún me deprimí más por lo que decidí pensar en otra cosa. En qué. En mi sistema inmunológico, por ejemplo; sí, pensé en eso. En el lejano día en que mi sistema inmunológico se cortacircuitó y se volvió contra sí mismo, de manera que cualquier cosilla de nada es una oportunidad para que el jodido se vuelva contra sí mismo. Mi sistema inmunológico debe ser masoca. Aún me deprimí más, de tal manera que la tarde azul no se volvió negra porque había azul para dar y tomar pero yo me quedé ahí plantado sobre la arena, incapaz de reaccionar, mientras los pesaditos de las palas y la pelotita hacían plac plac aquí y allá. Deberían prohibir lo de la pelotita cuando las playas están tan congestionadas de gente, y el último sábado de Julio es muy congestionado. Demasiado. Me puse a pensar eso una vez desechada la idea del baño mientras caminaba por la orilla esquivando palas y pelotitas, qué pesadez, por Dios, y entonces me di cuenta de lo que la congestionada realidad del último sábado de Julio ponía en evidencia.

La gente es muy marrana.

Porque la otrora playa idílica que a la misma orilla dejaba ver los bancos de pececillos minúsculos, señal de la salubridad del lugar, mostraba un reguero de envases, botellas de plástico, trozos de vidrio, trozos de limones estrujados, apósitos despegados, pañales, compresas, bolsas de plástico blancas, negras, con y sin publicidad y para qué seguir. Y sentí en la piel un encogimiento como de medusa, no sé si me explico, como un picor de asco acompañado de todo tipo de pensamientos deprimentes sobre el fin de los tiempos.

Qué tarde. 

De vuelta al refugio del hotel, de este hotel tranquilo pero que también creo que anda un poco desengañado de la existencia, lo sé, lo presiento, el ánimo volvió a serenarse. El secreto está en pensar que todo ha sido una mala siesta y en dejarse llevar por el embriagador colocón de la brisa y todos esos atributos ambientales que ya nos sabemos porque eso sí que no cambia. A la hora de la cena, un camarero joven vino a colocar un plato sobre la mesa y mi hermano comentó que su cara le recordaba a alguien, pero que no sabía a quién. Entonces supe que mi hermano también conoce al joven Malvás

Patrona

Hoy es el día de la patrona de la ciudad en la que resido 360 días al año. Allí un cura con cierto sex-appeal entre el rebaño solía decir con pasmosa naturalidad que la patrona no fue santa por la sencilla razón de que nunca existió e incluso, si la memoria no me falla, hasta la talla que se viene venerando no debe corresponder a la santa falsa; o sea, una falsedad redundante que, sin embargo, arrastra la devoción de generaciones de ciudadanos y, de paso, arrastra un manto de 4 kilos de oro y joyas. Desde jovencito observo con estupor cómo la gente proyecta su fe en lo sobrenatural mediante un código muy humano, demasiado humano: la ofrenda de riquezas y la sumisión interesada. Mi estupor es extensible al cura con sex-appeal, por lo del sex-appeal y porque no lo hayan desterrado del lugar, que el tema de la patrona, de las patronas en general, despierta muchas suspicacias y tal. Porque la gente dirá lo que quiera pero al final se endomingan y se les cae la lagrimilla (y el sudor) en procesión de mediodía. Luego el resto del año ponen a parir a la Iglesia y se meten en ONG´s buscando soluciones reales al desastre de fuera o al vacío que sienten por dentro pero los 4 kilos de oro siguen pillando polvo el resto del año mientras las gentes sencillas y las compuestas y hasta las descompuestas se postran ante una figura falsa de madera para pedirle trabajo para poder llegar a fin de mes. Realmente, lo del más allá es un misterio.

Agua

Este post se escribe todos los años por estas fechas desde el mismo punto del Mediterráneo, lugar de calma y quietud, en lo que nunca me queda muy claro si son días de vacaciones o temporada de exilio forzoso porque horas antes del inicio de las fiestas patronales huyo despavorido de allá donde resido el resto del año. Si no fuera por eso igual sería mejor venir aquí en Septiembre. Igual no, seguro. Septiembre tiene mejor tiempo, mejor luz, menos gente y todo sale más barato lo que pasa que un Septiembre empezó a hacer aguas y desde entonces la gota fría se ha quedado instalada allí, tifones incluídos. Y eso impone mucho respeto, además de dejarte sin playa.

Va a ser verdad que el mar algo tiene que borra o suaviza los contornos de lo que sea que traes puesto en la cabeza o en el corazón o en ambos sitios. Lo he vuelto a comprobar esta tarde en el primer baño, deliciosa la temperatura del agua y deliciosa el agua misma. Me encanta jugar con el agua, hacerla resbalar entre los dedos, tocarla, posar las manos sobre la película temblona y blanda de la superficie y sentir el latido del mar. Desde que tengo uso de razón (musical) he asociado al mediterráneo la Suite Bergamasque de Debussy. Por qué razón, a saber, lo único que sé es que quien la toca es Támas Vásáry, si es otro parece no funcionar la cosa por lo que hace mucho tiempo que prescindí de toda visión de la Bergamasque que no fuera la que vieron las yemas de los dedos de Támas Vásáry. Supongo que por ese motivo asocio el color azul a esta obra de Debussy en una especie de sinestesia que anestesia los sentidos.

Nos quedamos unos días por aquí.

Viaje

Lo que más me asusta es haberme descubierto tan vulnerable de un tiempo a esta parte, cuando se supone que uno ya debería ser un hombre hecho y derecho. Qué será eso, de qué tendrá que hacerse uno para no deshacerse. También me asusta la palabra “desencanto” en su acepción general. Esto es lo que me ronda con la maleta a medio hacer porque el próximo post será desde otro sitio.

Reincidencias

Todos mirábamos con horror esas fotografías en blanco y negro con los cadáveres desnutridos y amontonados de los campos de concentración nazis y nos parecía una cosa tan espeluznante que dábamos por sentado un absoluto nunca más, como si aquello fuera el chapapote que había cubierto de negro las orillas de nuestra conciencia civilizada. Y más tarde, cuando la vida transcurría ya en color, veíamos tranquilamente al arquero de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos del 92 prender el pebetero mientras el tipo al que han detenido hoy en Serbia se estaba cargando a unas 17.000 personas por la misma razón en la moderna Europa y no pasaba nada.

Lo más inquietante de todo es que los verdugos eran, como en el espanto nazi, ciudadanos normales que habían visto las votaciones del Festival de Eurovisión, se juntaban a cenar con los amigos y en verano puede que vinieran por Salou. Por monstruosa que sea la atrocidad, por ejemplarizante que sea el desastre, más pronto o más tarde vuelve a repetirse la película. Todavía recuerda mi abuela nonagenaria las noches terribles de la guerra civil española en las que patrullas formadas por el vecino de al lado, el boticario, el hijo de la nosecuántos y algún señorito aburrido con ganas de marcha pasaban puerta a puerta, la calle en sobrecogido silencio y la respiración contenida, gritando en alto aquí no o aquí sí o aquí vive fulano y que salga que nos lo vamos a cargar. Y así era.

Pero es que ahora, en los puritanos Estados Unidos, hay ciudadanos con jardines impolutos que se sientan a ver Los Simpson después de haber firmado el papel por el que a otros ciudadanos se les lleva a barcos prisión en océanos que no entienden de derechos fundamentales o a cárceles secretas en países donde no se hace precisamente turismo. Luego el tipo descerebrado y peligroso que manda sobre estos ciudadanos sale sonriendo en la tele al lado del Papa y el Papa le lanza flores en forma de repugnante frase laudatoria que estremeció el otro día los informativos y que me niego a reproducir no vaya a ser que vomite sobre el post. Y así hasta el infinito.

La vida es un escenario terrible donde pasan cosas espantosas, se quiera ver o no. Y no se quiere, y yo creo que es porque nos daríamos asco, o sentiríamos una vergüenza insoportable o nos echaríamos a temblar de miedo. Les dejamos ahora con el pronóstico del tiempo para las próximas horas.

Pasillo

¿Dónde quedaron aquellos largos paseos en los cuales me quedaba absorto ante el inagotable muestrario de estímulos que los atardeceres regalan a los sentidos sea la estación que sea? Pues no lo sé. Quedaron. Pero hoy al menos los he recuperado por un rato porque mientras los informativos decían que media España hervía con una masa de aire africano, expresión esta que me pone los pelos de punta, pues aquí ha vuelto a producirse ese milagro climatológico, esa rareza local que hace que en el pasillo natural que forma el valle del Ebro entre el mar Cantábrico y el Mediterráneo se produzca corriente. Y cuando eso pasa sopla el viento norte con fuerza y se lleva a las nubes y el cielo luce de un azul profundo y los contornos de las cosas se vuelven extraordinariamente nítidos. Y allí estaba yo, mirándolo todo, pero especialmente el verde intenso de los maizales y sobre ellos el azul infinito, y en un punto concreto de ese azul el sol. El descubrimiento de hoy ha sido ese: el sol. Porque notabas en la cara y en la piel de los brazos y casi hasta vibrando en la nuca ese calor que instintivamente buscamos pero que en pleno Julio resultaría insoportable si no fuera por el aire frío del norte, de la misma manera que el frío aire del norte sería poco soportable si no viniera ese sol a compensar el asunto. Ese era el acontecimiento de la tarde, que todo estaba en su justo punto y el punto, el del sol, suspendido allá, en el azul infinito, y sobre el oloroso verde de los maizales.

Sí, ese ha sido el descubrimiento de hoy, o la degustación, o lo que sea que te reconcilia con algo que no sabrías definir de tal forma que cuando regresas a la civilización vienes con una sensación de sosiego tal que te lleva a pensar que si hubieras terminado con lo que tenías que hacer aqui pues qué bien, oye, y que si todavía te quedara algo por hacer pues sientes algo parecido a la certeza de que vendrá. Y tan ricamente. ¿Qué pinta entonces, en un estado así, entrar en el videoclub cuando, además, no te apetece ver ninguna película? A saber, pero ahí estaba yo, delante de unas estanterías llenas de errores y horrores que no hacían otra cosa que reiterar la pregunta anterior. Pero en ese momento, como si de una escena de película se tratase, que para eso estábamos en un videoclub, una voz femenina a mi lado, con los brazos cruzados, una mano en la barbilla y mirando a las carátulas, ha dicho sin girar la cabeza:

-No sigo tu blog.

Y yo he hecho ese gesto que suele marcar el guión en casos así de coger una carátula y hacer como que miro un dato, mientras contesto con cierta indiferencia:

-Ten amigas para esto…

(hay que poner énfasis en los puntos suspensivos)

Y he percibido entonces que ella se ha girado, al fin, y ha dicho con un tono teatral que sabe que me encanta y me pierde:

-No me odies por eso.

Era Gloria-hija, claro.

Con Gloria-hija las conversaciones son un apéndice de “Annie Hall” con secuencias de Ingmar Bergman. Igual igual. Te mira fijamente y te interroga sobre cosas trascendentes con el ceño fruncido al mismo tiempo que una sonrisilla se le quiere escapar e iniciamos diálogos que tienen, por parte de ambos, una decidida vocación de parodia y al mismo tiempo de realismo total de forma que nos reímos y nos quedamos pensativos mirándonos con el rabillo del ojo, todo a un tiempo. Hoy le he dicho a Gloria-hija que me estoy volviendo un poco bastante misántropo y ella ha entornado los ojos y me ha echado en cara un te sobro yo? al que he contestado que todo tiene sus excepciones. Y entonces ella ha puesto la vista en una carátula y me ha dicho que últimamente le va el cine japonés, sobre todo por la lentitud a lo que le he respondido que ya no sé qué es la lentitud, tal es el azogue interior. De verdad, ha preguntado ella sin saber si lo mío iba de si sí o si no. De verdad, he respondido, pero igual con algo de cine japonés recupero el ritmo y quién sabe si dejo en el metraje este lado misántropo que me ha dado por nombrarle varias veces. Tú disfrutas diciéndonos esas cosas, verdad? preguntaba ella dándose golpecitos con los dedos en los labios como si estuviera deduciendo algo del puzzle de unas pistas detectivescas. Yo he cofesado que sí. Ella ha sentenciado que, escuchándolas, también.

No sé muy bien qué nos ha llevado a reencontrarnos en los pasillos de un videoclub cuyas películas no nos apetecían nada y en los que además no soplaba el aire, qué calor, pero hemos hablado de psicoanálisis y de unas teorías sobre esto y lo otro y ella ha recordado nuestro último encuentro en Navidad (yo he interrumpido para dejar caer con teatral mala uva que a qué año se refería, como dejando caer una indirecta) y ella ha abierto los ojos de esa forma que sólo Gloria-hija sabe hacer para asegurar las cosas valiéndose en esta ocasión de la coartada de que entonces iba en busca de un libro que sólo Diane Keaton compraría si “Annie Hall” hubiera tenido alguna secuencia extra. De algo del orgasmo iba el libro; y, si no, tenía toda la pinta.

Finalmente, retomando su vena de actriz dramática que tanto le gusta usar para jugar, ha abierto la puerta y se ha despedido con un no me odies, un guiño de ojo y la eterna promesa de que en Septiembre se planteará lo de volver a poner las manos en el piano. No lo hará pero quizá esta vez se lo recuerde yo a la vuelta del verano, siquiera para chinchar un poco, que lo nuestro es así, de un lenguaje de tanteos y vaciles que, en realidad, es la representación de una complicidad absoluta. Gloria-hija es genial, que se lo diga alguien, por favor, porque la tía dice que no lee este blog porque no se acuerda del título y se queda tan ancha. Lo que tiene que oir uno.