Prisa 18 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackbackTengo nueve minutos.
Qué prisa le ha entrado a la gente por terminar el curso. Si total, luego empezará otro y más difÃcil todavÃa. Hoy es dÃa de últimas clases y menos mal porque la cosa viene de un concentrado que ellos no sé, pero a mà me van a estresar. Todo pinta como una especie de olimpiada en plan “abárquese tal obra de Debussy (pedazo de obra) en 90 minutos”. Hay que batir marcas y eso es absurdo pero, paradojas de la vida, los alumnos asà se quedan más tranquilos. Yo no. Porque no sirve para nada hacerlo asÃ, en plan express, y además me estreso. Y no son las clases en sÃ; la preparación también se lleva a cabo bajo las mismas circunstancias porque de repente te llaman por teléfono y la clase que era para el viernes tiene que ser el miércoles ahora, dentro de unos minutos. Resultado: hasta las tantas de la madrugada preparando una estrategia de urgencia, cual entrenador de fútbol, para abordar el partido. De hecho, ayer iba a contar lo de que me dejé secuestrar un rato por Gloria-madre y lo de que me dijo que lo que me faltaba era que me enamore. No lo dijo expresando un temor: lo que te faltaba! sino al revés, como expresando un deseo, una necesidad: lo que te falta ahora es eso. Pero a las tres y media de la madrugada no es plan de entrar al blog a debatir o rebatir la cuestión asà que se quedó en nada.
Tengo dos minutos.
Qué prisa tiene la gente. Luego vuelvo.Â
Andante spianato 16 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackbackDurante siglos, el lenguaje musical de la tonalidad giró en torno a la tensión que se establecÃa entre estos acordes:

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Es una sÃstole y una diástole, una momentánea tensión sonora en busca de reposo y descanso. Que la práctica totalidad de las obras tonales concluyan con estos acordes, hasta el punto de que el oÃdo los reconozca como señal de punto y final, de que se acabó lo que se daba, responde al hecho de que la tonalidad establece una jerarquÃa de acordes sobre los cuales esta pareja, esta polaridad tensión-reposo, reina.
En el Romanticismo, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XIX, se observan los primeros indicios de un movimiento (sÃsmico) en el interior del sistema: la tonalidad empieza a manifestar signos de fatiga y desgaste y empiezan a operarse los primeros cambios sobre la cadencia formada por estos acordes. Resulta curioso observar que estos cambios se dan en diferente dirección: o bien se procede a rebajar la tensión entre ambos, debilitándola e incluso llegando al punto de disolverla o bien dicha tensión se intensifica mediante la inserción de elementos que distorsionan la configuración habitual de estos acordes. Precisamente uno de esos acordes fue aquel que sacrificaba una de sus notas para agregar, en cambio, una nueva, una nota intrusa que siempre era la misma y siempre se colocaba arriba, en las voces superiores, a fin de que la novedad fuera apreciada convenientemente, La introducción de una nota ajena al acorde sumada a la tensión natural del mismo daba como resultado esta combinación:

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Dado que entre las dos notas superiores se produce un pequeño salto, es fácil encontrar ejemplos en los que una nota de paso queda intercalada entre ambos acordes, rellenando el espacio en blanco:

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En cualquiera de sus configuraciones, esta simple cadencia forma parte del lenguaje armónico de Chopin con honores de predilección. Más aún: lo interesante aquà es que una mera función armónica trasciende su condición hasta convertirse en protagonista melódico. Dicho de otra forma: lo que a Chopin le gusta, lo que le produce placer, es simplemente su sonoridad, sin importar otra cosa que eso, hacerla sonar.
Hay una obra que se distingue entre las demás por estar construÃda única y exclusivamente como pretexto para poner en práctica este placentero juego sonoro: es el maravilloso y misterioso Andante spianato, misterioso porque es una obra que no termina de encajar en ningún sitio, tal y como delata su tÃtulo o, más bien, su ausencia de tÃtulo, ocupado aquà por lo que en realidad es una indicación de tempo y no una descripción. No es un Nocturno, ni una Balada; no merece el encabezamiento de Preludio o denominación similar. Pero quizá este detalle ahonde en la tesis hedonista: toda la pieza no es otra cosa que un (delicado) pretexto para hacer sonar porque sà esta progresión de acordes, convertida en manos de Chopin (nunca mejor dicho) en un verso sonoro. La obra comienza con un acompañamiento sosegado y ondulante, reiteradamente expuesto por la mano izquierda:

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De él brota una de las inspiradas melodÃas chopinianas hasta que el incesante flujo de notas desemboca en un paisaje novedoso, de trazo sobrio, protagonizado por esta pareja de acordes:

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Observemos su disposición cambiante: en un primer momento el acorde portador de la tensión no ocupa, como serÃa previsible, la parte fuerte del compás:

Sà que lo hace a continuación, adelantando un tiempo su presencia. El efecto de esta nota adelantada resulta muy curioso al oÃdo, hace las veces de pequeña contención en el suave fluido melódico:

Este cambio en las acentuaciones sugiere al intérprete un rubateo, una inflexión en el tiempo; le indica que este fragmento, núcleo y fundamento de la composición, merece un esmero en la expresión, en el caso de que Chopin no haya conseguido contagiar la placentera sensación que a sus oÃdos produce este enlace de acordes.
Tal es la importancia de este fragmento, que reaparece para concluir la obra protagonizando una Coda doblemente justificada: por un lado se trata de una recapitulación del material esencial y por otra, su condición original de fórmula armónica conclusiva obliga a colocarlo en el vagón de cola de la composición:
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Chopin consigue transformar un rutinario procedimiento técnico en un elemento estético de carácter melódico.
Lista 15 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackbackCosas que me preocupan en estos momentos por orden de importancia, y si no están en orden, no importa:
-Me preocupa la posibilidad de haber tirado la toalla hace tiempo y no recordar haberlo hecho.
-Me preocupa todavÃa más la posibilidad de haber tirado la toalla y que nadie alrededor se haya dado cuenta, confundiendo lo que ve con otra cosa.
-Me preocupa la incertidumbre.
-Me preocupa el dolor que no duele, porque es el peor con diferencia.
-Me preocupa la indiferencia con la que vivo ese dolor cuando estalla la burbuja de la impotencia.
-Me preocupa que no haya anestesia para el dolor; me preocupa más que sea el dolor el que anestesie.
-Me preocupa que lo que esta mañana era blanco ahora sea negro; me preocupa que los médicos lo consideren normal sólo porque “entra dentro de lo previsto”. Mañana volverá a ser blanco, supongo. No sé si me preocupa más lo blanco o lo negro o el hecho de que entre tanto blanco y negro uno se vuelva transparente porque ya no sabe de qué color es.
-Me preocupa preocupar.
(Ya no me preocupo más por hoy)
Alquiler 14 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios , trackbackViernes (porque esto fue el viernes).
Querido blog:
He vuelto al videoclub. He vuelto por las mismas razones por las que lo abandoné, allá por el mes de Enero: por ninguna en especial; fue de repente, un dÃa va y no vas. Pensándolo mejor, quizá fueron las series, sÃ, va a ser eso, las series. Descubrà a un tipo que comparte con los demás las series por internet y conmigo la obsesión por el pixel bien definido; vamos, que el tÃo es un maniático de la definición y domina con virtuosismo el tema de la compresión hasta el punto de convertirme a la causa, a mÃ, escéptico, mordaz, crÃtico despiadado hacia esas cosas del divx y demás.
SÃ, soy un converso.
Desde entonces, docenas de capÃtulos, temporadas enteras de a saber cuántas series se almacenan ocupando unas parcelas de las 500 gigas de extensión de un disco duro externo. Series buenas, claro; en realidad, de muy buenas a excelentes. Ese es otro motivo que me alejó del videoclub: con frecuencia me resulta más estimulante lo que me ofrecen las series que lo que me ofrece la pantalla grande, pero eso es algo que comparto con un número creciente de personas, creo, como le pasa al que comprime las series, que las comparte. Aquà la cosa es compartir. ¿De dónde si no, Weeds, Damages, Studio 60, Dexter, y etc, etc?
Y también está el hecho de que lo que más me interesa del cine no lo suelo encontrar en el videoclub. Eso es porque o soy muy raro en gustos o porque los videoclubs de aquà son muy pequeñitos. O por las dos cosas. Pero por alguna razón, el viernes hacia las 9 de la noche (si se le puede llamar noche a las 9 de la noche a mediados de Junio) decidà dar un paseo y fuà a parar al videoclub. Entré y la dueña estaba detrás del mostrador con la cabeza apoyada en una mano y el codo apoyado en el mostrador (¿se podrá resumir lo anterior diciendo simplemente “con la cabeza acodada en el mostrador”? creo que sà pero de repente he visto la cabeza de la mujer en una posición un poco rara) En fin, sigo: entré y estaba en esa postura con la mirada perdida y entonces me reconoció y se le abrieron los ojos pero mucho y se incorporó y salió del mostrador con los brazos medio en alto y el torso un poco ladeado, igual igual que el tÃpico gesto de las actrices del cine mudo cuando exhibÃan sus dotes dramáticas. Hago esa comparación porque es que la mujer del videoclub no decÃa nada, como en las pelÃculas mudas, bueno, más que eso incluso porque no habÃa hombre del piano acompañando el gesto de las manos en alto, ese gesto que no sabes muy bien si interpretar como que te están diciendo atrás, atrás, o dichosos los ojos, o ande vas o si, simplemente, se están protegiendo de algo que cae del piso de arriba.
Era lo segundo. La mujer me dio un abrazo de esos que comprometen la caja torácica y me plantó sendos besos, de esos besos que no se dan y punto sino que se dan y se quedan un rato y además hacen mmm, como dejando una impronta, como maternales, apresurémonos a precisarlo, que el mmm por escrito y más entre abrazos y besos se presta fácilmente a malentendidos. Sorprendido por la efusividad a mà no se me ocurrió otra cosa que dar unas palmaditas a la espalda como cuando le ayudas a un bebé a echar el aire después de la papilla y justo entonces me sentà muy ridÃculo y và por un monitor los ojos exoftálmicos de Elijah Wood mirándome desde Oxford y casi daba miedo y todo. La mujer del videoclub me tocaba el brazo como si no terminara de creérselo y decÃa madre mÃa, madre mÃa, pero chico, pero tú sabes lo que nos hemos acordado de tÃ, pero bueno, pero qué tal estás, pero fÃjate que le preguntaba a fulanito y a menganita pero sabéis que es de emejota y a ver si te veÃan y, bueno, pero qué cuentas, chico, y qué tal estás, trabajas mucho o qué. Y la mujer del videoclub hacÃa todas esas preguntas seguidas sin que yo pudiera siquiera empezar a contestar a ninguna.
Iba a contestar finalmente a una cuando de pronto, como si se hubiera acordado de algo esencial guardado desde la fecha de mi último alquiler, me da un codazo y me dice: oye, sabes que siempre siempre siempre te nombramos en casa porque eres igual igual igual que uno de “Operación Triunfo”? Y ahà me quedé como Elijah Wood, con los ojos asÃ, igual igual igual. Y antes de preguntarle (con fundado y confundido temor quién) se encargó ella misma de decÃrmelo pero no supe a quién se referÃa. Un profesor pero no sé cuál. Y me dió una rabia. Porque ya que te “pareces” a alguien qué menos que saber a quién. Total, que puestos ambos al dÃa del orden del dÃa, a saber, las tribulaciones del negocio y las personales, me dije que ya que estaba allà iba a echar un vistazo. Todo nuevo, claro, después de tantos meses. Alquilé “Juno”, porque todavÃa no la habÃa visto, y pasé de largo por “No es paÃs para viejos” porque me da una pereza terrible esa pelÃcula, y no sé por qué.
No sé, igual retomo las visitas esporádicas al videoclub a pesar de las series y a pesar de lo que se ve en los expositores del videoclub. DeberÃan abrir un videoclub de series. Lo que pasa que entonces echarÃamos de menos al tipo que comprime las series mimando como mima al pixel.
Expo (I) 13 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios , trackback
Casi voy a echar de menos el follón de los meses pre-Expo, de la Expo que se inaugura esta noche en Zaragoza, la del agua, esa por la que los técnicos suspiraban para que el Ebro todavÃa llevara algo de agua para el dÃa de autos, que con el cambio climático vete a saber, y mira por dónde que el rÃo va que se sale, literalmente; vamos, que se ha salido y bien, como si el Ebro hubiera dicho, queréis agua? pues toma agua. Y, además, marrón chocolate, como mandan las buenas riadas.
Pero decÃa que (casi) iba a echar de menos el follón pre-Expo, el largo periodo que tiene lugar antes de la ceremonia de inauguración, cuando cada viaje a Zaragoza era una sorpresa (no siempre agradable) porque cada vez era todo distinto: donde antes se entraba ahora se salÃa, donde se iba ahora se venÃa, donde la carretera giraba hacia la izquierda bordeando la rotonda ahora giraba a la derecha sin que, por cierto, quedara de la rotonda ni rastro, donde habÃa un terreno llano ahora habÃa un socavón por el que pasaba una autopista que parecÃa haber estado allà abajo esperando a que las palas excavadoras la destaparan, asà de rápida habÃa sido la transformación. Y los cambios (y re-cambios). Por ejemplo, cerrar una estación de tren, borrar del mapa el edificio, desmontar las vÃas, poner encima una carretera, rotondas, plazas, como el que despliega un trozo de maqueta donde ya vienen insertadas las cosas y, justo entonces, cambiar de opinión y volver a hacer la estación (nueva) y, volver a echar vÃas, ahora bajo tierra para no causar un caos circulatorio mayor todavÃa. Una locura.
Durante este tiempo de impresionantes transformaciones (a partir de ahora, la silueta de la Pilarica compartirá el sky line maño con unas edificaciones marcianas, pero marcianas-marcianas) mis informadores improvisados han sido, básicamente, los taxistas. Si entras en un taxi y al poco el taxista te dice, anda el jaleo que nos han metÃo aquà es que el hombre tiene ganas de que le tires de la lengua, normal, es un aburrimiento eso del taxi si es taxi todo el rato, supongo, asà que en esos casos es apropiado dejar caer la pregunta: pero van a llegar a tiempo con las obras o no?. La pregunta es pertinente visto el desolador paisaje que hasta ayer rodeaba de socavones y demás los alrededores de la faraónica estación del AVE, una cosa desproporcionada y frÃa que responde al nombre de “Delicias” (aunque yo sigo sin verle las delicias al sitio). Pues le preguntas eso al taxista y es como si abrieras las compuertas de una presa de palabras amontonadas y lo primero que sale es un JA! o similar. Y es curioso que todos los taxistas con los que he compartido trayecto aseguraban haber llevado ayer por la mañana a un técnico de la Expo, un pez gordo, ya me entiende usted, que, por cierto, por poco se deja un maletÃn, menos mal que me di cuenta. La tercera o cuarta vez que oà contar la historia me acordé de aquella otra historia de la chica de la curva y no supe si asustarme o qué, pero todos contaban la misma historia, que empezaba diciendo que ayer por la mañana tal y tal y que el pez gordo ese les habÃa dicho, en plan colegueo, mire usted, negaré que he dicho esto, pero no se va a llegar a tiempo, ni de coña. Y entonces el taxista volvÃa a decir un JA! pero según fuera el taxista era un ja de satisfacción, como diciendo, ahora os jodéis, o era un ja como diciendo, no te fastidia, después de tanto incordio encima no van a llegar a tiempo.
Por lo que yo sé, aunque vete a saber si no será como la historia del pez gordo que ayer por poco se deja un maletÃn (más vale que el taxista se dio cuenta), el rascacielos principal, esa torre del agua, tiene muchas plantas rellenas a todo correr de pladur del baratillo para dar sensación de terminada. Y a los taxistas les jode especialmente que vuelvan a abrir la antigua estación, aunque ahora sea nueva estación y sólo para CercanÃas, porque van a perder el chollo, tooooda esa clientela que de golpe y porrazo vio que iba de compras y en lugar de aparecer en mitad de la ciudad ahora aparecÃa en el quinto carajo y, claro, o bus o taxi. En el bus, en ese bus, yo es que voy dándome cogotadas de lado a lado, qué le vamos a hacer, y mira que por eso que Peter llama “conciencia ecológica” siempre me digo: voy a subir al bus, voy a subir al bus, pero cuando salgo de la estación entre señales de cuidado, por aquÃ, controles de policÃa, scaneres, más señales de cuidado por los socavones, sentimos las molestias, tropecientas personas esperando a pleno sol un autobús que no viene entre ruÃdos infernales de maquinaria pesada (pero pesada por el ruido sobre todo) pues al final la carne, que es débil, aunque el bolsillo también, dice, bueno, total, y se sube a un taxi ante la satisfacción del taxista que sabe que ese chollo durará poco y al que si le preguntas si las obras se terminarán a tiempo seguro que te dice que ayer mismo recogió a un técnico de la Expo, un pez gordo, ya me entiende usted, y dijo que nanai. Ah, y casi se deja un maletÃn en el taxi. Menos mal que el taxista se dio cuenta.
Vacaciones 13 junio, 2008
Escrito por emejota en : Album , 3 comentarios , trackback
“Cuando eres joven, tienes muchos momentos de felicidad, crees estar viviendo en un lugar mágico, como debió ser la Atlántida. Luego crecemos y nuestros corazones se parten en dos”
“Corazones en Atlántida” (2001)
Cuando eres pequeño, los veranos son un espacio de tiempo infinito y maravilloso, libre de preocupaciones. En el cole deben estar dando ya las vacaciones. El blog no se va de vacaciones. Hay que tratar, por ejemplo, el asunto de los corazones que se parten en dos, que queda muy bien explicado en la novela “La cura Schopenhauer”, del psiquiatra Irvin D. Yalom. Lo explica tan bien que me tocó el corazón (sin romperlo) y me quedé ahÃ, pensativo, y no seguÃ, aunque lo haré. No seguà en parte por darle vueltas y en parte porque la inspiración, o algo parecido, me sigue haciendo trabajar. Lo dicho, ¿aquà vacaciones? Aquà desde luego no.
Diario 12 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackbackEmpecemos por la mitad, hacia media tarde. La señora Esperanza, vale? Noventa y tantos años y tan lozana, saliendo todas las mañanas al jardÃn de su casa para elegir unas flores y hacer un ramo para regalárselo a mi madre. Pues todo empieza en un ay, ay y aparece en escena el médico para decir que se le han parado los riñones y que es cuestión de horas. Cuando lo ha dicho las flores seguÃan en el jardÃn meciéndose al viento. Es terrible. Pensaba en esto mientras esperaba a que se disolviera un paracetamol efervescente de un gramo en un vaso de agua. Si observas el proceso por el cual una pastilla redonda se desintegra en una efervescencia interminable te entra como una melancolÃa tonta, una nostalgia de no sabes qué, como si el siseo suave y los puntitos blancos que salpican las paredes del vaso actuaran como un mantra que te deja en un estado de pausa en el que, sin embargo, esta tarde no podÃa evitar dejar de pensar en lo de la señora Esperanza y sus flores, y no sé por qué me la imaginaba en su jardÃn por la tarde sabiendo que ella salÃa de mañana toda la vida. Luego me dicen que tengo un sentido trágico de la existencia. En fin, de verdad que lo siento.
El paracetamol efervescente resulta ser un asco, podÃan ponerle algún edulcorante o algo. También resulta desconcertante, sÃ, porque, sinceramente, no sé todavÃa las razones exactas por las que debo tomarlo durante unos dÃas. Dijo el médico: cuatro gramos diarios durante cuatro dÃas. Y yo: ¿cómo? Y él: cuatro gramos diarios durante cuatro dÃas. Y yo: ya, si eso lo he oÃdo, era una expresión de asombro. Y él: ¿asombro por qué? Y yo: pues hombre…
Este médico, por lo visto, viene de la escuela de su ilustre colega el Dr. Hugo Z. Hackenbush, que “Un dÃa en las carreras”, allá por 1937, ofreció pÃldoras de caballo para las anginas de la sufrida Margaret Dumond. La pobre sostenÃa en una mano una bola del tamaño de una pelota de ping pong y se llevaba la otra a la garganta y decÃa, pero doctor, cómo pretende que trague esto? y Groucho Marx le contestaba que con tres o cuatro litros de agua serÃa suficiente y que la yegua no se quejaba, oiga. Como soy muy escéptico con la medicina pero al mismo tiempo sigo siendo algo obediente, en lugar de cuatro gramos diarios tomo uno, pero sobre todo por el rato en el que me agacho a la altura del vaso y contemplo en su integridad el proceso de efervescencia, tan hipnótico, aunque luego el brebaje sepa a rayos.
Por la mañana ha tocado clase de discurso. Digo bien: discurso. De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que la principal carencia de quienes vienen preparando una oposición no es tanto la cuestión musical como la capacidad de expresarse oralmente, cosa que tienen que hacer ante un tribunal el dÃa que les toque. Tienen dificultades para dar forma a las ideas, luego para ordenarlas, pero donde realmente dan el cante es a la hora de hablar. La cosa es tan terrible que se agobian de oirse ellos mismos asà que toca tranquilizar el ambiente primero y después marcar unas pautas. Hacemos ensayo general. Yo soy el del tribunal y me tienen que contar el rollo. Y el rollo empieza más o menos asÃ: “Bueno pues… entonces a ver… ehhhh… el estilo de Brahms, sÃ, bueno, se ve claramente en esta composición y… y es un estilo que se ve en los motivos… o sea… no hay motivos pero… bueno… todo se extrae de los motivos y…” Y yo, haciéndome notar sutilmente, tanto que lo pongo entre paréntesis, digo: (ejem, perdón). Y ellos (sea él o ella): ¿si? Y yo: perdona pero, entonces ¿hay motivo o no hay motivo? Y vuelta a empezar.
Por la noche me ha escrito un mail una de las chicas del vÃdeo del post de abajo. Me dice que el lunes empiezan a ensayar mi nueva obra y me pregunta si tengo algo en contra de las cuartas voces por lo del mi bemol. Luego se rÃe un poco con lo cual deduzco que me lo reprocha cariñosamente. Ellas pueden con ese mi bemol, estoy seguro. Me he puesto muy contento con la noticia aunque al localizar ese mi bemol en la partitura (no recordaba dónde estaba) hete aquà que me he dado cuenta de que al lado hay un error en la transcripción del cuaderno al Finale. Nada, una nota que se ha colado donde no debÃa. Lo corrijo ahora y lo mando de nuevo para allá. Qué invento el correo electrónico.
Vox Tronica 11 junio, 2008
Escrito por emejota en : Kantika, Música , 10 comentarios , trackback[youtube]http://es.youtube.com/watch?v=Tk_QLkBkX-k[/youtube]
La KantorÃa: “Vox Tronica”, T. Stokes. Zumárraga, Junio de 2008 (Grabación doméstica)
La alegrÃa del dÃa ha venido a través de este enlace que me ha conducido al Vox Tronica, el juego musical compuesto por T. Stokes para provocar el asombro y desplegar las sonrisas. En una interpretación como la que recoge este vÃdeo se explica perfectamente lo mÃo con esta gente, llámalo admiración profunda, fascinación, flechazo, qué se yo: es esa receta de perfección compuesta por una mezcla justa de disciplina férrea combinada con pura alegrÃa de cantar (que todo el mundo sabe que es inoxidable). Por eso sale lo que sale. Y además, contagia, aunque en vÃdeo menos, claro. Qué asombrosa capacidad de hacer pasar por natural lo que en realidad es un intrincado bosque de polirritmias, efectos vocales y glissandos en los que se disuelven los tonos hasta el infinito. Qué afinación, qué empaste de conjunto. Qué feliz facilidad. Esa es la frase que lo define todo.
Big Bang 10 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 11 comentarios , trackbackUna vez exploté y me llevé por delante lo que encontré por el camino.
Hecha esta afirmación, veraz como pocas, conviene ahora hacer una pertinente matización habida cuenta de su contundencia: no hice nada malo ni raro, no le puse a nadie la mano encima, cómo le voy a poner a alguien la mano encima si el mero pensamiento de hacerlo me sobrecoge. No, mi explosión consistió en mandar a la mierda a alguna y a algunos y a casi todas las cosas que hasta ese momento me rodeaban. Eso sÃ, lo hice con tal contundencia que la onda expansiva todavÃa debe estar estremeciendo el eter allá por la estratosfera. Visto desde la distancia, me arrepiento en todo caso de las formas pero no del hecho en sÃ. Motivos no faltaban.
Cuando uno explota de tal manera que es consciente de que a partir de entonces ya nada va a ser lo mismo y con la incertidumbre de si será para mejor o para peor, pasan dos cosas: visto desde fuera, explotas y punto. Pero visto desde dentro, que es como yo lo vivÃ, lo peor viene tras la explosión. Porque lejos de pensar que te liberas, lo que ocurre es que las grietas que se han producido empiezan a supurar y escuecen, y en el intervalo entre el hasta aquà hemos llegado y reunir las mÃnimas fuerzas necesarias para decir empiezo de nuevo hay un espacio de tiempo dolorosÃsimo y desconcertante.
El dÃa que me bajé del mundo, empezaron a ocurrir cosas, algunas buenas, otras no tanto. Entre las no tanto está que al detenerte y comprobar que, sin embargo, el mundo no se detiene, descubres con una nitidez cruel que la vida no es reversible. Y en una circunstancia como la mÃa, en la que desde el final de la infancia has vivido, sÃ, pero siempre a la espera de poder volver a incorporarte a la vÃa principal, donde circulan todas las vidas, con sus logros y sus frustraciones, sus esperanzas y sus coscorrones en la pared, ese descubrimiento te agobia. Mucho. Entre las cosas buenas estuvo el descanso y el tiempo para la reflexión, por ejemplo del asunto de la frase anterior y de otros tantos. El paisaje tardó mucho en reconstruirse tras el terremoto pero una vez puesto en pie me puse en contacto con algunas de las personas a las que habÃa afectado la onda expansiva para disculpar las formas, en algunos casos también el fondo. Únicamente pretendÃa decir: no soy asÃ, no son mis formas. Y que cada cual siguiera su vida. Nada más. Hubo quien lo aceptó pero en lÃneas generales observé que en el fondo la gente no perdona y mucho menos olvida. Y todavÃa menos si quien ha sacado los pies del tiesto es el chico formal de toda la vida. Para ellos, sencillamente, ya no eres el mismo. Esto es extensible a los satélites, es decir, a las personas no afectadas pero alineadas con las otras. Como en la guerra, igual. Cada uno de nosotros somos la imagen que los otros se han hecho de nosotros mismos, lo que quieren que seamos: yo toda la vida he sido el chico formal, el modelo a seguir en no se qué, y a alguien asà está visto que no se le tolera que mande a la mierda a la gente con una contundencia que dejarÃa temblando al mismÃsimo Fernán Gomez.
Mientras tanto, los médicos explicaron la virulencia de la explosión uniendo a las circunstancias ambientales la acción en el organismo de los fármacos anti-TNF, elevando el hematocrito hasta la estratosfera, y la hipertensión, y la ansiedad generalizada por el bloqueo de no se cuántos neurotransmisores y todo ese rollo que quedó escrito y descrito aquÃ. En contra de lo que pueda parecer, eso no me sirvió de excusa sino que, al contrario, me hizo sentir peor puesto que me encontré a merced de los elementos; vamos, que yo no llevaba el timón. Y si uno va a perder los estribos qué menos que hacerlo a gusto y a sabiendas, digo yo.
Estas personas, ella, ellos, lo supieron. Lo supieron porque no te perdonan, no te miran, te evitan, te cerrarÃan la puerta de su casa. Pero te leen. Según me pille me parece mezquino o divertido. Como he vuelto a perder el sentido del humor y desde el domingo por la noche se ha apagado la luz y no precisamente por esto, hoy no me parece divertido. Mezquino tampoco. Solamente lo rememoro y, de paso, recuerdo que un blog personal está para dejar constancia de lo que pasa, lo bueno y lo malo, y no para medir las palabras por si te lee uno u otro. Con la mano puesta en el corazón, no deseo ningún mal a estas personas. Pero tampoco me inspiran el menor interés. Uno no explota y manda a alguien a la mierda con mayúsculas porque sÃ. Allá cada cuál con su silencio y su conciencia, aunque estoy convencido de que la gente se inventa hasta la conciencia y zambulle su insatisfacción vital en una ficción lÃquida. Quién pudiera, pienso a veces. Otras no.
Migraña 10 junio, 2008
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Autógrafo (VI) 9 junio, 2008
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(Miguel)
Damages 8 junio, 2008
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Qué miedo da Glenn Close en “Damages”, otra de las enormes series que pasan a engrosar la larga lista de esta nueva edad de oro que vive la ficción televisiva. Ya ha pasado el tiempo en que el cinéfilo miraba a estos productos por encima del hombro; ahora, quien lo siga haciendo, se está quedando fuera de juego: la composición narrativa por medio de imágenes se acomoda a nuevos cauces, otros formatos y en ellos interviene el talento dando forma a joyas como “Damages”.
Pero aquà la joya principal es Glenn Close, que campa triunfal a sabiendas de que forma parte de una industria que a las actrices de su edad, por enormes que sean, las relega o las jubila, o las olvida. Y sin embargo, esplendorosa y oscura a la vez, Glenn Close aparece en los primeros instantes del episodio piloto de “Damages” convertida en la abogada Patty Hewes, atención a este nombre porque pasará a la historia de la ficción televisiva, Patty Hewes, la abogada galáctica, mediática, millonaria, todopoderosa. Mefistofélica. Obsérvese que hemos usado el punto para separar este adjetivo de los otros, encadenados por comas. Y ponemos el punto en lugar de las comas para poner el acento. Es inevitable que la boca del espectador se abra y sienta que se le encogen las tripas cuando contempla un gesto que sólo una diosa como Glenn Close puede hacer, y es el de mostrar el frÃo filo del acero que debe forjarse en las más oscuras cloacas de la maldad humana en la misma sonrisa que unos segundos antes lucÃa limpia. Eso lo hace Glenn Close como nadie. Aparece risueña, vestida como ejecutiva estrella, te sonrÃe, te tranquiliza, y sin mover un ápice los nervios faciales de pronto te das cuenta de que esos chispeantes ojos claros te están perforando, y que esa nariz aguileña es la de la peor bruja, y que su sonrisa es heladora. Qué miedo da Glenn Close aquÃ, sÃ: como actriz porque impone muchÃsimo; como Patty Hewes por lo que atestiguan los 13 episodios de la primera temporada de “Damages”. Me encuentro transitando todavÃa el ecuador y aún asà me encojo de frÃo.

Hay series que orbitan alrededor de un solo personaje, y ese personaje nuclear tiene una atracción gravitatoria enorme, qué digo, es un agujero negro que lo engulle todo. Como Patty Hewes, Glenn Close. Pero “Damages” va más allá, no se mira al ombligo tras encontrar el filón del personaje sino que ese es el punto de partida para una trama que despliega un virtuosismo narrativo notable, tal que le permite ir adelante y atrás: toma elipsis, toma flash (de sorpresa, de pasmo) y flashback. Aquà nada es lo que parece, Patty nunca es lo que parece y lo que enreda y desenreda tampoco. Y todavÃa más: Ted Danson. Porque si Glenn Close es ese agujero negro que todo lo engulle, en el universo de esa serie hay espacio para otro astro importante, un papel de villano con la suficiente fuerza como para haber conseguido despojar a Ted Danson, al fin, tras dos décadas, del sambenito de Sam Malone, el glorioso personaje de Cheers.
En este duelo galáctico encarnizado hasta lo impensable donde todo vale, con vÃctimas propiciatorias, señuelos, falsas verdades, falsedades dobles e inteligencias perversas, transcurre “Damages” sin que el espectador pueda hacer otra cosa que encogerse en el sofá, rendido a la adicción que produce esta historia diabólica en la que tras cada cambio de plano puedes llevarte una sorpresa inesperada.
Remanso 6 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 7 comentarios , trackbackTal dÃa como ayer, hace unos años, unos aquà es uf, y uf es aquà veintitantos, di mi primer concierto. Solos el piano y yo durante un buen rato. Yo era un crÃo y vivà la preparación del evento como algo muy importante y luego el evento hecho un manojo de nervios. Creo que a la gente le parecÃa que este chico prometÃa algo pero la gente a veces se equivoca y no mucho tiempo después se acabó lo que se daba. Las prótesis, el fallo de las prótesis, las nuevas prótesis, etc, ya nos sabemos el rollo.
Pero el otro dÃa, buscando en un ordenador viejo unos archivos apareció un directorio, etiquetado como Schumann, que me hizo recordar de golpe algo que tenÃa olvidado por completo, y es que años después, después ya no es uf, pero casi casi, una vez restablecido de la primera operación en ambas manos, hecha la (dolorosa) rehabilitación y comprobado que tenÃa unas manos nuevas que ya respondÃan a mis deseos, siendo mis deseos decirle mentalmente al dedo Ãndice muévete, asÃ, y que respondiera, más o menos como antes, decidà aprovechar la cercanÃa de mi cumpleaños para regalar a los cercanos una grabación casera, un cd con temas de Schumann. ¿Por qué Schumann? Pues no lo sé, creo que porque encontré en él el remanso necesario después de unos tiempos muy turbulentos.
Entre Schumann y las prótesis era necesario algo, algo es aquà un piano digital Yamaha. Me costó lo mÃo encontrar el que necesitaba, yo probaba y probaba ante el estupor de los vendedores que decÃan: pero si la pulsación es la misma, y pensaban: se creerá este tÃo que esto es un Steinway o qué, hasta que el tacto, una tarde, en Madrid, dijo, “este”. Tocar en piano digital, sin embargo, tiene su sà y su no; para unas manos que tienen sus dificultades es una ayuda pero, por contra, carece de resonancia natural y de todas cosas que hacen que Schumann se sienta desubicado. No importa si es la única manera que te queda de hacerlo revivir y aún importa menos si consigues “decir”, no sé si me explico. Y la grabación que encontré el otro dÃa contiene varias pistas con otras tantas piezas, como la que voy a rescatar a continuación; la toma de sonido tiene un volumen bajo pero es que hoy en dÃa ya no podrÃa volver a tocarla. Eso la hace más especial para mÃ.
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e-mail 5 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 4 comentarios , trackbackMi querido Rafael,
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lo que son las cosas: con el recuerdo fresco de la conversación que mantuve contigo acerca de mi última entrevista con el doctor (entrevista de tintes Bergmanianos, de Ingmar, no de Ingrid), yo, que ni frecuento estampitas piadosas y ya tengo unos años, necesité sacar de las teclas del piano una plegaria y hacerlo con garganta de niño. Y ahora que se van a cumplir diez años, diez, de aquel Ave MarÃa, pues ha salido otro, pero de otra manera, más inocente, porque de una plegaria infantil se trata.
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¿Dónde está la huella de la infancia aquÃ? En muchos momentos; está en la figuración sencilla, eso en primer lugar, y en ese suave campanilleo (voces inferiores a partir del compás 17) que al mismo tiempo es imagen musical simbólica y elemento lúdico. Está en algunos aires gregorianescos que aquàsoplan con brisa dulce y algo juguetona y en ciertos modalismos exentos de rigidez escolástica… quizá porque es tiempo de vacaciones (es como si el espÃritu infantil dejara su huella en elementos que de por sà transcurren por senderos más encorsetados); está en la ternura, sobre todo está ahÃ, y también está en los lugares comunes (que los hay, están puestos porque sÃ, por qué no)
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Pero una cosa son las intenciones y otra que estas se puedan llevar a cabo: esta plegaria baja a un mi bemol y si la subimos un tono los sopranos se nos van al sol agudo. Y no es cosa de que nos pillen una insolación. Para colmo, el transporte de la obra en este caso produce esa cosa tan misteriosa y tantas veces constatada que es la pérdida de no se sabe qué, porque uno escucha en principio la misma pieza pero en el nuevo tono luce (desluce) de otra manera. Quizá esta plegaria haya nacido para ser una música de las esferas, una música imaginada. En cualquier caso, para mà lo importante es que en esta obrita he conseguido empezar a reencontrarme con emociones en las que, al fin, me reconozco.
Como siempre, es un placer y una gran ilusión enviarte la partitura.
Un abrazo.
Despertador 4 junio, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackbackLo primero (y lo único, que lo demás ha sido todo trabajo y hay que descansar un poco) es contar lo del contestador del móvil porque me ha hecho mucha gracia. Pello Ruiz es un músico que llama siempre a unas horas monacales, como de maitines lo menos, sin acordarse de que yo me encargo del turno de noche, no voy a decir de las lecciones de tinieblas para completar el sÃmil eclesiástico musical porque lo de las aludidas suena un poco tétrico.
No es de extrañar, por tanto, que Pello se encuentre con mi móvil dormido, en el limbo donde no hay señal ni cobertura. Por eso cuando me levanto y enciendo el móvil y a los pocos segundos suena un bip-bip leve puede ser que sea Pello o si no uno de esos mensajes delirantes en los que una supuesta tÃa fogosa te hace proposiciones muy cochinas a cambio de que llames a un 902. Qué pesados. Pero era Pello que habÃa dejado un mensaje de voz en el 123. El 123 ya no es un concurso pero sale una amable voz femenina que hace las veces de azafata, no se sabe si con esas gafas tan redondas o no porque no se le ve, y te anuncia que tienes un mensaje. Es Pello, o más exactamente lo era a las 9 y 12 de la mañana, hablando con un ruÃdo de fondo que se dirÃa que este hombre iba en Metro si no fuera porque sé que desde donde me habla no hay Metro. Será tren, igual. No sé; bueno, no importa, el ruÃdo de fondo no altera el resultado del mensaje.
Y me he puesto a escucharlo de pie, con el pantalón del pijama puesto, desnudo de cintura para arriba, con la legaña puesta, las pupilas todavÃa dolorosamente sensibles a la luz y el pelo todo revuelto, y escucho la optimista y sosegada voz de este hombre que me da los buenos dÃas y, a continuación, haciendo que mi ceja se eleve al mismo tiempo que mis labios sonrÃan, desafÃa el tiempo limitado que supongo le da la señora o señorita del 123 para decir todo lo que tenga que decir, y se pone a describirme el dÃa, hoy parece que por fin nos sale el sol después de unos dÃas de lluvia, dice Pello, y después dice bien, bien. Y yo creo que como buen músico que es le tiene pillado el punto al compás y al tempo porque asà y todo, con su voz pausada y sus digresiones y esa envidiable vitalidad optimista de par de mañana, le da tiempo de decirlo todo sin que se le altere una coma al tÃo: los saludos, el parte meteorológico, el estado del paisaje, cierta duda sobre si era yo el que habÃa llamado ayer (no, no era yo), el ajetreo del final del curso y los exámenes, ya sabes, y lo del envÃo, y lo de mirar esto y que, bueno, hablaremos tranquilamente. AsÃ. Y luego te manda abrazos con el mismo tono risueño y optimista y suena un piiiiiii y vuelve a hablar la señora del 123 para decir que si pulsa tal que si pulsa cual pero eso ya no tiene la gracia del monólogo anterior, con esa cadencia genuÃna y ese timbre de voz que para mà serÃa impensable reproducir a esas horas.
Total, que es ahora, casi medianoche, cuando me acuerdo de que no le he devuelto la llamada, ni un mensaje. Nada. Si es que.