Archivo por días: 24 junio, 2008

Charlar

De unos años a esta parte, los veranos son el tiempo de las charlas largas con Sergio, porque durante el resto del año el tiempo es limitado y lo bueno que tiene el verano es eso, que da la oportunidad de adentrarte en un tiempo suspendido, como ocurre en las películas de Rohmer. Desde que volvió de la universidad el jueves hasta su marcha de vacaciones mañana ha pasado por casa dos veces y hemos tenido dos charlas, una el viernes por la noche, con preludio de cena, otra hoy por la tarde, a la sombra de la frigoría. En total, diez horas de palabras.

Diez horas de palabras pueden ser un tormento o un placer indecible, sobre todo cuando surge la chispa alrededor de un tema y las ideas fluyen y se bifurcan en otras y así sucesivamente para regresar ocasionalmente al punto de partida y enriquecer el asunto principal con lo que nos traemos de la excursión. Las charlas de verano con Sergio transcurren sin prisa y, además, giran siempre en torno a temas muy interesantes. Sin pretenderlo, tiramos de la cuerda y ya estamos metidos en harinas filosóficas que tratan de cuestiones que nos atañen, siendo el “nos” nosotros y todos. Muchas veces tengo la sensación de que Sergio obtiene más respuestas a sus preguntas cuando hago preguntas a su pregunta. Y luego le pincho, sí.

Es cierto que le “pincho”, y las comillas aquí tienen que desempeñar el papel de acompañar a la palabra poniendo el gesto irónico y cariñoso que lo escrito a veces no nos deja expresar convenientemente y que funciona sin problemas cuando hablamos. Yo le pincho a Sergio para que busque los canales donde desarrollar su potencial, que no es pequeño precisamente; le pincho para alentarle, para despertarle, para que explore, para que esté atento ante las cosas que no se ven a la primera, para que ate cabos, para que los desate, para que arriesgue, para que deje un espacio donde quepa la palabra equivocarse, para que comprenda que no pasa nada y pasan muchas cosas, para que llene su vida de vida. Y soy consciente de que cuando lo hago estoy proyectando en él algo de mí, de lo que no pude, de lo que me arrepiento, de lo que me hubiera gustado. Pero sobre todas las cosas sé que no debo contribuir con ello a precipitar a un lado u otro de la balanza lo suyo, tengo muy claro que su vida debe tener contenido propio: sé mantenerme en la barrera aun cuando muchas veces lo fácil es saltar al ruedo. El día ya lejano en que comprendí que así tenía que ser me quedé muy tranquilo y sereno, satisfecho, como si hubiera aprendido una lección muy importante.