Archivo por días: 13 junio, 2008

Expo (I)

Expo ZaragozaCasi voy a echar de menos el follón de los meses pre-Expo, de la Expo que se inaugura esta noche en Zaragoza, la del agua, esa por la que los técnicos suspiraban para que el Ebro todavía llevara algo de agua para el día de autos, que con el cambio climático vete a saber, y mira por dónde que el río va que se sale, literalmente; vamos, que se ha salido y bien, como si el Ebro hubiera dicho, queréis agua? pues toma agua. Y, además, marrón chocolate, como mandan las buenas riadas.

Pero decía que (casi) iba a echar de menos el follón pre-Expo, el largo periodo que tiene lugar antes de la ceremonia de inauguración, cuando cada viaje a Zaragoza era una sorpresa (no siempre agradable) porque cada vez era todo distinto: donde antes se entraba ahora se salía, donde se iba ahora se venía, donde la carretera giraba hacia la izquierda bordeando la rotonda ahora giraba a la derecha sin que, por cierto, quedara de la rotonda ni rastro, donde había un terreno llano ahora había un socavón por el que pasaba una autopista que parecía haber estado allí abajo esperando a que las palas excavadoras la destaparan, así de rápida había sido la transformación. Y los cambios (y re-cambios). Por ejemplo, cerrar una estación de tren, borrar del mapa el edificio, desmontar las vías, poner encima una carretera, rotondas, plazas, como el que despliega un trozo de maqueta donde ya vienen insertadas las cosas y, justo entonces, cambiar de opinión y volver a hacer la estación (nueva) y, volver a echar vías, ahora bajo tierra para no causar un caos circulatorio mayor todavía. Una locura.

Durante este tiempo de impresionantes transformaciones (a partir de ahora, la silueta de la Pilarica compartirá el sky line maño con unas edificaciones marcianas, pero marcianas-marcianas) mis informadores improvisados han sido, básicamente, los taxistas. Si entras en un taxi y al poco el taxista te dice, anda el jaleo que nos han metío aquí es que el hombre tiene ganas de que le tires de la lengua, normal, es un aburrimiento eso del taxi si es taxi todo el rato, supongo, así que en esos casos es apropiado dejar caer la pregunta: pero van a llegar a tiempo con las obras o no?. La pregunta es pertinente visto el desolador paisaje que hasta ayer rodeaba de socavones y demás los alrededores de la faraónica estación del AVE, una cosa desproporcionada y fría que responde al nombre de “Delicias” (aunque yo sigo sin verle las delicias al sitio). Pues le preguntas eso al taxista y es como si abrieras las compuertas de una presa de palabras amontonadas y lo primero que sale es un JA! o similar. Y es curioso que todos los taxistas con los que he compartido trayecto aseguraban haber llevado ayer por la mañana a un técnico de la Expo, un pez gordo, ya me entiende usted, que, por cierto, por poco se deja un maletín, menos mal que me di cuenta. La tercera o cuarta vez que oí contar la historia me acordé de aquella otra historia de la chica de la curva y no supe si asustarme o qué, pero todos contaban la misma historia, que empezaba diciendo que ayer por la mañana tal y tal y que el pez gordo ese les había dicho, en plan colegueo, mire usted, negaré que he dicho esto, pero no se va a llegar a tiempo, ni de coña. Y entonces el taxista volvía a decir un JA! pero según fuera el taxista era un ja de satisfacción, como diciendo, ahora os jodéis, o era un ja como diciendo, no te fastidia, después de tanto incordio encima no van a llegar a tiempo.

Por lo que yo sé, aunque vete a saber si no será como la historia del pez gordo que ayer por poco se deja un maletín (más vale que el taxista se dio cuenta), el rascacielos principal, esa torre del agua, tiene muchas plantas rellenas a todo correr de pladur del baratillo para dar sensación de terminada. Y a los taxistas les jode especialmente que vuelvan a abrir la antigua estación, aunque ahora sea nueva estación y sólo para Cercanías, porque van a perder el chollo, tooooda esa clientela que de golpe y porrazo vio que iba de compras y en lugar de aparecer en mitad de la ciudad ahora aparecía en el quinto carajo y, claro, o bus o taxi. En el bus, en ese bus, yo es que voy dándome cogotadas de lado a lado, qué le vamos a hacer, y mira que por eso que Peter llama “conciencia ecológica” siempre me digo: voy a subir al bus, voy a subir al bus, pero cuando salgo de la estación entre señales de cuidado, por aquí, controles de policía, scaneres, más señales de cuidado por los socavones, sentimos las molestias, tropecientas personas esperando a pleno sol un autobús que no viene entre ruídos infernales de maquinaria pesada (pero pesada por el ruido sobre todo) pues al final la carne, que es débil, aunque el bolsillo también, dice, bueno, total, y se sube a un taxi ante la satisfacción del taxista que sabe que ese chollo durará poco y al que si le preguntas si las obras se terminarán a tiempo seguro que te dice que ayer mismo recogió a un técnico de la Expo, un pez gordo, ya me entiende usted, y dijo que nanai. Ah, y casi se deja un maletín en el taxi. Menos mal que el taxista se dio cuenta.

Vacaciones

Corazones en Atlántida

“Cuando eres joven, tienes muchos momentos de felicidad, crees estar viviendo en un lugar mágico, como debió ser la Atlántida. Luego crecemos y nuestros corazones se parten en dos”

“Corazones en Atlántida” (2001)

Cuando eres pequeño, los veranos son un espacio de tiempo infinito y maravilloso, libre de preocupaciones. En el cole deben estar dando ya las vacaciones. El blog no se va de vacaciones. Hay que tratar, por ejemplo, el asunto de los corazones que se parten en dos, que queda muy bien explicado en la novela “La cura Schopenhauer”, del psiquiatra Irvin D. Yalom. Lo explica tan bien que me tocó el corazón (sin romperlo) y me quedé ahí, pensativo, y no seguí, aunque lo haré. No seguí en parte por darle vueltas y en parte porque la inspiración, o algo parecido, me sigue haciendo trabajar. Lo dicho, ¿aquí vacaciones? Aquí desde luego no.