Diario

Empecemos por la mitad, hacia media tarde. La señora Esperanza, vale? Noventa y tantos años y tan lozana, saliendo todas las mañanas al jardín de su casa para elegir unas flores y hacer un ramo para regalárselo a mi madre. Pues todo empieza en un ay, ay y aparece en escena el médico para decir que se le han parado los riñones y que es cuestión de horas. Cuando lo ha dicho las flores seguían en el jardín meciéndose al viento. Es terrible. Pensaba en esto mientras esperaba a que se disolviera un paracetamol efervescente de un gramo en un vaso de agua. Si observas el proceso por el cual una pastilla redonda se desintegra en una efervescencia interminable te entra como una melancolía tonta, una nostalgia de no sabes qué, como si el siseo suave y los puntitos blancos que salpican las paredes del vaso actuaran como un mantra que te deja en un estado de pausa en el que, sin embargo, esta tarde no podía evitar dejar de pensar en lo de la señora Esperanza y sus flores, y no sé por qué me la imaginaba en su jardín por la tarde sabiendo que ella salía de mañana toda la vida. Luego me dicen que tengo un sentido trágico de la existencia. En fin, de verdad que lo siento.

El paracetamol efervescente resulta ser un asco, podían ponerle algún edulcorante o algo. También resulta desconcertante, sí, porque, sinceramente, no sé todavía las razones exactas por las que debo tomarlo durante unos días. Dijo el médico: cuatro gramos diarios durante cuatro días. Y yo: ¿cómo? Y él: cuatro gramos diarios durante cuatro días. Y yo: ya, si eso lo he oído, era una expresión de asombro. Y él: ¿asombro por qué? Y yo: pues hombre…

Este médico, por lo visto, viene de la escuela de su ilustre colega el Dr. Hugo Z. Hackenbush, que “Un día en las carreras”, allá por 1937, ofreció píldoras de caballo para las anginas de la sufrida Margaret Dumond. La pobre sostenía en una mano una bola del tamaño de una pelota de ping pong y se llevaba la otra a la garganta y decía, pero doctor, cómo pretende que trague esto? y Groucho Marx le contestaba que con tres o cuatro litros de agua sería suficiente y que la yegua no se quejaba, oiga. Como soy muy escéptico con la medicina pero al mismo tiempo sigo siendo algo obediente, en lugar de cuatro gramos diarios tomo uno, pero sobre todo por el rato en el que me agacho a la altura del vaso y contemplo en su integridad el proceso de efervescencia, tan hipnótico, aunque luego el brebaje sepa a rayos.

Por la mañana ha tocado clase de discurso. Digo bien: discurso. De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que la principal carencia de quienes vienen preparando una oposición no es tanto la cuestión musical como la capacidad de expresarse oralmente, cosa que tienen que hacer ante un tribunal el día que les toque. Tienen dificultades para dar forma a las ideas, luego para ordenarlas, pero donde realmente dan el cante es a la hora de hablar. La cosa es tan terrible que se agobian de oirse ellos mismos así que toca tranquilizar el ambiente primero y después marcar unas pautas. Hacemos ensayo general. Yo soy el del tribunal y me tienen que contar el rollo. Y el rollo empieza más o menos así: “Bueno pues… entonces a ver… ehhhh… el estilo de Brahms, sí, bueno, se ve claramente en esta composición y… y es un estilo que se ve en los motivos… o sea… no hay motivos pero… bueno… todo se extrae de los motivos y…” Y yo, haciéndome notar sutilmente, tanto que lo pongo entre paréntesis, digo: (ejem, perdón). Y ellos (sea él o ella): ¿si? Y yo: perdona pero, entonces ¿hay motivo o no hay motivo? Y vuelta a empezar.

Por la noche me ha escrito un mail una de las chicas del vídeo del post de abajo. Me dice que el lunes empiezan a ensayar mi nueva obra y me pregunta si tengo algo en contra de las cuartas voces por lo del mi bemol. Luego se ríe un poco con lo cual deduzco que me lo reprocha cariñosamente. Ellas pueden con ese mi bemol, estoy seguro. Me he puesto muy contento con la noticia aunque al localizar ese mi bemol en la partitura (no recordaba dónde estaba) hete aquí que me he dado cuenta de que al lado hay un error en la transcripción del cuaderno al Finale. Nada, una nota que se ha colado donde no debía. Lo corrijo ahora y lo mando de nuevo para allá. Qué invento el correo electrónico.

4 pensamientos en “Diario

  1. toni

    pero las pastillas efervescentes también tienen sus pros, emejota. las que tomo yo son de vitaminas. y también me quedo mirándolas a las siete y cuarto de la mañana, esperando a que desaparezcan en el vaso. son de color naranja y tienen un sabor agradable. además, como tienen un montón de nutrientes y moléculas de esas que el cuerpo necesita cuando vas más cansado a todas partes, me imagino que luego, una vez dentro del cuerpo, explotan de alegría y le van contagiando un pequeño baile de claqué a todas las células que a esa hora todavía dormían. y así puedo seguir un rato hacia adelante. hasta que llegue el verano y las vacaciones. el paracetamol, sin embargo, al saber a rayos, uno se imagina que hace otras cosas. aunque a mí me quita el dolor de cabeza, lo cual está muy bien.

    (qué envidia lo de los correos que van de un lado a otro. sobre todo si son con las chicas del vídeo del post de ayer. qué envidia poder escribir algo para que ellas puedan cantarlo)

  2. C.

    Vivir es trágico, pero apasionante -pone los colores que quieras a ese apasionante-. La señora Esperanza ha estado cortando flores hasta hace un momento de sus noventa y tantos años. No está mal.

    La mayoría de la gente ya no habla, balbucea, que lo sé bien (y a veces me pasa a mí), pero el otro día planté un diez requetemerecido en uno de esos orales de tema libre -el primero; tal vez sea el único- . ¿Sabes tú qué gustazo?

    (Pero tómate por lo menos dos paracetamoles ¿no?; es que uno no hace ni cosquillas…)

  3. emejota Autor

    toni, es que las de vitaminas de color naranja y sabor agradable juegan con ventaja. A este paracetamol efervescente no le pillo el punto porque creo que me da dolor de cabeza, lo cual es el colmo. Sin efervescencia no me da dolor de cabeza, en todo caso me lo quita. Queda por saber si el culpable es la efervescencia en sí o el pedazo de dosis. A saber.

    C: no sé qué decirte. La señora Esperanza ha estado cortando flores hasta hace un momento de sus noventa y tantos años, sí, pero, ¿y el ay ay? ¿es necesario? De todas formas, la señora Esperanza ha muerto esta noche. Las flores siguen ahí, el ay ay no, afortunadamente para ella.

    Una vez me pusieron un diez sin balbucear (porque era escrito, Contrapunto, 11 horas seguidas de examen). Me lo puso el adjunto. Luego vino el catedrático y dijo que un 10 no se podía sacar porque el 10, en todo caso, era para él, que un 10 sólo lo puede sacar un catedrático. Así lo dijo. También dijo: ponle un 9, 5 y se acabó. Y se marchó tan ancho.

    (dos gramos de paracetamol?? ni hablar)

  4. C.

    De verdad que no sé si el ay es necesario, y mira que me lo he preguntado cuando me ha tocado verlo… En fin, dejémoslo, que no nos va a hacer ningún bien ni a ti ni a mí.

    Que bobo, ese catedrático (cuánto bobo suelto por el mundo).

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