Archivo por días: 2 junio, 2008

Toner

Cualquiera que haya asistido al fallecimiento de un cartucho de toner de impresora laser habrá observado con cierto estupor y preocupación cómo empieza a fallar la memoria y los folios que escupe presentan lagunas blancas donde debería haber palabras, o cuatro semicorcheas o una barra divisoria. Recuerda un poco a la lenta agonía de HAL9000 (no lo haga, David, no lo haga) y hasta sobrecoge un poco, sobre todo cuando llega un momento en el que un folio sale con encefalograma plano certificando la muerte cerebral de quien, hasta ese momento, había mostrado un comportamiento óptimo. Si el óbito, además, tiene lugar a las 2:40 de la madrugada la escena adquiere un matiz de recogimiento íntimo, silencioso, un qué le vamos a hacer, un a todos nos llegará la hora, un ay dicho en murmuración, apenas despegado de los labios.

Pero también jode, las cosas como son.

Sobre todo cuando al punto de la mañana tienes que presentar algo, en este caso, el material de clase y unas partituras para llevarle a mi amigo Rafael en una escapada, que su casa me pilla cerca. Así que entre ambas actividades y el análisis de sangre que me han hecho al punto de la mañana, me he entrado en un Hiper un poco raro porque estaba vacío y un Híper vacío con los suelos relucientes a lo largo de sus ya largos pasillos y lleno de pantallas de televisores mostrando la misma imagen muda, inquieta. Que de pronto se materialice una dependienta sonriente a tus espaldas (y te de un susto Híper) también inquieta, como inquieta el precio de los toner de las impresoras laser. Dí que duran. Aunque tampoco tanto. La impresión de música se lleva mucho toner aunque depende de los autores: Schumann, por ejemplo, lo pone todo negro aunque luego suene distinto. Ravel según, aunque las transparencias siempre dejan huella de toner.

Toner no lleva acento porque no es palabra castellana; laser tampoco por lo mismo. No lo había pensado hasta ahora pero es que algo había que pensar durante el trayecto de ese enorme pasillo vacío que atravesaba todas las cajas registradoras hasta llegar a la única que estaba abierta, la última, allá. Después ya me he encontrado en condiciones de ir a lo mío, a lo que estaba previsto, eso que cuando te acuestas repasas mentalmente diciendo, haré esto y lo otro, y que no se me olvide aquello y tal. Y nos pasamos los días así como si la actividad de cada uno, el trabajo, el colegio, ir al dentista, o todas esas cosas juntas, fuera el motivo principal de la existencia. Cuando dudas de que así sea te entra una melancolía espesa o igual no es ni melancolía pero es que el señor que hizo el diccionario no inventó la palabra adecuada porque a él no le pasó jamas algo semejante; él bastante tenía con levantarse cada día y pensar en no dejarse una palabra entre abs- y afl-, por poner un ejemplo. Pero a mí sí me pasa porque no he escrito nunca un diccionario y tampoco lo tengo previsto. Dedúzcase de esto que de pronto me ha entrado una melancolía que por tonta no dejaba de ser espesa, pegajosa, y me he apresurado a salir de allí no fuera a poner esos suelos perdidos, tan brillantes que estaban.