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Renovación 30 junio, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackback

Los señores que alojan a este blog en sus servidores me han enviado un mail. Pensaba antes de abrirlo que me iban a echar la bronca porque este sitio igual empieza a pesar bastante pero no, qué va, me ofrecían la renovación, como a los futbolistas pero en vez de pagarme a mí tengo que pagar yo. Poco, la verdad. Me decían en el mail que si no renovaba me cortarían la luz en Agosto. Aún queda tiempo, pero como se me olvidan las cosas con facilidad he decidido firmar la renovación ya, por si acaso. A los pocos minutos me han enviado otro mail: que tengo luz hasta el 30 de Agosto de 2009, así que, en principio, queda blog todavía para un buen rato.

En el otro correo, el del buzón de toda la vida, he recibido noticias de la SGAE. Me dicen que me corresponden 8 euros con 3 céntimos! Debe haber un error, seguro, pero segurísimo, vamos, se me hace muy grande la cantidad, y no es coña. Por si acaso, yo voy a hacer como si nada; además, no voy a poder “disfrutar” del dinero porque en una nota a pie de página dicen que en el transcurso del año no se realizan pagos inferiores a 90,15 euros, que eso se hace al final, con las uvas. Lo que más me intriga es lo de los 15 céntimos. ¿Por qué 90,15 y no 90? ¿Serán capaces de retener durante medio año el pago a un autor que supuestamente tenga un saldo a favor de 90 euros con 5 céntimos?

Si no me hubieran descontado lo que me han descontado en concepto de “descuento de administración” la renovación del blog habría salido gratis pero, en fin, tampoco vamos a discutir por un 15 %, digo yo.

Campeones 29 junio, 2008

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Qué emocionante, sí señor.

Preliminares 29 junio, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 1 comentario , trackback

La tienda donde compro el pan el domingo es una tienda trampa. Mientras esperas que una de esas barras tan ricas salga de la nueva tanda que se hornea en un horno cuya contemplación despoja al pan inmediatamente de toda su poética, observas la estrategia de la repostera. Ella quiere que esperes y como sabe que una vez ojeado el infernal aparato los ojos enseguida van a querer cambiar de ángulo, rellena el mostrador, y digo bien, porque lo rellena hasta en las finas cornisas que bordean las vitrinas acristaladas donde están expuestas unas tartas que todas ellas son poesía, de bolsitas conteniendo una infinita gama de placeres que ponen a prueba tu voluntad. Afortunadamente, hay una vía de escape y es mirar el espejo oblicuo que hay arriba, detalle del decorador para agrandar el espacio mediante ilusión óptica, para sacarle miga, qué se yo. Y ahí ves quién entra a tus espaldas, como en las películas del Oeste cuando James Stewart toma tranquilamente su whisky con una mano extendida a lo largo de la barra del Saloon y en el momento de llevarse el vaso a la boca mira por el rabillo del ojo porque ha percibido una turbulencia momentánea en la luz, señal inequívoca de que se acerca, de manera traidora, el malo del western.

Estaba yo ante el mostrador, pero no del Saloon y, por tanto, sin whisky, ni falta que hace, debe dar eso unos calores que para qué, cuando por el espejo he visto entrar abanderado por el cuello, como si fuera la capa de Supermán pero en versión bandera española, acompañado de tres o cuatro banderas andantes más, al mensajero que desde hace unos años ha contribuído a llenar más de un estante y dos de mi filmoteca sin saberlo. A pesar de la confianza que dan los años de entregas, me resulta curioso ver la diferencia entre la cordialidad profesional y la desinhibición fuera de horas de oficina. Y es lógico, por supuesto. Pero me hace gracia. Porque en cuadrilla, en tribu, a ciertas edades, máxime si vas abanderado desde el cuello, la adrenalina o la testosterona, que a fin de cuentas, de eso se trata, de una cuestión de poner huevos, de ver quien los tiene más cuadrados, empieza a bullir, a golpear en las paredes de las arterias y las venas, como los toros que esperan el comienzo del encierro sanferminero y golpean contra las puertas que los separan de la inminente carrera, ahora la cuesta de Santo Domingo, ahora la calle de la Estafeta, y eso se nota en la manera de dirigirte a los otros colegas abanderados, y en la inquietud mostrada por un delator movimiento, ahora te apoyas en una pierna, ahora en la otra, como si te estuvieras meando, y sobre todo en los colores, y no precisamente en los de la bandera, sino en los de las mejillas. Esta noche de final de Eurocopa, la calle será un griterío tribal si hay victoria, una reunión de machos, en vez de portar la tibia del otro portarán la bandera o lo que sea.

El mensajero ha tecleado inquieto en su móvil mientras continuaba oscilando entre la pierna derecha y la izquierda y ha dicho pero vienes o qué cojones te pasa, y yo he pensado dos cosas, una, se lo dice a la novia, dos, definitivamente, de cojones va la cosa. Falta por saber si la novia sacará los suyos también. Un señor mayor a mi izquierda se ha vuelto y ha puesto cara como de decir, qué carácter; ese señor se ha vuelto porque no ha reparado en el espejo panorámico dispuesto discretamente frente a él, algo más arriba, y no será porque no ha visto westerns, que en más de uno y más de dos sale el truco del espejo. Yo creo que la frase del mensajero ha sido más impactante por el timbre testosterónico de su voz que por el mensaje en sí, porque ha sido decirlo y ya no ha dicho más, sólo un ah, bueno, como si acabaran de leerle la cartilla de arriba abajo.

Un euro con cinco vale la barra de pan, que es una barra rara, bastón lo llaman; lo raro no es la barra, es que le llamen bastón a una cosa que no tiene forma de bastón sino que parece una barra de pan pero más rústica. Llevas los cinco céntimos, un momento, sí, los llevo, gracias, de nada, adios, adios, siguiente? Mi proveedor habitual de películas ha reparado en el tipo al que con cierta periodicidad entrega unos paquetes pequeños, de forma rectangular y se ha sobresaltado un poco y ha puesto gesto de lunes y ha dicho un buenos días de miércoles, por poner ejemplos de días en los que suele pasar por aquí. Como yo no tengo nómina fija y no distingo entre laborables y festivos le he dicho sin sobresaltos si preparándonos para la Final, cosa obvia por otra parte pero era una forma de que se recuperara de su sobresalto, que luego me entra complejo de culpa, y él ha respondido sí, sí y le ha sonado el móvil con un politono galáctico. Igual no habían terminado de leerle la cartilla. Me he despedido con el gesto pero él se ha quedado con los ojos fijos en la pantalla, con esa cara que pones cuando no sabes si debes atender la llamada o no.

Felicitación 28 junio, 2008

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Ayer pusimos una vela más en una tarta, pero se me olvidó dejar constancia en el blog.

Tontear 27 junio, 2008

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Dice un amigo mío que cuando escribo sobre mis tribulaciones médicas lee el post de pasada para no llevarse mal rato. Qué morro, le digo, yo me llevo el mal rato aunque no haya post. El mundo no es justo. Lo último ha sido tontear, hacerme el sueco con la dosis del medicamento marciano, estirar el espacio entre una y otra, como si fuera una goma elástica, más que nada por los dichosos efectos adversos, que para adversidades ya tenemos bastantes. Tocaba el martes, pero hice como si fuera otro día, lo mismo el miércoles y lo mismo el jueves, aunque ayer por la mañana ya, cómo decirlo, pues no sé cómo decirlo, es difícil decir y más decir por escrito qué es estar bien sin estarlo o mal sin estarlo, o sea, estar y no estar (esa era la cuestión ayer, a ratos). Y hoy. Hoy es viernes y habrá que hacer como que es martes, que es cuando tocaba la dosis, porque esta mañana ya había olvidado los pasos necesarios para activar el mecanismo que conduce a la voluntad a la cocina, no digamos ya a la calle. La parálisis de la voluntad me impresiona de tal manera que el dolor físico que también reaparece, aunque localizado en puntos concretos, pasa a un segundo plano. Y el ánimo, que se cuela entre ambos estratos, amanecía hoy un poco pesaroso, tendente a melancolías, unas discurren por fuera, otras se quedan por dentro, en las corrientes subterráneas. Va a ser verdad que la farmacopea marca los tiempos de los cuerpos que creen ir por libre.

Semifinal 26 junio, 2008

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Pues aquí, con el portátil en las rodillas, frente al televisor, a quince minutos de la semifinal. No me considero futbolero, tuve mi etapa, cierto, para ser más exactos dos etapas, una muy lejana, en la que veía con mi padre en la tele los goles en blanco y negro de Johann Cruyff y otra, posterior, en la que veía en la tele los (pocos) goles en color de Gary Lineker, alma carismática donde las haya que vino en un momento dulce al lugar equivocado. En resumidas cuentas: el Barcelona. El de Núñez quicir. Ahora que lo pienso (y me entrego a estos pensamientos para engañar los nervios del partido que empezará enseguida y porque no soporto a los de Cuatro, lo confieso, y confieso también que no sé la razón de no soportar a Cuatro cuando al principio me gustaba) pues, como iba diciendo, ahora que lo pienso, no sé dónde se quedó Maradona. ¿No es raro que no recuerde na-da del paso de Maradona por el Barça?

(anda que ya están en el túnel de vestuarios los jugadores, qué pinta de rusos los rusos, no?)

Lo de Maradona es como un pliegue raro en mi memoria, un vacío; paso de Cruyff a Lineker y no recuerdo nada del

(mira, ya están los de Cuatro con las porras y las leches)

astro argentino, que así se dice en el argot futbolístico, el astro argentino.

(suena el himno español, qué careto el de Torres, el de Villa, será la concentración del guerrero, será el canguelo, qué será)

Pues eso, que no me considero futbolero pero en casos así pues mira, aunque me pongo muy nervioso y miro todo el rato al reloj que está arriba a la izquierda de la pantalla y me muerdo las uñas

(suena el himno ruso, qué ruso es el himno ruso, no?)

y me entra una ansiedad que para qué. La calle se está quedando vacía y relampaguea aunque no llueve, allí sí está lloviendo y temen otro diluvio que deje sin señal, como pasó ayer cuando cayó el Centro de Comunicaciones de la cosa en Viena

(anda, la vicepresidenta, tiene cara de resignación, cosas del cargo tener que estar aquí, o sea, allí)

En fin, ya veremos a ver cómo queda la cosa. La del videoclub estaba que trinaba, ojalá que pierdan, decía con resentimiento comprensible. En cuanto al día de hoy, hay cosas para anotar y muy variadas, tanto que no sé si las pondría en “Asuntos propios”, como sería lo propio, o en “Varios”. Pero ahora no, que empieza el partido ya; de hecho acaba de hacerlo así que

Precisión 26 junio, 2008

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Leído en la prensa de hoy:

Viaje 25 junio, 2008

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En la foto aparece Diego el verano que se fue a Guatemala. Algún día teníamos que ponerle nombre y rostro porque conocerle, le conocíamos. Viene y va de este blog, igual que hace fuera de él, que está aquí y de pronto está allá, así todo el rato.

Va una pista: un día escribí que estando sentado en un banco en una plaza rodeado de edificios ultramodernos muy altos de acero y cristal me acordé del inolvidable Tooru Okada, que en unas páginas de la no menos inolvidable “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” hace lo mismo. Me sentí Tooru Okada pero sin caramelo de limón en la boca y sin la señora enigmática que se para delante de él acrecentando el enigma, que para eso es señora enigmática. Lo que sí ocurrió fue que sonó el teléfono. Era un ex-alumno mío del año de la polka que se fue a la universidad después de hacer incursiones en la música sin saber que lo suyo era en realidad la literatura. Tuve esa convicción cuando él todavía iba al instituto y cayó en mis manos un relato suyo. Pues el del teléfono era Diego que me decía si me acordaba de él y tal. Pues claro, no me voy a acordar. Además de acordarme acordé con él que le daría clase a cambio de un relato. Luego me pasé por una librería y busqué un ejemplar de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” y, según mi consulta, resultó que a Tooru Okada se le ocurre sentarse en una plaza a mirar a la gente una mañana de la página 355.

Pues esta tarde estaba leyendo en casa la página 182 de otro libro cuando ha vuelto a sonar el móvil y de nuevo era Diego. Me voy a China, ha dicho. Es normal que el título del libro que estaba leyendo pierda toda su importancia tras haber escuchado eso. Lo escuchas claramente pero repites: ¿A China? Sí, a China. Y yo: ¿Cuándo? Y él: mañana.

(y me he quedado así)

Tanto el paréntesis como el punto y aparte son pertinentes para indicar que me he quedado un poco sobrecogido, porque lo de Diego me parece absolutamente admirable, le da bocados a la vida, le pone ponerse a la aventura y supera las dificultades del camino con la recompensa de la búsqueda. Porque Diego busca, eso está claro, es cuestión suya saber qué y dónde encontrarlo, si allí en la China o acá por dentro. Muchas veces “dentro” está más lejos que la China. Lo de Diego me sobrecoge porque me parece admirable, pero esta tarde al escucharle por el móvil no he podido evitar preguntarle si me aseguraba que iba a volver, puede parecer absurda la pregunta pero es que Diego capaz es de quedarse o de dar otro salto, y eso ha sido quizá un poco egoísta por mi parte porque se lo he preguntado un poco temeroso, un poco entristecido, con la convicción de que no se puede ir del todo porque todavía queda mucho por hablar y por estar. Hay personas a las que extrañarías de una manera especial sin que sepas muy bien por qué, y tampoco hace falta saberlo, lo que hace falta es una vuelta dentro de dos meses, de dónde, pues de allí donde se vive ocho horas por delante a catorce horas de avión.

Si alguien que tiene que hacer 100 kilómetros por la noche para presentarse al punto de la mañana al último examen de la universidad para luego ir a Madrid y de allí volar a Londres y de allí a Pekin, y aún así insiste en pasar por tu casa a las 11 de la noche para charlar un rato y despedirse, ese es un amigo. Es más, es inevitable perdonarle que no haya cumplido con el trato de la entrega del relato. Diego es una de esas personas de las que dices: me importa. Y además lo sabe. Por eso cuando se marchaba le he vuelto a preguntar con ironía si prometía que iba a volver y le he dado un abrazo de esos en los que te sientes, por este orden, amigo, hermano mayor y un poco de padre. El primero le dice que la experiencia va a ser alucinante y enriquecedora, el segundo dice sin decir, como hacen los hermanos cuando se dan un abrazo y uno le desea al otro lo mejor, y el tercero le pide que escriba un mail cuando llegue aunque sea para poner eso: que llegó.

Iba Diego hacia el ascensor y se ha vuelto sonriente para decir con el índice en alto: volveré. Es un alivio saberlo.

Cierzo 24 junio, 2008

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Bendito este viento del norte que llega en nuextro auxilio para que podamos abrir las ventanas, respirar y de paso volver nítidos los contornos de esta ciudad a la que el calor empezaba a cubrir con un velo limeño. Que no tenga prisa.

Charlar 24 junio, 2008

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De unos años a esta parte, los veranos son el tiempo de las charlas largas con Sergio, porque durante el resto del año el tiempo es limitado y lo bueno que tiene el verano es eso, que da la oportunidad de adentrarte en un tiempo suspendido, como ocurre en las películas de Rohmer. Desde que volvió de la universidad el jueves hasta su marcha de vacaciones mañana ha pasado por casa dos veces y hemos tenido dos charlas, una el viernes por la noche, con preludio de cena, otra hoy por la tarde, a la sombra de la frigoría. En total, diez horas de palabras.

Diez horas de palabras pueden ser un tormento o un placer indecible, sobre todo cuando surge la chispa alrededor de un tema y las ideas fluyen y se bifurcan en otras y así sucesivamente para regresar ocasionalmente al punto de partida y enriquecer el asunto principal con lo que nos traemos de la excursión. Las charlas de verano con Sergio transcurren sin prisa y, además, giran siempre en torno a temas muy interesantes. Sin pretenderlo, tiramos de la cuerda y ya estamos metidos en harinas filosóficas que tratan de cuestiones que nos atañen, siendo el “nos” nosotros y todos. Muchas veces tengo la sensación de que Sergio obtiene más respuestas a sus preguntas cuando hago preguntas a su pregunta. Y luego le pincho, sí.

Es cierto que le “pincho”, y las comillas aquí tienen que desempeñar el papel de acompañar a la palabra poniendo el gesto irónico y cariñoso que lo escrito a veces no nos deja expresar convenientemente y que funciona sin problemas cuando hablamos. Yo le pincho a Sergio para que busque los canales donde desarrollar su potencial, que no es pequeño precisamente; le pincho para alentarle, para despertarle, para que explore, para que esté atento ante las cosas que no se ven a la primera, para que ate cabos, para que los desate, para que arriesgue, para que deje un espacio donde quepa la palabra equivocarse, para que comprenda que no pasa nada y pasan muchas cosas, para que llene su vida de vida. Y soy consciente de que cuando lo hago estoy proyectando en él algo de mí, de lo que no pude, de lo que me arrepiento, de lo que me hubiera gustado. Pero sobre todas las cosas sé que no debo contribuir con ello a precipitar a un lado u otro de la balanza lo suyo, tengo muy claro que su vida debe tener contenido propio: sé mantenerme en la barrera aun cuando muchas veces lo fácil es saltar al ruedo. El día ya lejano en que comprendí que así tenía que ser me quedé muy tranquilo y sereno, satisfecho, como si hubiera aprendido una lección muy importante.

Verbena 23 junio, 2008

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En algún lugar de la conciencia, 25 años después, la Noche de San Juan sigue siendo la verbena que los del Planeta Imaginario celebran con risas de duendes a la orilla del mediterráneo en un atardecer azul y mágico de 1983.

Yo soñé allí.

 

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Bonus track 21 junio, 2008

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A Javier Bruna

Hoy es el Día de la Música. Antes, hoy solamente comenzaba el Verano. Ahora son las dos cosas a la vez. Aprovechando la circunstancia (es una excusa cualquiera) he hecho click en el directorio de los recuerdos (es un decir). Es un decir porque aunque lo que va a sonar abajo es un recuerdo no hay directorio de recuerdos. Hay un ordenador viejo ahí aparcado (ahí es abajo a la derecha) y los años han hecho que todo él se haya convertido en un almacén de recuerdos, sorpresas (anda, no me acordaba de tal cosa) y archivos que ya no tienen sentido. El otro día, al reencontrarme con las pistas de audio de Schumann, una de las cuales puse en un post reciente, apareció algo totalmente inesperado, no porque no lo recordara sino porque lo creía perdido. Cómo explicar de qué se trata. Pues empezando por el principio y yendo al grano.

A finales de los 90 mi amigo Javi había formado un grupo de música interétnica que fusionaba muchas cosas y las fusionaba bien porque al final era él quien cocinaba los ingredientes y le daba un toque inconfundible, evitando que los sabores se confundieran demasiado en el paladar. El grupo grabó un disco y funcionó muy bien. Para el segundo había ideas muy buenas, había un tema que el instinto de Javi ubicó inmediatamente como tema de apertura. Recuerdo que era un tema vivo, que difícilmente se dejaba atrapar por la barra del compás convencional. Lo que no recuerdo es si era un tema norteafricano o vasco, ya ves tú, como si fuera lo mismo. Una noche, en una cervecería de esas que pretenden pasar por irlandesas poniendo una decoración dickensiana y poca luz, le dije que por qué no terminaba el disco como por aquel entonces hacían los hermanos (Me)Cano, que reservaban un bonus track muy breve, un poemita musical de un minuto o así, al final de los discos.

Y mientras se lo proponía se me ocurrió otra cosa: por qué no terminar, de paso, haciendo sonar de nuevo el principio pero de otra manera, más íntima, con menos, menos qué, pues menos de todo, menos sonido, menos notas, menos luz, un track para hacer sonar cuando la gente ya se ha ido, ya ha escuchado el repertorio y la sala está vacía y las sillas movidas y los vasos amontonados sobre las mesas, y sólo quedan media docena de trasnochadores escuchando a un tío al piano haciendo sonar, como en un after hours intimista, lo que antes había sonado con todas las luces encendidas y los instrumentos al completo. De esa manera, el disco salía literalmente redondo: terminaba donde había empezado pero con aire de madrugada. Para entonces Javi tenía la ceja derecha levantada y en un gesto característico dijo: sí señor, como quien adjudica algo en una subasta, y brindamos entrechocando los vasos de coca-cola. Y aunque yo me hice el sueco, en parte porque me veía incapaz de reconvertir ese tema en algo aproximado a lo que yo mismo acababa de describir (proyectar es mucho más fácil que concretar y realizar) al día siguiente me senté delante del piano digital y no sé si salió una cosa rara o si salió lo que tenía que salir porque tenía las mismas notas del tema original, cierto, pero donde antes había luz ahora había penumbra, donde antes había energía ahora había sosiego. Era más de lo mismo pero menos, no sé si me explico.

En una primera versión algo macarrónica se lo hice llegar en un correo electrónico de los tiempos en los que las siglas ADSL no se conocían y hacía que un envío de estos fuera en diligencia y no en AVE. La grabación tenía una mancha justo al final, qué casualidad; no era un error, era una indecisión del dedo meñique de la mano derecha a la hora de dirigirse a la última nota, esa que te dice: hemos llegado a casa. Pero eran los tiempos en los que todavía no controlaba bien los dedos con las prótesis y al desplegar el arpegiado del último acorde, en lugar de sonar de tirón mi-fa-la-re  sonó mi-fa-laaaaaaa-re. El pobre “la” tuvo que hacer tiempo hasta que el dedo reaccionó cerciorándose de que la tecla que iba a pulsar era la correcta: re, coño, re.

A Javi le gustó mucho, me lo dijo a los pocos minutos por teléfono porque siempre prefirió la cercanía de la voz a la lejanía de la escritura electrónica de los mail, sobre todo para estas cosas. Al final el disco no se grabó, una pena porque había temas muy buenos, y eso por supuesto no incluye este, cómo llamarlo, juego musical, broma amable. Y el otro día me lo encontré. Sigue sonando igual: un poco improvisado, con el despliegue de las voces interiores que le da un aliento lírico, melancólico, que el tema original no tenía porque era muy festivo, y con la indecisión ante la nota final. Sigue sin tener título pero ahora, tantos años después, se ha convertido en algo parecido a una vieja fotografía atrapada entre las hojas de un libro que atestigua tiempos felices.

Va por tí.

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Calor 20 junio, 2008

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Ha llegado el calor. De golpe. Golpe de calor. Y esta mañana el paisaje urbano tiene nuevos elementos: la chavalería con la euforia de la liberación vacacional en la cara, el calor y la luz. Hay mucha luz. Tanta que la observación se agudiza y caminaba esta mañana por la calle y me he dado cuenta de que la gente tiene, en general, una cara fatal. La gente está peor de lo que parece, estoy convencido, la gente guarda una inmensa cantidad de secretos, miserias, temores, disimulos, infinidad de cosas que se reflejan en sus rostros. Y cuando llega la primera luz del verano, blanca y azul, y les sorprende por la calle, se les nota. Seguramente a ello contribuye que el calor les aplasta y entonces les hace parecer todavía peor, como descolocados, deambulan como si ese plató no fuera el suyo. A nada que mires un poco te das cuenta, no hace falta ser un lince. Yo, que tanto respeto me inspira el verano, aunque también es cierto que cierta curiosidad para un rato, iba tan tranquilo, y no es porque no se me note nada, es que yo soy el mismo en invierno que en verano, y si toca mal pues toca igual allí que aquí y si toca bien pues lo mismo.

Pero el calor y la luz, sobre todo la luz del verano, son implacables. Si algo se iba torciendo es probable que termine por romperse: una relación que no funciona, la enfermedad de un familiar que se lleva como se puede, la toma de conciencia y el cuestionamiento de lo que verdaderamente uno es, lo que hace, lo que debería hacer. Siempre sale en las noticias de la tele el psicólogo listo que dice que en verano aumentan las separaciones porque las horas de convivencia aumentan. Lo dice todos los años en las noticias y después pasan a los deportes. Los psicólogos van de listos porque dicen cosas que creen que los demás no sabemos y además las dosifican; en las noticias sólo dicen la punta del iceberg para que no cunda el desánimo en la población y la gente siga haciendo lo que hace, las vacaciones, por ejemplo, ser capaces de meterse en interminables retenciones en un horno de coche para llegar a una playa hormiguero y alojarse en una colmena a precio de escándalo y, a pesar de ello, decirse a sí mismos con honda satisfacción que esto es vida.

La gente se engaña. Los psicólogos no sólo lo saben sino que refuerzan el engaño. No lo hacen a mala uva, por supuesto; en el fondo se sienten como una ONG interconectada con dos objetivos comunes: aliviar a los otros y, de paso, aliviar las propias insatisfacciones sintiéndose útiles, que a ver si nos vamos a pensar que los psicólogos están por encima del bien y del mal. Pero refuerzan el engaño, sí, en esto y en todas las demás cuestiones de la vida.

Lógicamente, hay excepciones, gente liberada, afortunada, pero queda la duda de si el programa de su disco duro ha producido un error vertiendo en la corriente neuronal una interferencia en forma de espejismo, un chute hormonal que les hace decir, pues a mí no me pasan esas cosas, pues yo no lo veo así, pues no estoy de acuerdo. Claro, qué si no.

Agenda 19 junio, 2008

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Salgo para Pamplona. Me lleva Esther. Yo voy al médico y ella a acompañar a Vivaldi, pero al médico no, al piano. Vuelvo a la tarde.

Redes 18 junio, 2008

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Todo comenzó con una invitación por mail para entrar en Hi5, una más de las numerosas redes sociales que surgen como setas en internet aunque con distinto nombre. Me pilló en un día fácil e hice como en el anuncio aquel y se lo dije a mi vecina. Mi vecina, con buen juicio, duró poco en Hi5 a pesar de los intentos por convencerla con una doble estrategia: el socorrido no me abandones, tía, y la (hasta entonces) infalible llamada al morbo con la cosa de a ver quién nos sale por allí.

Pues nada, no hubo manera.

Entonces pasó una cosa muy curiosa: examiné la pantalla y lo que vi fue nada. Pero entonces empezó a llamar gente diciendo que quería que yo fuera su amigo y le di al botón de vale, de acuerdo, por qué no, más que nada para que no me llamaran misántropo, o borde. Ahora en la pantalla de Hi5 sigue sin haber nada y aunque nadie ha entrado a ella, oficialmente tengo más de cien amigos y amigas, desde Maylin hasta Onintze, desde Mikel hasta Ana pasando por Ignacios, Albertos, Naokos, Richards, Raisas, Tanias, Robertos, Paulas, en fin, un sin fin, y por si fuera poco y me sintiera solo me sugieren 87 amigos más, no 85 ni 90, justamente 87, entre los que se encuentran Borjas, Yasmines, Gondras, Antonios, Lulús, Álvaros, Jandros, Hildas, Leires, Mimosas, Rocíos y un largo etcétera.

Lo llamativo de un sitio como este es el (sin)sentido que adquiere aquí la palabra “amigo”: por lo visto, consiste en acumular nombres, sin más, sin interesar la persona que hay detrás, como el que colecciona cromos de la Liga de Fútbol, sabiendo que con cada nombre te llevas gratis la pandilla correspondiente; la parentela, vamos. La (in)utilidad principal del sitio es esa.

Por lo demás, resulta paradójico que entre este verdadero catálogo en continua expansión de rostros desconocidos, los tres únicos mensajes enviados a las tres personas que conozco de algo han caído en saco roto dado que al parecer no hay nadie al otro lado del aparato para responder mientras que ahora mismo hay seis personas a las que no conozco de nada y a las que importo aún menos que han solicitado que nos agreguemos mutuamente a la colección de amiguetes virtuales.

Todo esto cobra sentido aclarando que Hi5 es, básicamente, una red adolescente y se comporta como tal: importa lo grupal, agruparse, figurar, aparentar y poco más, dado que nadie dice nada: la comunicación parece un concepto desconocido. Todas los perfiles visitados al azar contienen en común vacío, nada. Otras redes, como Facebook, son básicamente adultas, allí sí que te encuentras a gente que te resulta próxima y donde se establece una comunicación verdadera. Otra cosa es el tema de la utilidad real del lugar puesto que muchas de las aplicaciones parecen más un juego del que te aburres a los dos minutos.