Archivo por meses: mayo 2008

Imprevistos

Recibí una invitación de la Universidad para dar una charla a los chavales y la invitación especificaba que el tema era libre y eso es un sueño para alguien como yo, persona polifónica, que te llamen para hablar de lo que quieras durante hora y media es como un sueño. Me tomé al pie de la letra el “de lo que quieras” y no pensaba hablar de música, sino de cine. No por nada sino por mucho: mucho apasionamiento. Pero este mediodía, justo cuando me sentaba a comer, han llamado del hospital para citarme a una prueba laaarga, lo escribo con tres aes porque son tres pruebas, una suite de pruebas en tres movimientos, justamente ese día, oye, también es casualidad; y el día es innegociable porque el médico que las solicitó lo hizo poniendo una equis en la casilla de Preferente. Un disgusto. Porque no quedan fechas en la universidad para cambiar la charla de día. Pero queda pendiente, ya está hablado; me encantaría hablarles a los chavales del lenguaje de las imágenes, que no de historia del cine, eso es distinto. A veces se me olvida que no soy yo el que marca el compás de mi vida.

Tocando a Mompou tampoco llevo el compás. En realidad no pienso en el compás. Esto viene porque la clase de esta mañana con Esther ha girado en torno a Mompou y no ha sido hasta hace unos minutos (y ahora es por la tarde) cuando me he acordado que tal día como hoy hace una jartá de años de la última vez que toqué como solista en público en un programa en el que aparecía el nombre de Mompou varias veces. Será la casualidad o el subconsciente, no lo sé, pero el caso es que el otro día, a mitad del ciclo Chopin en el que estamos inmersos, asomó una referencia a Mompou y quedamos en abrir un pequeño paréntesis el próximo día, meternos en él, y prestarle atención al compositor catalán. Y el próximo día, después de unos aplazamientos por cuestiones laborales de Esther, ha sido hoy.

Renove

No es que me considere supersticioso pero mi padre murió un martes y 13. No digo más. Con ese pensamiento me he subido esta mañana al tren. No estaba prevista la excursión aunque tenía pendiente pasarme por la FNAC por lo de la Operación Renove antes de que se pasara el plazo. No es la primera vez que ponen en marcha esa iniciativa para reciclar filmotecas caseras y me parece muy interesante. ¿Qué hacen esas viejas cintas VHS en las estanterías? A estas alturas, poco o nada. Pues las llevas y te dan un vale descuento de 5 euros en la compra de un dvd. Y lo mismo para esos otros formatos en extinción, que no me tocan pero a otros sí, visto lo visto esta mañana: hablo del UMD para la PSP y del efímero HD-DVD.

Yo ya me había desprendido de la mayor parte de mi colección en cinta magnética en anteriores campañas pero esta vez también admitían dvd´s y ocurre que en los primeros tiempos de los dvd´s nos metían cada edición que igual por aquel entonces colaba (que ni eso) pero ahora clama al cielo. Ese “Encadenados” de Filmax, por ejemplo, por Dios. Luego vino Manga y puso en los quioscos sin avisar y a precio de coleccionable un master muy bueno. ¿Qué hacer con dos encadenados en casa, siendo el primero nefasto? Pues canjearlo por un descuento de 5 euros en esa rareza que es “Mr. Arkadin”, de Orson Welles, por ejemplo, última entrega de la Filmoteca FNAC en doble dvd. Mejor eso que se quede por un rincón.

A la vuelta, en el tren, han empezado a pasar por el pasillo, agarraditos de la mano, en fila india, un montón de pocoyós de 5 años, todos vestidos igual, con camiseta blanca y pantalón azul marino. A la cabecera de la cadena un profesor con cara de buenazo, y en la cola una profesora con cara de no dar tortazos. Los tiempos cambian. Iban camino de la cabina del maquinista. Estaban un rato allí y volvían con los ojos como platos y al poco rato se repetía a operación con otros pocoyós. Desde mi asiento, si inclinaba la cabeza un poco, conseguía ver algunas cabecitas mirando al frente, ante ese espectáculo maravilloso que es contemplar las dos vías paralelas y brillantes que se proyectan hasta el infinito y sobre las que se desliza el tren, esa perspectiva única que sólo se puede disfrutar desde la cabina. Y pensaba mientras tanto que esa visión quedaría grabada para muchos de ellos; a mí me pasó eso en mi incursión infantil en una locomotora Alsthom.

Cuando hemos llegado a la estación entaban los andenes y la sala de espera y las afueras de la estación con tal aglomeración de gente que por un momento he pensado que me habían hecho hijo predilecto o algo así y me habían preparado una recepción con José Isbert a la cabeza. Pero no. Eran los padres de 140 niños, que se dice pronto, 140, porque eso ha dicho el revisor, que había que bajar a 140 niños de 5 años. A mí me ha parecido un número muy alto, todo sea dicho, pero si lo dice el revisor será por algo. Además ha citado el nombre del otrora infausto colegio y eso ha sido definitivo para dar credibilidad a sus palabras. Ha resultado que entre los niños venía mi crítica musical favorita porque sus padres estaban entre los otros padres.

Ecos

Es curioso pero tanto tiempo hablando de efectos secundarios que los principales han debido sentir celos o algo así y les ha dado un berrinche, una pataleta que se ha traducido en forma de rebrote de mi artropatía. En realidad lo que siento es algo así como los efectos a distancia de una onda expansiva o de una sacudida sísmica, dado que la misión de la famosa (para bien y para mal, para lo principal y para lo secundario) medicación americana es encargarse de ello. Así que supongo que sin ella ahora estaría padeciendo un rebrote mayúsculo y no este eco que se traduce en un indecible cansancio a lo largo de todo el fin de semana y el retorno de un dolor físico, atenuado pero generalizado, que me recuerda otros tiempos en los que se presentaba multiplicado. No es que me impida desenvolverme, en absoluto, pero ahí está: algo inquieto, como el dragón de los cuentos que entreabre un poco los ojos en medio de una siesta de siglos. La siguiente dosis del fármaco toca este viernes pero parece que hay que adelantarla.

Todo ello no es impedimento para hacer cosas, al menos hoy, que este fin de semana ha sido cosa imposible, hasta escribir aquí. Esta mañana me he pasado por casa de Rafael para enseñarle la nueva partitura y le ha gustado mucho. Es una tradición: desde que escribí la primera corchea todo pasa por los ojos y los oídos de Rafael; no es hasta entonces que siento que la obra está terminada. Los argumentos que esgrime, su punto de vista… Es un placer y un lujo poder contar con ello. Y por supuesto, una tranquilidad. Eso ha sido esta mañana. A media tarde he quedado con Julio. A mediodía me he reunido con el paracetamol.

Se me notan los efectos del movimiento sísmico en la cara; me miro al espejo y veo cansancio en ella. El caso es que me cuesta dormir pero luego no me puedo levantar (como la Torroja en los ochenta), que el fin de semana me sentó fatal y sin salir de casa. Y durante el sueño tengo unos sueños raros, no por pesadillescos ni por lo contrario, sino por nítidos, de una nitidez asombrosa, donde personas que en la vida cotidiana no forman parte de mi entorno habitual se erigen momentáneamente en protagonistas absolutos. Lo que me inquieta es si lo que dicen vale lo mismo cuando el sueño se acaba.

Parto

Estoy muy contento. Tengo ante mí a la criatura recién parida.

Especifiquemos: me estoy refiriendo a mi primera composición original (es decir, que no es una armonización ni una elaboración sobre material pre-existente sino que ha partido de cero) desde… 1999!

Especifiquemos más: es la primera composición cien por cien propia que ha pasado satisfactoriamente los (férreos) controles de autoexigencia.

Aquí la tengo, delante de mí. Porque por las noches me ha dado por ver de nuevo “Mujeres desesperadas” desde el primer capítulo, a capítulo diario (qué grande la primera temporada de “Mujeres desesperadas”) que si no ahora mismo me ponía a pasarla a limpio; hay que hacerlo cuanto antes porque tal y como está el borrador es probable que para dentro de dos días no me acuerde de lo que dice ni lo que pone. A los médicos les sigue intrigando (y les intriga porque lo han corroborado) la acción de los anti-TNF sobre algún neurotransmisor que se traduce en un bloqueo de la creatividad. De ahí mi amnesia creativa desde finales de 1999. Se comprenderá, por tanto, que el parto ha sido especialmente doloroso pero también la satisfacción ahora es doble porque uno no puede evitar sentirse vencedor de un pulso. Alguna vez tenía que ganarle a los anti-TNF, digo yo, aunque sea una vez.

He estado a nada, a eso de las siete y media, de llamar qué se yo a quién o a quiénes, bueno, sí lo sé, por la cosa del entusiasmo, pero me he contenido, no sé, me debo estar volviendo sensato o igual es que no terminaba de creérmelo. Ya anoté por ahí abajo que algo estaba diciendo que voy, que voy y al final ha venido. Y lo que ha venido es una obra para coro mixto con divisi ocasional para voces blancas sobre la última estrofa del texto latino del “Stabat Mater”. ¿Cómo describir esta música? Pues estoy en ello, porque tonalmente no está establecida en ninguna región concreta y rítmicamente es libre, ha costado meterla en el traje del compás y aún así he dejado muchos botones sin abrochar porque tiene un vuelo propio. Habrá que advertirlo en la partitura por si alguien se atreve a montarla, que hay directores que tienen ojo y estas cosas las ven pero otros no.

¿Y por qué en latín si yo no hablo latín? Este es un asunto curioso. Yo no sé componer en castellano, si me hicieran poner música a, pongamos por caso, esta frase: “Qué te parece si quedamos a las nueve y media” me caería de espaldas. Imposible. Pero en latín puedo hacerlo. La explicación es sencilla, aunque paradójica: el castellano me resulta demasiado nítido, estoy pendiente de cada palabra; sin embargo, el hecho de ver difuso el latín (difuso porque tengo una idea aproximada de lo que dice pero no domino la lengua) hace que el asunto funcione porque me quedo con la idea general de la frase, aunque subraye algún término puntual, y eso es suficiente para que la música actúe en consecuencia sin interferencias. Es como mirar un cuadro de cerca o contemplarlo desde cierta distancia: a cierta distancia se ve más definido. Supongo que también es una cuestión de flexibilidad: el latín es increíblemente flexible. Y evocador. Por eso ha salido una reformulación contemporánea de ciertos aires gregorianescos. Creo que eso puede explicar que haya fragmentos en esta obra que se resistan a ser medidos y que casi se escapen flotando como si no pesaran nada, como si en algún compás no existiera la gravedad. Eso me gusta. Porque el texto viene a decir:

Cuando mi cuerpo muera,
haz que a mi alma se le conceda
la gloria del Paraíso”

Y la música actúa en consecuencia, perdiendo lastre poco a poco, elevándose hacia unas simbólicas alturas hasta llegar al verso “Paradisi gloria” y ubicarse en una región armónica sin contornos, ni aristas, ni sombras. Como un susurro, un soplo leve en el que se disuelve un último acorde, que apenas parece que sea eso: último.

Barroco

Lo habíamos dejado en que la experiencia face to face de sobremesa en la radio se iba a repetir. Para ser más precisos: continuar. Lo que me pasa por decir sí, sí, es que me ahora me encuentro teniendo que hablar por la radio sobre el Barroco musical a la hora de la siesta, en plan diálogo tranquilo y con acompañamiento de ejemplos musicales.

¿Seré un hombre fácil?

Pues no lo sé, pero lo que está claro es que me complico la vida con facilidad. También es cierto que lo hago a gusto y que le llevo al técnico de sonido el material editado que ni se lo va a creer. Veremos a ver qué pasa con el experimento.

Arropar

En el blog “Periodismo Ciudadano”, una iniciativa de la radio y televisión vasca (EITB), aparece este pequeño reportaje en vídeo sobre Kantika grabado en el cuartel general de los chavales, allá en Leioa. Puede verse a la nueva plantilla tras la renovación llevada a cabo a principios de año. Se hace un poco raro, después de tanto tiempo, no ver ciertos rostros, voces emblemáticas. Están en Lumega (espero).

Dice la periodista que el grupo se siente arropado tanto en casa como en lugares alejados como México o Islandia. Aquí, al Norte del ciberespacio, también se les arropa, se les apoya y se les echa de menos. El ciberespacio es un lugar lejano y cercano al mismo tiempo, muy grande y muy pequeño. Si la periodista y Basilio Astúlez supieran la cantidad y la procedencia de personas que han pasado y pasan por aquí buscándoles vía Google igual les daba un ataque de tos a dúo en tres por cuatro. Pero es bueno arroparles también de esa manera: las palabras en Internet permanecen en el tiempo y a la vista de quien quiera.

Yo les sigo escuchando. Lo que hace bien no tiene fecha de caducidad.

Cuaderno

Esta tarde he terminado un cuaderno de música que me ha acompañado durante mucho tiempo y en el que están anotadas, así, a mi manera, ya sabemos, como un puzzle despiezado en una caja aunque con la seguridad de que no le falta ninguna pieza, algunas obras que tienen un significado especial para mí. Es un cuaderno grande, de un tamaño de hoja algo mayor que el DIN-A4, de orientación vertical. Lo elegí porque las líneas del pentagrama están marcadas en un azul suave y así se nota mejor el trazo oscuro de la lapicera. Es una de las razones por las que, teniendo un programa editor de partituras, prefiero un cuaderno a imprimir hojas sueltas, por mucho que las pueda diseñar a mi gusto. Otra de las razones es que lo de las hojas sueltas es lo que faltaba para que mi sistema-puzzle terminara por resultar un auténtico caos.

Me da pena que se haya acabado este cuaderno, oye. Quedaban bastantes hojas libres pero llevo unos días, intermitentes, eso sí, en los que poco a poco he embadurnado de trocitos nueve carillas, que es una barbaridad de carillas para no haber sacado nada en concreto. O sí. Porque esos trocitos inconexos parecen estar unidos por algo que no termino de ver, pero lo intuyo; como si fueran sucesivos ensayos o diferentes fases de un proceso de destilación en el que al final, se supone, algo saldrá. O no. Pero mi intuición me dice que siga. O quizá es la curiosidad y no la intuición la que me dice que siga. Curiosidad por ver qué sale de ahí, porque esta vez pasan dos cosas que no pasaban hace tiempo: una, que todos esos trocitos tienen en común que se duelen, no es que sean algo tremebundo, que va, ni trágico, no; se duelen, y ya está, como si tuvieran que sacar una nostalgia de dentro o qué se yo. Eso es nuevo. Más de una y de dos veces he apuntado aquí la sorpresa que me suponía comprobar que en las cosas compuestas con anterioridad no existía el reflejo de la difícil circunstancia en la que nacieron.

La otra cosa nueva es que parece que mi sentido contrapuntístico, ese que me hace visualizar la música dispuesta en horizontal, no está. Se ha ido. Y eso sí que es raro, tanto que me dejo llevar a ver qué pasa. En su lugar salen bloques verticales, columnas sonoras, puro nota contra nota, y con una sonoridad, además, que se diría que busca una reformulación moderna de procedimientos arcaicos. Vamos, una cosa rara. Pero se duele, y además las mismas fórmulas aparecen una y otra vez, aunque sea en diferente tono, disposición, compás, textura, y sin que, en definitiva, yo lo pretenda. Pero al final del recorrido miro el plano del cuaderno y veo anotado el mismo paisaje, quizá bajo una luz algo distinta, pero el mismo. Y según me pille me doy por vencido o me pongo cabezón y acerco la silla más al papel.

Un proceso así genera cierta ansiedad, una extraña sensación de incertidumbre. La gente se piensa que componer es igual que coger un lápiz, pensar un segundo una frase como esta misma, y empezar a teclear La gente se piensa que componer es igual que coger un lápiz, pensar un segundo, y lo que sigue. Pero no. Qué va. Nada que ver. Componer es un proceso que conlleva cierto sufrimiento, un tanteo en un pasillo largo a oscuras siguiendo la intuición que te va a llevar a encontrar el lugar donde está el interruptor que enciende la luz; y una vez has conseguido ver, después de muchos tropiezos, quizá entonces haya que cerrar los ojos para reproducir por dentro el paisaje, que es la mejor manera de conocerlo y reconocerlo, y tener claro entonces lo que falta o lo que sobra.

Soy un maniático de los cuadernos de papel pautado. Cuando uno se termina siempre pienso que ya me había hecho un hueco allí dentro y temo no encontrarme en el vacío blanco del nuevo.

Sueño

“Algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar,
rige estas cosas”
Jorge Luis Borges, “Poema de los dones”

En el sueño, jotacé reaparecía entre una multitud de gente que iba y venía con equipajes voluminosos y se acercaba a una ventanilla a sacar un billete para alguna parte. Yo era el señor que estaba al otro lado del cristal atendiendo a los viajeros. Acercaba su rostro a la ventanilla y decía en voz baja que no estaba muy seguro de cuál era la dirección y yo le tranquilizaba diciéndole que no se podía perder, que eso era imposible, que no se preocupara, y le entregaba algo similar a un ticket que más bien parecía una entrada. Entonces volvió a escucharse esa voz autoritaria pronunciando su nombre con un grito categórico y cortante, como aquella vez, igual. Al volver a mirar, jotacé ya no estaba por ninguna parte. Creo que el sueño acababa ahí. Fuera de él no sé cómo sigue.

Nocilla

Nocilla ExperienceLa “Nocilla Experience” de Agustín Fernández Mallo es muy suculenta, vaya eso por delante. Y ahora vayamos por partes: Agustín Fernández Mallo es un físico nacido en 1967 que siempre posa en las fotos con un aire desaliñado como de prota de cortometraje setentero en 8 mm. Su Proyecto Nocilla se compone de tres partes, porque sabido es que el mundo se ordena por trilogías y, si no, al tiempo. “Nocilla Experience” es la segunda y la que más se ve porque la edita Alfaguara; la primera fue “Nocilla Dream” (2006) pero no la publicaba Alfaguara ni semejantes así que es difícil de ver y la tercera será “Nocilla Lab”. Esta “Nocilla Experience” es como si hicieras zapping ante una tele de muchos canales de manera que te salen historias fragmentadas, entrevistas a estrellas del pop fragmentadas, citas fragmentadas, otras historias fragmentadas y así hasta que llegas al final de la lista de canales y entonces reaparecen en un orden aleatorio, como si pulsaras números sueltos del mando, y lo que ves (lees) son esas mismas historias fragmentadas, entrevistas fragmentadas y un etcétera fragmentado pero más adelantadas en el tiempo, claro.

Se ha escrito muchísimo sobre esta “Nocilla Experience”, bueno y malo, pero es curioso observar que casi todo lo que se ha escrito ha sido también fragmentario: sobre sus páginas se han acuñado términos como caleidoscopio ficcional, customización, collage, tetris literario, nihilismo, indieísmo, sundanceísmo, bloggismo, deconstrucción ferranadrianesca, fragmentación científico-lírica, miniepisodios docuficcionados…

(Jesús)

La verdad es que (casi) todo eso es verdad, es decir, que de (casi) todo eso hay en la receta de esta crema literaria, al igual que en la crema homónima y original hay leche, cacao, avellanas y azúcar y a saber qué otras cosas más no tan sanas que no caben en el estribillo de la canción y de eso se aprovecha el fabricante, afortunado él. El problema es que las voces críticas que se han alzado han incurrido en lo mismo que critican: acusan a Fernández Mallo de primar la forma sobre el fondo pero ellos hacen lo mismo: no reparan en que la forma está imbricada en el fondo y viceversa y, además, ni siquiera hablan del fondo. Y lo hay, y es lo mejor, lo más sustancioso.

Las historias de Fernández Mallo atrapan por su disposición, por su composición (ilimitadamente imaginativa) y por la forma en la que están narradas, con un tono como de letanía sobria, como de un funcionario de ventanilla que repasa la documentación sin poner un ápice de emoción en el gesto ni en la voz, como de notario que es escrupuloso en la certificación de los sucesos y los datos. Y es ese tono de línea plana, de recitativo contenido que como mucho se atreve a redondear alguna de las micro escenas con una frase final que las vuelve de golpe poema, el acierto fundamental que convierte esta experiencia en Experience, o sea, la que te lleva de fuera adentro del libro. Porque esa voz crea el clima y sobre ese fondo las historias transcurren con vida propia, todas raras, de una rareza asombrosa y de tan raras, maravillosas. La estructura que utiliza Fernández Mallo se puede imitar, el fondo no. Y la mezcla jugosa entre fondo y forma que da consistencia a esta crema de Nocilla literaria tampoco: es toque y secreto de cocinero talentoso. Yo me he quedado con ganas de más.

Cena

Llevo 25 años pasando a cenar los sábados a casa de Anamari y Manolo. Ella no termina de creérselo pero es así, desde el verano de 1983. Yo creo que en realidad sí que lo cree, cómo no va a creerlo, pero le asusta pensar que ha pasado un cuarto de siglo, vamos, que está a punto de pasar. Un cuarto de siglo cenando lo mismo, además. Porque el menú siempre es el mismo, como un ritual: ensalada de lechuga con cebolla, olivas negras y zanahoria rallada de primero y tortilla de patatas de segundo. Lo segundo es lo mejor: es un enigma constatado aquí y allá que cada persona hace un tipo de tortilla de patatas que es el mismo siempre y siempre distinto al de los demás. Como si la tortilla de patatas fuera una especie de huella dactilar gastronómica propia e intransferible. La tortilla de patatas de Anamari es una obra de arte.

De postre toca la tertulia, aderezada según la temporada: helados caseros en verano y alguna repostería en invierno. Pero sobre todo es la tertulia lo que alimenta. Conservaré toda mi vida como una de mis experiencias más ricas e imprescindibles las tertulias con Anamari (Manolo es que se va a la tele después del postre). Veinticinco años después aún hay temas nuevos de tertulia y otros repetidos, pero con Anamari los temas repetidos son como una de esas canciones pegadizas que oyes una y otra vez y tan ricamente. Porque lo de Anamari es oírselo contar, es una narradora prodigiosa. Veinticinco años de mantel dan para crear un código de complicidades en la ironía y de conexión en general. Y si me siguen invitando y si el cuerpo me sigue pidiendo volver digo yo que será por algo.

Esta noche me he dado cuenta de que en ese refugio confortable que se forma los sábados por la noche en la cocina hay otra tertulia a modo de preliminar que me encanta especialmente y que sucede antes de la cena mientras la observo desenvolverse entre las mondas de patatas que corta con una destreza que resulta irresistible a la vista. Porque la mesa la pongo yo, como hoy, y a veces ni eso; ella es la que prefiere moverse aquí y allá, reproduciendo unos movimientos centenares de veces hechos. Y yo me siento en mi sitio, porque ya es mi sitio, pero en lugar de sentarme de cara a la mesa me siento de manera que la espalda se apoya contra la pared y mi brazo derecho descansa a lo largo del respaldo y así la veo de pie y de perfil, y la conversación va asociada a los movimientos de la mano que pela las patatas o corta las hojas de lechuga como si todo formara parte de lo mismo. Y yo escucho o hablo o pregunto o contesto o me río (es fácil que me ría mucho) o me quedo callado (que también) pero con los ojos siguiendo los movimientos de sus manos y eso me resulta hasta tranquilizador y todo. Me he dado cuenta hoy, más vale tarde que nunca. Y tarde que se nos ha hecho porque el reloj de esa cocina que es un paisaje fundamental en mi memoria emocional hacía tic tac y cuando el tic tac se hace notar es que se ha hecho tarde y los ruídos del edificio y de la calle se han ido durmiendo, aunque sabemos que no importa porque es sábado y porque seguro que estamos en mitad de un tema importante.

Tenía 13 años cuando un día de verano aparecí por allí y me quedé a cenar. Y a mí mismo me resulta asombroso pensar que allí seguía a mis 14, 15, 16, y también a los 20, 21, 22, redondea a los 25 y sigue, sigue, 28, 29, 30, 31 y así hasta los 38. Qué cosa. Hay una parte de mí que se ha hecho en esas conversaciones y ha crecido al calor del afecto con el que siempre soy recibido. Por eso siento que es una de las cosas más importantes que tengo, algo tan sencillo y tan valioso a un tiempo.

Actualización

Aprovechando el puente y que hay menos tráfico por aquí, he procedido a hacer la actualización de WordPress a lo largo de esta mañana. Desde el traslado de Blogger a WordPress, en agosto del año pasado, había hecho oídos sordos a las sucesivas actualizaciones por pereza, por engorro, y por los problemas que la actualización podía dar, que en los foros se oye de todo. Pero el plugin WordPress Automatic upgrade se ha hecho cargo de todo con la eficacia garantizada que venía en el prospecto, de modo que hemos saltado de la versión 2.2.2 a la 2.5.1, la más reciente. Ahora “La Idea del Norte” está al día y se siente más segura. La actualización trae muchas cosas a la trastienda de este blog, esa que no se ve pero que redunda en beneficio de lo que sí se ve, que es lo importante. Durante unos minutos, en lugar del blog ha aparecido un cartel puesto por los de mantenimiento. Se supone que ahora todo funciona con normalidad; como todo, será el rodaje el que lo confirme.

Una observación muy poco técnica y que viene de antes de la actualización: en Firefox, este blog pierde alma. Que sí. Las palabras salen debilitadas, como si les hubieran sacado el jugo y dejado la piel, y además se amontonan pegadas a las imágenes como si tuvieran frío, por mucho que les insistas en que tienen que mantener la correspondiente distancia estética. Así que digan lo que digan, es a través del navegador de Microsoft donde este blog se encuentra a sí mismo y dice: así soy yo.

Ya estamos al día y continuamos.

Aliciente

Siempre me he sentido incómodo con el suplemento de los viernes de El País, el de los jóvenes. No puedo hacer el chiste fácil de decir que me tientan poco las Tentaciones de El País porque el suplemento, que así se llamaba antes, ahora responde al nombre de EP3, que parece nombre de consola o de compuesto químico. Vale, hoy ya no soy tan joven pero antes lo era y pasaba lo mismo. No sé si los señores de PRISA han confundido lo progre con lo marciano. Igual es que no les queda nada de progre y por eso les sale algo marciano porque es habitual que pases páginas y salga gente muy rara que forma parte de grupos de música muy raros y así con (casi) todo.

Pero desde hace unas semanas busco con avidez la columna de Hernán Casciari, “Pantalla de humo”, sobre series de televisión. Y es una gozada cómo escribe este hombre, admirable. No sólo te informa de lo que se cuece principalmente en las pantallas USA (que no es poco, de hecho, empieza a ser inabarcable) sino que sus columnas me encantan por la fluidez de su escritura, su capacidad para desplegar en un instante un mapa preciso de la geografía de la serie en cuestión para luego sintetizar lo esencial en un par de frases impecables en el análisis. Sus recientes columnas sobre “Weeds” y “Pocoyó” son modélicas e imprescindibles, para quitarse el sombrero primero y luego guardarlas junto a los respectivos dvd´s.