Archivo por días: 7 mayo, 2008

Arropar

En el blog “Periodismo Ciudadano”, una iniciativa de la radio y televisión vasca (EITB), aparece este pequeño reportaje en vídeo sobre Kantika grabado en el cuartel general de los chavales, allá en Leioa. Puede verse a la nueva plantilla tras la renovación llevada a cabo a principios de año. Se hace un poco raro, después de tanto tiempo, no ver ciertos rostros, voces emblemáticas. Están en Lumega (espero).

Dice la periodista que el grupo se siente arropado tanto en casa como en lugares alejados como México o Islandia. Aquí, al Norte del ciberespacio, también se les arropa, se les apoya y se les echa de menos. El ciberespacio es un lugar lejano y cercano al mismo tiempo, muy grande y muy pequeño. Si la periodista y Basilio Astúlez supieran la cantidad y la procedencia de personas que han pasado y pasan por aquí buscándoles vía Google igual les daba un ataque de tos a dúo en tres por cuatro. Pero es bueno arroparles también de esa manera: las palabras en Internet permanecen en el tiempo y a la vista de quien quiera.

Yo les sigo escuchando. Lo que hace bien no tiene fecha de caducidad.

Cuaderno

Esta tarde he terminado un cuaderno de música que me ha acompañado durante mucho tiempo y en el que están anotadas, así, a mi manera, ya sabemos, como un puzzle despiezado en una caja aunque con la seguridad de que no le falta ninguna pieza, algunas obras que tienen un significado especial para mí. Es un cuaderno grande, de un tamaño de hoja algo mayor que el DIN-A4, de orientación vertical. Lo elegí porque las líneas del pentagrama están marcadas en un azul suave y así se nota mejor el trazo oscuro de la lapicera. Es una de las razones por las que, teniendo un programa editor de partituras, prefiero un cuaderno a imprimir hojas sueltas, por mucho que las pueda diseñar a mi gusto. Otra de las razones es que lo de las hojas sueltas es lo que faltaba para que mi sistema-puzzle terminara por resultar un auténtico caos.

Me da pena que se haya acabado este cuaderno, oye. Quedaban bastantes hojas libres pero llevo unos días, intermitentes, eso sí, en los que poco a poco he embadurnado de trocitos nueve carillas, que es una barbaridad de carillas para no haber sacado nada en concreto. O sí. Porque esos trocitos inconexos parecen estar unidos por algo que no termino de ver, pero lo intuyo; como si fueran sucesivos ensayos o diferentes fases de un proceso de destilación en el que al final, se supone, algo saldrá. O no. Pero mi intuición me dice que siga. O quizá es la curiosidad y no la intuición la que me dice que siga. Curiosidad por ver qué sale de ahí, porque esta vez pasan dos cosas que no pasaban hace tiempo: una, que todos esos trocitos tienen en común que se duelen, no es que sean algo tremebundo, que va, ni trágico, no; se duelen, y ya está, como si tuvieran que sacar una nostalgia de dentro o qué se yo. Eso es nuevo. Más de una y de dos veces he apuntado aquí la sorpresa que me suponía comprobar que en las cosas compuestas con anterioridad no existía el reflejo de la difícil circunstancia en la que nacieron.

La otra cosa nueva es que parece que mi sentido contrapuntístico, ese que me hace visualizar la música dispuesta en horizontal, no está. Se ha ido. Y eso sí que es raro, tanto que me dejo llevar a ver qué pasa. En su lugar salen bloques verticales, columnas sonoras, puro nota contra nota, y con una sonoridad, además, que se diría que busca una reformulación moderna de procedimientos arcaicos. Vamos, una cosa rara. Pero se duele, y además las mismas fórmulas aparecen una y otra vez, aunque sea en diferente tono, disposición, compás, textura, y sin que, en definitiva, yo lo pretenda. Pero al final del recorrido miro el plano del cuaderno y veo anotado el mismo paisaje, quizá bajo una luz algo distinta, pero el mismo. Y según me pille me doy por vencido o me pongo cabezón y acerco la silla más al papel.

Un proceso así genera cierta ansiedad, una extraña sensación de incertidumbre. La gente se piensa que componer es igual que coger un lápiz, pensar un segundo una frase como esta misma, y empezar a teclear La gente se piensa que componer es igual que coger un lápiz, pensar un segundo, y lo que sigue. Pero no. Qué va. Nada que ver. Componer es un proceso que conlleva cierto sufrimiento, un tanteo en un pasillo largo a oscuras siguiendo la intuición que te va a llevar a encontrar el lugar donde está el interruptor que enciende la luz; y una vez has conseguido ver, después de muchos tropiezos, quizá entonces haya que cerrar los ojos para reproducir por dentro el paisaje, que es la mejor manera de conocerlo y reconocerlo, y tener claro entonces lo que falta o lo que sobra.

Soy un maniático de los cuadernos de papel pautado. Cuando uno se termina siempre pienso que ya me había hecho un hueco allí dentro y temo no encontrarme en el vacío blanco del nuevo.