Cena

Llevo 25 años pasando a cenar los sábados a casa de Anamari y Manolo. Ella no termina de creérselo pero es así, desde el verano de 1983. Yo creo que en realidad sí que lo cree, cómo no va a creerlo, pero le asusta pensar que ha pasado un cuarto de siglo, vamos, que está a punto de pasar. Un cuarto de siglo cenando lo mismo, además. Porque el menú siempre es el mismo, como un ritual: ensalada de lechuga con cebolla, olivas negras y zanahoria rallada de primero y tortilla de patatas de segundo. Lo segundo es lo mejor: es un enigma constatado aquí y allá que cada persona hace un tipo de tortilla de patatas que es el mismo siempre y siempre distinto al de los demás. Como si la tortilla de patatas fuera una especie de huella dactilar gastronómica propia e intransferible. La tortilla de patatas de Anamari es una obra de arte.

De postre toca la tertulia, aderezada según la temporada: helados caseros en verano y alguna repostería en invierno. Pero sobre todo es la tertulia lo que alimenta. Conservaré toda mi vida como una de mis experiencias más ricas e imprescindibles las tertulias con Anamari (Manolo es que se va a la tele después del postre). Veinticinco años después aún hay temas nuevos de tertulia y otros repetidos, pero con Anamari los temas repetidos son como una de esas canciones pegadizas que oyes una y otra vez y tan ricamente. Porque lo de Anamari es oírselo contar, es una narradora prodigiosa. Veinticinco años de mantel dan para crear un código de complicidades en la ironía y de conexión en general. Y si me siguen invitando y si el cuerpo me sigue pidiendo volver digo yo que será por algo.

Esta noche me he dado cuenta de que en ese refugio confortable que se forma los sábados por la noche en la cocina hay otra tertulia a modo de preliminar que me encanta especialmente y que sucede antes de la cena mientras la observo desenvolverse entre las mondas de patatas que corta con una destreza que resulta irresistible a la vista. Porque la mesa la pongo yo, como hoy, y a veces ni eso; ella es la que prefiere moverse aquí y allá, reproduciendo unos movimientos centenares de veces hechos. Y yo me siento en mi sitio, porque ya es mi sitio, pero en lugar de sentarme de cara a la mesa me siento de manera que la espalda se apoya contra la pared y mi brazo derecho descansa a lo largo del respaldo y así la veo de pie y de perfil, y la conversación va asociada a los movimientos de la mano que pela las patatas o corta las hojas de lechuga como si todo formara parte de lo mismo. Y yo escucho o hablo o pregunto o contesto o me río (es fácil que me ría mucho) o me quedo callado (que también) pero con los ojos siguiendo los movimientos de sus manos y eso me resulta hasta tranquilizador y todo. Me he dado cuenta hoy, más vale tarde que nunca. Y tarde que se nos ha hecho porque el reloj de esa cocina que es un paisaje fundamental en mi memoria emocional hacía tic tac y cuando el tic tac se hace notar es que se ha hecho tarde y los ruídos del edificio y de la calle se han ido durmiendo, aunque sabemos que no importa porque es sábado y porque seguro que estamos en mitad de un tema importante.

Tenía 13 años cuando un día de verano aparecí por allí y me quedé a cenar. Y a mí mismo me resulta asombroso pensar que allí seguía a mis 14, 15, 16, y también a los 20, 21, 22, redondea a los 25 y sigue, sigue, 28, 29, 30, 31 y así hasta los 38. Qué cosa. Hay una parte de mí que se ha hecho en esas conversaciones y ha crecido al calor del afecto con el que siempre soy recibido. Por eso siento que es una de las cosas más importantes que tengo, algo tan sencillo y tan valioso a un tiempo.

5 pensamientos en “Cena

  1. toni

    los rituales o tradiciones o costumbres o amores, son imprescindibles para continuar intactos tus sentidos. de lo contrario, dejan de sentir. les falta alguna cosa, andan con hambre de ese pedazo de fruta después de la comida o de ese trocito de chocolate, bombón, galleta o lo que sea que mojas con el café. veinticinco años son muchos años que no haya calado hondo entre tus dedos. y si encima te puedes deleitar con los movimientos de manos de Anamari, pues mucho mejor.

  2. arrebatos

    Las tortillas de patata son como el gazpacho. Todo el mundo lo hace más o menos igual, pero hay tantos gazpachos como distintas son las casas en que se prepara.
    Y si juntamos los dos como menú veraniego (con la tortilla fría, hecha del día anterior), uno hasta puede llegar a creer en milagros.

  3. C.

    Feliz aniversario, entonces. Y que se celebre con la tradicional tortilla, que pocas cosas hay más ricas…

  4. emejota Autor

    Toni: son tantos años que ya no se pueden despegar, aunque llegue un día en que esas reuniones sean recuerdo.

    Arrebatos: será casualidad pero con el gazpacho le pasa igual que con la tortilla, que lo borda; o eso dicen porque a mí no me convencen esos brebajes, la verdad.

    Muskarias: si no llegas te esperamos, no te preocupes.

    C: muchas gracias. Pocos manjares como ese, cierto; hasta me gusta la tortilla sintética del Pan´s and Company, con eso te lo digo todo. Unas veces voy con Company y otras sin, pero tortilla no falta.

    Abrazos.

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