Archivo por meses: mayo 2008

Opiniones

Me desconcierta mucho un fragmento de una entrevista que le hacen a David Trueba a propósito de su última novela.

Entrevistador: usted menciona (en la novela) otros nombres reales, como el de Glenn Gould, de quien un personaje dice…
Entrevistado: … que destroza a Bach.

Entrevistador: ¿Son sus propias opiniones?
Entrevistado: No, yo no tengo conocimientos musicales para decir algo así. Es que lo ha dicho Brendel.

Es cierto que Alfred Brendel mantiene una actitud crítica con respecto a Gould en general, pero aunque no es menos cierto que habría que contextualizar esa crítica y fijarse en los matices, que los hay, la cuestión es: qué pasa, que Brendel está en posesión de la verdad absoluta? Brendel es un señor músico con una opinión muy particular sobre las cosas, como Bernstein era un señor músico con una opinión muy particular sobre las cosas, por citar a alguien que manifestaba una profunda admiración hacia Gould. Pero luego el entrevistado añade:

-Brendel puede afirmar eso de Gould porque es pianista.

¿Habría que considerar entonces en un segundo plano las opiniones de Abbado o Karajan sobre Gould? De todar formas, es bueno recordar que Bernstein también era pianista. Y ahora viene el remate (nunca mejor dicho, como se verá a continuación):

-Además con Gould hemos caído en la mitificación: es el James Dean del piano. Contra un mito no puedes luchar.

¿Y no será (marketing aparte) que Gould es mito por algo? ¿Deberíamos cuestionar las interpretaciones de James Dean por el hecho de que su prematura muerte lo haya convertido en mito como les ocurre a las estrellas fugaces que estampan sus sesos contra la pared?

Cuando leo cosas de estas siempre me queda una inquietud por dentro, que alguna vez he sacado fuera para ponerla en este blog: si en algo de lo que entiendo un poco veo semejante colección de dislates por parte de la nueva (o vieja, según el caso) órbita intelectual, ¿pasará lo mismo en aquellos temas o cuestiones que se me escapan?

Paisaje

Spirit

Desde que me asomé por primera vez a este atardecer ando un poco más confundido. Para fotografiar un atardecer así hay que viajar 55 millones de kilómetros, posarse en la superficie de Marte y mirar a ese sol empequeñecido por la distancia. Y entonces te sobrecoges. Un paisaje así debe estar ahí por algo porque si no qué derroche y cuánta soledad. Qué enorme misterio es todo y qué bien está concretado en esa fotografía. La historia de la humanidad tiene en común un movimiento ascendente de cabeza para dirigir las miradas al cielo nocturno dibujando interrogantes y ahora nos encontramos, de pronto, mirando desde el otro lado. Hay que digerirlo durante un rato. Si a Christiaan Huygens le llegaran a decir que un día podría poner su telescopio en ese punto del firmamento que escudriñaba con silenciosa fascinación cada noche habría llenado de más aes su nombre y, a buen seguro, su boca. Y Johannes Kepler habría desesperado aún más en su particular enigma de Dios. Hoy a buen seguro habrá quien contemple esta imagen con la indiferencia con la que se mira una postal, pero en un desierto de silencio helado como este terminan y comienzan al mismo tiempo todos los sueños, todos los interrogantes. ¿Habremos cometido un disparate invirtiendo los términos que convino la naturaleza? ¿Deberían quedar inéditas bellezas como la de la imagen de arriba? ¿Tendrá algún sentido esa desoladora llanura que se proyecta hasta el horizonte? ¿Qué sentido cobran desde este lugar el dolor de las almas y la alegría de los corazones que laten en un punto insignificante y remoto? No sé cuántas puestas de sol contemplarían aquí el Principito y su melancolía sentados en su silla. Yo sigo estremecido.

Aniversario

La Idea del Norte cumple hoy tres años.

Para un blog eso ya son años porque abrir un blog es fácil, sí, pero mantenerlo despierto y darle de comer, ah, amigo, eso ya es otro cantar (y contar, sobre todo contar). Un blog suele empezar con empuje y luego pueden pasar tres cosas, siendo la más habitual que los posts se espacien cada vez más en el tiempo; luego están los blogs que, súbitamente dejan de hablar. Personalmente son los que más me inquietan porque como soy fatalista siempre me da por pensar que alguna desgracia terrible le ha pasado al propietario o propietaria de la bitácora en lugar de pensar, simplemente, que se han cansado y punto, que supongo que será lo habitual. Y luego están los blogs que siguen al pie del cañón, que debemos ser los raros de la red.

Tres años dan para hacer un ejercicio en primera persona consistente en tirar de archivo, decir madre mía lo que hay por aquí y pasearse una noche cualquiera. Una noche cualquiera fueron dos o tres hace un par de semanas. La experiencia fue muy curiosa: había cosas que no recordaba (cosas que me agradó recordar y cosas que hubiera preferido no recordar) y también aparecieron en los comentarios personas que vinieron, estuvieron un rato y se fueron. La distancia en el tiempo hace que pasearse por el archivo del blog sea lo más parecido a leer lo que otro ha escrito más que releer algo propio. Te sorprendes a tí mismo diciendo al leer algún post, pero éste de qué va, y otras veces hasta te ríes a gusto. Y si haces el paseo en el silencio de la noche es como si recorrieras las salas de un museo con la luz de la linterna en la mano, dirigiendo la luz aquí y allí donde se amontonan las cosas, tantas cosas, tus cosas. Fue curioso, sí.

Tres años de blog son lo más parecido a un serial televisivo, con lo que a mí me gusta el mecanismo del serial. Podemos decir que cada año ha correspondido a una temporada a trescientos y pico capítulos. Y al igual que ocurre con las series, en cada temporada el asunto evoluciona, apartándose poco a poco de la idea general o retomando las esencias; incorporando nuevas formas de contar o manteniéndose fiel al estilo; de todo puede haber. Tengo un recuerdo algo raro de esta tercera temporada, por un lado creo que ha sido la más flojita por las circunstancias externas, que al mismo tiempo son internas porque atañen a uno mismo; también ha influído que el blog, quieras que no, deja de ser una novedad y ya no te entregas a él con tanta dedicación (la pereza y eso). Luego te entran remordimientos y es cuando descubres realmente el cariño que le tienes a este cuaderno y piensas: no tengo que descuidarlo. Es un poco como lo que hace el Principito con su rosa pero sin Principitos ni rosas.

Y luego está la gente: la que se deja sentir y la que presientes. La primera ya forma parte de este blog: este blog también es suyo. Entre los segundos hay de todo: para bien y para menos bien. Algún día explicaré a qué me refiero. Hoy no. Y entre todos, los unos y los otros, un día descubres, de pronto, que este rincón solitario donde podías decir lo que te daba la gana sigue siendo un rincón (menos solitario) donde puedes decir lo que te de la gana… pero midiendo las palabras. El objetivo de la cuarta temporada debería ser replantear eso (tengo que reunirme conmigo mismo, lo anoto).

La principal novedad de este año, al menos la que más se ha notado, ha sido el cambio de Blogger a WordPress. No me arrepiento de ello. Es curioso que la otra casa, la de Blogger, que debe acumular un polvo que ni sé a estas alturas, sigue recibiendo visitas. Algunos dejan allí sus comentarios creyendo que todavía hay alguien en casa. En el capítulo de ausencias suele ser el buzón el que te recuerda: ¿qué pasa con Gould? ¿y las autoentrevistas? Eso me dicen. Y tienen toda la razón, coño, qué pasa con Gould, eh?, y con las autoentrevistas?

La semana pasada un médico que había escuchado una obra mía observó que el dolor yo no lo proyecto en mi música y me preguntó que dónde lo hacía, porque en algún lado lo tenía que hacer. Yo le contesté que en la escritura y para que no pensara que esto era algún dramón decimonónico me apresuré a aclarar que el dolor, aquí, suele ir de la mano de la ironía. No siempre, claro, pero sí muchas veces. Y que hay algo que me gustaría recuperar y que se me perdió. El qué. Estoy en ello, en saberlo. Espero que eso pase en la cuarta temporada, que empieza en el post siguiente. Porque esto sigue, desde luego.

Gracias a todos los que os habéis asomado por aquí, a los fijos y a los móviles.

Dictamen

El médico se ha restregado los ojos con la base de las palmas de las manos y ha dicho: no sé si debería decir ésto pero… Y a mi se me ha levantado una ceja. Y luego ha seguido: …pero yo no soy partidario de los biológicos (aclaración: por “biológicos” los médicos entienden los anti-TNF o Factor Necrosis Tumoral, esta nueva generación de medicamentos galácticos hechos a base de proteínas humanas o de hamster o de vete a saber) …y me dan mucho miedo porque, mira, salieron precipitadamente al mercado, está claro que funcionan, eso es evidente, pero no está claro lo que están haciendo como efectos adversos, que están saliendo todos los días y lo que venga porque además nadie sabe por dónde nos van a salir mañana. Me entiendes a lo que me refiero con lo de que no sabemos por dónde nos puede salir la cosa, ¿verdad?. Yo ya estaba con la ceja descoyuntada y cierta taquicardia. El médico después de restregarse los ojos con la base de las palmas de las manos tenía un aspecto como de recién levantado. Sin embargo… (ha proseguido dando a entender que el discurso no había concluído) …si hay un caso en el que la prescripción de los biológicos está plenamente justificada es contigo.

Así que lo que ha venido a decir el médico es, en resumidas cuentas, que no hay elección, o que vaya panorama. Tanto da.

(Y 90 euros)

Por lo demás (lo demás es el ánimo), bien. No es coña.

Evolución

Una curiosidad sobre la evolución de la forma Sonata.

El Clasicismo musical proporcionó una estructura formal de hondo calado y largo recorrido: la forma Sonata. Un mecanismo sencillo e ingenioso a un tiempo que ponía en juego los principios formales básicos de variación y repetición en el transcurso de un entramado modulatorio elástico (tensión y distensión tonales). La forma Sonata disponía el discurso musical en tres partes: la Exposición de ideas, el Desarrollo de las mismas y la Reexposición a modo de recapitulación y síntesis. La evolución de la forma con los años vino a solapar, en cierto modo, las partes entre sí, lo que favoreció una mayor complejidad y extensión de las obras. Un ejemplo. Esto es lo que sucede al comienzo de la imponente Sonata Hammerklavier de Beethoven:

 

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Esta fanfarria a modo de introducción tiene una misión que va más allá del establecimiento de la tonalidad de Si bemol Mayor mediante su arpegio: nos presenta el motivo principal sobre el que Beethoven va a contruir el movimiento: el intervalo de tercera:

Tras la breve pausa que sucede a la introducción, se presenta el tema A que, efectivamente, está diseñado sobre dicho intervalo:

 …etc

 

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Pero ahora viene lo interesante: esta frase no sólo se repite a continuación a la octava superior sino que se dilata y se ensancha inesperadamente hasta desembocar en un material aparentemente nuevo. En realidad no es un material nuevo, es una nueva frase (estruendosa) que también se asienta sobre el intervalo de tercera:

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La dilatación de la frase inicial y su posterior elaboración supone la incursión de técnicas propias del Desarrollo en una fase de la obra tan temprana como es el momento inicial de la Exposición. A esto es a lo que me refería antes cuando hablaba del solapamiento de las diferentes partes de la forma Sonata. La cosa no queda aquí: aprovechando el ejemplo, hemos llegado a un lugar común en Beethoven que sucede tras una efusión musical como la que se ha escuchado y que conduce a la música a un punto muerto, un espacio sonoro en blanco, indeciso, como si tras la explosión la melodía hubiera descarrilado y necesitara reubicarse. En estos casos, Beethoven corta por lo sano y vuelve a empezar desde el principio. La salvedad aquí es que la fanfarria, esta vez, concluye paradójicamente abriendo nuevas expectativas tonales:

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La expansión armónica a regiones inesperadas también es una técnica de desarrollo que se nos ha colado tempranamente, cuando a la exposición de ideas le queda mucho por decir; de hecho, apenas ha empezado a hablar.

Ambición

Cassandra´s dreamHaciendo tiempo la otra tarde me pasé por El Corte Inglés a ver si había llegado “El sueño de Casandra”, de Woody Allen, inédita a mis ojos. La uniformada y sonriente señorita que me atendió me preguntó, ¿qué tal es esta película?, y yo respondí, pues no lo sé porque no la he visto, pero creo haber oído decir que flojita. Y ella: ya, tío, creo que es una puta mierda, tarjeta o efectivo?. Y yo pensé: hija, qué fino se nos ha puesto El Corte Inglés, y después añadí, en efectivo. Luego resultó (luego ha sido esta noche pasada) que no me ha parecido flojita, en absoluto.

“El sueño de Casandra” es la tercera película inglesa de Woody Allen. A mí “Scoop” me parece simpaticona y “Match Point” es una de esas películas que ves y sabes que no vas a volver a ver. ¿Por qué? Pues porque no te va a apetecer. Sin más. Así que mi disposición ante este sueño de Casandra no era la más óptima. Y mira tú. Estas películas inglesas de Woody Allen siguen produciendo la sensación de que el hombre anda desubicado; no quiere decir que lo haga mal (a Allen, en todo caso y a estas alturas, se lo perdonamos todo) sino que no se encuentra en su salsa. Aquí echamos en falta el telón de fondo de Nueva York, las neuras neoyorkinas, la música de dixie… Y creo que “El sueño de Casandra” es la película que más se aleja de todo eso porque no hay neuras sino remordimientos; no hay conversaciones superpuestas, tan características; por supuesto que no hay Nueva York, eso lo damos por descontado y además la luz londinense es muy distinta a la luz de Manhattan y los parterres y la campiña inglesa no son Central Park. Y se hace extraño este “pasar el día en el campo” tan inglés filmado por un hombre para quien es sabido que el campo es “un lugar inhóspito lleno de pollos crudos”.

Intentar ubicar en ese escenario “lo de siempre”, es decir, el universo Allenígena se hace un poco raro, porque lo de Allen va todo junto, creo que me explico. Una cosa más: aquí no sólo falta la música de jazz, ese aroma inconfundible que emanan las historias de Allen, sino que la banda sonora es de Philip Glass, y debo ser el único habitante del planeta que no entiende lo de este hombre, la verdad.

¿Qué hay de Allen en esta película que más bien parece uno de los Cuentos Morales de Rohmer por los dilemas éticos que plantea? Migajas. En el humor (única aparición del humor) que desprenden las puntuales alusiones a la nonagenaria madre del tipo al que los hermanos protagonistas deben asesinar; en la aparición del característico personaje-pose, ese que Allen suele colocar con una copa en la mano opinando fanfarrona o pedantescamente de cualquier cosa y que cumple la función de objeto de decorado; y en la forma (escueta) de rodar algunos planos. Por lo demás, nada. Y sin embargo, el conjunto se sostiene dignamente por unos actores más que solventes, todos.

Cassandra´s dream

Me gusta el juego que dan estos hermanos, que de fuera no pegan ni con cola, Ewan McGregor y Colin Farrell, pero que dentro de la película sí; sobre todo me gusta el papel que representa Colin Farrell, atormentado y frágil, eso lo hace muy bien Colin Farrell; débil ante la tentación en la mesa de juego y débil ante las consecuencias del fracaso en el juego. Un personaje al que se le despiertan los dilemas éticos y morales cuando su vida traspasa la frontera tras la cual las cosas ya no son las mismas. Se surca con agrado esta película a bordo del “Cassandra´s dream”, la embarcación de segunda mano que da título a esta película que habla de eso, de sueños, y también de pesadillas.

Cancionero

Azkue

Una alegría. Una amiga mía me ha conseguido en una librería de viejo el que posiblemente sea el último ejemplar disponible en Bilbao del mítico Cancionero de Azkue, tan ansiado por un servidor. Es una edición de 1968 y está es un estado excelente. El Cancionero de, ojo al nombre, Resurrección María Azkue, sacerdote, es una obra que recoge en tres kilos y medio de papel y dos tomos, más de 1600 melodías populares vascas, todas con su transcripción musical, sus variantes, su texto, su traducción (importantísimo, porque no hablo euskera) y su historia. Una meticulosa obra fruto de la recolección paciente de la tradición oral que llevó a este hombre a visitar hasta el último caserío. El Cancionero fue presentado por Azkue al concurso que las Diputaciones vascas convocaron en 1912 para premiar las dos mejores colecciones de canciones. La otra colección fue la del Padre Donostia. Es fácil imaginar la satisfacción que supone disponer de este enorme caudal de material musical después de haber armonizado las escasas melodías que he ido encontrando por aquí y por allá (por aquí y por allá es, casi siempre, Internet) con resultados satisfactorios. Me atrae de manera especial el color, la sencillez, la expresividad y la belleza de las melodías populares del folclore vasco. Ganas tengo de perderme en sus páginas.

Notificación

A WordPress se le acumula el trabajo o debe ir con los deberes atrasados. Será el estrés de final de curso. Pero justamente ahora me notifica esto:

Y visto así parece como si hubiera tocado un premio de algo o si tuviera puntos acumulados. (Luego en la letra pequeña dice milcuarenta y tantos pero si le hace ilusión notificar el redondeo milenario no le vamos a llevar la contraria)

Oposiciones

Todos los años por estas fechas suena el teléfono y las llamadas tienen en común dos cosas: la primera, que se trata de personas que tienen un examen u oposición a la vista y buscan ayuda; la segunda, que el examen u oposición es ya. El trabajo en esas condiciones es muy difícil porque por lo general te encuentras son alumnos que vienen muy perdidos y por eso piden un cable (pero tarde, puñeteros) y el tiempo es muy escaso para intentar poner un poco de orden en sus ideas, comprobar el estado de los cimientos sobre los que se asientan sus conocimientos, sugerirles una metodología de trabajo, en fin, muchas buenas intenciones para tan poco tiempo.

Pero lo interesante es que cuando llaman es porque le han visto las orejas al lobo y detrás de esta obviedad se encuentra el descubrimiento de una crisis; personas que tienen una titulación superior, por lo general docentes en algún conservatorio, escuela de música o colegio y que descubren que no saben qué es lo que saben, que se ven ante un puzzle de tropecientas piezas pequeñitas que corresponden a los conocimientos que han ido adquiriendo y no saben cómo unirlos. Lo interesante es que sientan la necesidad y la conveniencia de hacerlo, no importa si lo que saben es mucho o poco. Por lo que a mí respecta, es trabajo, intensivo y fugaz (mezcla poco rentable) pero no están las cosas para decir no, aunque a veces apetezca; de todas formas, no todo va a ser rentabilidad pecuniaria, hay que reconocerlo: hay una compensación personal en la satisfacción de haber intentado, al menos, aportar algo.

Pero vienen tarde y con prisas. Y a qué horas, madre mía. Porque trabajan, suerte que tienen, de esos trabajos de horario fijo y nómina fija a fin de mes, así que sólo pueden pasarse por aquí a horas intempestivas y con un ojo en la partitura y otro en el reloj. Por ejemplo, mañana jueves tengo que enseñarle a una alumna la fragmentación motívica con la que Brahms construye el primer movimiento de su segunda Sonata para clarinete pero tengo que hacerlo a las 2 menos cuarto de la tarde. Dado que a las 3 y cuarto tengo que coger un autobús para Pamplona (sigue el tour médico, fragmentado me tiene) me voy a quedar sin comer. Es una paradoja: se supone que se trabaja para comer, pues yo mañana me voy a quedar sin comer por trabajar. Es que antes no puedo hacerlo porque viene Esther y a estas alturas de nuestro serial (porque Esther un día llegó sin prisa y sin examen a la vista, pero quizá sí con esa crisis a la que aludía antes y que a mí me parece maravillosa porque te pone las pilas) no está la cosa como para suspender un episodio, que la trama está de lo más interesante.

Girasoles

Lang Lang es un comunicador excepcional y lo demuestra una vez más en esta clase magistral al pequeño (o grande, según se mire) George Li. La quironimia con la que sugiere al alumno el vuelo de la melodía, los comentarios sazonados de metáforas que se convierten en pequeños gags de eficacia pedagógica indudable, la actitud emprendedora e inquieta y la energía positiva con la que este hombre se sienta, se levanta, sonríe, toca, habla. Y la demostración. Ese rubateo genial de la melodía que brota de las manos de Lang Lang y que pretende que el pequeño George Li interiorice y no imite, porque estas cosas hay que creérselas y si crees, creas y sólo así las sacas de dentro. Si imitas las coges al vuelo y eso es distinto. Lang Lang lo sabe y el aparato didáctico-lúdico que exhibe en la clase persigue en el fondo eso, que es algo muy serio. Qué bonito vídeo.

(Gracias, David)

Pruebas

A toro pasado ya puedo anotar que el viernes por la mañana perdí el sentido del humor. De golpe. Con él mi capacidad para casi todo, siendo el casi todo la incapacidad para dar una clase, para salir a la calle y comprar el periódico y hasta para dormir. No vino a sustituirlo el mal humor, no; lo que vino fue nada. Para mí, el sentido del humor es el indicador de muchas cosas, o de una, pero importante. Y creo que todo fue, o al menos así quiero creerlo, porque este lunes me tocaba enfrentarme al enésimo viaje de 100 kilómetros para internarme en los inacabables y laberínticos pasillos de un hospital poco hospitalario para que me hicieran unas pruebas largas, desagradables y, en el mejor de los casos, destinadas a arrojar un resultado cero, un nada en el resultado, como la nada que vino el viernes para sustituir al sentido del humor y que invadió el fin de semana hasta el domingo por la noche, cuando este blog pudo hablar al fin un poco. Decía que creo que el enésimo viaje exploratorio tenía que ver con lo ocurrido porque me da la impresión de que el cuerpo ya se rebela, y lo hace así, desfondándose a ratos, como si fuera esa su forma de protestar, de cruzarse de brazos. Antes no pasaba pero es que antes eran 26 años antes. Luego no sé qué pasará, prefiero vivir en el presente aunque vengan a pasar estas cosas.

He entrado esta mañana en una habitacion llena de aparatos y monitores para saber a– si la medicación está jodiendo, con perdón, el sistema nervioso periférico o b– si es mi enfermedad la que lo está haciendo. Hay otra hipótesis: c– que lo que se esté jodiendo sea otra cosa, lo haga la medicación, la enfermedad o vete a saber. Me decía una de esas enfermeras veteranas que lleva la vocación en la sangre y que se quedaría a trabajar aunque la administración le pusiera en bandeja una prejubilación de oro, me decía con su mirada de ojos grandes: lo peor es la incertidumbre. Cierto. Totalmente cierto. La incertidumbre es una brújula que se ha vuelto loca o un paisaje de niebla. Por eso no sé si lo que agota son las pruebas en sí o la incertidumbre o lo de la nada del fin de semana o todo junto. Porque a la vuelta me he dormido en el autobús y por la tarde en casa mi madre ha tenido que despertarme a la hora y media de volver a quedarme dormido para que no se me cambiara el ciclo del sueño. Creo que ha sido un poco tarde porque ahora son las tantas y estoy escribiendo esto porque no tengo sueño. Pero ya ha vuelto el sentido del humor, o lo que yo entiendo por tal, y además estoy tranquilo. Es como si hubiera cumplido una obligación con alguien y el resultado que espero fuera con otro y no conmigo.

Por otra parte, sabido es que cuando lo paso mal la cosa de la música fluye y sin sombras, misterio, así que a última hora de la tarde estaba trabajando en una nueva armonización, pretexto para volver a eso que tanto me gusta tras la experiencia reciente de una composición cien por cien propia. Pero, pretexto sobre pretexto, en esta ocasión, la melodía es la excusa para hacer algo que solía hacer en tiempos: poner la melodía en el bajo y convertir el presunto acompañamiento en declarado contracanto. Una prueba, no como las de esta mañana, sino de tarde, y de tarde en tarde.

Indy

Indiana JonesEn Cannes, en la mañana de este domingo, se ha proyectado por vez primera la cuarta entrega de las aventuras de Indiana Jones, tantos años esperada que ya la dábamos por imposible por aquello de que pesan los años, diga lo que diga el anuncio del agua mineral, y no sólo los kilos, y Harrison Ford hace la friolera de 19 años que se enfundó su sombrero y le dio al látigo por última vez dando brincos cual Douglas Fairbanks redivivo en versión ochentera. Así que habría que poner un énfasis mayor en la primera frase de este post y decir que se ha proyectado al fin y por primera vez la película que ha roto el hechizo de la trilogía. La trilogía ya no es trilogía pero los tres señores de la foto, Ford, Spielberg, Lucas, siguen formando la trinidad a la que tanto deben nuestras infancias y adolescencias.

Confesémoslo. La expectación la teníamos dividida entre el entusiasmo y el temor. Dicen las primeras críticas que la cosa no ha decepcionado pero que tampoco ha sido para tirar cohetes. Las segundas críticas dicen que las escenas de acción, geniales, pero que la historia peor que las anteriores. ¿Nos da igual lo que digan? Pues sí, nos da igual porque Indy es una experiencia personal e intransferible, como todos los mitos que se forjan en la imaginación, si bien es cierto que estas críticas, en contra de lo que pueda parecer, son de lo mejor que podíamos esperar.  Porque independientemente de cómo sea esta película, y lo sabremos en carne propia en breve, con lo que tiene que lidiar es con el tiempo, con el calendario. Cuando a comienzos de los 80 se anunció “En busca del arca perdida” como película que recuperaba el espíritu aventurero de las películas clásicas de Hollywood, los chavales sabíamos de qué iba ese espíritu porque en la Primera Sesión de los sábados por la tarde de Televisión Española nos ponían, daba igual si en blanco y negro o en technicolor, los tarzanes de Weismuller, la marabunta rugiente, el prisionero de Zenda, las minas del Rey Salomón y el Ivanhoe de Richard Thorpe, que de thorpe no tenía nada, el Robín de los Bosques de Curtiz y del otro que es más difícil de escribir pero que también formó parte de la que se montó en el Bosque de Sherwood de la Warner; en fin, cosas muy distintas a los cansinos telefilmes de desgracias y cánceres, psicópatas ensañándose con viudas y demás que ocupan, u okupan, el lugar actual de la parrilla catódica. Las generaciones de ahora no saben qué es el espíritu clásico aventurero de Hollywood y seguramente ni les importa, y si alguna televisión proyectara alguna de esas películas en blanco y negro a las 4 de la tarde el share se desplomaría haciendo un estruendo muy gordo.

Cuando pasas del Cine Exin a ver cómo Christopher Reeve levanta el vuelo rascacielos arriba para coger en brazos a Lois Lane y de paso al helicópetro -qué secuencia, por Dios- eres un tipo afortunado. Porque esas cosas ya no pasan. El pasmo ante los rudimentarios dibujos animados japoneses de Marco no puede competir con chavales que a los 6 años ya no se inmutan ante los milagros digitales de Pixar porque ya están hasta el moño de verlos a todas horas. Eso también hay que tenerlo en cuenta: que no sólo éramos más inocentes y tal sino que hay que tener en cuenta el factor “visto y no visto”, que es lo que ocurría cuando veías a ET en pantalla y querías aprovechar cada fotograma de la sesión de las 5 del domingo, abriendo bien los ojos, como si te lo quisieras grabar a fondo en la retina, porque a la salida del cine sabías que, verdaderamente, el bicho se había ido a su casa. En la tuya, desde luego, no estaba; ni vídeos ni dvd´s ni consolas. El Cine Exin con quince metros de celuloide y eso como mucho. El sentirse propietario de aquellos sueños (y, de paso, que dejaran de serlo, que ese era el precio) no fue hasta después. Los lunes al ir al colegio estaban cambiando el afiche de la película y eso certificaba que Supermán, Indiana Jones, ET y el Halcón Milenario ya sólo vivían en el recuerdo embobado y perpetuamente fascinado.

Todo esto viene a decir (que me voy por las ramas) que da igual que le pidamos a esta película que viene a destiempo (pero viene) no se qué cosas sobre el espíritu original cuando los que hemos cambiado somos nosotros. Y hablo de los mayores que entonces éramos chavales. Los chavales de ahora ven a un tipo con resuello dándole al látigo y quizá se remuevan inquietos en la butaca sintiendo mono de la última experiencia adrenalínica de tropecientos trillones de polígonos de la PlayStation 3. A finales de los años setenta y principios de los ochenta, el caldo de cultivo donde fermentaba la imaginación estaba todavía en el cine, que vivió para eso una edad de oro irrepetible; ahora está en las consolas y eso no es ni mejor ni peor, simplemente es así. Uno se involucra haciendo suyas (haciéndose en ellas) las aventuras de la consola y quizá por eso no le importe si lo que ve en la pantalla blanca es plano siempre que pase el mínimo requisito de espectacularidad en pirotecnia pixelada. Esa es la frontera que separa que un huevo de hojalata analógica llamado R2D2 llegara a tener alma en 1977 mientras que los Epidodios I, II y III no tuvieran chicha, puro pellejo digital, como el hombre de hojalata que buscaba un corazón, pues igual.

Ford

El cartero ha traído hoy esto:

Pack John Ford

Es el pack más interesante de los tres editados en EEUU con la filmografía de John Ford para la Fox. Trae con la cara lavada y subtituladas en español “Corazones indomables”, “Las uvas de la ira”, “Qué verde era mi valle” “Pasión de los fuertes”, esta última en disco doble porque incluye la primera versión de la película, realizada por Allan Dwan en 1939, “Frontier Marshal”. De postre, un disco extra ocupado en su mayor parte por este documental (¡subtitulado también!):

Pack John Ford

Viene via Amazon aprovechando que la balanza dólar/euro está muy descompensada (a favor de nuestros bolsillos). Tanto que los 6 dvd´s que componen el pack han salido al cambio por unos escasos 15 euros. Increíble. Reunido con la almohada, mereció la pena la decisión de estirar el presupuesto mensual asignado a este vicio mío de los discos de plástico y plata.