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Pensando 17 abril, 2008

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Un poco.

Cuestionario 16 abril, 2008

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El correo sigue dando sorpresas. Estaba hace un rato en las costas del libro de Pi (“Vida de Pi” es un libro que tiene una parte de costa y otra de océano) cuando me ha llegado el mail de un periodista solicitándo que responda a cuatro preguntas sobre la conferencia del otro día en la universidad. Dice que es para la edición del domingo, que es una sección didáctica que se llama “4 preguntas a…” y que las respuestas no pueden pasar de 190 palabras. Un cuestionario haiku, he pensado. Los Mecano cantaban aquello de 50 palabras, 60 palabras o 100 pero en una canción es distinto. Al final del mail venía un número de teléfono. Le he llamado.

Han sobrado muchas de esas 190 palabras para abrirme paso entre la redacción (le paso, un momento) llegar a su despacho y ponerme en comunicación con él y decirle que, paradojas de la vida, para el cuestionario sí que me iban a hacer falta unas cuantas más, igual si redondeamos a 200, mejor. Él ha reconocido que, en realidad, al final se quedan en menos de 190 lo cual significa que las respuestas encogen un poco una vez puestas al aire pero también ha dicho que si son más, la gente no las lee. Tiene razón. No sólo nos falta tiempo sino que, además, cada vez somos más impacientes. De todas formas, para algunas preguntas la parte proporcional de 190 palabras es al mismo tiempo mucho y poco, por ejemplo, para la segunda pregunta del cuestionario: ¿qué es el duende? Primera respuesta que me ha venido a la cabeza: uf.

Foto 16 abril, 2008

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De vez en cuando el correo te trae sorpresas. Me acaban de mandar un mail con una foto que ocupa 808 k y tiene 2048 pixels de ancho y 1360 de alto. En ella aparece un pequeño grupo de personas posando ante la cámara. La segunda empezando por la izquierda es el joven Malvás. Mira de frente con esa mirada suya tan característica que parece venir de lejos para mostrarse con abrumadora franqueza. No reconozco el entorno pero no hay nada en ese horizonte de árboles que denote cercanía. El asunto del envío está en blanco pero no importa porque la cosa está clara. Lo agradecemos, eso también está claro.

Tira de archivo: click y click.

Espejos 15 abril, 2008

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Julio MazoRosa, la viuda de Julio Mazo, librero emblemático de esta ciudad y amigo entrañable, ha vuelto a confiarme la disertación literaria del II Memorial “Julio Mazo” que tendrá lugar el próximo lunes día 28 en el mismo lugar que el año anterior. Aunque supone meterse de nuevo en faena, que las cosas no caen llovidas del cielo, para mí es un honor y una emoción, y es una de esas cosas que te salen del corazón. Como esta ciudad es como es, y a veces parece alimentarse de murmuraciones maledicentes, habrá voces que digan, otra vez éste, de qué va, y otras cosas más. A Rosa no le importa. A mí, que en todo caso soy el afectado y además soy menos fino que Rosa, me la suda. Rosa dice que me confía un acto que para ella tiene una gran importancia en lo íntimo por afecto, por conexión personal y por otras cosas más que no soy yo el que las tiene que repetir. Hablando de repeticiones, me gustaría aprovechar el doblete para no repetirme: no sólo voy a cambiar de libro -cosa obvia- sino que el enfoque va a ser totalmente distinto. Esta vez me gustaría hablar de aquellos libros en los que, en lugar de encontrar cosas, nos encontramos a nosotros mismos. Libros que son un espejo. Libros que te sacuden por dentro y quedan en tí, o quedas en ellos, para siempre.

O sea, “Vida de Pi”.

Nota: las fotos del año pasado, aquí. Y por cierto, no se me olvida el enigmático episodio acaecido por aquellos días.

Slacker 14 abril, 2008

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SlackerPersonalmente, tener la oportunidad de ver la ópera prima de ficción de alguien que en su momento hizo esa delicia intimista que es “Antes del amanecer” (y su reencuentro, diez años después, porque aquello era un reencuentro más que una secuela) es algo apetecible. Hablo de “Slacker” (1991) y de Richard Linklater. De ahí que venga de atravesar la ciudad de Austin durante 24 horas condensadas en 96 minutos, cruzando pasos de peatón, entrando en tugurios cerveceros con cantante pésimo al fondo, subiendo escaleras, bajando escaleras, caminando por calles soleadas, inspeccionando casas ajenas donde hay muchas habitaciones llenas de cosas y una vacía con un puñado de postales en el centro del suelo; y todo por seguir a cien personas, cien, que sólo tienen en común el cruzarse ante la cámara en un momento dado haciendo que esta les siga durante unos instantes movida por la curiosidad extrema de lo que dicen, un relato fragmentado porque empieza empezado y quedará incompleto ya que para entonces alguien nuevo habrá entrado en plano y más de lo mismo. Y así todo el (fascinante) rato.

El inicio de Slacker es revelador: con las primeras luces del día, un joven llega en autobús a Austin y sube a un taxi y allí le mete la brasa al taxista, impávido como buen profesional, en forma de monólogo verborreico. El joven es Linklater, el director y guionista de la película, y lo que cuenta un sueño raro que ha tenido en el autobús. En el sueño escribía un libro (un guión?) y el libro hablaba de que cada idea crea una realidad, sabe?. Lo que no haces se fracciona creando otra realidad. Al considerar los otros caminos se convirtieron en realidades, continuaron toda una vida que nunca veremos. Por ejemplo, al bajar del autobús se me ocurrió no tomar este taxi, sabe?. Ahora mismo existe esa otra realidad por el hecho de haberlo pensado. Y esa realidad se ve a sí misma como la única realidad. Desde esa otra realidad podría soñar con esta.

Slacker

De eso va Slacker. Una vez que Linklater se baja del taxi y desaparece del plano la cámara elige a quién seguir hasta que otras posibilidades se cruzan en su camino. Las opciones que quedan fuera de plano siguen existiendo, ya han creado una realidad en la que sucede una vida de la que nunca más sabremos. En esta película la cámara es más oído que ojo, al menos hasta ese final alucinante y alucinógeno, y recoge las conversaciones lisérgicas de pintorescos personajes anónimos que pueblan el día de Austin haciendo filosofía de Scooby Doo o reflexionando sobre la supremacía de la realidad grabada en vhs de la otra que no se puede rebobinar ni pausar; de accidentes de coche y llamadas a una ambulancia, de la conspiración de los gobiernos que convierten a gente en zombis, no los ves, mira, van por la calle con amnesia de la memoria a largo plazo, y de que estamos en Marte desde el 62, concretamente desde el 22 de Mayo.

En el recorrido por Austin hay máquinas expendedoras del USA Today que se atascan al mediodía y camareras piradas que todo lo etiquetan y agobian al tipo que ha pedido un café como pretexto para que le den cambio diciéndole con un ojo tembloroso que debería dejar de traumatizar a las mujeres con el sexo, debería. Y prosigue la excursión mientras pasan las horas y la cámara deja de seguir a alguien que hace un análisis freudiano de Los Pitufos para irse con un anciano anarquista que estuvo en Barcelona cuando la guerra civil en el caso de que la guerra civil hubiera transcurrido 30 años después en un viaje de turista; y toman el relevo unos universitarios que tiran al río una máquina de escribir eléctrica en un ritual en el que alguien lee un fragmento del “Ulises” de Joyce como si fuera la Biblia, y después una chica te sale al paso y te ofrece a buen precio una citología de Madonna en la que han quedado dos pelos púbicos de la diosa.

Slacker es un collage inmenso de trocitos de palabras que, juntas, montan la película, porque aquí la cámara sólo escucha y camina silenciosa, sin intervenir, y es inevitable que te sumes al paseo, atrapado por ese río de personas y palabras, sobre todo las palabras, que te hipnotizan como si fuera una letanía infinita.

Nota: me cae bien Linklater porque representa el tipo de persona con las agallas que yo no tengo. Un día Linklater dejó los estudios de literatura en la universidad y se fue a trabajar a una plataforma petrolífera en el Golfo de México. Allí ocupó la mayor parte de sus ratos libres leyendo. Volvió con el gusanillo del cine dentro, empleó los ahorros conseguidos en la plataforma en comprar un equipo de súper-8, un proyector, una mesa de montaje y se fue a Austin. De la frase anterior lo mejor es el “se fue” porque suena a “empezó” y a “posibilidades” y a más cosas, algunas más fáciles que otras, pero todas de un diccionario propio. Ya llegamos a Austin. Allí creo un cineclub en la universidad -qué gozada- con la única finalidad de dar a conocer su pasión por Bresson, Ozu, Von Sternberg y otros. Autodidacta total, miró a través del visor y empezó a plasmar su visión de las cosas en la retina del celuloide.

Defrag 13 abril, 2008

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Pues al final no fuí a Bilbao. Después de una semana movidita, la perspectiva de tener que levantarme a las 7 de la mañana el sábado para pegarme cuatro horas de autobús sabiendo, además, que los vecinos van en quince días y me hacen un sitio en su coche fue suficiente para que mi cuerpo dijera tranquilidad, fin de semana de tranquilidad. Y así ha sido. Ni móvil, ni fijo, ni mail. Ahora, domingo por la noche, empiezo a conectarme de nuevo. Esta semana hay cosas pero entre ellas he decidido que me voy a dedicar al blog. Más. Más que nada porque hay cosas pendientes, unas fruto de la reflexión del fin de semana, otras esperando a que pasaran las últimas actividades laborales, concretamente su preparación, porque las actividades en sí pues mira, apenas ocupan espacio, pero la correspondiente preparación consume mucha memoria, de la mía, y muchos recursos, los míos también. De ahí el defrag de este fin de semana y listos para empezar nuevos proyectos. Pero también lo del blog, que si no hay cosas que se pierden y algunas no importa pero otras me gustaría encontrármelas un día, dentro de mucho tiempo, tirando de archivo, para decir, anda, mira, si ya no me acordaba.

Despertar 12 abril, 2008

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Los miércoles por la mañana la señora Honey entra en mi habitación como siempre y sube las persianas y abre la gran ventana francesa. Deja entrar la luz danzante y el zumbido del mar, el crujido de las barcas ancladas en Roads y el sonido del cortacésped; el olor a hierba cortada y a syringa y el silbido desvergonzado del mirlo.

Luego viene hacia mi cama y se queda de pie, una mano pegada al costado, su vieja cara arrugada como si tuviera alguna noticia que dar y no supiera cómo hacerlo con delicadeza.

-Hoy es un día sin carne, dice.

Katherine Mansfield (1888-1923), “Diario”

Balada 10 abril, 2008

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Chopin duele siempre.

Esther esperaba hoy el sms de costumbre que le anuncia, siempre que hemos terminado capítulo, con qué obra vamos mañana, para que traiga la partitura. Y el sms decía: Chopin, Balada 3, y es de esos sms que cuando has terminado de escribirlos y le das a enviar te sonríes porque sabes lo que va a pasar cuando abran el sobrecito amarillo que se materializa siempre en el buzón al que le dices ve, qué cosa. Y lo que va a pasar es que tu teléfono suena al momento y al otro lado escuchas un ay con muchas i griegas, pero no porque duela, sino que es un ay de los que manifiestan alegría, como cuando le quitas el papel bonito a un regalo y resulta que lo de dentro aún es más bonito y entonces lo que te sale es eso, un ay.

Un ay de los otros viene cuando te asomas a la partitura, que es lo que me acaba de pasar, después de tanto tiempo, abriendo la característica edición de pastas amarillas del (o de la) Polskie Wydawnictwo Muzyczne, nunca pensé que lo iba a escribir, tomo III de las Obras Completas de Chopin, Baladas, cortesía del Instytut Fryderyka Chopina, por qué le dirán Frideryka si fue Fryderyk, debe ser cosa de las declinaciones, y ya puestos, por qué le dirán Federico a Chopin cuando a Beethoven se le llama Ludwig, sin traducir, porque eso sí que no es cosa de declinación, en fin, al grano, que ya me he vuelto a enredar en otra de esas frases llenas de comas que tanto me gustan.

Pero hay que hablar del ay.

La Balada 3 empieza con una línea de trazo suave a la acuarela, que apenas parece impregnar el pentagrama, pero sabes que ahí dentro está ya lo esencial, lo sabes, es cuestión de tiempo que se deje ver, que se muestre sin camuflaje. Enseguida cae desgajado un intervalo. Sólo eso. Un intervalo. Después lo hace la más elemental de las células rítmicas (papán) y antes de que puedas darte cuenta el uno y la otra se han convertido en una sola cosa y para cuando quieres reaccionar y ponerte al día esa unidad recién formada se eleva movida por la marea del compás y rompe clavándote en el pecho el filo de un verso.

Ay.

Eso es. Infalible. Así pasa siempre con Chopin, músico poeta, maestro absoluto: de la melodía, de la armonía, de la textura, de lo que vuela, de lo que flota, del pesar que se arrastra por el fondo; maestro de los silencios que vuelve negros los de blanca y al revés si le da la gana. Mago. Cuando a Chopin le da por tambalear el edificio tonal que venga Schönberg y tome nota y se agarre y de paso que se quede un rato y se duela también, claro, hombre; un ay de los de Chopin es una herida luminosa. La contemplación de lo que es asombrosamente bello siempre nos hace exclamar un ay, como si el alma se hiciera un lío del susto y tomara por dolor lo que es un gozo infinito. Ese es uno de los misterios de la existencia, fijo que sí, y se reproduce con deliciosa asiduidad en Chopin.

Escuchando a Krystian Zimerman tocar esta Balada yo he puesto las yemas de los dedos sobre las notas impresas, deslizándolas de izquierda a derecha, como si leyera braille y en realidad algo así es, porque yo ya no puedo ver con los dedos esta obra pero puedo recrear en la sien las sensaciones táctiles de la obra. La memoria táctil no se pierde. Chopin duele siempre. A Esther ya le ha salido un ay por el móvil, aunque sea un ay de los otros, de momento. Ahí no hay ay malo.

Cruz de migrañas 9 abril, 2008

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Cuánto disfruté ayer en el transcurso de la conferencia cuando enseguida ví que sí, que adelante; eso lo dice un lenguaje especial que el público emite con el silencio y la mirada y alguna sonrisa ocasional; te dicen eso sin saber, quizá, que te lo dicen y eso te allana el camino, vía libre, y disfrutas comunicando cada una de las palabras que forman las frases que forman las ideas que vas desgranando con todo el mimo del mundo, que es como me gusta trabajar a mí.

Antes, desde el mediodía, tuve a mi lado a un hada madrina gracias a la cual pude transitar ese impresionante campus de la Universidad de Navarra repleto de edificios como de película futurista sin sentirme perdido o empequeñecido. Debo resultar un ponente algo peculiar a ojos de quien organiza los eventos: comí en un Pan´s and Company y una hora antes de la conferencia me metí entre pecho y espalda un Bollycao, sí, qué pasa, la carne es débil y la tentación a veces fuerte.

Al final de la conferencia vino gente que no conocía de nada a transmitir su felicitación de manera muy afectuosa aunque iba con el tiempo justo porque el viaje de vuelta salía en 45 minutos. Pero ahí estaba al quite mi alumno, si hombre, si ya lo conocemos, el que me debe un relato aunque yo siempre le perdono y le concedo prórrogas porque siempre tiene cosas entre manos y yo siempre digo que bueno, que no se preocupe. Ayer, por ejemplo, salía para Barcelona pero quiso estar en la conferencia y, además, insistió en acercarme en su coche del campus a la estación de autobuses a pesar de que le esperaba una jartá de kilómetros. La gente te transmite su afecto de muchas maneras: aceptando comer contigo en un Pan´s que quita el apetito de verlo o retrasando la salida de un viaje hasta horas incómodas para acompañarte y oirte, aunque te haya escuchado tantas veces a solas, en nuestras charlas caseras alrededor de lo que sea que tenga cinco líneas y cuatro espacios y hasta de lo que no tenga, y llevarte a la estación y casi casi ayudarte a salir del coche, que poco faltó, que el reflejo le llevó a extender el brazo, así iba yo cargado de bultos y de un cansancio creciente.

La cruz vino en el viaje de vuelta. Una migraña de esas que hacen que los puntitos de luz de las farolas que pasan por las ventanas del autobús se te claven dolorosamente al fondo de la retina y te deslumbren y que el estómago te comunique que igual vomita y todo. Un horror. Hasta esta mañana. Creo que es la forma que tiene el cuerpo de avisar que la batería aguanta cada vez menos, como la de los móviles o los portátiles, y que estar desde la mañana danzando por el mundo, sin ser nada, quizá fue excesivo. Porque por la conferencia en sí firmo porque todas resulten así.

Diario 7 abril, 2008

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Llueve bastante y la temperatura ha bajado. Lo primero lo sé porque, a lo tonto, llevo un rato largo mirando por la ventana. A un lado tengo esta ventana donde escribo el post y a otro la ventana en la que llueve. Y de fondo suena “Rather lovely thing” y “Song for Jesse”, de la banda sonora de “El asesinato de Jesse James a manos del cobarde Robert Ford” y produce un efecto narcotizante, como en la película. Por la ventana se ve pasar a los coches en fila deslizándose en procesión sobre el asfalto mojado al compás de la melodía.

Me he puesto una camisa de estar por casa encima de la camiseta de estar por casa porque en casa se nota el número 9 que aparece iluminado en rojo en el termómetro de lo que antes era la sucursal de un banco, luego lo fue de otro banco y ahora no se sabe muy bien qué es, pero un banco seguro que no. A pesar del 9 y gracias a la lluvia, de vez en cuando me levanto de la silla y abro la ventana y aspiro. Cómo me gusta ese olor. Hasta hace no mucho tiempo estaba convencido de que a ese olor de lluvia y de tierra mojada se le llamaba mojama y el día que me enteré que era algo relacionado con el pescado por poco vomito. Por Dios, qué asco. Debe ser un error del diccionario porque la palabra tiene resonancias bien claras. Desde luego, en tardes como la de hoy, cuando llueve fuerte y abro la ventana y aspiro me digo: el olor de la mojama. Y me quedo tan ancho.

Esta mañana han venido con una ambulancia y se han llevado a la señora Mercedes al hospital. No sabemos si será grave o no pero, desde luego, es terrible. Siempre es terrible.

Ayer llamó Alain por teléfono. Me invitan a pasar el fin de semana a Bilbao. En principio dije que sí y eso que todavía no me habían dicho que entre los motivos de la invitación estaba aprovechar para ir a escuchar a los Lumega, que son los Kantika que se hicieron mayores. Veremos a ver. De momento, en el horizonte cercano está lo de mañana en Pamplona. Ya está el ordenador en el maletín porque ya no toco ni un punto, vamos. Así se queda.

Una vez alguien lloró y después sonrió. Y yo dejé escrito un consuelo para el día de mañana. Por si hiciera falta.

Centenario 5 abril, 2008

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Herbert Von Karajan

Una vez un chamán escuchó una melodía que salía de un aparato de radio. Era Mozart. Al chamán se le iluminó el gesto y le dijo al discípulo: “eso que suena hace fluir las energías” y pensó en utilizarlo como ayuda en sus sanaciones. El discípulo le buscó en una tienda de la ciudad el disco de vinilo que contenía esa melodía y al escucharla de nuevo el chamán torció el gesto contrariado y dijo: “no, no, esto bloquea las energías. Esto no me sirve para nada”. El disco lo dirigía Herbert Von Karajan, no sabemos quién dirigía el que sonó aquel día por la radio. La historia es, por lo menos, curiosa y además no termina aquí. Al discípulo se le encendió una bombilla, igual que pasa en los tebeos, y trajo un puñado de discos para hacer un experimento. El experimento consistía en que el chamán escuchaba un poco de cada disco y decía sí o decía no, según fluyeran las energías. No me preguntes a qué tipo de energías se refería el chamán porque no tengo ni idea, sólo conozco el resto de la historia.

El chamán seguía escuchando discos con paciencia de maestro que ha alcanzado la templanza y al final el discípulo se encontró con una estadística asombrosa: todos los discos que, según el chamán, hacían fluir de manera asombrosa las energías estaban dirigidos por Karl Böhm; todos los discos que ni fu ni fa estaban dirigidos por un amplio elenco de directores invitados, y todos los discos en los que la energía no fluía, sino que además se bloqueaba, estaban dirigidos por Von Karajan. Sobra decir que el chamán no conocía los nombres ni de antemano ni de antebrazo porque el chamán estaba en otro rollo.

Va otra historia.

Preparando una clase en la que tenía que hablar sobre unos aspectos concretos de la 9ª Sinfonía de Beethoven, me puse a escuchar la versión Karajan del 63, no sé qué pensarán los críticos sobre ella, nunca me ha importado lo más mínimo, me conformo con que me apasione a mí y tan contento. Decía que me puse a escucharla con los auriculares y al llegar al momento crucial, sí, ese mismo, ese que empieza con el silencio absoluto a partir del cual empiezan a sumarse, poco a poco, las familias, primero la percusión, muy suave, luego los vientos, como pillando confianza, luego la cuerda, después la voz humana, luego las voces humanas, que el uno viene antes que el dos y aquí, si nos fijamos, hay una sospechosa coincidencia en el orden evolutivo de las cosas, bueno, sigo, luego la perfección de la forma representada por una doble fuga y finalmente, en la cumbre, la explosión luminosa y grandiosa del himno con mayúsculas, pues entonces sentí la descarga del susto, esa que por poco se te lleva por delante de un infarto de miocardio, cuando Mari me puso la mano en el hombro. Los auriculares se desencajaron de los oídos de la sacudida y la atmósfera sonora volvió a ser la del rumor mullido de un cuarto de estar con bajo continuo de coches al otro lado de las ventanas. Mari me miraba con cara de preocupación y me preguntó si estaba bien y me di cuenta de que estaba hiperventilando. Me pasa siempre que escucho ese instante imponente y glorioso de la mano de Karajan moviendo la batuta en el año 63. No sé qué opinaría el chamán al respecto. Igual le parecía yo un bicho raro. Qué se yo.

Ahora la última.

Una vez me di cuenta de una cosa. La cosa empezó viendo una conmovedora dirección de Leonard Bernstein, el hombre ya en las últimas, un día que la gente se quedó fuera del auditorio y ordenó que abrieran las puertas, y dentro estaban todos de etiqueta y afuera el sol caía sobre una hierba verde verderol y la gente llevaba camisetas y estaba tumbada en la hierba o apoyada en los árboles moviendo el pie al compás de la música. Dentro Bernstein dirigía con un gesto muy suyo, que iba desde el pecho hacia afuera, abriendo los puños a medida que los brazos se separaban del cuerpo, como si la fuerza que alienta la música la arrancara de su cuerpo y la regalara a sus músicos. Y entonces me acordé de Karajan y pensé: Karajan hace lo contrario; mientras Bernstein sube al podio y establece una comunicación con los músicos para que estos sirvan de pantalla amplificadora para proyectarse en la gente, Karajan sube al podio, cierra los ojos, y hace una mínima coreografía de manos que van de los músicos hacia sí mismo, como diciendo, dadme, dadme, todo para mí.

Karajan sabía que cuando hoy cumpliera 100 años todo el planeta iba a rendirle honores porque por aquel entonces ya había logrado alcanzar la anhelada inmortalidad.

Agenda 4 abril, 2008

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Esta es la próxima aventura en la que me he embarcado. Es un ciclo de conferencias que tendrá lugar la próxima semana en la Universidad de Navarra. A mí me toca el martes a las 19:00 h. El cartel me dejó un poco perplejo porque, la verdad, yo voy poco flamenco. Quiero decir que lo mío no va ni de lunares ni peinetas. Quiero pensar (y no es un chiste sobre el título: “pensar el flamenco”) que la referencia al “flamenco” es en plan genérico y que ahí entran otras cosas que no sólo tienen que ver con lo que se conoce como cante flamenco. El cante jondo, por ejemplo, que es de lo que voy a hablar yo. De hecho, el certamen que en el 22 organizaron entre otros Lorca y Falla en Granada fue para recuperar la esencia del cante (jondo) y diferenciarlo del cante (flamenco). “Ridículos flamenquismos”, decía Falla de lo segundo con esa mala leche que yo creo que tenía. Y si no la tenía, lo parecía. El cante flamenco es relativamente moderno (se forma hacia el siglo XVIII) mientras que el cante jondo lo es tanto (jondo) que sus raíces se adentran en un tiempo lejanísimo y en una tierra que es mezcla de orientalismos, liturgias primitivas de corte gregoriano y voces de minarete. El cante flamenco es un poco arbolario, el jondo no: utiliza muy pocas notas para expresar -curiosa paradoja- lo que Lorca definió como “las más infinitas gradaciones del Dolor y de la Pena”, las mayúsculas son suyas, no seré yo quien le quite unas mayúsculas a Lorca.

Lo mío no va de trajes de faralaes y señoritos tomando unos finos; lo mío habla de Diego Bermúdez, que a sus más de 70 años se puso su chaqueta de los domingos y atravesó a pie campos de olivos durante 100 kilómetros para llegar al certamen de Granada y cantar lo que llevaba dentro, que en el fondo es lo que llevamos todos, no el cantar, sino lo que se canta, lo que se dice al cantar o lo que se llora al cantar. A Falla le dijo que llevaba 30 años retirado como cantaor porque una puñalada le había dado en el pulmón. A Falla este hombre le dio otra puñalada pero de esas en las que no sangra la carne sino el alma. Pues de eso va lo mío, con ejemplos, comparativas, exploraciones, conclusiones anotadas en la pizarra electrónica del ordenador.

Y el duende, claro. Del duende que nace de dentro y con que el que hay que entablar una relación en términos de lucha. Pedían desde la Universidad un enfoque multidisciplinar del asunto, una visión desde diferentes ángulos. Esa va a ser la mía. 

Oído 2 abril, 2008

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Desde hace algunas semanas, Clara pasa por aquí porque no tiene muy claros los sonidos cuando la profesora de lenguaje musical les hace un dictado. Clara tiene once o doce años y se ríe porque le digo que me da mucha envidia que ella entienda las películas que hablan en inglés y yo lleve tres veces y pico once o doce años intentándolo y me quedo con cosas sueltas que, juntas, forman un lío. Y se ríe otra vez.

Una niña que a esa edad tiene un conocimiento auditivo del inglés semejante no debería tener poco claro el asunto de los sonidos en un dictado musical, lo que nos lleva a pensar que algo falla y, probablemente, no son las cualidades. Hay quien sostiene que la práctica del dictado musical para la formación del oído es un error, porque exige más una demostración de habilidad que otra cosa por parte de los niños. La experiencia y la observación de lo que ocurre en el transcurso de un dictado me dice que el problema no es el dictado en sí sino cómo se afronta el dictado. A los niños no se les enseña a pensar en el sonido, a establecer puntos de referencia, cosas así. En ese sentido no es tan esencial reproducir de manera exacta los sonidos y ritmos que el profesor toca en el piano, único objetivo que parece seguir persiguiendo la práctica del dictado. En la observación del error, por ejemplo, hay siempre un aprendizaje interesante.

Eso mismo es lo que le propuse a Clara desde el principio: que íbamos a pensar en el sonido, ver qué ocurría, ir a buscarlo si es preciso con ayuda del sonido vecino. Y ella dijo que sí con la cabeza y la cosa va funcionando. Hoy nos hemos dado cuenta de dos cosas importantes, por ejemplo: una, que la luz de la habitación ha cambiado sustancialmente con el cambio de hora y que hemos tenido suerte porque justo en el momento de la clase se está mejor. Ella está plenamente de acuerdo con eso después de haber mirado las paredes y a su alrededor con los ojos muy abiertos. Lo segundo ha sido descubrir que el oído percibe dos cosas al mismo tiempo pero no las procesa a la vez. Esas dos cosas son el sonido y el ritmo. El oído de Clara piensa con mayor facilidad el sonido que el ritmo. Ha sido interesante descubrirlo también porque de lo que se trata ahora es de dirigir el trabajo allí. Mientras tanto yo sigo poniendo los subtítulos a lo del inglés.

Celebración 1 abril, 2008

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Hoy ponemos un seis por ocho en una tarta de cumpleaños. Y lo celebramos.