Razones

Estando esta mañana en el hospital con una vía abierta en un brazo por la que entraba suero mientras que del otro salía sangre, he decidido que iba a meter el iPod en el bolsillo, subirme al próximo tren y pasarme por la FNAC. La enfermera decía que es normal que luego te encuentres flojico, bueno, ya sabrás por otras veces, no? almuerza algo abajo y descansa, y yo he respondido que sí, sí, pero por dentro ya lo había decidido. Soy así de contradictorio o de borrico pero si una cosa se me mete en al cabeza ya no hay más que hablar. Digamos en mi descargo que había razones de peso para hacerlo:

1. Soplaba el cierzo. El cierzo es el viento norte que te garantiza cielo azul y sol sin calor (de hecho, a la sombra hacía frío de invierno) Lo mejor para viajar, sobre todo tras la visita del calor durante el fin de semana pasado anunciando que enseguida se muda para aquí. Entonces no habrá quien se mueva. Yo, desde luego, no.

2. Me quemaba desde hace unas semanas el cheque de puntos acumulados de la FNAC, que mostraba una generosa cantidad en euros. Cuando eso ocurre lo más inteligente es emplearlo en algo que realmente merezca la pena. Y eso es justamente lo que pasa en el punto 3.

3. Y ciertamente 3, sí. Tres años esperando a que alguien se dignara a traer una de las ediciones USA imprescindibles: la integral Harold Lloyd, editada en 2005, restaurada meticulosamente y equipada con abundante y suculenta documentación adicional. Unas 24 horas en 10 dvd´s. Soy un incondicional de Harold Lloyd, el tercer genio, como lo llamó una serie británica documental. Sobra decir que también soy un incondicional de los otros dos genios, Chaplin y Keaton, del último me proyecté la otra noche esa maravilla que es “Sherlock Jr” y tengo previsto volver a hacerlo porque me quedé con ganas de más, pero a Lloyd se le tiene más perdido, quizá por aquello de que lleva 80 años colgado de las manecillas del reloj.

Me he vuelto en el tren tan ufano con mi pack Lloyd conseguido a precio ridículo al intercambiarlo por el cheque de puntos. La cajera se me ha quedado mirando en plan así no nos vamos a ganar el sueldo de este mes, chico; o igual la mirada era de otra cosa, mirada de vaya mala cara que lleva este hombre, si está blanco. Claro, me habían vampirizado las esbirras de Christopher Lee de par de mañana.

A la vuelta me ha salido a recibir a pie de vagón mi sobrino Carlos. Definitivamente, mi sobrino Carlos es como Pocoyo. Igual. Estaba tan contento de ir a la estación a esperar al tío que venía en el tren y yo tan contento de la recepción. Le he dado dos achuchones y del bolsillo de su pantalón ha sacado un caramelo azul del tamaño de una lenteja. Me lo ha ofrecido. Mi sobrino es muy generoso. Hemos esperado en una chocolatería a que la abuela hiciera un recado aunque no hemos tomado chocolate. Pero hemos hablado de los trenes, de las burbujas del refresco del tío, de cuál será la razón de que los cubitos de hielo estén siempre tan fríos y nunca calientes, de que el botellín de agua del que nunca se separa Carlos no tenga burbujas, de los coches de color rojo y de algo de El Rey León que no he terminado de descrifrar muy bien.

Al final hemos quedado que un día vendrá a comer a casa, hoy no porque él ya había comido y no se puede comer dos veces, según ha dicho. En la despedida le he dado otro achuchón y él se ha ido con la abuela y yo me he venido a casa con Harold Lloyd. Antes le he preguntado a Carlos si le gustaba Pocoyo. Ha dicho que sí, claro.

Un pensamiento en “Razones

  1. toni

    el hombre mosca. sí, señor. yo le conocí en pantalla grande. en el cine del abuelo, claro. y me impresionó tanto que me convertí, automáticamente, en un incondicional. trinta años colgado del reloj en la pared de mi estudio. brindo por las coincidencias.

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