Archivo por días: 27 abril, 2008

Reducto

Tanta prisa para contar las palabras y al final el periodista ha dejado para la semana que viene las Cuatro preguntas a… Ya lo dejó entrever la fotógrafo con el gesto. En el periódico de hoy sí que venían Cuatro preguntas a… pero eran a otro. Ahora que lo pienso, no he mirado a ver si a él le habían salido las cuentas, lo que sí he visto, y en la portada además, ha sido la noticia de que ayer hizo aquí el día más caluroso en lo que llevamos de año, 30.2º, terrible. Tengo pavor veraniego en lo que a temperaturas se refiere y esto ni siquiera ha empezado. Quizá por eso, subiendo el otro día al hospital, me quedé embobado ante la estampa de la cumbre nevada del Moncayo como si fuera la primera vez que la contemplaba.

Hay días de atmósfera limpia en los que se ven muy nítidos los detalles de la falda del monte y en la cumbre la nieve brilla como si fuera una crema blanquísima. Tiene algo de conmovedor ese último reducto del invierno que luce todo su esplendor al sol antes de deshacerse dignamente para reaparecer colándose en un descuido del otoño. Tan hermosa me pareció esa estampa, más todavía por fugaz, que eché en falta mi cámara de fotos pero me recordaron que el móvil lleva una. Es verdad. Nunca la había usado antes porque se me hace raro sacar una foto con un teléfono, convertir en ojo lo que de normal es un oído digital, se me hace extraño, y más si se trata de hacerle un homenaje póstumo al invierno pulsando la tecla Menú. Lo cotidiano está hecho de momentos desconcertantes.

Diario

Para que luego digan de la sugestión y esas cosas: me encuentro perfectamente (en términos relativos, se sobreentiende).

La crónica del fin de semana viene a ser esta: el viernes estuve un rato en casa de los vecinos. En la calle había animación veraniega, arriba había animación de tertulia. Se me volvió a olvidar pasarle a la vecina un regalo que tengo para ella que huele muy bien y que debe estar muy rico. A la tercera va la vencida, fijo. Me invitaron a quedarme a cenar pero dije que no, que gracias pero que no; tenía que encontrar la orilla de la charla de mañana y me iba a quedar más tranquilo sabiendo que el trabajo estaba terminado.

Al salir del portal y bajar las escaleras de esa calle que es una calle que yo creo que la hicieron en versión Las Calles de San Francisco, por la pendiente, ví al joven Malvás entre un grupo de gente de viernes y le mandé un sms a la vecina para decírselo que sé que le gusta porque le da un poco de rabia saber que, si se asoma a la ventana, entre ese mar de cabezas está la del joven Malvás y ella sin saber quién es todavía. Que conste que no lo sabe porque no quiere, le pone lo de la intriga, al parecer. No puede terminar lo de la charla porque quería prepararle a Esther un menú degustación chopiniano para el sábado por la mañana. A veces hacemos eso para buscar las claves del lenguaje de un compositor: vemos tal cosa aquí y la reecontramos allí y allí y, de paso, vemos las modificaciones o las transformaciones, si las hay. Creo que es algo muy interesante. También a ella le mandé un sms para decírselo, que tocaba menú.

Mi tranquilidad para poder decir que ya están terminadas las notas sobre la disertación del lunes tuvo que esperar, cierto, pero me tranquilicé igualmente y aún diría que de una forma especial, al escuchar a Evgeny Kissin tocar, y decir tocar es mucho, más bien rozar, acariciar, ese ejercicio de hipnosis que es la Berceuse Op. 57 de Chopin. Qué maravillosa obra. Así que hubo clase el sábado por la mañana y por la tarde sí, entonces ya pude dedicarme al trabajo pendiente. A partir de ahí, tranquilidad.