Balada

Chopin duele siempre.

Esther esperaba hoy el sms de costumbre que le anuncia, siempre que hemos terminado capítulo, con qué obra vamos mañana, para que traiga la partitura. Y el sms decía: Chopin, Balada 3, y es de esos sms que cuando has terminado de escribirlos y le das a enviar te sonríes porque sabes lo que va a pasar cuando abran el sobrecito amarillo que se materializa siempre en el buzón al que le dices ve, qué cosa. Y lo que va a pasar es que tu teléfono suena al momento y al otro lado escuchas un ay con muchas i griegas, pero no porque duela, sino que es un ay de los que manifiestan alegría, como cuando le quitas el papel bonito a un regalo y resulta que lo de dentro aún es más bonito y entonces lo que te sale es eso, un ay.

Un ay de los otros viene cuando te asomas a la partitura, que es lo que me acaba de pasar, después de tanto tiempo, abriendo la característica edición de pastas amarillas del (o de la) Polskie Wydawnictwo Muzyczne, nunca pensé que lo iba a escribir, tomo III de las Obras Completas de Chopin, Baladas, cortesía del Instytut Fryderyka Chopina, por qué le dirán Frideryka si fue Fryderyk, debe ser cosa de las declinaciones, y ya puestos, por qué le dirán Federico a Chopin cuando a Beethoven se le llama Ludwig, sin traducir, porque eso sí que no es cosa de declinación, en fin, al grano, que ya me he vuelto a enredar en otra de esas frases llenas de comas que tanto me gustan.

Pero hay que hablar del ay.

La Balada 3 empieza con una línea de trazo suave a la acuarela, que apenas parece impregnar el pentagrama, pero sabes que ahí dentro está ya lo esencial, lo sabes, es cuestión de tiempo que se deje ver, que se muestre sin camuflaje. Enseguida cae desgajado un intervalo. Sólo eso. Un intervalo. Después lo hace la más elemental de las células rítmicas (papán) y antes de que puedas darte cuenta el uno y la otra se han convertido en una sola cosa y para cuando quieres reaccionar y ponerte al día esa unidad recién formada se eleva movida por la marea del compás y rompe clavándote en el pecho el filo de un verso.

Ay.

Eso es. Infalible. Así pasa siempre con Chopin, músico poeta, maestro absoluto: de la melodía, de la armonía, de la textura, de lo que vuela, de lo que flota, del pesar que se arrastra por el fondo; maestro de los silencios que vuelve negros los de blanca y al revés si le da la gana. Mago. Cuando a Chopin le da por tambalear el edificio tonal que venga Schönberg y tome nota y se agarre y de paso que se quede un rato y se duela también, claro, hombre; un ay de los de Chopin es una herida luminosa. La contemplación de lo que es asombrosamente bello siempre nos hace exclamar un ay, como si el alma se hiciera un lío del susto y tomara por dolor lo que es un gozo infinito. Ese es uno de los misterios de la existencia, fijo que sí, y se reproduce con deliciosa asiduidad en Chopin.

Escuchando a Krystian Zimerman tocar esta Balada yo he puesto las yemas de los dedos sobre las notas impresas, deslizándolas de izquierda a derecha, como si leyera braille y en realidad algo así es, porque yo ya no puedo ver con los dedos esta obra pero puedo recrear en la sien las sensaciones táctiles de la obra. La memoria táctil no se pierde. Chopin duele siempre. A Esther ya le ha salido un ay por el móvil, aunque sea un ay de los otros, de momento. Ahí no hay ay malo.

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