Archivo por días: 5 abril, 2008

Centenario

Herbert Von Karajan

Una vez un chamán escuchó una melodía que salía de un aparato de radio. Era Mozart. Al chamán se le iluminó el gesto y le dijo al discípulo: “eso que suena hace fluir las energías” y pensó en utilizarlo como ayuda en sus sanaciones. El discípulo le buscó en una tienda de la ciudad el disco de vinilo que contenía esa melodía y al escucharla de nuevo el chamán torció el gesto contrariado y dijo: “no, no, esto bloquea las energías. Esto no me sirve para nada”. El disco lo dirigía Herbert Von Karajan, no sabemos quién dirigía el que sonó aquel día por la radio. La historia es, por lo menos, curiosa y además no termina aquí. Al discípulo se le encendió una bombilla, igual que pasa en los tebeos, y trajo un puñado de discos para hacer un experimento. El experimento consistía en que el chamán escuchaba un poco de cada disco y decía sí o decía no, según fluyeran las energías. No me preguntes a qué tipo de energías se refería el chamán porque no tengo ni idea, sólo conozco el resto de la historia.

El chamán seguía escuchando discos con paciencia de maestro que ha alcanzado la templanza y al final el discípulo se encontró con una estadística asombrosa: todos los discos que, según el chamán, hacían fluir de manera asombrosa las energías estaban dirigidos por Karl Böhm; todos los discos que ni fu ni fa estaban dirigidos por un amplio elenco de directores invitados, y todos los discos en los que la energía no fluía, sino que además se bloqueaba, estaban dirigidos por Von Karajan. Sobra decir que el chamán no conocía los nombres ni de antemano ni de antebrazo porque el chamán estaba en otro rollo.

Va otra historia.

Preparando una clase en la que tenía que hablar sobre unos aspectos concretos de la 9ª Sinfonía de Beethoven, me puse a escuchar la versión Karajan del 63, no sé qué pensarán los críticos sobre ella, nunca me ha importado lo más mínimo, me conformo con que me apasione a mí y tan contento. Decía que me puse a escucharla con los auriculares y al llegar al momento crucial, sí, ese mismo, ese que empieza con el silencio absoluto a partir del cual empiezan a sumarse, poco a poco, las familias, primero la percusión, muy suave, luego los vientos, como pillando confianza, luego la cuerda, después la voz humana, luego las voces humanas, que el uno viene antes que el dos y aquí, si nos fijamos, hay una sospechosa coincidencia en el orden evolutivo de las cosas, bueno, sigo, luego la perfección de la forma representada por una doble fuga y finalmente, en la cumbre, la explosión luminosa y grandiosa del himno con mayúsculas, pues entonces sentí la descarga del susto, esa que por poco se te lleva por delante de un infarto de miocardio, cuando Mari me puso la mano en el hombro. Los auriculares se desencajaron de los oídos de la sacudida y la atmósfera sonora volvió a ser la del rumor mullido de un cuarto de estar con bajo continuo de coches al otro lado de las ventanas. Mari me miraba con cara de preocupación y me preguntó si estaba bien y me di cuenta de que estaba hiperventilando. Me pasa siempre que escucho ese instante imponente y glorioso de la mano de Karajan moviendo la batuta en el año 63. No sé qué opinaría el chamán al respecto. Igual le parecía yo un bicho raro. Qué se yo.

Ahora la última.

Una vez me di cuenta de una cosa. La cosa empezó viendo una conmovedora dirección de Leonard Bernstein, el hombre ya en las últimas, un día que la gente se quedó fuera del auditorio y ordenó que abrieran las puertas, y dentro estaban todos de etiqueta y afuera el sol caía sobre una hierba verde verderol y la gente llevaba camisetas y estaba tumbada en la hierba o apoyada en los árboles moviendo el pie al compás de la música. Dentro Bernstein dirigía con un gesto muy suyo, que iba desde el pecho hacia afuera, abriendo los puños a medida que los brazos se separaban del cuerpo, como si la fuerza que alienta la música la arrancara de su cuerpo y la regalara a sus músicos. Y entonces me acordé de Karajan y pensé: Karajan hace lo contrario; mientras Bernstein sube al podio y establece una comunicación con los músicos para que estos sirvan de pantalla amplificadora para proyectarse en la gente, Karajan sube al podio, cierra los ojos, y hace una mínima coreografía de manos que van de los músicos hacia sí mismo, como diciendo, dadme, dadme, todo para mí.

Karajan sabía que cuando hoy cumpliera 100 años todo el planeta iba a rendirle honores porque por aquel entonces ya había logrado alcanzar la anhelada inmortalidad.