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Parodia 28 marzo, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 6 comentarios , trackback

El asombroso viaje de Pomponio FlatoMe he regalado el último libro de Eduardo Mendoza, recién salido de la imprenta, porque lo esperaba con ilusión y así me compensa el disgusto que me he llevado de par de mañana cuando me he enterado del cambio horario, que ya cae este fin de semana. Ya, ya sé, si todos los disgustos fueran así, pero es una forma de hablar. Lo del horario de verano es una cosa que pronunciada por un locutor de radio y escuchada por primera vez sobrecoge un poco y hasta un bastante, porque de un plumazo se va el escenario en el que transcurre el horario de invierno que tiene algo de refugio y de tiempo disponible para estar con uno mismo y dentro de uno mismo. Porque ahora la luz empieza a invadir las horas de la tarde que encendían las farolas, luz por luz, y el aire olerá a cesped y llegará el tiempo de las camisetas de manga corta. Y al final te acostumbras, cierto, pero resulta que este año el cambio me pilla con un cierto conflicto con el tiempo y es que esa sensación que empiezo a tener en septiembre de que tendré tiempo para lo que quiero leer, ver y pensar desaparece por estas fechas y este año la cosa se agrava porque llevo dándole vueltas a que no sé qué pasa con el tiempo, que se escurre, que no lo encuentro, que a saber dónde se mete. Y me agobio.

La curiosidad es muy caprichosa y quiere leer y ver. Y lo leería y lo vería todo. Pero no se puede. Y esa obviedad de repente un día me agobió. La primera vez fue en la FNAC, una reseña había abierto el apetito a la curiosidad, se había publicado la edición íntegra de “El hombre sin atributos” de Robert Musil y de pronto la vista se posó en dos tochos milenarios (milenarios de páginas) muy cerca de otro tocho milenario e igualmente apetecible como era la edición íntegra de los “Ensayos” de Montaigne, el hombre que se encerró en la torre de su castillo para escribir con toda tranquilidad teniendo todo el tiempo del mundo. Y sonó algo parecido a un tic tac, tic tac en mi cabeza y ni lo uno ni lo otro, ni Musil ni Montaigne. Eso es lo que pasó.

La segunda vez que me agobió el descubrimiento de que el tiempo es engañoso porque parece que se queda para estar con nosotros y es mentira y además no dura para siempre, fue en otra planta en el mismo establecimiento y en un día distinto. Me ví ante una estantería de tropecientos metros de largo y unos tres de alto llena, repleta, de cajitas de series de televisión, cada una de ellas ordenadas por temporadas y cada temporada con sus episodios ordenados. Y pasó lo mismo. En invierno parece que hay más tiempo para poder llegar a la página 623 de Musil o al episodio vigésimo primero de la temporada segunda de “Mujeres desesperadas”, que mis gustos son más extensos que las estanterías largas de la FNAC. Pero ahora, para empezar, quitan una hora de la noche de mañana, eso ya fastidia un poco, y luego el tiempo dejará de acompañar para semejantes cosas. O eso es lo que me parece ahora, que ya se sabe que cuando uno está en crisis pues se obceca.

Por eso la noticia del último libro de Mendoza, gamberro (el libro, bueno, y él también) divertido, irónico, en fin, ya sabemos cómo es un libro de Mendoza cuando se pone en ese plan, ha sido bienvenida. Lo que pasa que ya estamos en lo mismo. Cuándo leerlo. Porque Mendoza se incorpora a la lista de asuntos pendientes. En fin. Esta vez parece ser que la cosa tiene un poso paródico hacia esa literatura que ha venido floreciendo en los últimos tiempos sobre códigos y secretos y evangelios secretos y codificados y tal. Eso dicen. Pero el caso es que en el siglo I de nuestra era, Pomponio Flato (nombre muy a lo Mendoza) viaja por los confines del Imperio romano en busca de unas aguas de efectos portentosos pero el azar y la mala suerte lo llevan a Nazaret donde el carpintero del pueblo va a ser ejecutado por haber sido hallado culpable de un brutal asesinato. Muy a su pesar, Pomponio se verá metido en la solución del crimen contratado por el hijo del carpintero, niño candoroso y singular.

Lo de “El misterio de la cripta embrujada” y “El laberinto de las aceitunas” me hizo llorar de carcajadas cuando el tiempo duraba más, tanto que ni importaba. Tanto que ni pasaba de largo.