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Diario 10 marzo, 2008

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentarios , trackback

Esta madrugada, hacia las dos, el pensamiento tomó las bridas y empezó a galopar que no veas. Pensamiento acelerado, lo llaman. Qué nombre le van a poner si no es ese, a las cosas hay que nombrarlas bien. El pensamiento echó a correr justo cuando yo estaba muy quieto, con la cabeza apoyada en la almohada, mirando hacia al techo que se supone está al otro lado de la oscuridad. Hacía tiempo que no ocurría pero habida cuenta de que un rato antes me había administrado la dosis del medicamento que es la madre de todos los remedios y, al mismo tiempo, la madre de todos los efectos adversos, entre ellos éste, cabría suponer un cierto alivio, porque somos así, nos pasa algo y nos sigue pasando, pero si mientras tanto hemos visto la causa o le han puesto la etiqueta, esto es un cólico de riñón, esto es gastroenteritis, esto es un trastorno de ansiedad generalizada, decimos ah, y parece como si nos conformáramos un poco.

Yo no.

A las 3 y media de la madrugada mi pensamiento elucubraba sobre todas las cosas habidas y por haber sin que se las hubiera invitado, que no son horas, y reproducía conversaciones grabadas en la memoria y si no se las inventaba, o planeaba sobre las conversaciones de mañana o pasado. Cuando el pensamiento se pone pesado y sale a dar una vuelta, que en realidad son mil vueltas, te pones un Orfidal debajo de la lengua como te han indicado para estas ocasiones y yo que soy tan obediente, aunque mi obediencia responde más bien a una inercia desencantada o desentendida o no sé, una cosa rara, pues me pongo el Orfidal debajo de la lengua. Tiene ese acto algo de comunión farmacológica, se me hace extraño recibir la pastillita blanca del Orfidal debajo de la lengua y esperar a que se disuelva confiando en redimirme de ese trance mientras allá arriba, el pensamiento se pregunta y se responde y le da al play de mil músicas. Para entonces el Orfidal poco sirve, si llega con la fiesta empezada no se le hace el caso que merece; pero entonces digo yo, y le digo al médico, qué pasa, que tengo que desarrollar un sexto sentido para saber cuándo va a empezar el jolgorio y ponerme el Orfidal debajo de la lengua con anticipación? Qué complicadas te ponen las cosas, por Dios.

Hacia las 4 y diez pensaba que va a ser verdad que esta va a ser mi semana de Pasión. ¿Puede el acto del jueves estar detrás de esta movida en la azotea?, me he preguntado. Interesante pregunta, pensemos en ella, me he respondido. Pues yo creo que no, al menos en el sentido de que lo del jueves, el mero acto, me pueda provocar ansiedad, incertidumbre, nervios, en fin, esas cosas que trae consigo lo escénico. No, a estas alturas de la película no. De hecho, le tengo ganas al momento, creo que me voy a ver en mi salsa. Lo que sí es posible que en este frágil ecosistema en el que me desenvuelvo desde hace un tiempo y en el que un estímulo, grande o pequeño, sea positivo o negativo, resuena y te hace encogerte de hombros un rato por si acaso algo se mueve, la preparación de lo del jueves, que se ramifica porque sí y porque el ordenador y el sonido y los cables y el guión y las radios, y el martes a las 11 te grabo para el informativo de la 1, y los medios escritos, ya he recibido el cartel en .tiff, ya podían hacer así todos, coño, pues todo eso igual mueve algo, no?

Y a pesar de todo, Bach sigue proporcionándome consuelo.